Obsesión (Rosewood 2) 25 Evangeline
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25 Evangeline

VEINTICINCO

EVANGELINE

Se me tensa la espalda por la sorpresa. No sabía que estaba aquí—o que acababa de llegar, supongo. Saco el móvil del bolsillo trasero y echo un vistazo a la pantalla de inicio.

Nova: ¿Qué llevas puesto?

No me apetece coquetear ahora mismo. Me molesta un poco que haya vuelto a desaparecer justo después de decir que vendría a por mí. Y quizá no tenga derecho a estar decepcionada, pero no soy perfecta. Tomo una decisión impulsiva y contesto.

Yo: hace tres días estaba desnuda esperándote para que vinieras a por mí como dijiste que harías

Es mentira. No estaba desnuda y esperando. Pero también me apetece restregárselo un poco.

—Estamos aquí, tío Nova —grita Hunter echando la cabeza hacia atrás.

—Espera un segundo, campeón —grita Nova.

Nova: Joder

Nova: Lo siento

Nova: Me he entretenido con una cosa

Nova: Te lo compensaré

Nova: Lo prometo

Nova: ¿Dónde estás?

—¡Y estamos haciendo galletas! —dice Hunter, proyectando la voz un poco más de lo necesario.

—¿Galletas? Mis favor… —Nova se corta al entrar en la cocina y clavar la mirada en mí. Su cara se transforma mientras se le extiende una sonrisa lenta—. Bueno, si es que no es la chica del momento.

Llevo la mano al pecho con fingida sorpresa.—¿Yo?

Su sonrisa se arquea en un gesto socarrón mientras se pasea hacia mí.—Por supuesto. ¿Quién si no iba a ser?

Guardo el móvil en el bolsillo y sigo limpiando la encimera.—Difícil decirlo. Hace tanto que no te veo… Estaba preocupada por si ya no me reconocías. —Me aseguro de que suene lo bastante sarcástico para que sepa que solo le estoy tomando el pelo. Bueno, casi.

—Oye, Hunter.

—¿Sí? —Su cabecita asoma por encima de la otra parte de la isla, con una bayeta apretada en la mano.

—¿Te acuerdas de esa broma que nos gusta hacerle a tu padre cuando vuelve del trabajo? —pregunta Nova.

La cara de Hunter se ilumina en una sonrisa, conteniendo las risitas.—¿Se la enseñamos a Eve?

Nova asiente, con ese maldito hoyuelo apareciendo para atormentarme.—Definitivamente deberíamos enseñársela. —Indica con la barbilla la parte delantera de la casa—. Ve a ponerte en posición. Tu padre está de camino a casa.

Hunter tira la bayeta sobre la isla y sale disparado de la habitación, dejando un rastro audible de risitas a su paso.

—¿Quiero saber de qué va todo eso? —bajo la voz y me concentro en fregar la encimera.

—Ya lo verás —murmura mientras se coloca detrás de mí. Pega su pecho a mi espalda y apoya las manos en la isla, a ambos lados de mi cuerpo. Su nariz recorre el borde de mi oreja. —Ah, ya lo pillo.

Dejo de limpiar, quedándome quieta mientras el corazón se me acelera un punto.—¿El qué?

—No hace falta que tengas celos, cariño. No he estado poniéndote los cuernos. —Su aliento me roza el cuello y me recorre un escalofrío por la espalda.

Dirijo la mirada hacia la parte delantera de la casa, donde vi desaparecer a Hunter, medio esperando verle en el quicio de la puerta. Pero no hay nadie.

—No estoy celosa —murmuro.

Él se pega aún más, el calor de su cuerpo abrigándome la espalda.—¿Seguro? Te sentaría de maravilla un poquito de verde, nena. También te dejaría que te desquitaras conmigo; aguanto todo lo que quieras darme.

Giro la cabeza hacia un lado.—Tu sobrino está aquí. No puedes hablar así.

