Obsesión (Rosewood 2) 28 Evangeline
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28 Evangeline

VEINTIOCHO

EVANGELINE

Tengo la cabeza metida en la nevera cuando oigo los golpes. Suena como si alguien estuviera aporreando la puerta principal con los puños con la fuerza suficiente como para romper los cristales. Debería haber sabido que algo iba a pasar pronto. He pasado casi una semana de tranquila felicidad.

El corazón se me pone a mil por hora y el miedo me recorre las venas justo después. No me había dado cuenta de lo nerviosa que me he vuelto. Probablemente porque no siento lo mismo cuando estoy en casa de Silas. Allí me siento a salvo y segura.

Y aunque Rosewood es un pueblo seguro, considerando todo, supongo que aquí sí me siento un poco expuesta. Hay demasiado espacio. Las parcelas son enormes en esta zona del pueblo y, aparte de unos pocos grupos de árboles al fondo de la propiedad, básicamente está todo a la vista.

Miro hacia la puerta corredera de cristal, reconfortada por los últimos vestigios del sol poniente en el exterior. No sé por qué, cuando pueden ocurrir y ocurren tantas cosas malas a plena luz del día, pero estoy segura de que mi prima tendría algunas opiniones sobre todo el asunto.

—¡Voy! —grito mientras me apresuro por el pasillo.

Veo dos figuras a través del cristal esmerilado y la confusión hace que frunza el ceño. Quizá sean los vecinos o algo así. Todavía no he visto al señor y la señora Johnston, que viven a la derecha.

—¿Hola? —abro la puerta un palmo más o menos.

—Evangeline —me saluda mi madre con voz plana.

—¿Mamá? —mi agarre en el pomo de la puerta se relaja y la puerta principal se abre más—. ¿Qué haces aquí?

Va vestida con un traje de chaqueta azul marino digno de cualquiera de sus eventos de alto copete. Un bolso rojo arándano descansa en el hueco de su codo. Lleva las gafas de sol y el teléfono en una mano, y con la otra se coloca un mechón de pelo perfectamente peinado detrás de la oreja.

Virginia Carter es una mujer preciosa, no se puede negar. No es que ella fuera a permitir que nadie le negara nada, de todos modos.

Mueve la mano en el aire, trazando un arco elegante.—¿Qué? ¿Es que ahora no puedo venir a casa de mi madre?

—Es mi casa, en realidad.

—Hm. Sí, bueno, me he enterado de tus recientes problemas como propietaria, así que he traído a alguien que podría ayudar. —Presiona sus dedos índices contra la puerta principal; su esmalte rosa pálido contrasta bruscamente con la puerta pintada y polvorienta.

La indirecta es clara. Quiere entrar, pero no lo pedirá abiertamente. Eso se consideraría indigno de ella, porque espera que todo el mundo se adhiera a cualquier regla o pauta de etiqueta arbitraria que se haya impuesto a sí misma y a todos los que están en su órbita.

Lo cual supongo que me incluye a mí.

Me muerdo el interior de la mejilla y vuelvo a agarrar el pomo de la puerta, sin permitir que la empuje. Ella se da cuenta de inmediato, porque por supuesto que lo hace. No llaman tiburón a esta mujer por su sentido de la moda. No se le escapa nada.

—Ahora no es un buen momento, mamá.

Mentalmente me doy una palmadita en la espalda por lo nivelado que ha sonado mi tono.

Mantiene el dedo presionado contra la puerta mientras me analiza. Odio la forma en que mis hombros se echan hacia atrás y me pongo derecha por instinto, como una especie de respuesta pavloviana. Me dan ganas de encorvarme solo para demostrar que puedo.

Paso a paso, me recuerdo a mí misma.

—Sí, ya lo veo. ¿Vas de camino al gimnasio? ¿Tiene este pueblo siquiera un gimnasio decente? Quizá podrías demoler esto y construir uno aquí —dice—. Sin duda mejoraría la calidad de vida en este pueblo.

