Obsession (Almas Letales 2)
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1. Mia
MIA
Volví a mirar a Enzo, quizá por centésima vez desde que habíamos despegado.
No paraba de moverse, de sentarse para volver a ponerse en pie a los dos minutos y comenzar a andar por el espacio reducido del jet privado de la familia.
Así una y otra vez. Todo eso, sumado a varios tics nerviosos que tenía desde que era niño, como arrugar la nariz, retorcerse los dedos y abrir y cerrar las manos, era como descubrir que tenía enfrente una bomba a punto de estallar sin saber por qué y sin un manual de cómo desactivarla.
Lo primero que pensé fue que estaría así por Gabriella, tan preocupado como yo, pero cuando le pregunté me contestó que era la que más segura se encontraba de todos por el momento y que el cabrón del ruso no dejaría que nadie que no fuera él le pusiera un dedo encima.
Veníamos de hacerle una visita a mi hermana, que se encontraba en Rusia bajo la protección de la Bratva, dirigida por Iván Nikolaievich Vasíliev.
Bueno, en vez de protección, podríamos llamarlo «residencia temporal con riesgo de fuga», o al menos eso era lo que me imaginaba.
Desde luego, el mapa que Keyla me obligó a entregarle indicaba eso. Intenté no reírme cuando lo pensé.
El vuelo a Múnich para una supuesta reunión de negocios de Enzo no duraría más de cuatro horas, menos incluso.
Durante las dos primeras, mi querido y estúpido hermano había estado observándome cada pocos segundos.
Cuando lo descubría, apartaba la vista y fingía pensar o mirar a cualquier otro lugar que no fuera yo.
Lo conocía demasiado para saber que nada bueno estaba tramando.
Enzo era, de toda mi familia, el más fácil de leer, al menos para mí.
Había aprendido a controlar sus tics delante de las personas que no fueran de confianza, pero cuando no había nadie y estaba preocupado, como en aquel momento, les daba rienda suelta.
Además, tenía un carácter demasiado voluble y temperamental, y era obvio que estaba rozando su propio límite.
Solo tendría que esperar un poco más y la mierda saldría volando por los aires.
Seguí observándolo mientras él intentaba disimular con todas sus fuerzas lo que fuera que lo carcomía.
Me relajé en el asiento y le mandé un mensaje a Keyla para informarla de que Gabi estaba sana y salva y que pronto se pondría en contacto.
Aún debía tener una charla con ella para que me contara lo que tramaba mi querida hermana.
Yo no interfería en temas de la mafia, menos en operaciones suicidas como la que Gabi tendría planeada, de eso podía estar segura.
No quería saberlo, pero otra parte de mí, aquella que haría lo que fuera por su familia, lo deseaba, y era imposible decirle que no a mi hermana.
Revisé la agenda de la semana, hice anotaciones y mandé varios correos a proveedores mientras seguía dándole sorbos a mi café solo. Hasta que vi por el rabillo del ojo cómo Enzo se acercaba y se dejaba caer en el asiento de al lado.
Bloqueé el móvil, lo guardé en el bolsillo y me giré para mirarlo a los ojos.
—¿Y bien? —pregunté con tiento. Tenía que mantener la calma o Enzo se pondría más nervioso y acabaría cerrando esa bocaza que le dieron nuestros padres.
—No sé por dónde empezar —contestó con voz tormentosa.
—¿Qué has hecho, Enzo? —pregunté, preocupada a la vez que exigente.
No era la primera vez que se metía en líos, y no hablo de robarle a tu madre un billete de la cartera.
Hablo de cosas por las que te mandarían a la cárcel y te condenarían a cadena perpetua.
Era el Don de la mafia italiana. Lo mínimo que habría hecho sería matar a alguien, y de ahí en adelante, una larga lista de crímenes, cada cual más perturbador o sanguinario.
—Nada, es solo que tengo que contarte algo y no te hará ninguna gracia. Bueno, más bien tengo que pedírtelo. —Se ladeó en el asiento para situarse justo frente a mí. Veía la culpa reflejada en su mirada.
—¡No pienso casarme con nadie!
Tenía que dejarlo claro antes de que continuara.
Ya habían prometido la mano de mi hermana, no él, mi papà .
Pero Iván había sido el gran amor de Gabi desde que era una adolescente, y ambas sabíamos que por muchos años que hubieran pasado aún lo quería.
Podría negarlo cada día durante el resto de su vida, pero seguiría siendo una gran mentira.
Yo, sin embargo, no estaba dispuesta a sufrir su mismo destino.
Puso los ojos en blanco y negó con la cabeza.
—No es eso. Verás, preciosa Mia. —Solté todo el aire que no sabía que estaba conteniendo de golpe.
Mi segunda reacción a esas palabras fue mirarlo con suspicacia.
«Mal, empezamos mal». Enzo no decía palabras bonitas a no ser que tuviera una muy mala noticia.
Me enderecé en el asiento y apreté los labios para no mandarlo a la mierda antes de que pudiera terminar—.
