Obsesión (Rosewood 2) 41 Evangeline
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41 Evangeline

CUARENTA Y UNO

EVANGELINE

La ansiedad ha sido mi compañera constante desde que se marcharon. He intentado combatirla bailando con Hunter en el salón, poniendo sus canciones favoritas a todo volumen. Ha servido de ayuda durante un rato, pero ya llevan horas fuera.

Exhalo y dejo que la luz del sol me bañe mientras Hunter y yo jugamos a una animada partida de «Simón dice». La mayor parte del tiempo, simplemente hago que haga movimientos de baile ridículos.

—Muy bien, bizcochito mío, hora de comer.

Él me sonríe con las mejillas rojas y los ojos llenos de picardía. —¿Galletas de chocolate?

—¿Para comer? —Tuerzo el gesto hacia un lado para ocultar la sonrisa que amenaza con escaparse.

—Papá se ha ido para todo el día y no me ha dicho que no pudiera comerlas, así que... —Me mira con expectación, con sus cejas infantiles arqueadas y llenas de esperanza.

No puedo evitarlo, me río. Le alboroto el pelo, haciendo una pequeña mueca al notar los mechones sudados. —Me gusta tu lógica, peque. ¿Qué te parece si comemos rollitos de pizza y dejamos las galletas de chocolate para el postre?

Le paso la mano por el hombro y nos guío hacia la puerta corredera de cristal. Él se apoya en mí, descansando la cabeza contra mi costado.

—Trato hecho —dice, antes de separarse de un salto y echar a correr hacia la casa—. ¡El último en llegar es un pastel de calabaza podrido!

Sus risas resuenan a mi alrededor mientras empiezo a trotar. Naturalmente, le dejo ganar. Merece la pena solo por ver cómo la alegría le arruga los ojos e hincha sus mejillas.

—Eres demasiado rápido, Hunter. Eres como un guepardo —le digo cuando llego a la puerta y la abro. Pesa lo justo para que a él le resulte difícil abrirla desde fuera.

—He estado practicando —dice muy serio.

—Ya lo veo. Puede que algún día te guste apuntarte a atletismo.

Ladea la cabeza y se dirige directo a por su agua en la encimera. —¿Atletismo?

Empiezo a cerrar la puerta del patio, sin dejar de mirar a Hunter. —Sí, es como correr y hacer carreras y...

Un estruendo sordo a mi lado me pega un susto de muerte. Giro la cabeza hacia el sonido de golpe y doy un respingo. Dixie está al otro lado de la puerta del patio, con la mano apretada contra el cristal.

Abro la puerta de inmediato, con la adrenalina inundando mis venas al verla. Es la primera vez que la veo desaliñada. —¿Dixie? ¿Estás bi...?

—Es hora de irse, cielo. ¿Dónde está mi nieto?

Mi cuerpo se queda paralizado por un instante, un único momento en el que la confusión y el terror colisionan.

—¡Aquí mismo, Nan! —exclama Hunter, todavía todo sonrisas.

Pero Dixie no sonríe. Es la expresión más seria con la que la he visto nunca y, aunque no la conozco desde hace mucho, me está asustando de verdad.

—Ponte las zapatillas, cielo. Nos vamos de aventura. Y date prisa, Hunter. Muévete lo más rápido que puedas, ¿vale?

—Vale, Nan —dice él, saliendo disparado hacia la parte delantera de la casa, donde están sus zapatillas.

—Tú también, Evangeline. Coge el bolso y los zapatos. Nos vamos.

Vacilo. —¿Qué ha pasado?

Ella niega con la cabeza. —No hay tiempo para eso ahora. Tenemos que movernos. Ya.

—Mierda. Mierda, de acuerdo —mascullo, dando una vueltecita sobre mí misma, intentando averiguar qué necesito y qué está pasando.

—Zapatos, cielo. Bolso. Y necesitamos las llaves de los buggies de Silas —dice Dixie, mirando por encima del hombro hacia el patio trasero.

—Vale, vale. Zapatos, bolso, llaves —murmuro para mis adentros mientras me pongo las zapatillas y agarro el bolso de la mesa de la cocina.

Está justo al lado de Flopsy y las gafas de sol de Hunter.

Cojo ambas cosas y las meto en el bolso antes de echármelo al hombro.

Cruzo corriendo la cocina hasta el colgador de llaves de la pared del pasillo trasero.

—Vamos, cielo. Tenemos que movernos —grita Dixie. No está siendo desagradable, pero su voz tiene ese temblor que no había oído nunca. Y eso me asusta más de lo que me permito pensar en este momento.

