18 Evangeline
DIECIOCHO
EVANGELINE
El sol se puso hace horas y tengo casi todas las luces encendidas dentro de la casa de la tía abuela Jo.
Mi casa. Dios, me va a costar acostumbrarme a eso.
He puesto uno de mis discos favoritos, solo para que algo de ruido se filtre en este espacio tan silencioso.
No me había dado cuenta de lo grande que es esta casa hasta esta noche.
Es uno de los viejos vinilos del abuelo Dalton de hace unas décadas, de antes de que volvieran a ponerse de moda, así que está un poco desgastado.
Tomo nota mentalmente para ver si hay algún sitio en el pueblo donde puedan limpiar el tocadiscos.
Apuesto a que hace muchísimos años que no se limpia.
El abuelo Dalton se horrorizaría si supiera que la tía abuela Jo dejaba que acumulara polvo tan a menudo como lo hacía.
Aunque supongo que él estará encantado de la vida por tenerla por fin con él ahora. Me lo imagino haciéndola girar en medio de algún campo, rodeados de música, comida y risas.
Y amor.
Me los imagino tan llenos de amor por estar juntos una vez más.
Suspiro, con el duelo presionando contra mi esternón con persistencia.
Es el tipo de tenacidad que no había sentido en meses.
O tal vez siempre ha estado ahí, presionando contra mis huesos y mis músculos, debilitándome hasta que estoy demasiado distraída como para notar que me llena el pecho de angustia.
Sacudo la cabeza, en un intento literal de desalojar los pensamientos sombríos, y continúo revisando las últimas cosas del salón y la sala de estar.
Pensaba que casi había terminado, pero he subestimado seriamente cuánto le gustaban a la tía Jo sus cosas.
Nunca la llamaría materialista, porque nunca se comportó como si los objetos fueran más importantes que su familia.
Pero a esa mujer le encantaba coleccionar, de eso estoy segura.
Menos mal que Cora ha venido a ayudar esta tarde, porque creo que todavía estaría vaciando el aparador de la otra habitación.
La tía Jo tenía allí metida una colección impresionante de figuritas de cerámica.
Y por muy tentador que fuera tirarlas todas al montón para que los demás las revisaran, no sé, sentía que tenía que mirar cada una de ellas.
Suena estúpido incluso pensarlo, pero me hace sentir cerca de ella. Como si todavía estuviera aquí conmigo. Y, dios, cómo la echo de menos.
—Mierda —susurro cuando se me empiezan a aguar los ojos. Suelto un soplo de aire y miro hacia el techo, intentando calmarme. No hace falta empezar a llorar por tercera vez hoy. Pero siempre he sido así; en cuanto abres esa lata de emociones, es superfácil recurrir a ellas durante el resto del día.
Una vez que he recuperado el control de mis emociones, vuelvo al trabajo.
Mis tíos pasarán mañana por la noche para llevarse lo que quieran, y quiero tener terminada la mayor parte posible de la planta baja.
Luego trabajaré en la segunda planta y en el trastero del garaje durante las próximas semanas.
Y lo que sobre se puede meter en cajas y donar. Aunque ya tengo pensado pedirles a Bane y a Nova que me ayuden con el trabajo pesado con eso.
Estoy inclinada sobre una cesta de tapetes de encaje cuando oigo un ruido. Parece que viene de arriba. Me quedo helada, esforzándome por volver a oírlo. Es una casa vieja y hace ruidos aleatorios todo el tiempo. No quiero asustarme sin motivo.
Lo oigo de nuevo. Pum. Pum, pum.
Y la ansiedad que había estado intentando mitigar durante las últimas veinticuatro horas atraviesa mis barreras mentales como si fueran papel de fumar, inundando mi sistema al instante.
Me tiemblan las manos al ponerme en pie demasiado rápido; el repentino flujo de sangre a la cabeza me hace sentir mareada. Respiro hondo, pero no sirve de nada para aplacar el pánico que se está apoderando de mí.
Pum.
Viene... viene de arriba. Oh, dios mío... hay alguien en la casa.
