2. Alexander
ALEXANDER
Llegaban tarde.
Jodidamente tarde.
Odiaba la impuntualidad y se habían retrasado más de una hora. Era la primera vez que alguien tenía la osadía de hacer algo así. Dejé de mirar el reloj como un estúpido. El ruso me dijo que a las ocho de la mañana estarían aquí. Eran las nueve y doce minutos.
Apreté los puños y estiré el cuello en un intento por relajarme. Era imposible.
Sentía el cuerpo en tensión, ese cosquilleo que me recorría los brazos cada vez que la ansiedad por no tenerlo todo controlado me carcomía, me quitaba el sueño, la tranquilidad, la vida, joder. Estaba cabreado. Mucho.
No quería esperar a nadie, y menos hacer de niñera y protector de una principessa descerebrada de la mafia italiana, pero seguía debiéndole un favor a Iván.
Hacía diecisiete años ese cabrón me había salvado la vida, y no solo a mí, también a mi hermano pequeño, Bastián. Desde entonces no ha dejado de echármelo en cara. Debí matarlo cuando tuve ocasión. Lo peor de todo es que éramos un críos cuando eso sucedió.
El padre de Iván, Nikolay, era quien dirigía la Bratva cuando ordenó acabar con la vida de mi padre. No pararon hasta que lo consiguieron gracias a la ayuda de la mafia irlandesa. Ellos fueron quienes asesinaron al Carnicero, delante de mis ojos, cuando solo era un crío de dieciséis años.
No contentos con eso, también ordenaron matarnos a nosotros, a sus hijos y a su segunda mujer, de la misma manera asquerosa y cruel.
Pero Iván nos sacó de allí. Después, me puse en contacto con la madre de Bastián para contarle lo que había pasado y que se encerrase por un tiempo en el agujero más oscuro que encontrara.
Ella vivía en otra ciudad, nos quedábamos bajo su cuidado cuando el Carnicero trabajaba.
Tuvimos que ocultarnos durante tanto tiempo que los meses pasaron y ella acabó perdiéndonos la pista. Nosotros también perdimos la suya.
Sobrevivimos como pudimos hasta que conseguimos establecernos.
No me avergüenzo de nada de lo que tuve que hacer para conseguirlo.
Robaba y amenazaba a cualquiera para darle a mi hermano de comer cuando se nos acababa el dinero.
Ese era mi pan de cada día. Incluso llegamos a comer de la basura y vivir en la calle.
Fueron tiempos demasiado difíciles.
Una historia muy larga y deprimente.
Años después, ocupé el puesto de mi padre como el Carnicero.
Comencé con peleas clandestinas. Vivir en los suburbios te metía en ese mundo depravado y oscuro de manera eficaz.
Mi padre no nos dio una educación normal, así que sabía lo que era pelear, disparar, matar…
Nunca quise eso, pero el dinero llegaba en grandes cantidades y lo más importante: rápido.
Además, era la mejor manera de sacar toda la mierda que tenía dentro.
Durante años estuve buscando a los que acabaron con la vida de mi padre, excepto a Nikolay.
Iván solo me pidió dos cosas a cambio de salvarnos la vida.
Una era que él mismo mataría a su padre; y la otra que le debería un favor, uno por cada uno de nosotros.
Pero todos los demás, todos aquellos que participaron en su asesinato, acabaron sufriendo el mismo destino.
Estudié en escuelas nocturnas mientras por el día me buscaba la vida, incluso traficaba con drogas.
Creé una empresa desde cero con todo ese dinero manchado de sangre. Una que valía miles de millones. Invertí y trabajé duro hasta convertirme en uno de los hombres más influyentes del mundo, además de uno de los más peligrosos.
A mis treinta y dos años me dedicaba a matar a la calaña más asquerosa y peligrosa.
Nadie relacionaba mi identidad con el Carnicero, nadie que no fuera Iván, de mi propio equipo o familia.
Para el resto del mundo era Alexander Kane, dueño y creador de Industrias Kane, empresa dedicada a la tecnología de vigilancia e inteligencia competitiva.
Costó años de trabajo, pero ser el Carnicero también ayudó a que ciertas personas, bajo amenaza, me apoyaran e invirtieran en la empresa de un chico joven y desconocido.
Ahora, después de todo ese trabajo, me encontraba cerca de los Alpes orientales, en Baviera, mientras esperaba a los hermanos Bianchi, que llegaban tarde. Solo con eso ya los detestaba.
Vivía en la ciudad de Múnich, pero era peligroso y sospechoso que un jet privado a nombre de la familia Bianchi pidiera permiso para aterrizar.
Si mi trabajo era protegerla, debía tener en cuenta todas las variables, y nadie podía saber que esa chica estaría aquí.
Así que quedé con ellos en mitad de la nada, rodeados por montañas y con accesos complicados, un lugar que tuviera una sola entrada y una sola salida.
Cuando vi el jet desde la lejanía, volví a mirar el reloj. Una hora y veintidós minutos tarde.
Me ajusté la máscara y esperé. No pensaba revelar mi identidad, no a él. El trato era cuidar de la chica. Ya me exponía demasiado al dejarla entrar en mi vida y en mi casa como para también mostrarle el rostro a su hermano.
Que la dejase en mis manos ya era un grandísimo voto de confianza por su parte, y más sin saber a dónde me la llevaba ni con quién. Confianza o desesperación, me daba igual. Aunque confiaba en el ruso, no lo hacía en los italianos.
Cuando los vi aterrizar, me subí en el todoterreno y conduje hasta donde estaban.
Aparqué a una distancia prudencial, me bajé y observé a la chica.
