39 Evangeline
TREINTA Y NUEVE
EVANGELINE
—No lo entiendo —sacudo un poco la cabeza, con la confusión frunciéndome el ceño.
Han sido dos días de caos silencioso. Esa clase de energía frenética que se hincha dentro de la casa, tan grande que presiona contra la piel.
Pero nadie dice nada para que estalle. Hay conversaciones en voz baja entre los tres chicos, pero nadie habla realmente conmigo.
—Tenemos que irnos ya —murmura Bane.
—¿Adónde vais?
—Es un asunto del club, nena —tiene el ceño fruncido y la mirada baja. El arrepentimiento tira de las comisuras de su boca hacia abajo.
—Olvidas que mis conocimientos sobre clubes de moteros empiezan y terminan con diez episodios de una serie de televisión y unas cuantas novelas románticas. Así que explícamelo como si tuviera cinco años.
La comisura de su labio tiembla. —Bueno, no creo que te contara esto si tuvieras cinco años.
Pongo los ojos en blanco y me cruzo de brazos. —Vale, pues no sé, dime algo. Los tres os habéis estado comportando de una forma rarísima desde la tormenta. Sé que a uno de los chicos le pasó algo, pero lo que no entiendo es por qué os estáis equipando como si fuerais a entrar en batalla.
—Sí que lo entiendes, cielo —su voz es baja, pausada. Siempre está tan sereno, incluso ante el peligro.
Mientras intento darle sentido a todo, mis pensamientos se convierten en una maraña de confusión. Mi mente se pone en lo peor y la visión se me nubla. Se me forma un nudo en la garganta y sacudo la cabeza, dejando que el pelo me caiga sobre los hombros.
Se apresura a ponerse a mi lado y me toma las mejillas con delicadeza entre las manos. Pasa los pulgares por debajo de mis ojos, y el alivio que me produce su contacto es casi instantáneo. —Tranquila. No me va a pasar nada.
—Eso no lo sabes. Esto... esto es una puñetera locura, Lincoln —se me agudiza la voz y siento los ojos demasiado abiertos. Mis manos se aferran a sus antebrazos, como si pudiera impedir físicamente que se marche.
No intenta suavizar las cosas ni me dice frases hechas; simplemente asiente. —Es peligroso. Pero volveré contigo, ¿me oyes? Y cuando lo haga, si quieres marcharte, nos largaremos de aquí de una puta vez.
—¿Qué? —siento cómo se me arruga el entrecejo mientras le miro.
Sus manos se apartan de mi cara, dejando a su paso una sensación de hormigueo. Suelto sus muñecas con renuencia, sintiendo de inmediato una sensación de pérdida. Pero su mirada no se aparta de la mía mientras se quita el chaleco.
Y entonces me deja de piedra cuando me lo echa sobre los hombros. Me quedo dócil en sus manos mientras mete mis brazos por los huecos laterales. El cuero se siente cálido y sorprendentemente suave, más ligero de lo que esperaba.
—¿Qué estás haciendo? —susurro, casi temiendo su respuesta.
—Sabes perfectamente lo que significa, cielo —su voz profunda me provoca escalofríos por la columna mientras se inclina hacia mí. Pasa sus labios por los míos en un beso tan dolorosamente dulce que me encoge el corazón.
—¿Por qué? ¿Por qué, Lincoln? —susurro contra su boca. El pavor me llena el estómago como un cubo lleno de peces fuera del agua, pesado y coleando.
Se aparta lo justo para mirarme a los ojos, los suyos encendidos con algo que no acabo de identificar. —Ya sabes por qué, nena —dice con calma.
Es un contraste tan marcado con la forma en que mi corazón late desbocado contra mi pecho que me hace sentir como si estuviera perdiendo la cabeza.
—No seas ridículo. No puedes darme tu chaleco así como así —lo agarro del lateral e intento quitármelo, pero sus manos se posan sobre las mías, deteniéndome.
—Ya está hecho.
Mi boca se curva en un gesto de disgusto y le miro con los ojos empañados.
Los bordes deshilachados de la histeria se cuelan en mi conciencia.
En alguna parte, de algún modo, mi subconsciente sabe que esto no es bueno.
Que el hecho de que me dé esto se siente permanente de una forma que nunca pedí.
Parece que se está despidiendo, aunque sus palabras digan lo contrario.
Y eso me resulta inaceptable.
—Bueno, pues recupéralo. Es... es una falta de respeto hacia tu club —le digo, con la voz subiendo a ese estúpido tono agudo que adopta cuando estoy a punto de echarme a llorar de verdad.
Asiente unas cuantas veces mientras se acerca a mí. Retrocedo un paso y él me sigue hasta que mi espalda choca contra la pared. Apoya las manos en la pared, a cada lado de mí. Inclinándose, dice: —Lo quemaría todo hasta los cimientos si eso significa que puedo tenerte conmigo.
Mis ojos se llenan de emoción; la intensidad y la seguridad en su voz me atraviesan el corazón como una flecha. —Pero tú amas este club.
—Lo amo —confirma con un gesto. Desliza una de sus manos por mi cuello, inclinando mi rostro hacia el suyo. —Pero a ti te amo más.
Se me corta la respiración y le agarro la camiseta con el puño, pegándolo a mí. —Apenas me conoces, Lincoln. Has estado en este club toda tu vida. Y no te pido que elijas.
—Lo sé, cielo. Por eso lo hago yo solo. Y te elijo a ti. Siempre.
Sus labios chocan con los míos, besándome con una desesperación y una pasión a las que no estoy acostumbrada en él. Le devuelvo el beso con el mismo fervor, intentando transmitir todas las emociones que me recorren sin necesidad de palabras.
Unos golpes en la puerta nos separan. —Es hora de irse, tío —grita Silas.