—Saca la mente de la alcantarilla, cielo —me reprende. Pierde efecto cuando noto su sonrisa contra mi cuello—. Por cierto, hueles de maravilla. Me encantaría comerte enterita. —Me mordisquea la piel—. Te he echado de menos, nena.

Retrocedo un poco, y su polla choca contra mi culo.—Yo también te he echado de menos. ¿Dónde has estado? Bane y Silas han pasado los dos por aquí.

Él suspira, dejando caer la cabeza en la curva de mi cuello.—A veces me toca ir por libre, cielo.

Asiento, y parte de mi frustración se disipa.—Bueno, pues a lo mejor la próxima vez me puedes avisar. No necesito todos los detalles, pero un mensaje rápido diciéndome que vas a estar liado unos días… Me estaba empezando a preocupar.

Gira la cabeza y roza mis mejillas con los labios.—Seguro que mi primo te ha ayudado a sobrellevarlo.

Suena el temporizador, salvándome de tener que inventar una respuesta. Él se aparta, dándome espacio para sacar la bandeja de galletas del horno. La deslizo con cuidado y la dejo sobre la rejilla para que se enfríe.

Oigo la puerta principal cerrarse, el clic resuena por toda la casa. Y entonces ya no estoy del todo segura de lo que pasa. Es como si estuviera teniendo una experiencia extracorporal.

Un grito agudo de hombre adulto, una carcajada de niño, un golpe fuerte y un perrito caliente corriendo por la casa.

—Joder, Nova —grita Silas.

—Bote de palabrotas, papá —exclama el perrito caliente, atravesando la casa a la carrera.

La risa me burbujea dentro como una de esas fuentes de los deseos en los patios de los centros comerciales. Se derrama de mí en cascada, aumentando todavía más cuando termino de encajar las piezas.

Me llevo las manos a la boca y digo: —Eh, ¿de dónde ha salido ese perrito caliente?

Unos chillidos de risa, desde algún lugar cerca de la entrada de la casa, son la única respuesta.

—Tenemos que conseguir un perro que persiga a ese perrito caliente —dice Nova, alzando la voz para que Hunter le oiga por encima de sus propias risas.

—He tirado el puto café en el recibidor, gilipollas —murmura Silas, lanzándole a Nova una mirada asesina.

Nova está completamente imperturbable, con las manos metidas en los bolsillos delanteros y apoyando la cadera en la mía.—Te está bien empleado, viejo. Sabes que esta noche no vas a pegar ojo si sigues metiéndote cafeína en vena.

—Vete a la mierda —dice Silas, pero no hay ninguna convicción en sus palabras. Es como una frase de relleno. Me dirige entonces su atención.—¿Puedo hablar contigo un momento?

—Me aseguraré de que todo esto esté recogido antes de irme. Ya casi se ha enfriado —digo deprisa.

Se pasa la mano por la nuca.—Sí, está bien. Yo me encargo. Pero, eh… necesito un favor.

Me impulso sobre las puntas de los pies.—Ah, claro. ¿Qué pasa?

Mira de Nova a mí.—Vamos a estar fuera unos días. Y necesito que alguien cuide de Hunter.

—¿Ah, sí? —pregunta Nova, alzando una ceja.

Silas lo mira, y vuelven a tener una de esas conversaciones internas suyas. Nova levanta la barbilla y asiente un par de veces, pero no dice nada.

—Claro, sin problema. ¿Cuándo?

—Dentro de un par de días. Hasta el fin de semana. No sé cuántos exactamente, pero te lo diré antes de que nos vayamos.

—Vale, no debería haber problema.

—Eso significa que te tienes que quedar aquí —añade Silas con cautela, preparándose para mi reacción.

Me muerdo el interior de la mejilla al ver sus nervios. No creo haberle visto nunca así.—Sí, ya me lo imaginaba.