Niego con la cabeza antes de que termine de hablar.—¿Qué? No. No voy a derribar la casa de la abuela Jo... mi casa. Y no voy a construir un gimnasio ni voy a ir al gimnasio.

—Hmph.

Es el sonido más cargado de prejuicios que he oído salir de alguien, y probablemente sea la palabra que más usa mamá en su vocabulario.

Hubo un invierno, cuando yo era muy pequeña, en que Lizzie y yo llevamos la cuenta de cuántas veces hacía mamá ese sonido en una semana.

No recuerdo cuál fue el número final, solo que lo usaba para todo, todo el tiempo.

Cada vez que algo le desagradaba, y mamá suele estar desagradada a menudo.

La cena del chef. La barba de papá. Las actuaciones de violín de Lizzie. Mi incapacidad para practicar un deporte o un instrumento de verdad porque cantar es algo que hacen los niños cuando no se les da bien nada más.

Odio cómo esa única sílaba suya me transporta de nuevo a la niña asustada, la que temía ser una decepción eterna para su madre.

La que era tan dura consigo misma por nunca estar a la altura.

La que solo tenía relaciones fallidas porque no sabía cómo pedir lo que necesitaba y perseguir lo que quería.

Odio cómo me hacía sentir, la forma en que sigue haciéndome sentir.

Pero debajo de todo eso, creo que en realidad podría odiarla a ella.

Y eso... eso es lo más aterrador que me he admitido a mí misma jamás.

Sus cejas perfectamente depiladas se elevan.—¿No? ¿Por qué vas vestida con ropa de deporte entonces?

Mis pestañas se cierran en un parpadeo prolongado y hago todo lo posible para que su pulla resbale por mi espalda de la misma forma que las gotas de agua resbalaban por los abdominales de Bane anoche.

Ese hombre no cree en cerrar la puerta cuando se ducha.

El recuerdo de él me centra más rápido que nada.

Y cuando vuelvo a abrir los ojos, me siento más tranquila.

Miro al tipo que está de pie junto a mi madre.

Va vestido con un traje azul marino, camisa blanca y una corbata azul oscuro.

El pelo oscuro engominado hacia atrás y las gafas de sol colocadas sobre la cabeza.

Tiene el tipo de cara que parece que se afeita cada mañana solo para que la sombra de la barba le salga espesa a la hora de cenar.

—¿Quién es tu amigo, mamá?

Retira el dedo de la puerta y lo señala—. Oh, este es un amigo mío. Evangeline, el detective Barry Wallace. Baz, conoce a mi hija pequeña, Evangeline.

Se me pone la espalda rígida y casi estrangulo el pomo de la puerta con la mano. Miro a mi madre, con la sospecha manando de mí en oleadas densas y viscosas.

—¿Por qué has traído a un detective a mi casa?

—A casa de mi madre —me corrige ella.

—¿Por qué has traído a un detective a Magnolia Lane? —rectifico, el único compromiso que estoy dispuesta a hacer ahora mismo.

—Ya te lo he dicho. Mi hermana llamó para decirme que habías dejado que robaran en casa de nuestra madre.

Así que he traído a un detective de verdad para que investigue.

—suspira por la nariz, transmitiendo lo molesta que se siente ahora mismo—.

No puedo creer que me estés obligando a ventilar los asuntos privados de nuestra familia en el porche de esta manera.

Suelto un bufido y pongo los ojos en blanco sin pensar. Y entonces siento el familiar escozor agudo en el pómulo.

Los ojos se me llenan de lágrimas y parpadeo rápidamente para alejarlas. No quiero darle la satisfacción de verme alterada. Incluso la debilidad física es inaceptable para ella.

He pasado demasiado tiempo en Rosewood, creo. Demasiado tiempo expresándome libremente cerca de los hombres St. James, porque si hubiera estado pensando con claridad, nunca le habría puesto los ojos en blanco de esa manera.

Me cubro la mejilla con la mano izquierda y me aclaro la garganta, manteniendo la mirada fija en la solapa de la chaqueta del traje de mi madre. La vergüenza me envuelve como una manta de cota de malla: pesada y afilada. Siento que no puedo recuperar el aliento bajo su peso.

