14 Evangeline
CATORCE
EVANGELINE
Conduzco a casa aturdida, con la cabeza dándome vueltas. Estoy tan absorta en mis propios pensamientos que apenas me doy cuenta del trayecto. Cuando entro en el camino de entrada, me sorprende ver que todo parece igual. No sé qué esperaba, pero se siente diferente.
O tal vez soy yo la que se siente diferente.
Sé valiente, susurra la voz de Nana Jo en mi mente.
Suelto un suspiro, cojo mis cosas del coche y entro en la casa. Me preparo mentalmente para el desastre y el desorden, pero cuando mis pasos me llevan al salón, la sorpresa me deja inmóvil.
No hay nada roto ni revuelto. De hecho, casi parece más limpio que antes.
Frunzo el ceño confundida y me acerco para inspeccionar la estancia.
Es obvio que faltan cosas —el equivalente a varias bolsas de basura—.
Pero no hay ni rastro del caos que hubo aquí anoche.
El diván está en su posición correcta y los trozos rotos de los jarrones de Nana Jo han desaparecido, como si alguien los hubiera barrido.
Dios, ha sido un día de perros.
El móvil me vibra en el bolsillo y lo saco sin mirar, con la vista aún fija en lo que queda. No consigo recordarlo todo, mi memoria de lo ocurrido está un poco borrosa.
Cora: He salido del trabajo y voy para allá.
Adoro a mi prima y voy a ponerla al día de todo, pero necesito una siesta y otro café antes de enfrentarme al centenar de preguntas que sé que va a tener.
Yo: Estoy liada con una cosa. ¿Mejor esta noche? Podemos pedir comida a domicilio.
Cora: ¿Es un rabo? ¡Ay, Dios mío, más te vale no estar escribiéndome mientras te lo montas con Nova! Te quiero, nena, pero no necesito pillar todos esos microbios sexuales, ¿sabes?
Soltando una carcajada, respondo de inmediato.
Yo: pero bueno, Cora. ¿Quién dice ya «microbios»? ¿Qué tienes, cinco años?
Cora: Estás evitando la pregunta.
Yo: No me estoy acostando con Nova ni con nadie más mientras te escribo. ¿Te lo imaginas? Si estoy en pleno uso de mis facultades para mantener una conversación por chat con alguien, es que necesito buscarme a otro que me satisfaga.
Cora: «en pleno uso de sus facultades»... ¿qué tienes, ochenta años? ¿Quién dice eso?
Yo: Yo, claramente.
Yo: Pásate en unas horas.
Cora: Vale, pero que sepas que voy a pedir tailandés porque me estás haciendo esperar.
Resoplo. La muy granuja lo está haciendo a propósito.
No es que no me guste la comida tailandesa, pero a Cora le gustan los platos picantísimos.
Y yo soy una completa floja cuando se trata de comida muy picante.
Siempre acabo pidiéndome uno de sus combos infantiles, porque así sé que no lo ahogan en especias.
Yo: Vale, pídeme uno de esos menús infantiles.
Cora: Lo que tú quieras, nena, pagas tú, recuerda.
Yo: ¿Ah, sí?
Cora: Sí. Considéralo una compensación por no invitarme a la fiesta de los Reaper de anoche.
Yo: pero por Dios, si a ti ni siquiera te gustan las fiestas de los Reaper, ¿recuerdas?
Yo: Espera. ¿Te estás acostando con ese tío otra vez?
Cora: ¿Con Jagger? Por favor. No pudo conmigo entonces, mucho menos va a poder conmigo ahora.
Yo: ¿Con su amigo, entonces? No recuerdo a mucha de la gente que conocí, había demasiadas caras nuevas.
Cora: Ya sé cómo te pones, doña «tengo que ver a alguien varias veces antes de poder grabar su cara en mi memoria».
Yo: Puedo notar el sarcasmo hasta por escrito.
Cora: Bien, entonces mi trabajo aquí ha terminado. Hasta luego, nena.
Yo: Nos vemos esta noche.
—¡Ay, la madre que me parió! Eve, te lo digo con todo el respeto de mi corazón: ¿pero qué cojones? —Cora me mira con los ojos cómicamente abiertos.
Ha estado soltando tantas exclamaciones mientras yo rememoraba las últimas veinticuatro horas que, en un momento dado, me he preocupado de verdad por si se atragantaba con los fideos.
Suelto una risita, pero sin muchas ganas. —Lo sé. Es una locura, ¿verdad?
Ha apartado su comida y se ha acercado tanto que está prácticamente sentada en mi regazo; me rodeó con el brazo cuando llegué a la parte de la escalera. Ahora se ha echado un poco hacia atrás, y nuestras rodillas se rozan mientras estamos sentadas en el diván de terciopelo machacado del salón.
—¿Locura? ¡Dí más bien que es demencial! —Su voz sube de tono, como si se estuviera preparando para algo.
—Lo sé —me muerdo los labios, decidiendo no señalar que «demencial» es solo un sinónimo de «locura». Jugueteo con el dobladillo de mi camiseta, un poco dubitativa sobre cómo plantear mi pregunta—. ¿No crees que es raro que me dijeran que ellos se encargarían?
Me echa una mirada y se encoge de hombros lentamente. —Qué va, no mucho. Ya te he contado cómo son las cosas aquí. Los Reaper son como vigilantes. Tipos en plan Robin Hood, ¿sabes?
Arqueo las cejas con rapidez, imaginando a todos los hombres St. James con mallas verdes y túnicas. —¿Robar a los ricos para dárselo a los pobres?
Chasquea los dedos y asiente. —Exacto. No sé si son tan altruistas como en la fábula, pero mantienen Rosewood bastante seguro.
