27 Nova
VEINTISIETE
NOVA
Me ajusto la gorra, girándola hacia atrás mientras entro en el local. No he estado aquí desde aquella noche en la que pasó toda esa mierda.
Joder, parece que fue hace siglos.
Quince asoma la cabeza por la puerta de su habitación, alargando la mano para hacer el saludo entre colegas.
—Eh, tío. No te he visto en toda la semana.
Le saludo con un gesto de la barbilla.
—Sí, tío. He estado liado.
Su sonrisa se vuelve un poco lasciva y asiente un par de veces.
—Has estado liado con tu chica, lo pillo, tío. Es un buen—
Le planto la mano en medio del pecho y le sostengo la mirada. Noto la violencia hirviendo a fuego lento mientras le fulmino con los ojos.
—Si te queda algo de sentido común en esa cabeza, vas a cerrar tu puta boca sobre mi chica. ¿Sí?
Él levanta ambas palmas.
—Sí, tío. Te he entendido.
Le doy un empujón.
—Bien. No lo olvides de una puta vez.
Una bunny le llama desde dentro de su cuarto y lo dejo con lo suyo. Encuentro a Silas en la cocina, de pie a un lado de la isla, con los brazos apoyados en la encimera. Alza la cabeza cuando oye el arrastre de mis botas por el suelo.
—¿Qué pasa que no podías esperar a contármelo luego?
Niega con la cabeza.
—Bane va a llegar de un segundo a otro. No quiero repetirme.
Resuello por la nariz y saco una silla de la mesa que hay junto a la pared. Me dejo caer en ella y echo un vistazo a la habitación.
—¿Quién está con Hunter? He visto salir a Evangeline.
—Sí, está con mamá un rato. Nos ha tenido en casa esta noche, una cena de la noche antes de la operación.
Cruzo los brazos sobre el pecho.
—¿Soy yo o se está tomando esto con demasiada calma?
Silas niega con la cabeza.
—Puede. Me ha dicho que ha pasado por situaciones mucho más jodidas que, y cito, un poco de dolor de hombro.
Bufo. A esa mujer nunca la altera la violencia, ni la sangre, ni el desenfreno. No debería sorprenderme que no le dé miedo una operación.
Bane entra con paso tranquilo y se detiene en medio de la cocina.
—¿Qué pasa?
Me encojo de hombros y señalo a mi hermano con la cabeza, echando el cuerpo hacia atrás para equilibrar la silla sobre dos patas.
—Pregúntale a él. Me ha arrancado a Evangeline de encima para arrastrarme hasta aquí.
La cabeza de Bane gira hacia Silas.
—¿La has tocado? —Su voz es lo bastante afilada como para separar la carne del hueso, un destello de algo brutal cargando el aire a su alrededor.
Silas se despega de la encimera, se le hincha el pecho y la cara se le tensa en un ceño.
—¿Estás de puta coña, Bane? Por supuesto que no.
Bane exhala, y es como si a alguien se le escapara el aire de un neumático. Le veo relajarse a la vista. Niega un poco con la cabeza.
—Tienes razón. Lo siento. Sigo un poco jodido por el posible intento de allanamiento en casa de Evangeline el otro día.
Las dos patas delanteras de la silla golpean el suelo.
—¿Qué posible allanamiento?
Bane se echa los hombros hacia atrás y saca una silla frente a mí.
—El del otro día. Un segundo. Quizá.
Me inclino hacia delante y me contengo para no enseñarle los dientes. Pero el impulso de ir a buscarla y protegerla es fuerte y exigente.
—¿Por qué nadie me ha dicho nada?
—No estabas contestando al teléfono, ¿te acuerdas? —dice Silas, tirando de la silla de la cabecera de la mesa.
Me reclino hacia atrás y cruzo los brazos sobre el pecho; la rodilla me tiembla un poco.
—No, tío, eso es una gilipollez. Los dos sabíais dónde estaba. Cualquiera de los dos podía haber entrado en cualquier momento.
Silas resopla.
—La última vez que interrumpí una de tus sesiones creativas así, casi me rompes la mandíbula.
Aprieto la mandíbula.