Ya sabes que intentaron matar a Gabriella.
—Sí.
—Antes de eso, alguien contrató al Carnicero para que la asesinara.
Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo nada más escuchar aquel apelativo.
—¿Quién es el Carnicero? —pregunté extrañada.
—Uno de los mejores asesinos del mundo. Sus estadísticas son demasiado buenas —suspiró, y dejó caer la cabeza de forma brusca contra el asiento—. Tan buenas como para saber que si hubiera aceptado el trabajo Gabriella estaría en un puto agujero a dos metros bajo tierra criando malvas.
—¿No lo aceptó? —Sentía el corazón en la garganta.
—No. Fue él quien llamó a Iván para comentárselo. Al parecer le debía un par de favores bastante gordos y sabía que el ruso la estaba buscando. Ya solo le debe uno. Bueno, dentro de poco ya no le deberá ninguno.
—Ah.
—Sí —contestó, y me miró de nuevo de esa forma tan sospechosa.
Tenía un mal presentimiento, uno tan malo que quería acabar con aquella conversación de manera desesperada, aunque sabía que eso no pasaría. Estaba atrapada en un avión a miles y miles de metros de altura. Aunque quisiera huir o taparme los oídos, acabaría sucediendo.
—¿Y por qué estás tan nervioso? —«Vamos allá», pensé.
—¿Quizá porque alguien quiere matar a Gabi? —«Sí, era una pregunta estúpida», pero había algo más—. Y la cabeza de Gabriella no fue la única que exigieron esos hijos de puta.
Cogí aire de forma pausada. No hacía falta ser muy inteligente para darse cuenta de que mi familia estaba en peligro. Ya lo estaba desde que había muerto Luca. Siempre lo había estado, pero desde aquella noche más aún.
—La tuya también estaba en el contrato, Mia —respondió con rotundidad.
Abrí los ojos de par en par.
—¡¿Qué?!
Enzo se incorporó en el asiento, me cogió la mano y la apretó con fuerza. Solo con ver su mirada, noté que estaba agotado.
—Lo siento, Mia, pero hasta que toda esta mierda se solucione necesito que estés a salvo. —Asentí despacio—. Necesito que salgas de Italia. Allí será el primer lugar a donde irán.
Esto no podía estar pasando. No otra vez.
—¡No! ¡Rotundamente no! —respondí y lo señalé con el dedo antes de ponerme en pie y alejarme de él.
—¡No es una decisión debatible! ¡Ni si quiera una elección, Mia! Es lo que hay y punto. Te guste o no, estés de acuerdo o no, se hará así —contestó mirándome desde el asiento.
—¡No podéis hacerme esto! ¡Tengo una maldita vida, Enzo! —grité con frustración porque, una vez más, llevar el apellido Bianchi me lo quitaba todo.
—¡Lo sé, hermanita, y lo siento! Pero si no sales del país, si no te vas a algún sitio donde estés segura, no podré hacer mi puto trabajo. Además de que acabarás muerta, ¡joder! —Se acercó a donde estaba—. Mírame, Mia.
Busqué esos ojos casi idénticos a los míos. Había rabia en ellos, pero sobre todo miedo.
—Ya perdí un hermano. No soportaría que os pasara lo mismo a vosotras. No puedo estar en todas partes.
Noté la humedad en mis ojos, ese nudo en la garganta que crecía y crecía cada vez que imaginaba que una situación así pudiera pasarle a otro miembro de mi familia.
—Por favor, no me lo pongas más difícil. No quiero dejarte con ese hijo de puta —gruñó—, pero allí estarás a salvo. Ese cabrón sabe cubrirse las espaldas, es casi intocable.
—¿Quién? —pregunté asustada.
—Te vas con el Carnicero.
De nuevo esa sensación, un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo.
—¡¿Qué?! ¡Me vais a mandar con un asesino!
Enzo me soltó y suspiró cansado.
—Hermanita, tu familia está llena de ellos —contestó con voz paciente mientras se frotaba los ojos—. Somos la puta mafia.
—Pero… —«Mierda, es cierto».
—Está un poco loco y tiene mal humor, pero aparte de ese par de detalles sin importancia seguro que es un encanto de persona —contestó antes de volver a su asiento—. Tu pórtate bien y listo. Eres la única cuerda de esta familia.
—No me hagáis esto —supliqué. Admiraba cómo se relajaba tan tranquilo mientras mi vida se rompía en mil pedazos.
—Ya está hablado, Mia. Es más —miró el reloj de su muñeca—, en una hora lo conocerás.
—Enzo… —Tenía que intentarlo una vez más.
—Te prometo que cuando todo esto acabe yo mismo iré a por ti.
Hablaré contigo cada día, y si ese cabrón te hace cualquier mal gesto, aunque solo sea respirar más cerca de ti de lo normal, lo mataré con mis propias manos.
Le cortaré la lengua y limpiaré el suelo de la ciudad con ella. Le sacaré las putas tripas y…
—¡Basta, Enzo, por Dios!