26 Nova
VEINTISÉIS
NOVA
El sol se está poniendo, tiñendo el cielo con gruesas franjas de rosa y naranja.
No me puedo creer lo mucho que aprieta el calor y la humedad a esta hora del día.
No sé por qué me sorprende, es lo mismo todos los años.
Pero, de alguna manera, siempre me asombra lo denso que se vuelve el aire en verano.
—¿A dónde vamos?
Balanceo un poco nuestras manos entrelazadas mientras caminamos juntos desde nuestra casa hacia Southern Steel, el garaje reconvertido en estudio donde he estado encerrado los últimos días.
—Ya lo verás —sonrío ante sus cejas arqueadas, acentuando mi gesto para que se me marquen los hoyuelos. Sé que la debilitan un poco, y no me importa usar esa mierda en mi beneficio.
Ella pone los ojos en blanco, pero veo un leve rubor subiendo por sus mejillas. —Eres incorregible —dice, fingiendo regañarme. Sin embargo, su pequeña sonrisa pícara le quita credibilidad al asunto.
Suelto una risita y tiro de ella para pegarla a mi costado, levantando nuestras manos para darle un beso en los nudillos. —Te encanta.
—Tal vez —admite con un encogimiento de hombros, con sus ojos castaños centelleando mientras me mira.
Es increíble cómo el simple hecho de estar en su presencia lo cambia todo; me cambia a mí. Me aporta una apariencia de paz, un punto brillante de algo bueno en un mundo que a veces puede parecer jodidamente gris. A su lado, siento que por fin puedo volver a respirar.
O, joder, quizá sea porque he pasado los últimos días creando cosas inspirado en ella. Sea como sea, estoy bastante seguro de que estoy completamente perdido.
—¿Y qué tal tu día con el mejor sobrino del mundo?
Ella sonríe con sorna. —Es genial, ¿verdad?
—A ver, está bien documentado que ha salido a mí —bromeo, dándole un toquecito con mi hombro.
Me dedica una amplia sonrisa. —Evidentemente. Ha sido un buen día. Fuimos al mercado agrícola con tu madre. Le descubrí las mermeladas a Hunter y eligió unas combinaciones de sabores bastante dudosas, así que de nada —dice con una risita.
Ese sonido me trastoca un poco, y creo que sería capaz de cualquier cosa con tal de seguir escuchándolo.
—¿Qué tal tu día?
Me muerdo el labio al sentir el peso de su pregunta. Es bastante inocente, pero me parece cargada de intención. —Ajetreado. Tenía algunas cosas en las que trabajar.
—¿Y lo has hecho? Me refiero a si has logrado resolverlas.
Asiento, con la vista fija en el suelo mientras mis botas arrastran la grava suelta. —Sí, creo que sí.
—Me alegro —responde en tono suave.
La miro de perfil. La curva de su nariz y el rizo de sus largas pestañas. Su pómulo y sus labios carnosos, siempre dispuestos para un mohín. Es tan hermosa que me duele el pecho.
Finalmente, llegamos a la entrada trasera de mi garaje. Suelto su mano para abrir la puerta. La mantengo abierta y le hago un gesto para que pase primero. —Bienvenida a Southern Steel.
—Vaya —murmura ella.
—No es lo que esperabas, ¿a que no? —entro tras ella y echo el cerrojo.
Me mira por encima del hombro. —Es muy... blanco.
Paredes blancas y suelos de vinilo blanco. Marcos ornamentados en oro y negro con obras de arte coloridas sobre paspartús blancos.
Suelto una carcajada, pasándome la mano por la boca. —Sí. Me gusta ver cómo lucen los colores, y el blanco hace que resalten. Pero no es eso lo que quería enseñarte. Ven, cariño.
La guío a través de la mitad del garaje dedicada al taller hasta el espacio artístico en la esquina del edificio. Está decorado de la misma manera: paredes blancas y suelo de vinilo blanco para facilitar la limpieza.
La luz mortecina del sol se filtra a través de las persianas entornadas frente al gran ventanal de esquina que va del suelo al techo.
Dejo las luces apagadas, observándola mientras entra despacio en la sala.
Mi mirada se queda pegada a su rostro sin mi permiso, y la vulnerabilidad hinca sus garras envenenadas en mi carne.
Me pregunto qué estará pensando mientras recorre el espacio con la vista.
La mesa de dibujo contra una pared, con bocetos en papel cubriendo cada centímetro disponible.
Lienzos apoyados contra la otra pared de varios tamaños, algunos incompletos con capas de pintura, otros en blanco.
Materiales de arte en los estantes contra la pared junto a mí.
Un caballete vacío en la esquina del ventanal.
Y un dibujo de casi dos metros por dos metros pegado en el centro de la pared a mi izquierda.
Es lo mejor que he creado en mi vida.
Y con carboncillo, de entre todas las técnicas posibles. Es la que menos utilizo, y sigo sin saber por qué me sentí atraído por ella.
Pero he exorcizado algunos demonios en esta habitación, muchos de ellos esta semana. Y esto... esto es el fruto del viaje.
Me obligo a apoyarme contra el marco de la puerta en lugar de acercarme demasiado para estudiar cada mínimo cambio en su rostro cuando finalmente se percata del papel en la pared. Los nervios me devoran el revestimiento del estómago como pequeñas pirañas hambrientas.