—No seas tan dramático, hermano. Fue un simple ojo morado, y bien que te lo merecías por la mierda que soltaste.
Mi hermano no es lo que se diría un entendido en arte, así que intento no tomarme a mal el hecho de que no tenga ni gota de gusto.
También es la razón por la que trabajo casi siempre solo.
No quiero un comentario continuo sobre cada cosa.
A veces las cosas quedan raras, pero hay que confiar en el proceso.
—¿Podemos ir al motivo por el que estamos aquí? —pregunta Bane, abriendo más las piernas y acomodándose.
—Eso. Han llamado los Blue Knights. Diesel va a cobrarse ya el favor —dice Silas.
—¿Debería preocuparnos que lo reclamen tan pronto? —pregunta Bane.
—¿Y antes de que hayamos usado nosotros el nuestro? —pregunto justo después.
Silas niega con la cabeza.
—No tenemos muchas opciones. No estamos precisamente nadando en aliados.
Paso los dientes por el labio inferior e intento averiguar si estamos a punto de acabar jodidos.
—¿Ni siquiera los Vipers?
—Nanay —dice Bane, negando con la cabeza—. Siguen demasiado verdes. Sería más trabajo que ayuda.
—Entonces, ¿con quién contamos?
—Blue Knights. Horsemen. Widows. Y Diamond Pythons, pero solo si estamos desesperados.
Bane silba por lo bajo.
—¿Ya está?
—Es todo lo que puedo conseguir ahora. Esa mierda que hicieron Savage Souls y Hell Hounds en Three Crowns ha acojonado a la peña. Que probablemente era justo la puta idea...
—Lo que significa que tienen a alguien mucho más listo que Rocker, el viejo presi de los Savage Souls —le corta Bane.
Asiento un par de veces.
—Lo que los hace más peligrosos todavía. Van colocados con un subidón falso y harán lo que sea por seguir persiguiéndolo. Y estos cabrones ya eran unos putos yonquis del todo o nada. Nunca les ha importado demasiado ni su propia integridad ni destrozar su ciudad.
—¿Entonces vamos dónde? ¿A Nueva York? Porque ese viaje suena largo —dice Bane.
—Necesitan refuerzos para ayudar a uno de sus hermanos. Está en un follón a unas cinco horas de aquí —dice Silas.
—¿Así que vamos a hacer de guardaespaldas? —pregunto.
Silas asiente.
—Más o menos. Nosotros, dos o tres días. Salimos en un par de días.
Bane entrecierra los ojos, fijos en mi hermano.
—¿Por qué vamos a ir los tres?
Capto su línea de pensamiento.
—¿Quién va a mantener todo en pie aquí?
—O vamos los tres o no hay favor. Y sí, antes de que lo preguntes, se me ha pasado por la cabeza que sea una trampa.
Pero es demasiado rebuscado. Hay formas mucho más fáciles de quitarnos de en medio, si ese fuera su objetivo —dice Silas con un encogimiento de hombros—. Pero lo llevaremos a votación.
—No tenemos mucho donde elegir. Puede que los necesitemos más pronto que tarde —dice Bane, pasándose la mano por la boca.
Me inclino hacia delante, con el corazón bombeando más rápido.
—¿Por qué?
—Savage Souls y Hell Hounds han atacado tres negocios más en el territorio neutral. Y he oído rumores de que han cerrado un trato con los Outlaws.
—Joder —maldecimos Silas y yo a la vez. Nuestras miradas se cruzan y niego con la cabeza.
Los Outlaws son una banda con un nombre de lo más acertado que casi siempre se queda en su territorio al oeste.
Es desierto alto, pocos turistas y lleno de todo tipo de cosas con las que destrozar a alguien.
En todos los años que llevan activos, nunca se han metido en nada.
Y no porque no tengan hombres, es que no les da la puta gana involucrarse.
La determinación afloja el agarre férreo del miedo alrededor de mis costillas.
—Si los Outlaws se están haciendo colegas del dúo infernal, entonces sí, tenemos que hacer lo de los putos guardaespaldas. Porque seguro que los vamos a necesitar muy pronto.