Bane apoya su frente contra la mía. —Voy a volver a por ti, ¿me oyes, Evangeline? Y entonces ya no habrá reglas que valgan, cielo —me planta un beso firme en los labios y se separa de la pared.
Me quedo allí, con el corazón palpitando un minuto más antes de quitarme el chaleco, dejarlo a los pies de mi cama y seguirle escaleras abajo. No es una declaración de principios hacia él, sino hacia Nova.
No puedo bajar con el chaleco de Bane puesto y despedir a Nova con un beso. Por primera vez, me siento un poco insegura en esta dinámica de relación que tenemos. Mis pasos son vacilantes y temo que un traspié ahora mismo cueste más de lo que cualquiera de nosotros esté dispuesto a pagar.
No sé qué está pasando, solo que la mayoría de los Reapers se marchan hoy del recinto. Y eso... eso ya es bastante alarmante de por sí.
Encuentro a Nova esperándome al pie de la escalera.
Va vestido con una camiseta negra y vaqueros, con su gorra de béisbol negra puesta del revés.
Me dedica esa sonrisa letal suya y las estúpidas lágrimas vuelven a brotarme en los ojos.
No sé qué me pasa, pero esta no es la clase de despedida que quería darles.
Así que sorbo por la nariz y parpadeo unas cuantas veces, deteniéndome dos peldaños por encima de él.
Eso reduce nuestra diferencia de estatura lo suficiente como para que me incline hacia delante y salte a sus brazos sin pensarlo.
Me atrapa con una risita baja, sus manos apretando mi trasero mientras presiono mi boca contra la suya en un beso casto.
—Ten cuidado, ¿vale?
Una palma deja mi trasero para subir por mi espalda. —Siempre lo tengo, bombón. No tienes de qué preocuparte. Y cuando vuelva, nos daremos ese famoso beso de Nueva York, ¿no? —bromea, pasando sus labios por la línea de mi cuello.
Me arranca una carcajada y estrecho los brazos a su alrededor. —¿Te refieres al de Times Square?
—Voy a inclinarte hacia atrás y a besarte de muerte delante de todo el mundo, así que prepárate, bombón.
Suelto una risa. —¿Es una tradición o algo así?
—A partir de ahora, lo es.
Me aparto para que me preste atención. Espero a que su mirada se encuentre con la mía. —No sé qué vais a hacer, aparte de que es peligroso. Pero quiero que vuelvas conmigo, ¿vale?
Su rostro se suaviza, el afecto sustituye al humor. Pasa sus labios por los míos y dice: —Soy tuyo, Evangeline.
Vuelvo a apartarme, con el nerviosismo oprimiéndome el pecho. —Prométeme que volverás conmigo.
Su mirada recorre lentamente mi rostro como si lo estuviera memorizando. Finalmente, asiente. —Lo haré.
Elimino el espacio entre nosotros y presiono mis labios contra los suyos.
Nuestro beso es tierno y lento, sellando su promesa.
Probablemente haya sido injusto por mi parte pedirles que vuelvan conmigo de esa manera.
Estoy segura de que más tarde lo recordaré y sentiré el sofoco de la vergüenza, pero ahora mismo me parece lo correcto.
Aunque sea un poco dramático.
Fuera rugen los motores y sé que tiene que irse. Nos separamos y me deja en el suelo. Me mira un momento y luego, como si nuestro momento serio nunca hubiera existido, su boca se curva en una especie de sonrisa arrogante y camina hacia atrás, hacia la puerta principal.
—No te olvides de mi beso de después, bombón.
Sacudo la cabeza, mordiéndome el interior del labio. —No lo haré.
Él asiente y le veo marchar.
Dos fuera, falta uno.
Encuentro a Silas en la cocina, con las manos apoyadas en la isla y la cabeza cabizbaja. Me quedo esperando junto al umbral, sin saber qué decir. O si debería decir algo.
Nos hemos estado evitando desde la noche de la tormenta. O tal vez él ha estado absorto en este... asunto del club... y yo... yo le he estado evitando a él. Odio la inseguridad que me corre ahora por las venas.
Me aclaro la garganta discretamente. —¿Dónde está Hunter?
Silas levanta la cabeza y su expresión me hiela el aire en los pulmones. Está destrozado. Con los ojos rojos, el ceño bajo y los labios apretados en una línea recta.
—Confío en ti, Evangeline —su voz es un estruendo bajo.
Asiento despacio, con una expresión que se vuelve seria. —Lo sé. Puedes confiar en mí.
Su mirada vuela sobre mi rostro, desciende por mi cuerpo con una fuerza tan pesada que la piel me hormiguea como suele hacerlo. —Mantendrás a mi chico a salvo.
No es una pregunta. Quizá esté intentando convencerse a sí mismo o quizá ya esté seguro de ello.
—Lo haré. Tienes mi palabra.
Deja caer la cabeza hacia delante, pero enseguida se endereza. —Hunter está en el sótano viendo una película. Le he dicho que hoy harías palomitas.
—Está bien. Puedo hacerlo. ¿Cuándo debemos esperaros de vuelta? —me siento orgullosa de la entereza de mi voz.
Niega con la cabeza mientras se pasa una mano por la cara. —No lo sé. Pero ten el móvil encima, ¿vale? El recinto va a estar cerrado por ahora, así que no vayas a ninguna parte. Ni siquiera a tu casa o a la de tu prima.
—Hunter y yo estaremos bien aquí. Tenemos de sobra para mantenernos ocupados mientras vosotros os ocupáis de... los asuntos del club.
Cruza la cocina despacio y se detiene cuando está a mi lado. —Cuida de mi chico, Evangeline.
Le miro por encima del hombro y le prometo: —Lo haré.