Obsession (Almas Letales 2) 8. Alexander
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8. Alexander

ALEXANDER

Esa misma noche, horas después, cuando supe que era capaz de tenerla cerca sin abalanzarme sobre ella, entré en su dormitorio. No había parado de retorcerse en toda la noche. La observé, aprecié cada lenta y profunda respiración.

Después de una hora de contemplarla dormida, decidí que había calmado mis ansias, mi desesperación. No toda, pero sí en parte. Me marché, no sin antes fijarme en el libro que había estado leyendo. Leí el título y descubrí que era la única novela de romance que había en la biblioteca.

Me había vestido para ir a la oficinas Kane.

Esta vez tenía que usar tecnología avanzada.

Desde la primera vez que había hablado con el ruso y llegamos a un acuerdo, había estado vigilando el país entero.

Todas las llegadas y salidas en avión, aduanas, carreteras…

Tenía un equipo de más de treinta personas dedicadas a ello, y otras veinte revisaban las conversaciones de la policía.

Había contactado con mis ratas dentro del gobierno para que me contaran cualquier rumor, cualquier movimiento extraño.

Doce de esas personas vigilaban las cámaras de la ciudad, tras insertar el reconocimiento facial de Osso y de sus hombres, cortesía de Andrei, el encargado de la seguridad de la Bratva y de sus fábricas.

En mis oficinas trabajaban empleados comunes.

Tenía que mantener la fachada impoluta de Industrias Kane, pero a las últimas plantas, las zonas restringidas, solo tenían acceso mis empleados de mayor confianza, una panda de hijos de puta fieles como perros.

La mayoría eran ciberdelincuentes que había conocido a lo largo de mis años viviendo en las calles o como el Carnicero.

Cobraban un dineral por crear nuevos programas, hackear a la competencia y robarles su trabajo o joderles la vida, según la situación.

Todos ellos eran los que se dedicaban a controlar la ciudad para que Mia estuviera a salvo.

Bajé las escaleras, nervioso porque, por fin, después de seis días, la vería. Al menos esa vez ella lo sabría. Aminoré los pasos cuando llegué al pasillo que comunicaba con la cocina para intentar calmarme. Respiré nada más cruzar el umbral. Cítricos, joder.

El pelo le caía por el lado derecho, lo que le ensombrecía el rostro. Sus ojos, centrados en el libro, fueron directos a los míos.

Sabía que se encontraba allí. La había visto por las cámaras.

Ya no llevaba mi camisa y eso me enfurecía, pero no podía decirle que conocía el secreto sin revelarle la enfermiza obsesión que sentía por ella, aunque por otro lado deseaba que lo descubriera.

Quería volver a ver esa chispa en sus ojos, esa pequeña llama que prometía un futuro incierto e intrigante.

Mia era todo un misterio para mí. Había pasado de ser la mujer más anodina del mundo —no por su belleza, sino por su forma de pasar desapercibida ante los demás, por esa falta de brillo en la mirada— a la persona más enigmática que hubiera conocido.

Había estudiado cada gesto y cada sonrisa escueta, cada carcajada con mi hermano y cada confidencia, y sentía envidia.

Quería vivirlo yo también, que se sintiera cómoda conmigo.

Nadie se sentía así en mi presencia y era un asunto que jamás me había preocupado.

Me gustaba la soledad, y no solo eso: la respetaba como se merecía.

Pero ya no me bastaba. No después de Mia.

Caminé despacio y me desabroché el botón de la chaqueta para tomar asiento justo delante de ella.

Su mirada viajó por todo mi cuerpo, desde mis zapatos hasta mi boca, y ahí se detuvo.

Quise controlarme, pero cuando sus mejillas comenzaron a colorearse sonreí, lo que provocó que se sonrojara aún más. Me encantaba que se sonrojara.

Si hubiera podido, le habría dado un bocado a cada una de sus mejillas y después me habría lanzado a por su boca.

Tenía que ser deliciosa, toda ella lo parecía, y yo estaba deseando comérmela.

Por primera vez en mi vida quería…, no, necesitaba tocar a una mujer, tocarla de verdad y besar su suave piel.

—Buenos días —saludé sin dejar de mirarla.

Parpadeó y apoyó el libro sobre la mesa. Leía muchísimo. Tenía que ir a comprar más.

