Obsesión (Rosewood 2) 24 Evangeline
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24 Evangeline

VEINTICUATRO

EVANGELINE

—¿Ya es hora de la actividad, Eve? —pregunta Hunter, saltando del taburete de la isla. Se gira para coger su plato y el vaso de la comida y hace esa especie de carrerilla a saltitos hacia el fregadero.

—Desde luego que sí —respondo con una sonrisa en la cara mientras le observo dejar con cuidado ambos platos en el fregadero.

Es muy responsable y, sin duda, actúa con más madurez de la que corresponde a su edad. He estado antes con niños de su edad y pueden ser pequeños vehículos del caos.

No es que Hunter no pueda causar algún que otro estrago cuando le apetece, porque al fin y al cabo solo tiene cinco años. Pero parece mucho mayor de lo que es.

La risa de Dixie resuena en la cocina mientras aparta su taburete de la isla de la encimera. —Me voy a casa un rato —dice, apartándose unos mechones de pelo de la cara—. Tengo unas cuantas cosas de las que ocuparme antes de mañana.

Me yergo y doy un paso hacia ella. —¿Necesitas que te ayudemos con algo?

A Dixie se le forman arruguitas en las comisuras de los ojos al sonreír y niega con la cabeza. —No, cielo. Pero gracias. —Abre los brazos de par en par, llamando a su nieto—. Ven a darle un poco de cariño a la abuela, Hunter.

Sin dudarlo, Hunter rodea la isla y rodea las piernas de Dixie con sus brazos, aplastando un poco su cara sonriente.

Ella lleva las manos a la espalda del niño mientras retrocede un paso por la fuerza del abrazo de Hunter. Le acaricia el pelo. —Pórtate bien con Evangeline, ¿vale?

Él inclina la cabeza hacia arriba para mirarla, con una sonrisa inocente grabada en el rostro. —¡Siempre me porto bien, abuela!

Los dedos de ella peinan suavemente sus ondas despeinadas mientras se inclina, plantándole un beso cariñoso en la coronilla. —Sé que lo haces, cielo.

Hunter se aparta con una amplia sonrisa y se sube de nuevo a su taburete. Se sienta sobre las rodillas, dando saltitos como si no pudiera contener la emoción. Sus ojos brillantes se clavan en los míos, ansiosos y expectantes.

—Vaya, parece que alguien está emocionado —murmuro con una risita.

Me invade un impulso repentino y, antes de que pueda arrepentirme, cruzo la cocina y abrazo a Dixie. Ella me devuelve el abrazo al instante, estrechándome en su cálido regazo. Hay una pequeña parte de mí que siente esa dulce punzada de nostalgia, el fuego demasiado intenso del afecto materno.

Dios, ¿cuándo fue la última vez que me abrazaron así?

No tengo que pensarlo, la verdad. Solo ha habido una persona que me ha abrazado así antes.

La abuela Jo.

Cora y yo nos abrazamos todo el tiempo, pero no es lo mismo. Es un vínculo de hermandad, de afecto y respeto mutuo. No sé explicarlo, salvo diciendo que un abrazo materno se siente diferente a cualquier otro tipo.

Y Dixie da abrazos maternos.

Contengo el repentino y amargo sabor del duelo y me separo.

Me aclaro la garganta y miro por encima de su hombro.

—No sé qué es lo que se debe decir a alguien que va a entrar en quirófano —murmuro—.

¿Mucha suerte? ¿Te envío buenas vibraciones?

Lo de «mucha mierda» es para el teatro, eso lo sé —balbuceo con una risita nerviosa.

Me aprieta la mano y una pequeña sonrisa asoma a sus labios. —Gracias, cielo. Cualquiera de esas cosas está bien y te lo agradezco. Estaré como nueva en unos días.

Asiento, sintiendo que el calor me sube a las mejillas. Me aclaro la garganta y reprimo la oleada de vergüenza por haberla abrazado así de repente. Me digo a mí misma que es una respuesta normal ante alguien que va a operarse. Pero ahora noto una capa de incomodidad sobre mis hombros.

