Obsession (Almas Letales 2) 3. Mia
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3. Mia

MIA

Iba sentada en una monstruosidad de coche negro y con los cristales tintados y no podía dejar de mirar con disimulo el perfil de su rostro, cubierto con aquella máscara que provocaba que todos los vellos del cuerpo se me pusieran de punta.

Era de color marfil, parecía una calavera de verdad, con las cuencas de los ojos rodeadas de venas negras.

Una fina línea roja la dividía en dos, como si alguien hubiera partido un cráneo con un hacha y hubiera unido la parte frontal para crearla.

El resto era tela de color negro. Bajo ella, solo pude apreciar el tono de sus ojos, de un verde esmeralda tan llamativo como escalofriante.

Había intentado ser amable, además de que me dijera su nombre real. No me hacía ninguna gracia lo que estaba pasando, pero por mucha resistencia que opusiese nadie vendría a ayudarme, y referirme a él como «el Carnicero» era bastante violento. Me hacía pensar en escenas sangrientas y… repugnantes.

Cuando me di cuenta de que no pensaba decir nada, cerré la boca, sorprendida. Aunque no sabía de qué me extrañaba después del comienzo que habíamos tenido.

Había conocido a mucha gente a lo largo de mis veintisiete años, pero a nadie con tan poco decoro como él, igual que a nadie que me provocara ganas de llamarlo, como primera toma de contacto, «gilipollas».

Eso sí que era inaudito. Yo jamás arremetía contra nadie, tampoco estaba acostumbrada a que la gente me tratara así, pero ese no era el problema.

Lo era que llevaba media hora cerca de él y ya comenzaba a sacar la peor parte de mí.

Y yo no era así. No quería ser así. Por eso mismo intenté disculparme, pero, la verdad, no se lo merecía.

Dejé de mirarlo antes de que me descubriese y admiré el paisaje. Verde. Todo era verde.

Las dos primeras horas continuó sin decir nada.

No me molestaban los silencios, no necesitaba llenarlos con conversaciones banales para no sentirme incomoda.

Es más, aproveché para mandar correos y contactar una vez más con Keyla.

Seguía sin responder a ninguno de mis mensajes.

Más bien continuaba sin contestar a la larga lista de preguntas que le había hecho.

Cuando llegase, tendría que llamar a mi sous chef para que se encargarse del restaurante en mi ausencia, que a saber de cuánto tiempo sería.

No pude evitar llevarme las manos a la cabeza al pensar en el desastre que armaría Antonio por estar solo.

También intenté hablar con mi padre, pero tenía el teléfono apagado.

Enzo, mi captor, sin duda no me ayudaría, y Gabriella estaba con sus propios asuntos.

No paré de escribir mensajes hasta que llegamos a la ciudad y bajé el móvil para admirar las vistas.

No me hizo de guía ni mucho menos. Maleducado. Accedí a Maps y activé la localización.

Al parecer estábamos en el centro, en el casco antiguo, y era preciosa.

Casi pego la nariz al cristal. Conforme fuimos dejando atrás los edificios y monumentos de cuento, nos adentramos en una zona más urbanita, con edificaciones nuevas y modernas, hasta llegar a una parte más despejada e industrial.

—¿Cómo limpias el dinero manchado de sangre que ganas? —pregunté sin pensar en la respuesta que obtendría ni en si me gustaría saberla.

Cuando me di cuenta, giré la cabeza con lentitud. Esa pregunta estaba bastante fuera de lugar.

Me miraba, sin apartar los ojos de los míos, y por el brillo que tenían supuse que no le había hecho gracia.

Sabía leer bien a la gente. A diferencia de mis hermanos, lo mío era observar; lo suyo, atacar.

Se podían descubrir muchas cosas con solo prestar atención.

Muchos matrimonios se habían roto por un simple gesto.

Podías descubrir traiciones y mentiras según ciertos movimientos.

Era interesante, pero también preocupante, porque yo nunca había controlado los míos.

Y aunque aquel hombre llevase una máscara, sus ojos decían demasiado.

—Tengo una empresa de vigilancia y seguridad —acabó por contestar después de unos segundos que se me hicieron eternos mientras me retorcía las manos.

—Ah. —Cerré la boca de manera súbita.

Minutos después, paramos frente a un edificio de tres plantas que parecía abandonado.

Volví a fijarme en sus manos enguantadas.

Había escuchado el crujir del cuero contra el volante en más de una ocasión y sentía demasiada curiosidad.

No entendía por qué aún llevaba la máscara puesta, incluso en un vehículo con los cristales tintados.

Sacó un pequeño mando digital y apuntó a la puerta de acceso, una cochera que ocupaba casi toda la fachada, repleta de grandes ventanales de cristales opacos.

Al entrar, vi que había diferentes vehículos: deportivos, todoterrenos… Todos ellos negros y, cómo no, con los cristales tintados. Vale. Estaba obsesionado con cuidar su privacidad.

Cuando detuvo el coche, no esperé a que viniera a abrirme la puerta. Salí de allí a la carrera. Cerré con un sonoro portazo y me giré para verlo. Sus andares eran elegantes, rápidos y decididos. Su mano se fue directa a la máscara y, por fin, se la quitó.

