Obsession (Almas Letales 2) 5. Mia
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MIA

Po dría llegar a acostumbrarme a vivir con Bastián. En realidad eso era lo que había hecho durante los cinco primeros días desde que llegué: convivir con él y con la señora que venía dos veces a la semana para traer la compra y limpiar la casa. Se llamaba Cecille y era una bellísima persona.

Ya me había hecho a la idea de que tendría que quedarme allí, de que eso sería lo mejor no solo para seguir con vida, sino para mi familia.

Eso no quería decir que no estuviera cabreada o disconforme con la situación.

Sabía que Gabi no tramaba nada bueno, a saber qué clase de locuras tendría planeadas, todas ellas suicidas, y que Enzo no estaba en su mejor momento desde hacía bastante tiempo.

Cuando me dijo que me tenía que ir con el Carnicero, su preocupación creció, lo noté con solo mirarlo.

Pensé que al aceptar se quedaría más tranquilo, pero las últimas palabras que me dedicó —«Recuerda lo que te dije: si te da problemas, espera a que se duerma y le rajas el puto cuello»— me indicaron que no estaba tranquilo, para nada.

Enzo no tenía una vida fácil, nunca la tuvo como el heredero de mi padre, y sabía que no solo lidiaba con la guerra que arrastraba mi familia desde la muerte de Luca, también se enfrentaba a menudo a otras mafias, capos que se rebelaban a su mandato, familias descontentas por la muerte de algún familiar, la policía…

Su vida era una guerra continua. Había demasiados enemigos y traidores a su alrededor.

Enzo no confiaba en nadie que no fuera de su propia sangre, y eso era…

una mierda. Una pena. Vivir así tenía que ser horrible.

Por eso siempre le pasaba la mano e intentaba ser lo más amable posible.

Mi hermana, por el contrario, le apretaba las tuercas y le decía las verdades a la cara.

No es que yo no supiera hacerlo, pero su vida ya era bastante estresante como para echarle más mierda encima.

Conseguí hablar con mi padre después de dos días llamándolo sin obtener respuesta.

Casi me arranca la cabeza por el altavoz del móvil cuando le propuse irme con mi madre y con él.

Si ellos estaban a salvo, yo también lo estaría, ¿no?

Pero de eso nada. Debía quedarme con el Carnicero o vendría a la puta Alemania y él mismo me sacaría las tripas y pintaría las paredes con ellas, amenazas textuales.

Así que no me quedó más remedio que aceptar mi nueva realidad, la de vivir en la casa de un asesino invisible.

Un asesino al que deseaba ver en la misma medida que no. Frustrante y preocupante.

No me importaba llevar cinco días encerrada en una casa enorme. Me lo tomaba como unas pequeñas vacaciones improvisadas, obligadas pero, al fin y al cabo, improvisadas. Positividad, por favor.

Por fin tenía tiempo para leer, para crear nuevas recetas sin el cansancio diario del restaurante y para relajarme.

En algún momento saldría de allí. El optimismo no impediría que me volviera loca, y os aseguro que tenía todas las papeletas, porque venía de una familia de tarados. A los hechos me remito.

Otro problema añadido era que necesitaba ropa. Tenía dos tristes mudas que lavaba cada día y estaba harta. Incluso tuve que bañarme en ropa interior el día que subí a la piscina después de asegurarme de que no hubiera nadie.

A Alexander no lo había vuelto a ver para preguntarle cómo resolveríamos ese problema.

Necesitaba bragas, joder. Después de aquel primer día que me dio las cuatro indicaciones pertinentes, desapareció.

O al menos eso creía yo, porque no había rastro de él.

Ni un vaso sucio ni una sola pista de que estuviera con vida.

Pero una parte de mí me decía que seguía allí.

Había momentos en los que sentía que no estaba sola, y eso era perturbador.

Aún recordaba lo que me había provocado cuando se quitó la máscara. Las desconocidas sensaciones que experimenté, la curiosidad, el brillo de sus ojos. Desde luego, algo estaba mal en mí.

Esa misma mañana, Bastián me había asegurado que Alexander saldría de viaje por la noche y que estaría fuera al menos cuarenta y ocho horas por trabajo, lo que ratificó mis sospechas de que había estado en la casa todo ese tiempo.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo no solo por la confirmación de que no se había marchado, lo que afianzaba esa sensación de no estar sola y de que alguien me observaba, sino también por imaginar el tipo de trabajo que tendría que hacer.

Ya conocía desde el primer día que Alexander era dueño de una empresa de seguridad, pero también que era un sicario.

No, desde luego que no quería saber qué encargo tendría aquella noche ni si lo requerían como dueño de esa empresa o como el Carnicero.

Bastián me dejó su portátil y me dijo que me lo quedara mientras viviera allí para organizar los menús de varios meses.

Pensaba hacer una larga lista de ingredientes y crear nuevas recetas.

Esa misma noche bajaría a la cocina para ver qué necesitaba.

Aún no había tenido las agallas de hacerlo y ponerme a rebuscar por si Alexander me descubría abriendo cajones y poniéndolo todo patas arriba.

Miré la ropa recién lavada mientras la estrujaba entre mis dedos.

Estaba harta de dormir con la misma camiseta que tendría que llevar al día siguiente.

Ya le había dicho a Bastián que me acompañara a comprar, ya que su hermano había desaparecido y no sería yo la que fuera a buscarlo, pero me dijo que no, que solo si Alexander aceptaba. Pensé que se pondría de mi parte.

Lo miré con ojos asesinos, suplicantes, incluso batí las pestañas de forma teatral. Nada de eso surtió efecto, y os aseguro que era especialista en conseguir lo que quería de esa manera. Con Leonardo Bianchi, mi padre, siempre funcionaba, y era un hueso duro de roer.

No me consideraba una persona rebelde, nunca lo había sido.

Ese papel siempre lo desempeñaron Gabi y Enzo, pero comenzaba a entenderlo todo.

¿Por qué, a mis veintisiete años, tenía que pedir permiso para comprarme unas bragas?

Sí, estaba en peligro, pero nadie se imaginaría que estaba con él.

Además, su identidad estaba asegurada. Nadie me reconocería.

Había olvidado lo cabreada que estaba. Me había vuelto a acomodar, obedecía una vez más las órdenes de mi familia, de Alexander.

Salí del baño y tiré la ropa sobre la cama cubierta con sábanas de seda negra y un edredón del mismo color. Todo de puto negro de mierda. Estaba harta y solo habían pasado unos días. A tomar por culo la positividad.