—Seguro que sí. Me aseguraré de mandarte con Silas algunas de las galletas de hoy. Creo que te gustarán.

—¿Vamos a hacer galletas? ¡Sí! —exclama Hunter, lanzando el puño al aire y golpeándolo dos veces.

No sé de dónde ha sacado ese gesto, porque de momento no he visto a nadie de su entorno hacerlo. Pero me hace reír cada vez.

Giro sobre la punta del pie, levanto los brazos y muevo los dedos en lo que estoy segura de que es un exceso de manos de jazz. Vale, a estas alturas solo estoy acumulando momentos incómodos. Quizá pueda decir que me ha dado un golpe de calor y todo el mundo se olvidará.

—Sorpresa. Hoy vamos a hacer galletas con pepitas de chocolate —digo, moviendo los dedos una vez más.

—¡Madre mía, abuela! ¿Has oído eso? ¡Eve va a hacer galletas con pepitas de chocolate conmigo! —Casi está gritando ya, su emoción es demasiado grande para contenerla.

La risa de Dixie se une al entusiasmo de Hunter y se acerca para plantar otro beso en la cabeza de su nieto. —Pásalo bien, cariño. Te veré para cenar esta noche, ¿vale? Y no dejes que tu padre se coma todas las galletas. —Su voz es cálida y juguetona, rebosante de afecto.

Él pone una expresión seria y asiente. —No lo haré. Creo que la última vez no encontró mi escondite secreto.

Ella le da una palmadita cariñosa en el hombro y coge su bolso del respaldo del taburete. Se lo cuelga al hombro y dice cantando: —Pasadlo bien.

En cuanto sale por la puerta, miro a Hunter con una ceja arqueada y le pregunto: —¿Así que dónde le escondes las galletas a tu padre?

—Oye, Eve —murmura Hunter mientras mezcla la harina, el bicarbonato y la sal.

—¿Dime, cielo? —Miro del bol de mezcla a su cara. La punta de la lengua le asoma por un lado de la boca, con los ojos concentrados en la espátula que gira dentro del recipiente.

He traído mi juego de boles de cerámica favorito de casa de la abuela Jo para usarlo hoy. Es pesado, así que los boles no se deslizan cuando usas la batidora de mano.

—Si fueras un tipo de postre, ¿qué crees que serías?

Su pregunta es tan inesperada que no respondo de inmediato.

—Hm, no estoy segura. ¿Quizá una tarta de crema de plátano?

Mi abuela hacía las mejores tartas. Esta es su receta de galletas, ¿sabes?

—Inclino la cabeza hacia un lado, torciendo los labios—.

Bueno, más o menos. Le hice algunos cambios, así que supongo que ahora es mía.

Él asiente, esforzándose en combinar todos los ingredientes secos. —No creo que fueras una tarta de plátano.

—¿Y tú qué serías? —pregunto, preparando el resto de la receta.

—Eso es fácil. Una galleta con pepitas de chocolate —lo dice como si fuera obvio. Lo cual, supongo, debería haberlo sabido.

—Por supuesto. ¿Y tu padre y tus tíos? ¿Qué serían ellos? —pregunto, añadiendo todos los ingredientes húmedos en otro bol.

—Hm —dice, deteniéndose con la mano en la espátula.

Me mira, arrugando un poco la cara—. Papá probablemente sea una galleta.

Una de esas normales porque él come de todo, incluso esas galletas de azúcar sin glaseado.

El tío Nova es fácil. Él sería un helado porque es su favorito.

Le gusta echarle de todo al helado. —Su expresión se relaja y abre mucho los ojos—.

¿Sabías que se pueden echar patatas fritas al helado?

Asiento varias veces. —Sí. Está bastante bueno. ¿Lo has probado alguna vez?

Se inclina sobre el bol, dejando una mancha de harina redonda en su camiseta. —El tío Nova siempre comparte sus postres conmigo, pero es un secreto.

