15 Silas
QUINCE
SILAS
Me paso la mano por la nuca para limpiarme el sudor que se ha acumulado. Hunter y yo llevamos fuera casi una hora y hace un calor de mil demonios. Todos los años digo que me voy a ir de vacaciones a algún sitio gélido en esta época para escapar del calor.
Y, sin embargo, año tras año, sigo aquí.
Cuando Hunter era un bebé, quedarse era una excusa fácil. Viajar ya es bastante difícil de por sí como para añadir a un niño pequeño a la mezcla. Pero ya tiene cinco años, así que esa excusa ya no sirve.
No le quito ojo a mi hijo y saco el móvil desechable que cogí del armario de la habitación de invitados hace un rato. Tenemos una buena provisión de móviles desechables, porque por mucho que nos hayamos alejado del mundillo, los seguimos necesitando.
Hunter corre por el jardín trasero y se detiene de vez en cuando para agacharse y recoger «un tesoro», como él lo llama.
Lo mete en su cubo de playa azul claro y luego se levanta de un salto y corre a buscar lo siguiente.
Hace veinte minutos me dijo con su voz más seria que Eve le había dicho que debería empezar una colección de jardín con todas las cosas que le parecieran interesantes.
No tengo ni idea de cuándo cojones tuvieron esa conversación.
Pero me da igual, él está feliz y eso le ayuda a quemar algo de energía. Quiero a mi hijo más que a mi propia vida, pero ese niño es como uno de esos juguetes de cuerda a los que nunca se les acaba la pila.
Y hay días en los que siento el peso de la paternidad soltera de forma tan aguda que es como si alguien me hubiera clavado un cuchillo entre las costillas.
Nova, Bane, mi madre... todos son familia y quieren a Hunter con locura.
Pero no es lo mismo. Al fin y al cabo, yo soy su padre. Y a su madre no le dio la gana quedarse.
No es que yo quisiera que lo hiciera, pero llegará un día en que Hunter empiece a preguntar por su madre más en serio. No podré seguir esquivando sus preguntas sobre dónde está y por qué no está con nosotros.
Y odio profundamente que él tenga que pasar por eso.
Suelto un suspiro y me quito los pensamientos sobre ella de la cabeza mientras abro un nuevo hilo de mensajes con los limpiadores.
Ayer hablé con el contacto y me aseguró que todo estaba en orden.
Pero no puedo quitarme esta sensación persistente de que se me escapa algo. Escribo el mensaje de rigor.
Yo: Estoy pensando en ir a por algo de comida. ¿Quieres algo?
Espero unos minutos, dejando que la brisa cálida me envuelva mientras observo a Hunter saltar hacia el árbol grande de la izquierda. Es el único elemento paisajístico de nuestro patio trasero. Era demasiado grande para talarlo y, como el resto es básicamente terreno abierto, lo dejamos.
Número desconocido: Hamburguesa con queso doble, kétchup y mostaza, sin cebolla, sin tomate
Identificado, comprobando huellas, sin tatuajes ni marcas de afiliación oficial.
—Me cago en todo —mascullo.
Yo: ¿Patatas?
¿Nuestro hombre tiene amigos conectados?
Número desconocido: Pequeñas
Vale, o sea que se trata de mierdas criminales de baja estofa.
Yo: ¿Cuándo quieres comer?
Desconocido: 8
Ya se han librado de él. Bien. No le pregunto nada más, borro la conversación y saco la tarjeta SIM de la parte trasera. La suelto en el vaso de agua que hay sobre la mesa de la terraza junto a mí con un suspiro.
—Toma, he pensado que te vendría bien esto —dice mi madre desde detrás de mí.
Un segundo después, tengo una cerveza delante de la cara. Alargo la mano y se la cojo automáticamente.
—Solo son las once de la mañana —refunfuño, aunque le doy un largo trago a la botella.
—Me van a operar pronto. Tengo permiso para concederme un cóctel con el almuerzo —dice ella, mirándome con sorna por encima de su propia botella de cerveza.
Arqueo una ceja mientras ella se sienta en la silla a mi lado—. ¿Almuerzo líquido?
Agita la mano en el aire entre nosotros mientras da otro trago—. No seas ridículo. Tengo pollo frito calentándose en el horno.
Suspiro, hundiéndome en la silla—. No tenías por qué hacerlo, mamá. Me he tomado el día libre para que tú pudieras tomarte el día libre.
Frunce los labios y me dedica su mirada característica de «déjate de gilipolleces»—. ¿Ah, sí? ¿Es que ahora necesito tu permiso para traerles el almuerzo a mis chicos? ¿Es eso?
—Señor —mascullo, pasándome la mano libre por la cara—. Claro que no. Solo quería decir que no tienes por qué sentirte obligada a estar aquí. Yo me encargo.
Su rostro se suaviza para adoptar su otra expresión característica: la de reina del hielo. Perfeccionó esa mirada hace décadas. De algún modo, consigue parecer expectante, decepcionada y molesta, al tiempo que proyecta un aire de confianza absoluta.
Mis hermanos y yo sabíamos que se iba a liar cada vez que ponía esa cara. No nos librábamos de ella, pero por lo general no iba dirigida a nosotros.
A menos que la hubiéramos cagado, algo que todos hicimos con bastante frecuencia durante nuestra adolescencia.
