19 Evangeline
DIECINUEVE
EVANGELINE
La vergüenza se cuela en nuestro momento como un ladrón en la noche, robándonos el alivio y reemplazándolo por bochorno.
Me aclaro la garganta, sorbiendo un poco por la nariz. — ¿Estás seguro de que no hay nadie aquí?
Él asiente. —Estoy seguro. He despejado toda la casa, armarios incluidos.
—Vale. —Me muerdo el labio inferior; tengo los nervios a flor de piel y el miedo residual me amarga la boca.
—Vamos. Podemos volver a hacerlo —dice él, entrelazando su mano con la mía.
El alivio hace que se me relajen los hombros. — ¿No te importa?
—Qué va, pequeña. No me importa.
Su mano envuelve la mía, grande y cálida, y al instante me siento a salvo. Apuesto a que hay cierta ironía en el hecho de que él siempre me ha hecho sentir a salvo. Recorremos la primera planta, yendo de una habitación a otra hasta que volvemos a la escalera.
Él sube al piso de arriba y yo le sigo a medio paso de distancia. Hago todo lo posible por aplastar el persistente latido de ansiedad que siento en el pecho. Siento que estoy a una araña inoportuna de distancia de saltar sobre su espalda.
El corazón me da un vuelco mientras recorremos cada habitación de invitados; Bane abre cada armario y mira debajo de las camas. Incluso aparta las persianas y comprueba dos veces que las ventanas estén cerradas.
Para cuando llegamos al dormitorio principal, me he calmado considerablemente.
Mi ansiedad sigue siendo alta, como esperaba, pero no es abrumadora.
Es manejable. En su mayor parte. Todavía siento en el fondo que podría asustarme por cualquier cosa y avergonzarme casualmente pegando un salto y gritando.
Aprieto el agarre sobre su mano, y con mi mano libre le rodeo la muñeca como si fuera un salvavidas. Estoy tan cerca de él que tengo que arrastrar un poco los pies para seguir el ritmo de sus largas zancadas. Pero es una concesión que estoy más que dispuesta a hacer.
—No es que no me fíe de ti, ¿sabes? —murmuro, manteniendo la voz baja como si de verdad hubiera alguien todavía aquí.
Como si no nos hubiéramos delatado ya con nuestros pasos y las tranquilas promesas de Bane de que todo está bien. Quiero burlarme de mí misma, pero la adrenalina aún corre por mis venas. Acaba de empezar a bajar, esa sensación de inquietud y náuseas que empieza a punzar en mi consciencia.
—Lo entiendo —dice él, tranquilizándome—. De todos modos, nunca me lo he tomado como un problema de confianza.
—Menos mal, porque confío en ti. Aunque esta mañana pareciera que no.
Es solo que... mucha gente en mi vida ha abusado de mi confianza antes.
Y a-a veces me cuesta. —Le miro y veo que ya tiene los ojos puestos en mí mientras nos detenemos ante el umbral del dormitorio principal—. Es solo que me siento...
—Violada —añade él después de que yo haga una pausa demasiado larga.
Suelto un suspiro y asiento, acercándome aún más a él. —Sí, supongo que es eso. La casa de la nana Jo siempre fue el lugar más seguro en el que he estado, y ahora... —Me callo, pasándome la lengua por el labio inferior—. Ahora no me parece tan segura.
Se gira para quedar frente a mí, y su altura me acorrala un poco contra la pared. Eso solo refuerza la seguridad que siento con él.
—Te prometo que volverás a sentirte a salvo en esta casa. —Su voz posee un nivel de intensa sinceridad.
—¿Puedes enseñarme a disparar? —le pregunto antes de darme permiso para pensarlo.
Me mira fijamente un momento, con la mirada saltando entre mis ojos, sin duda buscando alguna pista de dónde ha salido esa pregunta.
Pero no puede ser un salto tan difícil de entender. ¿Cuánta gente habrá pensado lo mismo después de un incidente similar? Demasiada, probablemente.
—Sé que es un cliché, pero no quiero volver a sentirme así nunca más.
Él asiente una vez. —Vale.
Se me arquean las cejas hacia el nacimiento del pelo. — ¿Ya está? ¿Nada de veinticuatro preguntas? ¿Ningún ¿estás segura? ni decirme que mañana todo parecerá mejor?
Ladea la cabeza mientras me observa. — ¿Quieres que te pregunte esas cosas?
Cambio el peso de un pie al otro. —No, la verdad es que no. Pero siento que eso es lo que me preguntaría la mayoría de la gente.
—Bueno, ese es tu primer error, pequeña. Yo no soy como la mayoría de la gente. No te preocupes, te acostumbrarás.
Empuja la puerta con el dedo índice como si no acabara de soltar una frase de esas que te derriten las bragas. Ha sido la confianza, la intensidad y el contacto visual. Y su físico, desde luego, tampoco ha estorbado.
¿Bane St. James cerniéndose sobre mí en un pasillo oscuro después de haber acudido literalmente a rescatarme, diciéndome que me acostumbraré a él?
Siento que necesito abanicarme un poco.
—¿Es aquí donde has estado durmiendo? —pregunta él, entrando en la habitación, ajeno a que yo estoy teniendo un pequeño sofoco por aquí. Le suelto la mano y entro en el cuarto tras él.
—Solo las últimas noches. Bueno, anoche sí, pero la anterior no.