Camina lentamente hacia él, deteniéndose a un par de metros. Se le escapa un grito ahogado, una silenciosa inspiración de asombro, y se lleva la mano a la boca para cubrirse.
—Nova —dice con la voz entrecortada. Me mira, con sus grandes ojos brillando por las lágrimas contenidas—. Esto es... esto es... —se interrumpe, sacudiendo la cabeza con incredulidad—; increíble. Es la cosa más hermosa que he visto en mi vida.
Es ella. Con la cabeza inclinada hacia atrás y las manos levantando parte de su largo cabello oscuro, con las suaves ondas cayendo sobre sus hombros desnudos. Los ojos cerrados y sus labios perfectos entreabiertos de la forma en que lo hacen justo antes de que llegue al orgasmo.
—Qué va, Evangeline. Tú eres la cosa más hermosa que he visto en mi vida —le digo, con voz baja pero firme.
Sus dedos recorren las líneas de su propia mandíbula, a unos buenos quince centímetros del papel real. Ya he empezado el proceso de fijado, así que será más fácil de trasladar pronto.
Gira sobre sus talones, dándose la vuelta tan rápido que no me doy cuenta de que corre hacia mí hasta que casi me tiene encima. Se lanza contra mí, rodeando mi cintura con las piernas, y yo la atrapo por instinto. Mis manos encuentran su culo y la sujeto contra mí.
Ella niega con la cabeza, con la mirada recorriendo el dibujo como si no supiera qué decir.
—¿Un dibujito de nada y mi chica se queda sin palabras? —bromeo, apretando su culo redondo.
—Cállate y bésame —exige.
Estrello mis labios contra los suyos al instante.
La posesión me late en las venas mientras nuestras lenguas se enredan.
Ella gime contra mi boca, contoneándose hacia delante como si no estuviera ya bien pegada a mí.
Sus manos se hunden en mi pelo, quitándome la gorra de un movimiento sin perder el ritmo.
Se aparta un poco, jadeando y con las mejillas encendidas por el deseo. —No me puedo creer que hayas hecho eso.
—Aquí es donde he estado, esto es lo que he estado haciendo estos últimos días.
Sus ojos se agrandan. —¿Has estado haciendo esto durante días?
Paso las palmas de mis manos por sus curvas y asiento. —El arte es más que un trabajo para mí. Es... terapéutico. Y a veces, cuando necesito procesar alguna mierda o resolver un problema del club, vengo aquí. A veces tardo un día, a veces una semana.
Sus uñas me rascan la nuca mientras me observa. —Eres increíble, Nova. Un talento así —se detiene, sacudiendo la cabeza distraídamente—. Es poco común.
Me encojo de hombros, deslizando una mano por su columna. —Pero aquí soy feliz.
Se inclina y roza la comisura de mi boca con sus labios, susurrando: —Gracias, cariño. Es el mejor regalo.
—¿Quieres saber cuál es el mejor regalo que me puedes hacer tú? —paso la lengua por mi labio inferior, atrapando el volumen del suyo.
—Hum, ¿cuál? —su voz es baja, sensual sin siquiera intentarlo.
—Que te sientes en mi cara.
Ella suelta una risita, pero es más por deseo que por gracia. —¿Ahora mismo?
—Aquí mismo, cielo. Ahora mismo. Quiero que cabalgues mi cara, y no pares hasta que yo te lo diga.
—Dios mío —suelta en un jadeo justo antes de capturar mi boca en un beso ardiente. Siento la intensidad de su deseo, la posesión en la forma en que sus caderas se mueven contra las mías. O quizá solo estoy proyectando mi propia y abrumadora necesidad por ella.
Un fuerte golpe me saca de uno de los besos más calientes de mi vida. ¿A quién quiero engañar? Cada vez que la boca de mi chica está sobre la mía es el momento más jodidamente caliente de mi vida.
Miro a mi alrededor y veo a alguien saludando fuera, tras el ventanal de la esquina. Camino hacia allí, todavía cargando a Evangeline, y subo las persianas.
Silas está al otro lado, sosteniendo su teléfono. —Responde al puto móvil, Nova.
La irritación me punza el cuero cabelludo y grito: —¡Estoy ocupado! —la levanto unos centímetros, mostrándole a mi hermano exactamente con qué estoy ocupado.
Él me mira con los ojos entrecerrados. —Asuntos del club. Ya. —No dice nada más y se aleja a grandes zancadas.
Echo la cabeza hacia atrás y suelto un suspiro.
—Oye, no pasa nada —dice ella, con las yemas de sus dedos obligando a mi rostro a volver hacia el suyo. Me deposita un suave beso en los labios—. —Continuará.
Busco sus labios cuando se aparta. —Cuenta con ello, nena.
A regañadientes la pongo de pie, dejando que su cuerpo se deslice por el mío. Estirándome por encima de ella, agarro el tirador y vuelvo a bajar las persianas. —¿Te imaginas que llega diez minutos más tarde y te ve sentada en mi cara?
Por el rabillo del ojo, veo que sus párpados caen y sus labios se entreabren.
—¿Te imaginas? —dice ella en voz baja.