Agarro ambos juegos de llaves en el puño y corro hacia la puerta del patio. Saco a Hunter a toda prisa y doy un portazo tras de mí justo cuando oigo el primer estruendo. Suena casi como un trueno en la distancia, ese bajo profundo y siniestro que te eriza el vello de la nuca.

—¿Qué ha sido eso? —susurro, mirando a Dixie.

Ella aprieta los labios y niega con la cabeza una vez. —Hunter, tú vas con Evangeline, ¿vale? A Nan le cuesta conducir esto con un solo brazo. —Se sube al buggy azul más cercano al jardín y le lanzo el llavero azul.

—Vamos, bizcochito. Vámonos de paseo. —Lo subo al buggy rojo y le encajo el casco en la cabeza. Ajustándome el bolso para que me quede pegado a la espalda, paso la pierna por encima y pongo la llave.

—¿Has conducido alguna vez uno de estos, Eve?

—Sí. —Una vez, pero no se lo digo. Ya me las arreglaré.

—¿Lista? —pregunta Dixie, pulsando el botón de arranque. El buggy ruge de inmediato. Lo aleja de la casa lentamente.

—Vamos —digo, justo cuando otro estruendo retumba en el aire. Mi adrenalina se dispara ante el sonido, enviando otra oleada de nervios por mi cuerpo.

Pulso el botón de arranque y no pasa nada. Saco la llave, vuelvo a meterla y pulso de nuevo el botón. Nada.

—¿Qué pasa? —pregunta Dixie por encima del hombro.

Suelto un suspiro y lo intento una vez más.

—¿Arregló papá este? Porque me dijo que el tío Nova lo había roto, y por eso no pude salir a pasear con él durante un tiempo —dice Hunter.

Se me para el corazón. Se me para el puto corazón justo dentro del pecho.

—Vale, cambio de planes. Vas a ir con Nan, ¿de acuerdo? —Me bajo del buggy y lo ayudo a bajar a él. Lo cojo en brazos y lo llevo corriendo hasta Dixie.

—¿Qué ocurre? —pregunta ella.

—El rojo está roto, así que Hunter irá contigo, ¿vale?

—No. Ve tú con él en este, y yo veré si Bane tiene otro —dice ella, haciendo ademán de levantarse. Pero entonces lo oímos.

El sonido inconfundible de motocicletas.

Solo que sé que no pueden ser nuestras motos, porque he visto a todo el mundo marcharse en coches y furgonetas esta mañana.

Mis ojos se encuentran con los suyos y, por primera vez, por fin tengo una de esas conversaciones silenciosas que realmente entiendo.

Tienes que llevarte a Hunter, le digo.

No, yo me quedaré aquí y tú vete con él. No entiendes lo que está pasando, dice ella.

Es verdad, pero sé que algo malo está ocurriendo y tu brazo derecho todavía está en un cabestrillo. Apenas puedes conducir esa cosa.

Exacto, por eso deberías llevarlo tú, dice ella.

Eres su abuela y te necesita, le digo.

Pongo una mano sobre su hombro. —Dixie, necesito que te lleves a Hunter.

Ella niega con la cabeza, pero se sienta. —Entonces necesito que te lleves esto. —Rebusca en su bolso y saca una pistola y un puñado de munición.

Me tiemblan las manos al aceptarla de su parte. No estoy muy familiarizada con las armas. He manejado alguna antes. Tenía intención de que Bane me enseñara, pero no pensé que fuera a necesitar esos conocimientos tan pronto.

Me la guardo en la parte trasera del pantalón, como he visto hacer a Bane otras veces, y luego acomodo a Hunter delante de ella, apretándolo bien y asegurándome de que esté a salvo. El buggy rojo es para dos personas, pero el azul en realidad no. Es imposible que quepamos los tres juntos.

—¿Tú también vienes, Eve? —pregunta él, con la voz amortiguada tras el casco.

—Voy justo detrás de ti, Hunter. Pórtate como un buen bizcochito con Nan, ¿vale? —Me quito el bolso de la cabeza y se lo pongo a él, apoyando la parte delantera contra su pecho—. Flopsy está aquí dentro, así que protege esto, ¿vale? Y agárrate fuerte.

Me inclino hacia delante y beso la parte superior de su casco, deseando haber pensado en hacerlo antes de ponérselo. Siento crecer dentro de mí un nudo de pavor nauseabundo que no consigo quitarme de encima.

—Evangeline —susurra Dixie, con los labios temblorosos y los ojos anegados en remordimiento—. Lo siento.

Doy un paso atrás y asiento. —Estoy bien. Todo saldrá bien.

Quizá si lo digo las veces suficientes, se convierta en verdad.