3. Mia #2
—Siéntate —ordenó y desvió la mirada al sillón de la sala.
Me había llevado ambas manos a la cara para intentar ocultar lo imposible. Volvió a observarme, esta vez con los ojos entornados y con la cabeza torcida de esa manera tan extraña que me provocaba escalofríos. Adiós a las miradas divertidas.
Di un respingo en dirección al sofá. Anduve lo más rápido que pude sin despegar la vista del suelo, no fuera a ser que volviera a tropezar, para más vergüenza, y me senté justo donde él me había indicado.
Se dirigió a la mesa de café y tiró de ella, con fuerza, provocando que sus antebrazos se hincharan.
¿Desde cuándo me fijaba en esas cosas? La dejó a escasos pasos de mí.
Entonces, el Carnicero se sentó sobre ella, me miró fijamente y apoyó los codos sobre las rodillas.
Me había encerrado entre sus piernas, que no me tocaban, pero, joder, aquello parecía una jaula.
¿Era yo o hacía calor de repente? Mucho. Calor.
—Seré breve. No me hace gracia tenerte en mi casa.
—Torcí el gesto ante la gran revelación que acababa de hacerme.
«Oh, no me lo imaginaba, para nada»—. Si estás aquí es porque le debo un favor a Iván.
Te protegeré. Harás todo lo que yo ordene, pero no pienses que te haré compañía, mucho menos que te entretendré.
—Sus ojos me aniquilaron, empujaban mi cuerpo cada vez más contra el sofá hasta hundirme en el—.
Te portarás bien, no saldrás a no ser que sea conmigo y no hasta que yo lo diga.
No le darás esta ubicación a nadie y, por supuesto, no llamarás a nadie para que te saque de aquí. ¿Lo has entendido?
Asentí. Claro que lo hice.
—Dame tú teléfono. —Alargó la mano derecha hacia mí.
Me crucé de brazos de forma automática.
—No me dejarás incomunicada.
Giró la cabeza de nuevo de esa manera retorcida que provocaba que mi cuerpo se pusiera en tensión.
—Acabas de aceptar que harás todo lo que yo te ordene.
—Todo en esta vida tiene un límite —aseguré apretando el abrazo.
Se le escapó un resoplido.
—Es para grabarte mi número —explicó sin dejar de mirarme y de hacerme gestos con la mano para que me diera prisa.
Entrecerré los ojos. No sabía si creerle o no.
Tener enfrente a un asesino de casi dos metros que me rodeaba con su cuerpo y que me miraba como si me perdonase la vida, sin emitir ningún tipo de empatía o signo de humanidad, provocó que lo creyera.
No me quedaba más remedio. Mi propio instinto me decía que aquello le estaba encantando.
Por su forma de mirarme, por su forma de respirar, parecía como si saborease aquel momento.
Le pasé el móvil, evitando tocarlo. Lo grabó de manera rápida y eficaz y me lo devolvió.
—Tu habitación está arriba. —Eché un vistazo a las escaleras a su espalda—. Tienes un baño privado.
Asentí antes de volver a mirarlo. Esta vez vi un pequeño brillo en sus ojos, uno que me dio más miedo aún.
—El edificio es grande y tiene un gimnasio, además de una biblioteca, una piscina…
—¿Una biblioteca?
—Sí. —No creo que se diera cuenta de que barrió mi cuerpo de arriba abajo, pero no pude evitar retorcerme—. Está al final del pasillo, detrás de las escaleras que ves.
—Deja de aburrirla y de hablarle como si acabara de llegar a una base de entrenamiento militar, Alexander.
—¿Así se llamaba? Me giré al escuchar aquella voz a mis espaldas.
Una versión más joven y desaliñada del Carnicero me miraba con una sonrisa radiante.
Saltó sobre el respaldo del sofá y cayó justo a mi lado—.
Soy Bastián, su hermano pequeño y la alegría de la familia Kane.
Alzó la mano para que se la estrechara, y eso hice. Sonreí cuando me guiñó un ojo y me soltó para mirar a su hermano, acomodándose en el sofá.
—¿Has terminado? —preguntó Alexander con la vista clavada en la mano que su hermano me había tocado y que escondí con disimulo entre los muslos.
—No. Pero ahora es cuando tú te callas y yo me llevo a nuestra preciosa invitada a hacerle un tour por la casa como Dios manda.
Por fin alguien que no está desequilibrado a nivel mental, para variar —acompañó sus palabras poniéndose de pie y alargó una mano hacia mí—.
Princesa —indicó con una leve reverencia—, acompáñeme.
No pude evitar sonreír, de la misma manera que no pude controlar ponerme de pie de un salto, intentando de nuevo no rozar a Alexander.