—Bien. Ma va a estar por aquí, pero estará recién operada, así que no quiero cargarla. Si hay una emergencia, obviamente recurre a ella. Pero si no… —Deja la frase en el aire.

—Dejarla descansar, entendido.

—Gracias. —Silas da dos golpecitos con los nudillos en la encimera. Luego mira a Nova—. ¿Te apañas si me doy una ducha rápida?

Nova se encoge de hombros, con una sonrisa ladeada en los labios.—No sé, hermano. Tengo una cita con mi chica en cuanto salga del trabajo.

Silas le dedica una mirada inexpresiva antes de mirarme a mí, y su expresión se suaviza.—Vuelvo en cinco minutos.

—No te preocupes. Tengo que atrapar a un perrito caliente y todavía nos quedan galletas por cortar. Luego me quito de en medio.

—No eres un estorbo aquí, Evangeline —dice Silas en voz baja. Se da media vuelta y sale de la habitación con zancadas largas.

Viniendo de él, eso equivale a una declaración de amor escrita en el cielo por uno de esos aviones que alquilas para poner mensajes. Seguro que está generoso porque acabo de aceptar hacerle un favor, pero me da igual. Me vale.

—Muy bien, Hunter, ¡hora de cortar nuestras galletas!

Retumban pisadas por toda la casa, y unos instantes después, un Hunter sudoroso y colorado frena en seco al otro lado de la isla.

—¿Hora de las galletas?

—Eso es, hora de cortar nuestros corazones. —En cuanto las palabras salen de mi boca, miro a Hunter con los ojos muy abiertos. Su expresión refleja la mía y, como si lo hubiéramos planeado, los dos nos inclinamos hacia delante y estallamos en carcajadas.

Me repongo rápido y reparto cortapastas con forma de corazón a Hunter y a Nova. Los tres guardamos silencio mientras decidimos la mejor manera de colocar los moldes para sacar las galletas.

—Oye, Eve —me llama Hunter.

Le miro con las cejas alzadas.—¿Qué pasa, mi pequeño muffin?

Se le dibuja una sonrisa enorme con el apodo, justo como esperaba. Se inclina hacia delante, con las manos entrelazadas delante de él sobre la isla, como si me fuera a contar un secreto.

—No eres una tarta de plátano.

Inclino la cabeza hacia él y bajo la voz como si estuviéramos conspirando juntos.—¿No?

—No —dice, negando con la cabeza—. Eres una galleta de chocolate con forma de corazón.

El cariño florece en mi pecho como un ramo de flores silvestres, vibrante y lleno de vida. Los hombros se me relajan y se me suaviza la expresión mientras miro al niño al otro lado de la isla, agradecida por su perspectiva infantil.

—Gracias, muffin —susurro.

—Qué tontería, Eve. Yo no soy un muffin —dice con una risita, con los ojos arrugándosele en las comisuras.

—¿Ni siquiera uno de chocolate? —pregunto, ladeando la cabeza y entornando los ojos hacia él.

Su expresión se aplana por la sorpresa.—¿Hay muffins de chocolate?

—Claro que los hay. ¿Quieres que hagamos unos juntos?

—¡Papá! —grita, bajándose del taburete y saliendo corriendo de la cocina—. ¡Hay muffins de chocolate! —Su voz llega perfectamente hasta la cocina, pero el tono de Silas es demasiado grave y apagado. No alcanzo a entender lo que dice.

La mano de Nova se desliza por mi zona lumbar mientras se inclina junto a mí.—¿Lista, cielo?

Me enderezo y le dedico mi mejor falsa mirada asesina.—Depende. ¿Estás listo para compensarme?

Inclina la cara hacia la mía, arrastrando los dientes por su labio inferior.—Toda la noche, si me dejas.

Le aparto con un empujón suave en el pecho, con la risa escapándoseme a pesar de mí misma.—Eres un ligón terrible. ¿Te lo ha dicho alguien alguna vez?

—No, nena, nunca.