—No hago nada que no quiera hacer, hijo. —Hace una pausa y veo cómo esa expresión desaparece de su rostro como si nunca hubiera estado allí—. Ahora, ¿por qué no me dices qué te pasa? Noto por esa arruguita entre las cejas que estás estresado.
Relajo la cara al instante y me muevo en el asiento para disimular—. Estoy bien. Solo intento resolver unas mierdas.
Asiente un par de veces, volviendo su atención hacia el jardín—. Como quién entró en casa de Evangeline, y si fue alguno de esos capullos de Crest View.
—Tienes que dejar pasar eso de una vez, mamá. Han pasado diez años.
Las comisuras de su boca se curvan hacia abajo—. Si alguien le hace daño a Hunter algún día, entonces lo entenderás. No hay perdón para el dolor infligido intencionadamente a tus hijos.
Hace diez años, una zorra le tendió una trampa a Nova para que un grupo de los Hell Hounds le diera una paliza. Ella no fue el cerebro del plan, pero interpretó su papel a la perfección.
A mi hermano le dieron nueve puntos. Y mi madre se presentó en su bar favorito de Crestview y les rajó todos los neumáticos.
Y luego le dio con una llave de cruz a la moto del padre de la chica.
Le importó un bledo quién la viera. Parecía una valquiria, respaldada por todo nuestro club.
Estuvimos enfrentados a los Hell Hounds durante años antes de aquello, y parece que nuestro momento de tregua podría haber terminado.
Observo a mi hijo canturrear para sí mismo mientras escarba en la tierra, y se me encoge el pecho ante la idea de que algo llegue a tocarlo. No puedo imaginar un mundo en el que no lo quemaría todo para protegerlo.
—Sí, lo entiendo —digo en voz baja.
Siento su mirada fija en mi perfil, pero mantengo los ojos puestos en mi hijo.
—No, cielo, no lo entiendes. Y espero por Dios que nunca lo hagas.
Asiento un par de veces porque espero lo mismo—. Pero no fue alguien de Crestview quien entró en casa de Evangeline.
—¿Estás seguro de eso?
Me encojo de hombros y doy otro trago. Hoy está entrando demasiado bien—. Los limpiadores han dicho que no tiene tatuajes de afiliación, y ya sabes que todos los Hell Hounds están tatuados.
—¿Entonces quién ha sido? —pregunta ella con tono cortante.
—Por lo que sabemos, un criminal de tres al cuarto. Sin vínculos con ningún club cercano.
—Esto no ha sido un simple robo de entrar y salir, Silas. Ha sido un asalto a mano armada en su hogar. En nuestro pueblo. Ese tipo de cosas no pasan en Rosewood. Vosotros os encargáis de eso. Así que, ¿por qué está pasando ahora? ¿Y a ella? —presiona.
Vuelvo a girar el cuello de un lado a otro. No sirve de nada para aliviar el nudo de tensión que tengo en un lateral.
—Aún no lo sé, mamá —le digo, con la voz cargada de cansancio.
—Pues averígualo. Josephine Carter era amiga de la familia, y le debemos el respeto de asegurarnos de que su nieta esté a salvo en su casa.
Algo no me cuadra. El tono de mi madre era normal, pero su elección de palabras me parece... no sé. Diferente.
Entorno los ojos mientras la miro—. ¿Se lo debemos exactamente por qué?
Mamá niega con la cabeza, torciendo los labios—. Fue hace mucho tiempo, Silas. Limítate a cuidar de ella, ¿vale?
Lanzo la mano libre al aire, con la exasperación zumbándome en la cabeza como un enjambre de mosquitos—. La he contratado como niñera de Hunter por ti. ¿Qué más quieres de mí?
Se inclina y me pone la mano en el antebrazo—. No, cielo. Te la sugerí porque sé que será buena para mis chicos.
Resoplo y me termino el resto de la cerveza—. Sí, bueno, ya veremos qué tal se le da. En solo unos días se verá si se hunde o si sabe nadar.
A decir verdad, no necesito que me lo recuerden. Es en lo único en lo que he podido pensar durante días. Y eso fue mucho antes de que saliera herida.
El recuerdo de ella sentada en aquella habitación de hospital podría perseguirme el resto de mi vida. Se la veía tan vulnerable y dulce.
Parecía que podría ser mía.
Me sacudo ese pensamiento alarmante en cuanto me cruza por el cerebro. Probablemente sea el comienzo de un golpe de calor o alguna mierda así. No hay otra razón por la que pudiera tener una idea tan descabellada.
Como si la niñera pudiera pertenecerme alguna vez.
Mamá me da unas palmaditas en el brazo antes de retirarlo—. Es fantástica con Hunter, y ambos lo sabemos. Tienes unos días más para hacerte a la idea.
Asiento brevemente con la barbilla y cambio de tema—. Ojalá dejaras que te llevara yo a la operación.
—Tu hermano ya ha dicho que lo hará él, y no necesito que todo el mundo esté pendiente de mí. Estaré de vuelta en casa esa misma noche —dice ella.
—Sí, bueno, pues espera que estemos pendientes de ti entonces —refunfuño.
Vuelve a centrar su atención en el jardín trasero, pero no antes de que vea la sonrisa que se dibuja en su rostro.
Después de un momento, añado: —Y cuidaré de la chica.
Esta vez, mamá me mira y me dedica su sonrisa más característica—. Sabía que lo harías, cielo.