Me aclaro la garganta y doy un paso atrás, abriendo la puerta conmigo. Abro la boca para invitarlos a entrar, pero las palabras se me quedan atascadas en la garganta, secuestradas por la emoción.

Me arriesgo a mirar a mi madre y capto el brillo de triunfo en su mirada. Da un paso dentro de la casa y se gira para indicar al detective Wallace que entre con ella.

Entonces lo siento.

El cambio en el aire un segundo antes de que su calor me cubra la espalda.

Bane.

Se ha estado escabullendo en mi cama todas las noches y se ha ido antes de que yo despertara. Si no me dejara notas adhesivas y cafés con hielo cada mañana, me sentiría tentada a pensar que me lo he inventado cada noche.

Pero es real y está aquí, y nunca he estado más agradecida por su sincronización.

El alivio me golpea con tanta fuerza que me siento desfallecer. Me apoyo en él al instante.

—¿Quién coño sois vosotros? —Su voz es un estruendo bajo contra mi espalda.

Veo el cambio en mamá inmediatamente. El labio superior se le contrae hacia la nariz con asco y lo fulmina con la mirada... bueno, tanto de él como puede ver dado que estoy prácticamente pegada a él.

—¿Perdón? ¿Quién eres tú y qué haces en casa de mi madre? —Se gira hacia el hombre que tiene al lado, con un desprecio evidente—. Detective Wallace, tal vez pueda escoltar a esta persona fuera de nuestra propiedad para que mi hija y yo podamos charlar. Asuntos familiares.

El detective se aclara la garganta.—¿Quieres salir fuera, campeón?

Bane se queda quieto detrás de mí, y me avergüenza admitir que me encuentro casi ansiosa por ver qué va a hacer. Porque sé que se va a encargar de ellos y de toda esta situación.

Mamá lo mira con los ojos entrecerrados. Prácticamente puedo ver los engranajes girando en su mente mientras intenta descubrir la mejor manera de manejarlo a él y a esta situación ahora.

Pero Bane no les da ni a ella ni al detective la oportunidad de pensar.

Me pone las manos en los hombros, apretándolos brevemente antes de soltarme y rodearme.

Poniéndose eficazmente entre ellos y yo.

Se cruza de brazos sobre su impresionante pecho y levanto la vista para ver cómo el parche de la Parca me sonríe desde la espalda de su chaleco.

—Largaos de la propiedad de Evangeline antes de que os escolte yo.

La amenaza queda suspendida en el aire durante unos segundos antes de que el detective silbe bajo y entre dientes.

—Usted decide, Sra. Carter —dice el detective Wallace.

—¿Vas a dejar que este... este matón le hable así a tu madre, Evangeline? —Mamá intenta asomarse alrededor de Bane para mirarme.

Bane se desplaza hacia un lado, bloqueando su visión de mí—. No. Usted no va a hablar con ella. No después de haberle puesto las manos encima. De hecho, me dan ganas de llamar a la oficina del sheriff y presentar una denuncia oficial por agresión.

Lanza la segunda amenaza en otros tantos minutos con tanta naturalidad que realmente creo que mi madre se ha quedado muda por la sorpresa por primera vez en la vida.

Pero nada bueno dura para siempre.

—Siempre fuiste una vergüenza para esta familia, Evangeline —dice mamá, con voz tan plana como si estuviera recitando la lista de la compra—.

¿Pero esto? ¿Liarse con un delincuente común por despecho?

Es poco original y sin gracia. Pero como siempre te ha faltado talento, añadiré esto a la larga lista de infracciones.

Te lo advierto, Evangeline, esta pequeña escenita tuya te va a salir cara.

—Lárgate de aquí antes de que olvide que diste a luz a la mujer que me importa —espeta Bane.

—Nos veremos pronto, hija —dice mamá casi canturreando mientras se marcha. El sonido de sus tacones golpeando el cemento puntúa sus palabras de despedida de forma mucho más siniestra de lo que deberían.