Giro sobre mis talones, buscando cualquier cosa que pueda servir de arma mientras saco el móvil del bolsillo trasero. ¿Han vuelto esos tipos? ¿Es alguien más? ¿Alguien que quiere venganza por lo que le pasó a ese tercer hombre?
No me lo contaron, pero recuerdo retazos de aquello. Destellos de memoria. Y sé que el tipo que se quedó, el que prometió que me iba a hacer daño, no se limitó a marcharse. Los detalles son borrosos, pero es como un presentimiento, una corazonada.
Y ahora sus colegas han vuelto para vengarse. Y yo estoy aquí sentada como un personaje secundario en los primeros cinco minutos de una película de terror.
Mordiéndome el labio, me agacho y agarro lo primero que tengo a mano: uno de los candelabros de plata de la tía Jo. Cierro la mano alrededor del extremo, usando la pesada base como un mazo.
El corazón me late con tanta fuerza dentro del pecho que juraría que me está haciendo vibrar todo el cuerpo.
Me obligo a tragar saliva para pasar la bola de miedo alojada en mi garganta mientras avanzo sigilosamente.
Me detengo en el umbral, echando un vistazo a la escalera y aguzando el oído de nuevo.
En cuanto salga al pasillo, quienquiera que esté arriba me verá.
El pasillo parece medir un millón de kilómetros, y miro hacia la planta de arriba cinco veces, obligándome a desperdiciar unos segundos preciosos para asegurarme de que el camino está despejado.
Cuando no puedo esperar más, salgo disparada por el pasillo, con los calcetines resbalando sobre el suelo de madera mientras doblo la esquina hacia la cocina.
Respiro de forma entrecortada y acelerada, y corro rápidamente hacia el distribuidor trasero.
Allí hay un armario ropero profundo en el que puedo esconderme mientras llamo a alguien.
Con una mano apretando con fuerza el candelabro, pulso su contacto sin pensarlo dos veces. Me responde al primer tono.
—¿Evangeline?
—Creo que hay alguien en mi casa —susurro.
—¿Dónde estás ahora mismo? —Su voz es cortante, exigente.
—Escondida en el armario del pasillo de atrás.
—Eso está bien, nena. Eso está bien. Quédate ahí y no cuelgues, ¿vale?
Su seguridad alivia un poco el nudo de ansiedad de mi pecho, y me descubro asintiendo con la cabeza como si él pudiera verme.
—Vale —susurro.
—¿Has visto a alguien? —Se oye ajetreo al otro lado de la línea, y me lo imagino calzándose y saliendo a toda prisa de su casa. O quizá solo sean proyecciones mías.
—No, pero he oído ruidos. Muchos golpes, como si alguien estuviera caminando por el piso de arriba.
—Has hecho bien en llamar. Voy de camino, ¿me oyes?
Exhalo, y el alivio instantáneo es un bálsamo contra el áspero raspado de la ansiedad. —De acuerdo. ¿Y Lincoln? ¿Puedes darte prisa, por favor? Tengo miedo.
BANE
Mantengo la línea abierta, escuchando el reconfortante sonido de su respiración pausada. Si respira, es que está viva. El sonido de su voz cuando ha llamado, ese susurro amortiguado de miedo, se me va a quedar grabado durante mucho, mucho tiempo.
Visiones de ese imbécil sin rostro encima de ella con una pistola en la sien pasan ante mis ojos, y acelero el paso, corriendo hacia mi moto. Paso el sonido del teléfono a los auriculares, poniéndomelos para mantener nuestra línea abierta, y paso la pierna por encima del asiento.
—Ya voy, nena. Tú quédate ahí, ¿vale?
Su respuesta queda sepultada por el ruido del motor al arrancar. En lo que duran dos latidos, voy volando hacia las puertas del recinto del club. Revoluciono el motor, el único aviso que van a recibir para que abran las puertas y lo hagan jodidamente rápido, o no me haré responsable de lo que haga.
Siento pasar los segundos como cuchillos que me pinchan la piel, cada uno doliendo un poco más que el anterior.
