4. Alexander
ALEXANDER
Cuando conocí a Mia Bianchi, pensé que no me causaría ningún problema.
La primera vez que la vi me pareció una muchacha tranquila, conformista. Observé cada gesto, cada suspiro, cada mirada que compartió con su hermano Lorenzo. No hubo ningún tipo de confrontación con él, simplemente dejó que la enviaran con alguien como yo. Patético.
Después, en el coche, siguió callada. Aceptó su maldito destino como si no fuera con ella.
Esperaba a la típica principessa estúpida y caprichosa que formaría un espectáculo por cualquier nimiedad, pero no hizo nada de eso.
Ningún puchero, ni una sola queja en todo el camino.
Agradecí el silencio, por supuesto, pero aquello me sorprendió tanto como me enfureció.
«¿Es que la puta mafia no le ha enseñado nada?
». Joder, ni siquiera llevaba un arma para defenderse.
Tuve que agarrar el volante con fuerza en varias ocasiones para no sacudirla con mis propias manos.
Me recordé a mí mismo que ella no era mi problema.
Solo era un activo que me daría beneficios, aunque su olor me volviera loco, aunque fuera preciosa y despertara sensaciones en mí que hacía demasiado tiempo que estaban dormidas.
Cuando llegamos al edificio y le prohibí salir, solo asintió.
No es que no esperara esa reacción, pero, de nuevo, no hubo nada.
Ni un parpadeo de confusión. Solo aceptación, rendición.
Para mí era lo mejor, menos trabajo. Su forma de mirarme, avergonzada a la par que asustada, tímida y valiente, me divertía.
Toda esa mierda me cabreaba y me divertía, y eso era raro.
Después la toqué y todo lo anterior, lo de los activos y lo de que su resignación me daría menos trabajo, se fue a la mierda.
Mia Bianchi sería un problema, y de los gordos.
Odiaba el contacto físico en ambas direcciones, me asqueaba.
No entendía qué fue lo que sucedió cuando alargué la mano para detenerla.
Quizá verla agarrada de Bastián o cómo se alejaba de mí provocó ese arrebato.
No me di cuenta de lo que había hecho hasta que noté la suavidad de su piel, su calor.
Al hacerlo, el miedo me paralizó. Aquel sentimiento tan desconocido para mí volvió a visitarme después de tantos años.
Los latidos del corazón se me aceleraron y casi la suelto de golpe, como si quemara.
Cuando vi un pequeño destello de lujuria en sus ojos, ese brillo…
Ahí mismo supe que estaba jodido, porque esa mirada se había convertido en mi favorita y el problema era que aún no las conocía todas.
Bastián se dio cuenta de cómo la agarraba y se quedó tan paralizado como yo. Sabía que aquello era superior a mí. Por suerte supo reaccionar a tiempo y me obligó a soltarla. Yo no habría sido capaz de hacerlo.
Solo pretendía detenerla para decirle que no hurgara entre mis pertenencias. Solo eso. Pero yo jamás tocaba a nadie a no ser que fuera para matarlo, y siempre con unos guantes lo bastante gruesos para no sentir su asquerosa piel.
Por mi vida habían pasado algunas mujeres, pero todas coincidían en el mismo punto, en el miedo.
Cuando la vi alzar la mirada para mantenérmela sin rastro de temor, solo con el reflejo de la más pura y absoluta lujuria, me sentí orgulloso.
Poca gente tenía los huevos de hacerlo. Las demás lo habían intentado disimular, pero convivían con esa intuición que les decía que conmigo no estaban seguras, que debían huir, y eso hacían siempre.
No las culpo. Jamás le haría daño a una mujer ni le pondría un dedo encima, pero yo no era un hombre normal.
No tenía una vida normal. Tampoco es que pusiera de mi parte.
Ella, en cambio, me miró diferente y, joder, por mucho que quisiera, jamás lo olvidaría.
Podría haber detenido la obsesión que crecía sin control día tras día, pero no después de ver la lujuria en su mirada, y mucho menos tras averiguar que no me tenía miedo. Estaba deseando verla en mi cama, bajo mi cuerpo. Aún no entendía cómo podía desearlo. El contacto.
Mia tenía pinta de no tener mucha experiencia, pero yo se lo enseñaría todo. Le daría lo que me pidiese.
Nada más marcharse con Bastián me encerré en mi despacho.
Comencé a dar vueltas, una y otra vez, por la sala.
Necesitaba liberar la adrenalina, el miedo y la tensión que se habían creado en mi cuerpo solo por tenerla cerca durante el interminable viaje en el coche y por tocarla.
Ese olor a cítricos se me había incrustado en el sistema. Estaba por todas partes. ¡Joder!
Activé las cámaras de seguridad que plagaban el edificio al completo y la observé durante horas. No comí, apenas me despegué de la pantalla. Reproduje cada uno de sus movimientos desde que bajó del coche. Cada paso que dio, cada gesto que hizo. Lo analicé todo.
La había observado desde entonces, durante cinco días, desde el primer segundo en el que Mia Bianchi llegó a mi vida, la única cuerda en una familia llena de locos.
