Obsession (Almas Letales 2) 6.Mia
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MIA

Aquella misma noche, y por décima vez, volví a observar la parte del fondo de la cocina que se encontraba a oscuras.

Al entrar había encendido todas las luces y mirado cada rincón.

Después, abrí una botella de vino blanco y me senté en el cómodo taburete de la isla, con los pies sobre ella, tal y como hacía en mi apartamento cuando llegaba por la noche del restaurante.

En ese momento, pensé que había demasiada luz, así que la apagué.

Pero tras media hora comencé a mirar en la misma dirección cada pocos segundos, como si alguien me estuviera observando.

Otra vez esa maldita sensación.

Se me ponían los pelos de punta, aunque a la vez fuera… ¿agradable? Dios santo, acabaría en un psiquiátrico.

Era estúpido pensar así. Bastián se había marchado después de cenar y de eso habían pasado horas. Además, antes de irse conectó la alarma de seguridad y, según él, aquel edificio era inexpugnable.

Alexander estaba en otro país trabajando, a saber si en el mismo continente que nosotros. Sabía de sobra que no había nadie más en la casa.

Me centré en la novela romántica que estaba leyendo, la única de toda la biblioteca.

Tenía que comprar más. No pude evitar mirar con orgullo la camisa que llevaba puesta.

Era de Alexander. Había sido uno de los pocos actos de rebeldía que había cometido en mi vida y el más satisfactorio con diferencia, desde luego.

Si no me dejaban ir a por ropa, robaría la suya, así de simple.

Por supuesto, esperé a que Bastián se fuera para colarme en la habitación de su hermano e, incluso así, no pude evitar caminar a hurtadillas y refugiarme en cada esquina. Estaba cagada de miedo.

La puerta del dormitorio de Alexander tenía una cerradura electrónica, pero cuando giré el pomo descubrí que se encontraba abierta. Al maniático del orden le daría un infarto si se enterase. Sonreí de manera triunfal.

Era inmensa, poderosa, masculina. La cama, oh, Dios, esa cama parecía sacada de mis fantasías literarias más crudas y oscuras, unas que no sabía que tenía hasta que entré allí.

Era enorme, con sábanas y edredón de color negro, y los postes que la rodeaban en cada esquina parecían de caoba oscura.

No mentiría si dijera que me imaginé atada a ellos y que me mojé nada más verlos.

Incluso me quedé parada allí unos segundos, pensando en todo lo que haría si…

si fuera otra persona, porque yo no era así.

Tras ese ataque transitorio de hormonas desenfrenadas, me dirigí a las puertas dobles de cristal del fondo, que daban a un vestidor lleno de ropa, cómo no, negra.

Dios santo, era un enfermo de verdad. Trajes y más trajes.

No quise rebuscar entre los cajones, por eso llevaba una de sus camisas.

Me quedaba por la mitad de los muslos y había tenido que arremangármela hasta los codos.

Salí de allí corriendo con una sonrisa enorme y mi botín entre las manos, pero no sin antes pararme para rozar los postes de caoba con las puntas de los dedos.

Aún no me había recuperado de aquella fantasía, y tomar una copa de vino con el olor de aquel hombre en mi cuerpo no ayudaba.

Ya había sufrido bastante durante el trayecto en coche.

Volver a pasar por lo mismo podría calificarse de masoquismo, aunque reconfortaba.

Que la protagonista de mi libro estuviera en pleno polvo y que la autora lo describiera con pelos y señales ayudaba menos aún. Esa señora sabía lo que se hacía.

Volví a retorcerme sobre la silla, consciente de que estaba demasiado inquieta.

Desde que había llegado a aquella casa, algo estaba cambiando dentro de mí.

Podía considerarlo unas vacaciones, o eso pensaba la parte positiva de mi cerebro.

Unos meses sin el rugir de los fogones, sin los gritos de la cocina.

Había luchado tanto que me lo merecía y, aunque no pudiera salir de allí, el simple hecho de estar horas y horas en aquella cocina, leyendo, tomando vino y con una vela encendida, era gratificante. Darme un baño relajante, nadar…

Aspiré el aroma de la camisa y cerré los ojos. Me moví una vez más, y junté los muslos con tanta fuerza que un pequeño destello de placer me recorrió la espina dorsal. Los abrí de golpe, bajé las piernas y arrojé el libro sobre la mesa. Mierda.

Miré al fondo de la cocina, buscando entre las sombras. «Eres una puta paranoica de mierda», pensé. Agarré la copa de vino y me la bebí de un trago. Mi noche había terminado. Lo recogí todo, sujeté el libro bajo el brazo y subí entre la oscuridad a mi habitación.