Era muy atractivo. Demasiado.

Tuve que obligarme a cerrar la boca. «Dios santo, qué vergüenza».

Tenía una nariz perfecta, una mandíbula ancha y marcada recubierta por una barba corta, perfilada con pulcritud, casi del mismo color rubio caramelo de su pelo, solo que un tono más oscuro. Lo llevaba repeinado hacia atrás. Su ropa negra hacía que sus ojos resaltaran aún más.

Me había quedado paralizada, atrapada en esos ojos verdes que ahora encajaban con aquel rostro, con aquel cuerpo. Observé sus rasgos fríos y afilados. Creaban un aura perfecta. Letal.

Joder, era muy guapo y no podía dejar de mirarlo.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo. La intuición me decía que estaba en peligro, y no a salvo, cerca de él. Cuando llegó hasta mí, solo pude alzar la cabeza, sin perder esa conexión para seguir mirándolo. No paraba de preguntarme qué más se escondía detrás de aquella mirada fría.

Se detuvo a dos pasos de mí. Parecía divertirse.

Desde luego se lo estaría pasando en grande al verme pasmada, mirándolo como una idiota, aunque su rostro dijera: «Soy un asesino muy malo».

Me hizo un gesto con la mano para que caminase en esa dirección.

Reaccioné, menos mal, porque si no jamás me lo habría perdonado.

Giré sobre los talones sin pensar, sin mirar, y casi me precipito sobre el capó del coche que había detrás.

Conseguí mantener la dignidad, aunque fuera solo un poquito.

Solté una pequeña risita. «Patético, Mia».

—Ten cuidado —susurró al pasar de largo y dejarme atrás.

Imbécil. Tuve que respirar un par de veces para no mandarlo a la mierda. «Relájate, tú no eres así. No actúes según los actos de otras personas, tienes tu propia identidad». No dejé de recordármelo cada segundo mientras lo perseguía.

Llegamos a un ascensor, la única entrada o salida además de la puerta levadiza que daba al exterior. Cuando se abrió, entramos y marcó una contraseña de seis dígitos.

—Solo se puede acceder al apartamento por aquí —informó antes de que llegara a formular la pregunta que tantas ganas tenía de hacerle.

Me había pillado. Otra vez esa mirada divertida hasta que parpadeó, como si él mismo se hubiera dado cuenta del tremendo error y quisiera rectificarlo.

—¿Y si hay un corte de luz? —insistí.

No me gustaba que no hubiera escapatoria o que yo no la conociera. No solía pararme a pensar en esos detalles, pero en mi situación actual, con un asesino apodado «el Carnicero» como única compañía, sí, estaba preocupada.

—Tenemos un generador capaz de cubrir las necesidades del edificio durante semanas. Se alimenta de luz solar. —Su tono de voz era escalofriante, autoritario.

Lo peor, que me gustaba y no sabía ni por qué. Observé con descaro cómo se cruzaba de brazos, la manera en que me observaba del mismo modo que lo hacía yo, imitando mi postura. Tuve que tragar saliva, además de recordarme que debía respirar para seguir viviendo. «Pero ¿qué te pasa?».

Me apoyé en el espejo a mi espalda. Sus ojos seguían fijos en lo míos, sin perderse ningún tipo de detalle.

Su presencia era imponente y yo solo podía pensar en no estrujarme los dedos por lo nerviosa que me sentía.

Sabía que no le hacía gracia que estuviera allí, o eso sentía por su fulminante mirada.

Aquello no había sido una elección, sino un ajuste de cuentas entre él e Iván. Al menos, eso me había contado Enzo.

Las puertas se abrieron. Daban a un enorme salón de dos plantas, precioso, elegante, moderno y frío.

Todo era de color negro. Todo. Di dos pasos que resonaron por toda la estancia.

El Carnicero caminó hacia el centro de la sala y comenzó a sacar sus cosas de los bolsillos antes de colocarlas con sumo cuidado sobre una mesa de cristal.

Esperé tras él, sin dejar de mirar cada detalle que me rodeaba: el sofá mullido, la chimenea, las innumerables puertas que se veían en la lejanía y la enorme escalera que conducía a la segunda planta.

Nada de fotos, nada que diera color. No había vida, solo orden.

Mi apartamento era pequeño, pero lo había decorado hasta el último detalle. Era un hogar. Aquello parecía una sala de exhibición de la frialdad, un enorme castillo de hielo y oscuridad.

Carraspeó y me di la vuelta. Se había quitado los guantes. Y no pude evitar fijarme en la manera metódica y exacta en la que se recogía las mangas de la camiseta, en el movimiento de sus manos, que provocó que no pudiera dejar de admirarlas. Eran bonitas. Grandes.

Miró en mi dirección. Elevó una ceja cuando me vio ahí parada, observándolo sin ningún descaro. Sus ojos se fueron directos a mis mejillas. Un pequeño tic le recorrió la mandíbula, pero nada más.

Mierda, debía de haberme sonrojado. Mis mejillas eran un maldito revelador de mentiras y vergüenzas que llevaba acompañándome toda la vida.