Se pasaba todo el día con mi hermano y eso no me gustaba. ¿Qué clase de mujer es tan confiada como para no oponer ningún tipo de resistencia? Ya fuera conmigo o con él.
Me cabreaba, y más cuando a Bastián, sin conocerlo de nada, le sonrió.
Tenía que dejar de observarla.
Debía parar de una maldita vez.
Estaba frustrado, cabreado y más ansioso de lo normal. Había traspasado ciertos límites. Si Bastián se enteraba, me partiría la cara. Si la familia Bianchi se enteraba, acabaría muerto.
Bueno, pensándolo bien, ellos serían los que acabarían bajo tierra si quisieran arrebatármela.
Lo peor de todo es que nada de eso me importaba. La había tocado y ya no había vuelta atrás.
La quería para mí. La necesitaba.
Me estaba volviendo loco.
Era demasiado inocente y yo conocía a poca gente así. No, no conocía a nadie tan inocente, y eso me intrigaba. ¿Aún quedaban personas buenas en el mundo? Me resultaba insólito.
Después de horas convenciéndome a mí mismo de que debía parar ya que tenía trabajo, salí de casa y me marché a mis oficinas. Esa misma noche tenía que coger un vuelo, pero no pude evitar volver a conectarme a las cámaras de seguridad nada más llegar al despacho.
Mia se había encerrado en el baño, no podía verla en aquel momento, pero esperaría.
Miré el reloj. Debería estar de camino al aeropuerto, pero no podía marcharme sin saber que estaba bien.
Recordé el brillo de su pelo. Parecía tan suave como la seda. Seguro que se me escurriría entre los dedos cuando tirase con fuerza de él.
Me quedé paralizado, con el dedo suspendido sobre el control de las cámaras. Estaba enfermo.
Saqué el Zippo de plata que siempre me acompañaba. Abrir. Cerrar. Una y otra vez.
Eso solía calmarme.
No funcionó.
Ya era media noche cuando Mia salió del baño con una toalla enredada en el cuerpo.
Estaba cabreado. Había tardado demasiado y yo llegaba más de una hora tarde.
La vi desnudarse, meterse en la cama sin nada de ropa, tapada solamente por las sábanas, lo que me provocó una enorme erección. Hacía tanto tiempo que no estaba con una mujer…
Cerré las cámaras de seguridad. Cogí la mochila que descansaba sobre el escritorio y salí de allí.
Miré el cuerpo inerte de aquel pobre diablo.
La posición era antinatural, con la mayoría de los huesos rotos tras horas de auténtica y exquisita tortura.
La persona que me contrató así lo pidió: quería que aquel hombre sufriera tanto como para suplicar por su vida y mearse en los pantalones, cosa que hizo.
¿Era un destino cruel? Quizá, pero eso a mí me daba igual. Solo me importaba la cantidad desorbitada de dinero que me darían por cumplir con mi trabajo. Además, aquel hombre era un monstruo.
Arrojé el martillo ensangrentado lo más lejos posible antes de echarle un último vistazo a la imagen sacada de una película de terror que había ante mí.
Lo había dejado colgado de las muñecas, también rotas. Las cuerdas se le hundían en la carne por la falta de hueso. Era una imagen grotesca.
Me quité los guantes de cuero y me los guardé en el bolsillo para después coger el móvil y hacer una foto para el cliente. Mi trabajo allí había terminado.
A esto me dedicaba: a matar, torturar. Cualquiera no podía encontrarme, al igual que pocos tenían la cantidad de dinero necesaria para contratar mis servicios, que, sobre todo, trataba con la mayor profesionalidad.
Siempre trabajaba solo.
En ese caso me alegraba de haber acabado con la vida de aquel hombre.
Antes de aceptar un nuevo encargo me informaba tanto de la persona que quería contratar mis servicios como de la víctima.
No aceptaba todo lo que llegaba a mi mesa.
Tenía mi propia ética: ni mujeres ni niños.
Aquel hombre había violado a más de veinticuatro mujeres en su país, una de ellas, hija de la persona que me contrató.
Había salido de la cárcel hacía dos meses bajo la condicional, que se saltó para fugarse antes de que yo diera con él y acabara con su vida.
Llevaba la máscara aún puesta. Había dejado la moto de alquiler escondida en uno de los callejones cercanos.
Ser Alexander Kane, dueño de Industrias Kane, no solo me servía para llegar a los altos cargos que movían los hilos de la sociedad, sino también para viajar con la excusa de encontrar nuevos socios o materiales.
A veces lo hacía con mi propia identidad, otras con una falsa, pero siempre con una buena coartada, y nunca volvía a casa sin asegurarme de que no encontrasen el cuerpo.
Tenía un sello, una marca: el fuego. Miré una vez más lo que para otros sería abominable, pero que para mí era una obra de arte, el escenario personificado de la muerte.
Sonreí, relajado después de tantos días controlándome.
Una vez lejos, arrojé el mechero sobre el camino de combustible que llegaba hasta el almacén.
Todo estalló por los aires.