40 Bane
CUARENTA
BANE
Llegamos al almacén a unas pocas horas de Rosewood. Silas, Nova y yo entramos por el extremo norte. La mitad de nuestros hombres rodean los otros flancos. El resto de los hermanos y cualquier amigo del club al que hayamos recurrido están haciendo algo parecido en los otros dos almacenes.
No hemos podido confirmar cuál era su ubicación principal, ya que últimamente han utilizado los tres con bastante frecuencia. Estamos un poco dispersos al dividirnos en tres grupos, pero es manejable.
Y es mucho mejor, joder, que asaltar todos el almacén equivocado, darles el soplo y cargarnos nuestro elemento sorpresa. Es nuestra mejor puta arma ahora mismo.
Eso y la feroz rabia paternal que alimenta a Silas.
Abro el nuevo teléfono desechable y envío la letra p al chat de grupo para que podamos coordinar nuestro ataque. Golpear los tres lugares exactamente al mismo tiempo.
Es la única forma de que esto funcione con las mínimas repercusiones.
—Repasa el plan otra vez —exige Silas.
Estas situaciones imprevisibles son su pesadilla, así que no me ofende su tono.
—Una vez que estemos en posición, todo el mundo asalta los almacenes exactamente al mismo tiempo.
—La última vez les mostramos clemencia y mira a dónde nos ha llevado. Quince está muerto y Ace está hecho una mierda. ¿Amenazas contra nuestro pueblo, nuestras familias? —Nova sacude la cabeza—. No, ni hablar, no van a tener la oportunidad de cumplir eso.
El móvil me vibra en la mano y una serie de pes llenan la pantalla. —Estamos listos.
Silas asiente con la expresión tensa. —Sin piedad.
Los tres salimos con cuidado del SUV negro con las armas desenfundadas y caminamos con cautela hacia el almacén.
El exterior de un gris apagado está manchado de grafitis y óxido.
Todas las ventanas del primer piso están tapiadas y la mayoría de las de la parte superior del segundo piso están rotas.
Parece el tipo de sitio que verías en una película de terror.
Lo que supongo que lo convierte en un buen escondite para los capullos que hacen cosas terribles.
Las huellas de neumáticos frescas en la tierra de los alrededores me infunden algo de confianza. Alguien ha estado aquí hace poco. Pero algo no encaja. Está tranquilo; demasiado tranquilo.
Silas abre la puerta lateral, desprende escamas de óxido y revela un interior oscuro. El familiar olor a humedad de la marihuana flota hacia fuera, y parece que mi información era correcta. Han estado usando este lugar como invernadero.
—¿Estás bien? —murmuro.
Silas toma la delantera, siendo el primero en entrar en el edificio mientras Nova le cubre y yo nos cubro las espaldas. Los tres hemos hecho suficientes mierdas peligrosas juntos como para caer de forma natural en este patrón. Es como montar en bicicleta; hay cosas que creo que nunca olvidaré.
Entramos con cuidado en el almacén, pasando por encima de cristales rotos, cajas de cartón y trozos de metal al azar.
El polvo se arremolina en el aire, visible bajo los haces de luz solar que entran por las ventanas superiores.
Unas cuantas bombillas fluorescentes parpadeantes cuelgan del techo, iluminando el espacio.
—Pero qué cojones —suelta Nova.
—Voy a buscar a los demás —murmura Silas, abriéndose paso con cuidado entre toda la mierda del suelo hacia el resto de nuestros hombres.
No voy con él. No necesito que me lo confirmen. Ya sé que aquí no hay nadie.
Saco mi teléfono y envío la letra c. En cuanto a palabras en clave, hoy vamos a lo básico. Es lo mejor que he podido hacer con tanta gente diferente y con tan poco tiempo.
Mantengo el arma cerca mientras espero impaciente a que lleguen los mensajes. Más ces llenan el chat, pero solo son suficientes para uno de los lugares.
—Joder.
—¿Cuál? —pregunta Nova, captándolo de inmediato.
—El que está justo al pasar los límites de la ciudad.
—Dales tiempo, ¿vale? Jagger lo conseguirá. Siempre lo hace —dice Nova.
Lo más probable es que les haya tocado la peor parte y ahora estén en pleno meollo. Pero si los Savage Souls y los Hell Hounds están allí, puede que necesiten nuestra ayuda. Me brota el sudor por la nuca. Por esto no doy un paso antes de tener toda la puta información.
—Maldita sea. —Camino un poco de un lado a otro, con la indecisión pesando sobre mis hombros como una puta manta de plomo—. Les doy cinco minutos para que uno de ellos informe o simplemente iremos allí nosotros mismos, joder.