Agarré el brazo que Bastián me ofreció hasta que una mano que ocupaba más que todo mi antebrazo me detuvo.
Era la primera vez que me tocaba, y una ola de calor abrasadora me recorrió todo el cuerpo.
Volví a retorcerme, y no porque me estuviera haciendo daño, todo lo contrario. Estaba ardiendo.
—No me gusta el ruido ni que nadie cambie las cosas de sitio —comenzó a decir antes de mirar justo donde me tenía sujeta.
Hubo un silencio bastante incómodo.
—Es como un abuelo gruñón —susurró Bastián antes de agarrarle la muñeca a su hermano—. Suelta, coño.
Alexander dio un paso atrás sin quitar ojo al punto donde me había tocado. Yo casi jadeaba. «¿Qué mierda te pasa?», pensé.
Miré a Bastián en busca de una escapatoria.
—Vamos, princesa.
Era igual de alto que su hermano. Físicamente se parecían, con la diferencia de que él no daba miedo y su hermano sí. Eso y que era bastante más joven. Y que tenía los ojos de color avellana mezclado con verde, similar a un verde oliva oscuro.
Aproveché la ocasión para relajarme, para disfrutar aunque fuesen cinco minutos de aquel maldito día, mientras Bastián me enseñaba la casa sin parar de hablar de cosas banales, como una persona normal.
—Esta es tu habitación —indicó cuando nos detuvimos en la entrada de un dormitorio—.
La de allí —apuntó con el dedo a la puerta de enfrente— es la de Alexander.
—Mierda—. Y por si te lo preguntas, yo vivo en la última planta.
Es un piso independiente. —Me guiñó un ojo por si acaso no lo había pillado.
Sonreí una vez más mientras negaba con la cabeza.
Aquel hombre era un sinvergüenza en mayúsculas.
No había parado de lanzarme miraditas y sonrisas que provocarían un paro cardiaco a cualquier mujer, pero yo no era muy dada a dejar que eso ocurriera.
Además, no me despertaba nada que no fuera ternura.
Nunca había tenido una relación seria. Bueno, nunca había tenido una relación.
Salí con un par de chicos en la universidad cuando vivía en Nueva York, pero al regresar a Italia esa cuenta se estancó.
Era difícil que los hombres se me acercaran siendo quien era: la hija de un mafioso y la hermana del Don.
Hablando claro, nadie quería ofender a Lorenzo Bianchi al follarse a su hermana pequeña.
Los que se atrevían a hacerlo formaban parte de ese mundo y los que no salían huyendo cuando descubrían quién era en realidad.
Siempre descartaba a los de la primera opción, así que ese era el resumen de mi vida sentimental: un auténtico y absoluto nada de nada. Superdivertido y apasionante.
Todo eso, sumado a mi incapacidad de detectar si alguien intentaba ligar conmigo o solo era amable, ocasionaba que me quedase plantada sin saber qué decir o qué hacer.
Ningún hombre o mujer me había atraído lo suficiente como para sentir el más puro y absoluto deseo, porque no había llegado a conocer a nadie tanto como para eso.
Bastián seguía mirándome con aquella sonrisa canalla mientras yo daba un paso al interior de la que sería mi habitación, negra entera. Me acerqué a la ventana. Al menos las vistas eran bonitas.
—¿Por qué no vives aquí? —pregunté antes de abrir la puerta del baño.
—Alexander es muy raro con su intimidad, ya lo conocerás mejor. —Casi me reí. Conocer a un asesino despiadado no entraba en mis planes, gracias—. Ten paciencia con él. Esta es la primera vez que va a convivir con alguien que no es de la familia.
Miré sobre mi hombro y vi que se dejaba caer en la cama. El baño tenía una enorme bañera de la que pensaba hacer uso en la primera ocasión que tuviera, es decir, esa misma noche.
—No sé si quiero conocer a una persona que me odia —añadí antes de cerrar la puerta y acercarme a él.
—No te odia —contestó y se llevó las manos bajo la cabeza—, no está acostumbrado a tratar con gente nueva. Le gusta estar solo.
—No habla mucho —dije mientras pensaba en las tres horas de coche que habíamos sufrido sin cruzar apenas dos palabras seguidas.
—Con el tiempo comprobarás que, cuando lo hace, es peor.
Lo miré para ver si lo decía de verdad o solo era una mentira piadosa. No supe qué pensar.
—No te preocupes por él, en serio. Casi nunca está aquí y cuando lo hace es como una sombra ¿Tienes hambre? —preguntó. Se puso en pie y alargó la mano para que la cogiera.
—La verdad es que sí.
Bajamos en busca de comida mientras me recomendaba un par de libros de la biblioteca. No volví a ver a Alexander en todo el día.