7. Alexander
ALEXANDER
Anoche volví a observarla y desde entonces una pequeña e insólita parte en mi forma de verla cambió. Ya no era curiosidad lo que sentía por ella, o eso me había dicho para convencerme; era una puta obsesión.
Adelanté el vuelo de vuelta. No hubiera podido pegar ojo tan lejos de ella sabiendo que se había quedado sola, que podría estar en peligro en mi ausencia. Eso me decía mi mente enferma.
Nada más bajar del avión, revisé las cámaras de la casa para saber qué hacía.
La vi sentada en la cocina, con las piernas estiradas sobre la encimera, leyendo y con mi camisa.
Con mi puta camisa. Me quedé paralizado en mitad del túnel, rodeado de gente a izquierda y derecha que andaba en dirección a la salida.
Me hubiera gustado ampliar la escena, fijarme en cada detalle, pero otros habrían podido ver lo mismo que yo y eso no iba a suceder.
Me di cuenta de ese pequeño detalle. ¿Y si a Bastián le daba por bajar?
No. Nadie podía verla así. Solo yo, joder.
Por fin reaccioné. Bloqueé el móvil y me fui directo al apartamento lo más rápido que pude.
Entré en el aparcamiento y subí en el ascensor directamente hasta mi habitación.
Era una de las muchas entradas secretas, no quería que me viera llegar.
No. Quería admirarla aunque fueran unos minutos con total tranquilidad.
Esa era otra de las decisiones sobre ella que no entendía, pero verla con mi camisa había trastocado ciertas cosas que no debía.
Sabía que mi cerebro no funcionaba bien y ella me lo estaba destrozando aún más. Me hacía polvo en muchos sentidos.
Volví a mirar las cámaras. Seguía allí, en la misma posición. Amplié la imagen. Mierda.
Me quité los zapatos para no hacer ruido y bajé las escaleras. Sabía moverme entre las sombras, ese era mi trabajo, mi mejor y maldita cualidad.
La cocina tenía dos accesos, uno que daba a los fogones y a la isla y otro al fondo, donde estaba la mesa.
Usé el segundo sin dejar de mirarla, rodeado por la más pura y absoluta oscuridad.
Se llevó la copa de vino a los labios, mojados y brillantes.
Quería morderlos, saborearlos. Me apoyé en la pared y crucé los brazos sobre el pecho. Por fin podía respirar. Solo con verla.
La observé mover el cuello y me di cuenta de lo suave que parecía. Bajé la mirada a esas piernas que me volvían loco y que sabía con exactitud dónde las quería, dónde deberían estar, y eso… no era nada bueno.
Miró en mi dirección. Sabía que no podía verme, aunque sentí su mirada clavada como el acero.
Mi polla cobraba vida con cada centímetro de su piel. Lo peor no era que me estuviera comiendo con los ojos a una principessa de la mafia. Lo peor era que parecía lo correcto. Notaba cómo la calma se me asentaba en el pecho y sustituía la ansiedad después de horas de anhelo.
Nunca una mujer había llegado tan lejos.
Cogerme una de mis camisas, ni pensarlo; pasearse por mi casa como si fuera suya, no, nunca.
Solo el hecho de pensar que alguien se tomara esa clase de libertades me enfurecía, pero que lo hiciese ella era diferente, era…
Joder, no lo sé, solo que me gustaba y pocas cosas llegaban a complacerme.
Era la primera vez que me paraba a observar así a una mujer. Ojalá estuviera más cerca. Me fijé en cada detalle que lograba apreciar desde la lejanía. La caída suave de sus pestañas, la pequeña sonrisa que esbozaba conforme leía o cómo fruncía el ceño y se mordía la boca. Dios santo, esa boca.
Casi se me escapa un gemido de pura frustración.
No, lo peor no era eso, lo peor fue cuando la vi aspirar mi camisa y cerrar los ojos.
Ahí fue cuando me despegué de la pared y casi lo echo todo a perder.
Quizá ella no se dio cuenta, pero el leve gemido que escapó de sus labios aún mojados por el vino provocó que diera dos pasos de manera inconsciente en su dirección, porque lo único en lo que podía pensar era en destruir esa distancia que nos separaba para saborear su boca y después continuar con el resto de su cuerpo.
Hasta que abrió los ojos de manera súbita y se puso en pie. Volvió a mirar hacia donde estaba. Cerré los puños con fuerza y esperé.
Mia salió de la cocina sin mirar atrás.