16 Eve
DIECISÉIS
EVE
Me siento en la chaise longue junto a mi prima con un suspiro. —Gracias por ayudarme con esto hoy.
Me echa el brazo por encima de los hombros y me atrae hacia ella en un abrazo lateral algo torpe. —Faltaría más, nena. Debería haber venido antes a ayudarte a clasificar y limpiar. Ha sido culpa mía. Pero estoy aquí para lo que necesites, ¿vale? No estás sola en esto.
Apoyo la cabeza en su hombro y observo todos los progresos que hemos hecho. Cajas de adornos sobre la mesa, una montaña de fundas de cojines en la esquina, pilas altísimas de marcos con fotos familiares que pensé que mi tía y su familia deberían tener.
Toda una vida de recuerdos reducida a montones esparcidos por la habitación.
Señalo vagamente el cuarto. —Es un poco triste, ¿sabes? Es como si esto resultara más real que lo de su funeral del año pasado.
Apoya su mejilla contra la parte superior de mi cabeza. —Es triste de narices, nena. Pero así es como podemos honrarla también.
Asiento y me aparto, haciendo girar el cuello para desentumecerlo. Pasar medio día agachada en posturas raras clasificando lo que queda me ha provocado un tirón en la espalda.
Suspiro, con el cuerpo doliéndome en más de un sentido. —Gracias por quedarte a dormir anoche. No tenías por qué, pero te lo agradezco.
Me da un empujoncito con el hombro. —Por favor, ni que fuera a dejarte aquí sola después de todo lo que pasó. ¿Quieres que me quede también esta noche? Siento que puedo forzar un poco más la cuerda con Shelbi.
Le sonrío. —Creo que estaré bien. Pero gracias. ¿Y no me contaste que una vez te puso a decorar galletas de azúcar durante una semana por faltar para irte de vacaciones?
—Ugh, no me lo recuerdes. Todavía tengo pesadillas en las que me ahogo en una piscina llena de glasa real de colores pastel —dice con un gemido.
Suelto una risita a pesar de su expresión lastimera. —Es verdad. Fue por Semana Santa, ¿no?
—Sí, y nunca volveré a mirar los huevos decorativos de la misma manera. Pero valió la pena —dice, lanzándome una sonrisa pícara—. Abby y yo pasamos el fin de semana en la playa en México.
Asiento varias veces. —Me acuerdo. Ojalá hubiera ido con vosotras cuando me lo pedisteis, pero estaba centrada en mi incipiente carrera y convencida de que si trabajaba lo suficiente y echaba más horas, mis padres me respetarían.
Suspira, acomodándose en la chaise longue. —Pero tengo unos cuantos pedidos grandes que completar, así que debería ir mañana. Puedo volver a dormir aquí abajo para no despertarte cuando tenga que irme.
Acabamos montando la sala de estar como hacíamos de pequeñas cuando nos quedábamos a dormir aquí.
Aunque la Nana Jo tenía habitaciones de invitados que podríamos haber usado, siempre utilizábamos los edredones de plumas y colchones plegables mullidos para improvisar camas.
Veíamos películas hasta quedarnos fritas.
Normalmente con un puñado de patatas fritas todavía en las manos.
Anoche recreamos la misma escena. Solo que, en lugar de patatas, tomamos helado y comida a domicilio. Y me aseguré de meter la tarrina medio derretida en el congelador cuando Cora se quedó dormida durante la segunda mitad de la segunda película.
—No, de verdad. Estoy bien. Probablemente dormirás mejor en tu propia cama de todos modos. Voy a seguir aprovechando que tengo tiempo libre. Operan a Dixie pronto, así que estaré de niñera de Hunter a tiempo completo el resto del verano. Quiero dejar hecho todo lo posible ahora, ¿sabes?
—Lo entiendo. Traeré a mi madre a rastras la próxima vez que venga, haré que ayude y se lleve lo que quiera para que puedas pasar página. Sé que estás deseando decorar el espacio —dice, señalando con la cabeza hacia el salón y reclinándose de nuevo en la chaise longue.
—Supongo. Aunque en parte me gusta con el toque de la Nana Jo —murmuro.
—Lo sé. A mí también me encanta esta casa. Pero no creo que debas convertirla en un mausoleo para ella o Magnolia Lane. Ella quería que vivieras, y eso significa poner tu propio estilo aquí. De todos modos, la casa es demasiado bonita para estar anclada en los sesenta —dice con una risita.
Me río con ella, con los ojos un poco llorosos. —Dios, cómo le gustaban a veces la moqueta de pelo largo y los tonos joya, ¿verdad?
Cora asiente solemnemente. —Ya te digo. Menos mal que tuvo que cambiar aquella alfombra naranja butano hace unos años. ¿Te imaginas la cantidad de polvo que acumulaba eso? —Cora se estremece como si le diera asco, y eso solo hace que me ría más fuerte.
—Madre mía, tendrías que ver tu cara. Parece que alguien te acaba de decir que tienes una familia de ratas gigantes en el dormitorio, no una alfombra polvorienta.
Arruga la cara aún más. —¿Qué? Odio el polvo, ¿vale? Siempre me hace estornudar.
Se me pasa la risa y pongo los ojos en blanco de forma juguetona. —El polvo nos hace estornudar a todos, nena.
Levanta la barbilla y me mira por encima de la nariz. —Pues a mí no me gusta. Cada uno tiene lo suyo, ¿sabes? Como a ti no te gustan las medusas.
Me paso la yema del dedo índice por la ceja arqueada y me quedo mirando a mi prima. —¿Qué? Las medusas son masas transparentes de descargas eléctricas que flotan a la deriva en el océano. No tiene nada que ver.
Me da un toquecito juguetón con el dorso de la mano. —Lo que sea, ya sabes a qué me refiero.