¿Pero luego tal vez unas dos antes de esa?
—parloteo como si de verdad importara—. Sobre todo porque tiene un baño privado estupendo.
A la nana Jo le encantaba un buen baño, y mandó poner una bañera de patas increíble.
Es como sacada de una revista de decoración o algo así.
Siento que estoy rozando el límite de estar demasiado habladora. Le echo la culpa a la adrenalina.
—¿Esto es tuyo? —señala con la barbilla una caja en medio de la cama.
Es una caja rectangular de color azul pálido, más o menos del tamaño de esas pequeñas cajas decorativas de lujo de las tiendas de regalos. Me detengo frente a la cama y veo el diseño blanco grabado en la parte superior, y entonces la reconozco.
—Oh, sí. Eso es mío, pero...
—¿Pero qué? —me incita Bane, de pie junto a mí.
Frunzo el ceño y cierro los puños para evitar estirar la mano y cogerla. —Pero la dejé en mi trastero cuando empaqueté mis cosas. Antes de venir aquí hace unas semanas.
Ladeo la cabeza para mirarle, notando cómo aprieta las comisuras de los labios.
—¿Estás segura de que no la metiste en la maleta?
Asiento despacio, volviendo a mirar la caja. —Estoy segura. Era un juego de papelería que mi madre me regaló por Navidad; a ella se lo habían regalado antes. Lo odiaba, pero no me atrevía a tirarlo.
Cedo a la tentación y me inclino sobre el pie de la cama para destapar la caja.
La tapa salta, dejando ver una sola carta en el interior.
Sin pensar, saco la carta de la caja. Está doblada en tres partes y mi nombre está garabateado en un lado.
Hay algo familiar en la caligrafía y, por una fracción de segundo, me pregunto si de verdad la metí en el coche y me la traje.
Niego con la cabeza, descartando la idea en cuanto la tengo. Sé que no me la traje a Rosewood. E incluso si lo hubiera hecho, todavía estaría guardada en una de mis muchas cajas del garaje que aún no he desempaquetado.
—¿Quizá debería leerla yo? —se ofrece Bane, tendiendo la mano.
—Está bien —digo, negando con la cabeza.
Desdoblo la carta y de ella emana un aroma a gardenia. — ¿Alguien ha perfumado el papel? —murmuro.
El misterio del aroma queda pronto olvidado mientras leo la carta. No tardo mucho, son solo unas pocas frases. Pero me quedo mirando ese trozo de papel con su grupo de flores en tonos pastel en la esquina inferior derecha durante varios minutos, intentando entender qué demonios está pasando.
Evangeline,
Uno, dos, tres, cuatro.
No dejaré que me ignores.
Mis ojos buscan los de Bane, viendo la misma confusión y preocupación grabadas en sus rasgos. La carta me pesa en las manos, las pocas palabras resultan mucho más siniestras.
—¿Qué cojones es esto? —susurro, agitando un poco el papel.
—No lo sé —murmura él—. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste aquí?
Suelto la carta en la caja y me limpio la mano en la pierna, como si pudiera librarme físicamente de las malas vibraciones que me ha transmitido.
—Eh, no lo sé. Me quedé frita en el sofá hace un rato, y esta tarde fui al pueblo.
—¿Anoche? —pregunta él.
Niego con la cabeza. —No, Cora se quedó a dormir y acampamos en el salón.
—Así que hoy no has entrado para nada.
Me muerdo el interior de la mejilla para no entrar en barrena. Ni siquiera sé si me queda suficiente adrenalina en el cuerpo a estas alturas.
—No, creo que no. Pero definitivamente estuve aquí la noche que esos tipos entraron.
—¿Estás segura? —pregunta.
Asiento varias veces. —Sí, lo estoy. Porque tenía el agua abierta cuando los oí. Pensé que era Nova. O tú.
—¿Reconoces la letra? ¿Alguna idea de qué significa o de quién es?
—Hay algo muy familiar en el olor. Me recuerda un poco a... maldita sea.
—¿A quién? —pregunta él, captándolo al instante.
—A mi hermana —digo apretando los dientes—. Me ha estado dando la lata con que le dé la casa, y apuesto a que esta es su forma pasivo-agresiva de amenazarme para que haga lo que quiere.
Él asiente despacio, con los ojos entrecerrados fijos en la maldita carta. —Es posible. Puedo pedirle a la oficina del sheriff que busque huellas por la mañana.
—No te molestes —le digo, poniendo la tapa a la caja. Cruzo la habitación y la tiro a la papelera junto a la cómoda con un suspiro profundo—. Ni siquiera quiero darle la satisfacción de saber que me ha afectado.
—Si estás segura —dice, observándome.
—Estoy segura. Aunque no sé cómo ha entrado. Así que supongo que tendré que cambiar las cerraduras. —Me aprieto el pulgar contra los dientes, añadiéndolo a mi lista mental de tareas pendientes.
—Yo me encargaré de eso por ti.
—Gracias —suelto aire—. Supongo que será mejor que empiece a apagar algunas de estas luces. —Ladeo la cabeza hacia la puerta y él asiente. Pero no antes de que vea una pequeña sonrisa asomar en la comisura de sus labios.
—Sí, pensaba que quizá estabas intentando enviarle señales a alguien en la luna o algo así —bromea él, siguiéndome escaleras abajo.