—Eso suena propio de tu tío. Y no te preocupes, tus secretos están a salvo conmigo, cielo. —Estaría dispuesta a apostar que Silas ya sabe perfectamente que Nova comparte sus postres.

—¡El tío Bane es una tarta de nueces pecanas! —exclama.

Arqueo las cejas mientras añado el último ingrediente a mi bol. —¿Ah, sí?

—Sí —dice con énfasis—. La abuela le hace su propia tarta de nueces para Navidad todos los años. ¡Y la última vez me dejó ayudarle!

—Seguro que fuiste de gran ayuda. ¿Compartió algo el tío Bane contigo? Es importante probar nuestra comida cuando estamos cocinando y después, cuando está terminada.

—Lo sé, me lo dijo Bobby —dice, volviendo a remover.

Frunzo el ceño confundida. —¿Bobby?

—Sí, veo sus programas de cocina en la tele con la abuela. A veces papá también los ve conmigo, pero siempre se queda dormido.

Tardo un minuto en atar cabos y darme cuenta de que habla de un chef famoso como si fueran amigos. Es quizá la cosa más tierna que he visto, y tengo que apretar los labios para evitar que una sonrisa tonta se me extienda por la cara.

—Entendido. ¿Listo para el siguiente paso?

Aparto su bol de mezcla y deslizo el mío frente a él. —Tenemos que mezclar todo esto, pero en lugar de una espátula, vamos a usar uno de estos. ¿Has usado esto alguna vez? —Sostengo la batidora de mano de color verde azulado pálido.

Asiente rápidamente. —Sí, con la abuela. Pero a veces ella me ayuda porque pesa mucho.

—Vale, tú avísame cuando empiece a pesarte y yo me encargo. —Le ayudo a colocar las varillas en el bol, ajusto su agarre y luego la enciendo.

Hacia la mitad, tomo el relevo y termino de mezclar.

—Gran trabajo, Hunter. Dos pasos más y después podremos hornear.

—¿Es hora de las pepitas de chocolate? —pregunta, inclinándose hacia delante sobre los codos.

—Casi. Tenemos que combinar nuestras dos mezclas en una sola. ¿Crees que puedes levantar el bol de la harina e ir echando un poco cada vez en este? —pregunto, tocando el bol que tengo delante.

—Claro que sí. —Se inclina sobre la encimera y rodea con las manos las pequeñas asas del bol, tirando de él hacia sí. Lo aprieta contra su pecho y lo levanta, apoyándolo en el borde del otro recipiente. La mezcla de harina cae en el bol grande y vuelvo a encender las varillas.

Cuando está todo combinado, Hunter vuelca la bolsa entera de mini pepitas de chocolate en la masa sin esperar instrucciones. Usa la misma espátula para mezclarlas.

Me mira con las cejas levantadas. —¿Así?

—Sí, justo así. Lo estás haciendo genial.

Paso el brazo por detrás de él y cojo la bandeja de horno de media hoja que traje de casa de la abuela Jo y la rocío con spray de cocina antiadherente.

—Ahora, vamos a usar la espátula para extender la masa en esto.

Me mira arrugando su naricilla. —Eve, las galletas se ponen en la bandeja en bolitas pequeñas.

—Las galletas normales sí. Pero estas son especiales.

Inclina la cabeza hacia un lado. —¿Especiales por qué?

Saco el recipiente de moldes para galletas que he traído, cogiendo el grande con forma de corazón. —Porque estas son galletas con pepitas de chocolate en forma de corazón. Las horneamos en esta bandeja y luego las cortamos con las formas.

A Hunter se le iluminan los ojos de emoción. —¡Eso mola! ¿Puedo ayudar a cortarlas?

—Desde luego. Voy a necesitar ayuda. Pero primero, tenemos que hornearlas.

Asiente con entusiasmo, cogiendo su espátula y ayudándome a poner la masa en la bandeja. La meto en el horno y nos ponemos a limpiar nuestro desorden.

La puerta principal se cierra de un portazo y, un momento después, alguien grita: —¿Qué es ese olor tan delicioso?