Era guapa, preciosa si te parabas a observarla como hacía yo, pero vacía.
Lo notaba por la falta de brillo en aquella mirada, una que intentaba evitar la mía a toda costa.
Casi me saca una sonrisa. No tenía nada que llamara la atención, solo una cara bonita plagada de temores.
Mi hermano, Bastián, había recopilado toda la información posible sobre ellos y si accedí fue porque, al parecer, era la única que no estaba loca de esa familia.
Si hubiera sido Gabriella a la que tuviera que proteger, me habría importado una mierda seguir debiéndole otro favor al ruso.
Además, me aseguró que no me daría ningún problema y me prometió que mi identidad estaría segura con ella.
Tampoco es que tuvieran pruebas en mi contra. Yo nunca las dejaba. Jamás.
—Llegáis tarde —comenté cuando me situé enfrente, haciendo un esfuerzo sobrehumano en todo momento para no agarrarlos del cuello y estrangularlos por el retraso.
—Complicaciones de última hora —contestó il capo mientras me examinaba de arriba abajo, buscando mis puntos débiles, aunque con aquella máscara era difícil.
Nada de saludos ni gilipolleces. Había venido a por ella y llegaba tarde a una reunión.
—Tengo prisa. —Miré a la chica de ojos de corderito y le hice un gesto con la cabeza.
La mano de Enzo salió disparada en mi dirección y me rodeó el cuello. Apretó con fuerza y tiró de mí para que dejara de mirarla y me centrara en él.
—No trates a mi hermana como si fuera una de tus perras, Carnicero —dijo con los dientes apretados—. No me gustaría tener que matarte si tan valioso eres para nosotros, pero no olvides, ni por un puto segundo, quién es.
—Mi trabajo es protegerla, no tratarla como a una principessa , como está acostumbrada —contesté tranquilo y le mantuve la mirada al capo.
—Déjalo, Enzo. No merece la pena discutir con alguien que se esconde tras una máscara —susurró en voz baja, aunque no lo suficiente como para que no pudiéramos escucharla.
Todo mi cuerpo se tensó. Miré a la chica, ahora de manera más exhaustiva. Eso no me lo esperaba.
Seguía acojonada, pero ahora había una especie de brillo en esos ojos aparte de la nada. Al parecer tenía carácter. Entrecerré los párpados y le di otro repaso. Escuché cómo il capo se reía antes de que me soltara de golpe.
—Después de esta aclaración —se volvió para mirar a su hermana con una sonrisa deslumbrante— y de tu ocurrente comentario, bella mia , me voy. Tengo gente que buscar, amenazar, matar y esas cosas. El trabajo me llama. Ciao!
Observé cómo le besaba la frente antes de susurrarle a saber qué. Después, me hizo un corte de mangas y se dio media vuelta para subir las escaleras del jet.
Volví a mirar a la chica. Tenía los ojos fijos en la puerta de embarque.
—¿Y tus maletas? —pregunté cuando comencé a andar en dirección al coche sin mirar atrás para comprobar si me seguía.
Antes me había fijado en que había cruzado los brazos sobre el pecho. Un gesto protector. Eso o estaba helada, de ahí mi pregunta.
—No tengo. No sabía que vendríamos aquí —contestó justo cuando se puso a mi altura.
No pude evitar que se me escapase una sonrisa cuando escuché sus pequeños pasos apresurados.
Me llegaba por debajo del hombro—. Mi hermano decidió que lo mejor era subirme en un avión sin escapatoria y comentarme, a una hora de aterrizar, que me despojarían de mi vida y me dejarían en las manos de un…
—Asesino —aclaré mientras le abría la puerta del coche para que se sentara—. Puedes decirlo, es lo que soy. ¿O era «cobarde»?
Por costumbre no le habría dado conversación. No me habría preocupado de si tenía frío o no, pero ese brillo en su mirada y aquellas palabras tan sinceras que me había dedicado… Nadie se había atrevido hasta entonces a hablarme así, y los que lo habían hecho no consiguieron terminar la frase.
Dejó de admirarse los zapatos para por fin mirarme.
Tenía unos ojos preciosos, color dorado, rodeados por largas y espesas pestañas oscuras.
No llevaba ni una sola gota de maquillaje.
No tenía ni una maldita imperfección. Giré la cabeza para verla mejor ahora que por fin se encontraba tan cerca.
Tenía unos labios gruesos, muy apetecibles.
Sus pómulos eran altos, plagados de pecas disimuladas.
Sí, era preciosa, perfecta y olía de maravilla. A cítricos, a verano, a sol.
—Ambas, al parecer —susurró para sí misma, aunque llegué a escucharla. Ni siquiera me había dado cuenta de que había entrado en un trance hasta que oí su voz.
Podría haberle contestado, pero me limité a seguir sujetándole la puerta para que entrara y nos largáramos de allí.
No pude evitar volver a apreciar el aroma que desprendía cuando pasó por mi lado para tomar asiento.
Mierda.
Cuando entré en el coche y arranqué, noté su mirada sobre mí.
—Me llamo Mia —dijo con voz tímida.
—Lo sé —contesté.
—Siento haberte llamado… —se interrumpió a sí misma cuando giré el cuello de golpe para comprobar que, en efecto, me estaba mintiendo. No lo sentía, para nada.
Me hizo un leve gesto con la cabeza para invitarme a hablar. Seguí observándola. Me dedicó una sonrisa tímida.
—Veo que eres de pocas palabras —indicó—. Bueno, pues nada. ¿A dónde vamos?
—A Múnich.
—Qué bien —comentó sin ganas antes de acomodarse en el asiento.