Las calles están oscuras pero no vacías mientras me dirijo a Magnolia Lane.
Ahora mismo soy el típico gilipollas estereotipado que conduce una moto, serpenteando entre el tráfico, zumbando por los carriles centrales y saltándome, en general, todas las normas de tráfico que puedo.
Mi único objetivo es llegar hasta Evangeline lo antes posible.
Los árboles pasan a mi lado como una mancha borrosa y, muy pronto, la enorme casa aparece a la vista.
—Madre mía —murmuro al verla. Debe de tener encendidas todas y cada una de las luces. Apuesto a que Magnolia Lane se podría ver desde un kilómetro de distancia, tal y como está iluminada ahora mismo.
Debería haberme dado cuenta de que tendría miedo.
Nunca debería haber dejado que se fuera a casa sola.
Y si no hubiera estado tan preocupado por lo que sea que está pasando con Nova, la bomba informativa de Silas y la posible guerra inminente con los clubes vecinos, me habría fijado. Habría insistido en venir hoy con ella.
No veo ningún coche desconocido, pero eso no significa una mierda.
No hay más que campo abierto durante hectáreas alrededor de estas casas.
Podrían estar en vehículos todoterreno o caminando, por lo que yo sé.
Debería haber llamado a algunos de los chicos para que peinaran la zona, pero estaba funcionando en piloto automático.
Y sí, tal vez quería aplicar mi clase específica de justicia por haberla elegido como objetivo y haber asustado a mi chica.
En cuanto me detengo frente a la puerta de su garaje, salto de la moto y subo corriendo por el camino de entrada. Saco mi pistola de la parte trasera del pantalón y suelto un suspiro. No sirve de nada para controlar el pavor creciente, pero lo hago de nuevo de todos modos.
—Estoy aquí, Evangeline. Pero quiero que te quedes escondida hasta que llegue donde estás, ¿vale? No salgas por nadie que no sea yo —murmuro.
—Vale. Ten cuidado, Lincoln.
—Siempre lo tengo. —Uso la llave de repuesto que hice el otro día cuando ella no prestaba atención y entro en la casa. El factor sorpresa probablemente se haya perdido teniendo en cuenta que mi moto hace un ruido que te cagas, pero no voy a derribar la puerta de Evangeline si puedo evitarlo.
El pecho se me aprieta de preocupación al entrar en su casa. El zumbido bajo de un disco que ha terminado de sonar llena el espacio, pero no oigo nada más. Mantengo la pistola levantada y apuntando mientras registro su casa de forma lenta y metódica.
Hay consuelo en hacer algo que he hecho tantas veces que puedo confiar en gran medida en la memoria muscular para ejecutarlo.
Subo primero al piso de arriba, luego recorro la planta baja, dejando el garaje para el final. Por último, golpeo con los nudillos la puerta del armario del pasillo trasero mientras pongo el seguro a la pistola y me la guardo en la parte trasera del pantalón.
—Soy yo, Evangeline.
La puerta se abre sin decir palabra y, al segundo, ella salta a mis brazos. La agarro fácilmente, sintiendo cómo el alivio me inunda.
—Lincoln —susurra ella, rodeándome con sus brazos.
Y puede que sea lo mejor que he oído en mi vida.
—Hola, nena. —Mi voz suena densa por la emoción, con la sangre bombeando al doble de velocidad por la adrenalina.
Cierro los ojos con fuerza mientras la aprieto contra mí, con un brazo rodeando su cintura y el otro bajo su culo para sostenerla. Está temblando en mis brazos y puedo sentir cada centímetro de su cuerpo presionado contra el mío.
Finalmente, se aparta lo justo para mirarme. En esta posición, estamos casi nariz con nariz, nuestras bocas a solo unos centímetros de distancia. Sus ojos castaños están muy abiertos, con las pupilas dilatadas por el miedo, y dos lágrimas ruedan por sus mejillas pecosas.
Sin pensarlo, me inclino hacia delante y le seco las lágrimas con los labios. —No pasa nada, ya me tienes aquí.