—Buenos días —susurró con voz estrangulada—. No sabía que habías vuelto.

Asentí antes de sentarme. Mia estaba nerviosa, no hacía falta ser muy listo para darse cuenta.

—Estaba deseando verte —indicó con una sonrisa amable, pero falsa. Me quedé hipnotizado con su boca—. Quería preguntarte algunas cosas, y como en el coche no estabas muy hablador y luego… Bueno, hoy es otro día.

Esperó con paciencia fingida a que le contestara.

—Hoy es sábado —indiqué.

Mia parpadeó de una manera muy graciosa antes de limpiarse la boca con una servilleta y ponerse más cómoda en el asiento.

—Sí, bueno, me refería a que deberíamos volver a empezar. Ya sabes —indicó con voz amable.

No, la verdad es que no sabía nada, solo que se había sonrojado más aún y que no podía dejar de imaginármela desnuda sobre la mesa, enterrándome en su cuerpo, comiéndole las tetas para desayunar.

Mia cogió otro trozo de melón. Lucía una sonrisa enorme.

—Cuéntame qué tal tu viaje. Aún no me has dicho a qué hora has llegado —sugirió. Comenzó a preparar un bol de fruta extra.

—Anoche.

Mia se quedó paralizada con el bol suspendido entre nosotros. Sus ojos se fueron directos a la zona del fondo de la cocina, justo donde me había colocado para observarla. Tragó saliva. Aquello era demasiado divertido.

—¿Sobre qué hora? —preguntó con tiento.

La Mia amable que me había recibido se había esfumado, ahora solo quedaba un amasijo de nervios. Si le decía la verdad, uniría las piezas. Descubriría que la había estado vigilando, aunque anoche intuyó mi presencia de alguna manera.

—¿Café, Alexander? —Cecille se había acercado y aproveché para evitar confesarle la verdad.

—Sí, gracias.

Cogí el móvil y la ignoré deliberadamente. Por el rabillo del ojo la vi retorcerse sobre la silla, me miraba, deseosa de que continuara con la conversación que se había quedado a medias.

—¿Y bien? —preguntó después de un rato que tuvo que parecerle eterno.

La observé y me deleité con su sonrojo. Se mordía el labio de abajo y me estaba volviendo loco.

No se daba cuenta siquiera de lo sexy que estaba en aquel momento.

Me miraba suplicante, con esos p reciosos ojos, ansiosa de que le dijera lo que quería oír.

Podría haberlo hecho, pero entonces no sería para nada divertido.

—Mi camisa te queda demasiado bien, princesa —susurré para que solo ella me escuchara.

Dio un pequeño salto sobre el asiento con los ojos muy abiertos. Tuve que morderme los carrillos para no estallar en carcajadas allí mismo. Era tan inocente, joder… Y yo deseaba hacerle de todo.

Mia

Tierra, trágame.

La sensación de la noche anterior había sido real.

Desde que Alexander había entrado en la cocina, no podía evitar preguntarme cómo no estaba casado y con veinte hijos, porque Dios santo.

El Alexander asesino, enmascarado y vestido de negro despertaba mis instintos y mi parte más oscura, pero el Alexander empresario…

Ese estaba tremendamente bueno, y la mezcla de las dos facetas me estaba volviendo loca.

No era de babear por un tío. De verdad que no.

Era defensora de que el físico no significaba nada en esta vida, pero aquel hombre, en ese momento, hizo que me replanteara todas mis ideas, creencias y religión.

No recordaba lo que le había dicho ni todo lo que había planeado para cuando lo volviera a ver.

Solo podía mirarlo, y más después de confesarme que me había visto con su camisa.

Ay, Dios.

Me llevé las manos a la cara al recordar que hubo un momento en el que la olí y me puse cachonda.

—¿Me viste en la cocina? —pregunté observándolo entre los dedos.

Alexander Kane era la viva imagen de la arrogancia y la lujuria juntas, y yo no sabía qué pensar. Bueno, sí que lo sabía, pero no podía.

—Lo vi todo, cielo —susurró con ojos brillantes—, y me encantó. Te aseguro que estoy deseando…

Me puse en pie antes de que terminara y salí de la cocina, aunque llegué a escuchar el final de esa frase seguida por la mirada hambrienta de un asesino.

«Estoy deseando arrancártela».