Suelto una carcajada. —Sí, supongo que sí. —Hago una pausa, intentando encontrar las palabras adecuadas para formular mi siguiente pregunta—. Entonces, ¿vas a decirme a quién estabas intentando ver en el club de los Reapers el otro día o...?
Vale, no he tenido mucha delicadeza. Pero a mi favor diré que ha tenido toda la noche para contármelo.
—Ya te lo he dicho: a nadie.
—Mentira —suelto de inmediato.
Resopla y desvía la mirada hacia el techo. —Vale. Tenía curiosidad por saber qué ha estado haciendo Jagger últimamente. Denúnciame si quieres.
Giro la cabeza apoyándola en el respaldo del sofá para mirarla. —Nena, no me importa si quieres acostarte con Jagger o con cualquier otro.
Ahora me mira ella, girando el cuerpo para que quedemos frente a frente. —¿Ni siquiera con uno de los hombres St. James? —Mueve las cejas.
Niego con la cabeza, mordiéndome el interior de la mejilla. —Ya sabes que tengo unos sentimientos... interesantes sobre ellos.
—Eso se llama querer follar, nena —dice con una carcajada.
—No lo es. Al menos no todavía —protesto.
—¿Pero quieres? —presiona. Al notar mi vacilación, levanta las manos entre nosotras con las palmas hacia mí—. Oye, que no juzgo. Si tuviera la oportunidad, dejaría que los tres aparcaran sus zapatos debajo de mi cama.
Me estalla una carcajada y me inclino hacia delante. —Madre mía, eres demasiado. Eso parece sacado directamente de la boca de la Nana Jo.
Se ríe conmigo, con los ojos brillantes de diversión.
—Lo sé. Abby y yo lo decimos delante de mamá y papá todo el tiempo, solo por ver sus reacciones.
Papá siempre pone cara de circunstancia, pero hemos conseguido que mamá empiece a usarlo también.
Ahora trolea a papá cuando se pasa todo el día viendo el fútbol, haciendo una crónica de todos los futbolistas a los que dejaría aparcar sus botas debajo de su cama —Se da una palmada en la rodilla para enfatizar su regocijo.
—Me muero por ver eso. Deberíamos recuperar otros dichos de la Nana Jo, intentar revivirlos.
—Totalmente. ¿Cuáles otros había buenos? ¡Ah, ya sé: está más liada que un gato en una fábrica de pelotas! Ni siquiera entiendo qué se supone que significa eso —exclama entre risas.
—¿Qué hay de: No le echaría de la cama por comer galletas? —digo entre mis propios ataques de risa.
—¡Sí! Ahora que lo pienso, tenía muchos relacionados con hombres o sexo —dice, mirando al techo y relajándose más—. Dios, echo de menos a esa mujer.
Yo también miro al techo y alargo la mano para estrechar la suya. —Lo sé. Yo también.
—¿Vamos a hablar del librito negro de secretos de la Nana Jo? —Su voz es baja, carente del humor habitual.
Le aprieto los dedos, y el corazón se me acelera al mencionar el cuaderno. —La verdad es que no sé qué pensar de él.
El cuaderno encuadernado en cuero que se cayó ayer del cojín estaba lleno de la elegante caligrafía de la Nana Jo.
Página tras página de pequeñas observaciones y datos en diversos grados de incriminatorios y delictivos.
Había números, unos cortos que podrían ser algún tipo de sistema de secuenciación.
Pero también otros largos que no estoy convencida de que no sean monetarios.
La Nana Jo es de la generación que creció con padres que no confiaban en los bancos, así que no me sorprendería lo más mínimo descubrir que tiene nidos de ahorros escondidos por toda su propiedad.
Pero me da la sensación de que eso se habría abordado en el testamento. No era probable que se olvidara de si había plantado miles de dólares en su jardín.
—Si no reconociera algunos lugares y chismes que he oído antes, pensaría que estaba escribiendo el guion para una serie de televisión de larga duración o algo así —murmura Cora.
—Es todo tan extraño. No lo entiendo, ni por qué lo tiene. ¿Alguna vez se lo mencionó a tu madre?
Cora niega con la cabeza. —No que ella me haya dicho nunca, pero volveré a preguntarle.
Miro alrededor de la habitación, intentando verla con otros ojos, buscando escondites. —Debe tener más por aquí.
—¿Qué más da que alguien le vendiera a Delilah su receta de tarta de manzana si la Nana Jo no escribió quién se la vendió? —reflexiona Cora.
—No lo sé. ¿Quizá se trata más bien del hecho de que Delilah ganara los premios del pícnic de verano con la receta de otra persona?
Me aparto el pelo del cuello y nos sumergimos en el silencio, ambas contemplando sin duda esta pequeña sorpresa de información. Pienso en cómo podría verificarlo, o incluso si querría hacerlo.
Siempre me han gustado los buenos misterios, pero no es que pueda acercarme a Delilah en el festival dentro de unas semanas y preguntarle a bocajarro a quién le compró su famosa receta.
—No me importa, ¿sabes? —dice Cora, rompiendo el silencio después de unos minutos—. Con quién salgas. O con cuántos de ellos salgas. —Su voz es inusualmente baja, seria.
Giro la cabeza hacia ella. —Gracias. Tengo miedo de empezar a sentir algo, la verdad.
Son tan... no sé. Suena a cliché decir que son perfectos.
Sobre todo porque apenas los conozco, pero...
—Me interrumpo, encogiéndome de hombros de nuevo—.
No lo sé. Hay mucho potencial ahí. Podría ser como la historia de amor de mi vida, ¿sabes?
—Una historia de amor épica —dice ella, asintiendo—. Me encanta este camino para ti.
—Una historia de amor épica y poco convencional —murmuro.