Es parte del acuerdo, que es muy sencillo. Envía una h si tu almacén está plagado de psicópatas y el resto de nosotros iremos. Si no están escribiendo para decir que el camino está despejado o que necesitan ayuda, solo puede significar una de dos cosas: están acorralados o ya están muertos.
La cabeza me da vueltas con posibilidades, estrategias de salida y planes de contingencia. Cada segundo que pasa se siente como un gong resonando dentro de mi cráneo.
Dos minutos después, mi teléfono vibra. Abro la pantalla.
—C —murmuro.
Se me retira toda la sangre de la cara mientras recorro el almacén con la mirada, buscando claridad.
Miro más allá de la basura por todas partes, los cajones volcados y los sofás destrozados.
Al principio parecía abandonado, pero ahora que me fijo de verdad, hay señales de actividad reciente.
Una televisión de pantalla plana en la esquina, plántulas sobre la mesa, una cafetera medio llena.
Este no es un almacén abandonado.
Es una escena cuidadosamente preparada. Algo para mantenernos aquí, para distraernos.
La adrenalina inunda mis venas mientras la comprensión me ahoga en sus gélidas profundidades.
—Es una trampa —mascullo, con el horror estrangulando mi voz.
Nova se queda quieto. —¿Qué has dicho?
Giro hacia él y levanto mi arma, mirando hacia la pasarela que rodea el segundo piso sobre nuestras cabezas. Aquí somos como peces en un barril. —He dicho que es una puta trampa.
—¿Cómo? —espeta Nova, imitándome y apuntando hacia arriba.
Una vez que estoy seguro de que no hay Savage Souls escondidos esperando para eliminarnos, bajo el arma y levanto el teléfono al mismo tiempo. Rompo el protocolo y envío un mensaje de texto al grupo.
Yo: CÓDIGO ROJO. Es una trampa.
Me guardo el móvil, con los ojos tan abiertos que me duelen mientras doy vueltas buscando amenazas. No veo nada, pero eso no significa una mierda. No vi venir esto, lo que significa que no tengo ni idea de lo que va a pasar.
Siento que no sé nada en este momento. Aparte de que tenemos que salir de aquí cagando leches.
Respiro con dificultad, el pánico me invade mientras busco a mi primo, mi mejor puto amigo que me salvó la vida. No puede morir en un almacén de mierda en mitad de la nada porque yo la haya cagado. —¡Silas! —bramo su nombre.
Él aparece desde una posición agachada, con la expresión tensa. La comprensión le quita el color de la cara y, juntos, empezamos a correr.
Todo el mundo logra salir del almacén de una pieza. Estoy nervioso y con el dedo ligero en el gatillo, esperando que estén fuera aguardando para rodearnos. Es lo que yo haría si fuera ellos. El aire caliente nos recibe, presionando de forma incómoda contra mi piel.
—¡Todo el mundo, fuera de aquí de una puta vez! —grita Silas mientras corremos hacia el SUV—. Estad alerta.
Llegamos al SUV cuando un fuerte estallido retumba en el aire, enviando ondas de presión que se expanden desde lo que queda del almacén. Grandes nubes de humo negro se elevan hacia el cielo desde las ventanas reventadas y las llamas envuelven una mitad del edificio.
—Hijo de puta —maldice Silas.
—Una puta trampa, desde luego —dice Nova, dándome una palmada en el hombro.
Pero no respondo. El pavor en mis entrañas no ha disminuido; se ha multiplicado.
—Vámonos antes de que llegue la policía. Eso ha sido tan fuerte que lo han oído en el siguiente condado —dice Silas, deslizándose en el asiento del conductor.
Abro la consola central y agarro mi teléfono, con la intuición ardiendo con fuerza dentro de mí. Lo enciendo y veo dos llamadas perdidas de la tía Dixie. —Mirad vuestros teléfonos ahora mismo.
Silas saca su móvil del portavasos que tiene al lado. —Espera, mamá ha dejado un mensaje de voz.
Lo pone en manos libres mientras arranca a toda velocidad por el improvisado camino de grava y, un momento después, la voz de la tía Dixie llena el aire.
—Silas, han asaltado el complejo. Ven a casa, hijo.
Mi teléfono suena y me sobresalto.
—¿Quién es? ¿Mamá? ¿Evangeline? —pregunta Nova, echándose hacia delante entre los asientos.
Un número desconocido parpadea en la pantalla y respondo al instante, poniéndolo en altavoz.
—¿Diga?
—Busco a Lincoln St. James. —Es una mujer, pero su voz suena amortiguada, como si se estuviera tapando la boca o algo así.
—¿Quién es?
—¿Es Lincoln St. James? —insiste ella, bajando la voz hasta casi un susurro.
Miro a Silas y me preparo. —Sí. ¿Quién es?
—Soy Elizabeth Carter y he metido la pata. Yo... necesito su ayuda.