—Hm —murmuro.
Gira la cabeza de golpe para mirarme. —Mierda. Lo siento. Debería haberlo dicho de otra forma. No es que puedan evitar todos los delitos, pero hacen más por el pueblo que la oficina del sheriff. Solo quería decir eso.
—No, lo sé. No pasa nada —le aseguro.
—Madre mía, Eve, ¿cómo es que no eres, no sé, un manojo de nervios llorando por los rincones ahora mismo?
Excelente pregunta. Supongo que de algún modo me he distanciado de ello. Estoy segura de que el trauma resurgirá en algún momento, y probablemente pronto. Pero siempre se me ha dado de maravilla compartimentar las cosas, así que tal vez pueda echar mano de eso.
Me encojo de hombros y el tejido de mi camiseta hace un suave ruido de roce contra el terciopelo del diván. —No lo sé. Es como la cuarta vez que hablo del tema.
Asiente varias veces y juraría que puedo ver los engranajes de su mente funcionando. —Espera... ¿cómo es que estás aquí siquiera? —Se incorpora y me pone la mano en la rodilla—. Joder. ¿Necesitas que me quede aquí contigo esta noche?
Su oferta me conmueve. Aunque no debería sorprenderme, teniendo en cuenta que siempre me ha apoyado desde el primer día. Pero llevo tanto tiempo cuidando de mí misma que el hecho de que alguien se ofrezca a ayudarme todavía me pilla por sorpresa.
—Oh, no, no hace falta que hagas eso. Estoy bien —Hago un gesto en el aire con la mano, como si pudiera disipar su preocupación.
Me escudriña la cara, sin duda buscando señales de que no estoy siendo sincera.
—¿Estás segura? Porque no me importa. Tendré que despertarme extra pronto porque la pastelería está al otro lado del pueblo.
Pero puedo dormir aquí abajo o algo para no despertarte.
O a la porra... llamaré para decir que no voy.
Se me escapa una carcajada. —Por favor, la pastelería implosionaría si tú no estás allí. Eres esencial en Sugar and Spice.
Se endereza y pone su cara frente a la mía. —No, nena, tú eres esencial para mí. Y eres más importante que un día de trabajo. Además, me vendría bien un día libre.
—¿No le importará a tu jefa?
Cora niega con la cabeza y vuelve a recostarse. —Va a tener que acostumbrarse más pronto que tarde.
—¿Entonces ya sabe lo de tus planes?
—Sí —dice marcando mucho la s—. No es que se puedan guardar muchos secretos en este pueblo —Se encoge de hombros, con las esquinas de la boca curvadas hacia abajo—. Le dije que no iba a dejarla tirada. De todas formas, aún falta bastante para abrir las puertas de mi local.
—Avísame si necesitas algo de mi parte. Estaré encantada de ayudar en lo que pueda.
Me lanza una mirada astuta y su ceño fruncido se convierte en una sonrisa pícara. —¿Como entregarme tus recetas secretas?
Niego con la cabeza sonriendo, y un mechón de pelo se me escapa de detrás de la oreja. —Ni hablar. Le prometí a cierto niño que hornearía con él este verano. No puedo entregar mis recetas más preciadas.
—Ganas un par de lazos azules y de repente son «mis recetas más preciadas» —dice con tono burlón y juguetón.
Levanto las cejas y la miro por encima del hombro, haciendo mi mejor imitación de alguien elegante. —Bueno, ganaron, ¿no?
No veo venir el cojín hasta que rebota en mi mejilla. Algo duro se me clava en la mejilla —por suerte no en la que tengo dolorida— y me echo atrás por la sorpresa.
—Ay —mi mano vuela hacia el punto de dolor, cubriendo al instante la zona que palpita sordamente.
El cojín de terciopelo carmesí cae en mi regazo antes de rodar hasta el suelo con un golpe sordo.
Cora se inclina hacia adelante y alarga la mano hacia mí. —Mierda, lo siento, Eve. Solo estaba bromeando. ¿Te ha dado en el corte?
—No, no, está bien. Es solo que... —Me callo, bajo la mano y cojo el cojín—. Había algo duro aquí dentro.
Cora se acerca, girándose hasta quedar frente a mí. —¿Quizá la cremallera?
Nana Jo tenía una colección impresionante de cojines y, como era la persona más ahorradora que he conocido, decidió tener una docena de rellenos y unos cien juegos de fundas diferentes.
El armario de los blancos del piso de arriba tiene dos grandes cajas de lino con fundas lavadas y dobladas, todas coordinadas por colores.
Giro el cojín hasta que veo la pequeña cremallera metálica. Efectivamente, no está cerrada del todo, así que sobresale en un ángulo extraño. Intento cerrarla, pero se engancha con algo. Me cuesta un par de intentos mover la cremallera de atrás adelante, hasta que finalmente consigo abrirla.
Y un pequeño cuaderno encuadernado en cuero cae en mi regazo. Tiene una cinta negra atada alrededor y parece viejo, desgastado. Como si lo hubieran abierto y cerrado tantas veces que el cuero hubiera cedido hace años.
—¿Qué es eso? —murmura Cora, quitándome el cojín y dejándolo en el suelo junto a sus pies.
—No lo sé. ¿Es raro que me dé miedo mirar dentro? —Miro a mi prima, conteniendo una mueca—. ¿Y si son cartas guarros del abuelo Dalton o algo así?
—No creo que guardara eso en un cojín del salón. Seguramente estarán en alguna caja elegante debajo de su cama, al lado de su vibrador.
Giro la cabeza bruscamente y la miro fijamente. —¿Pero qué cojones, Cora?
Sus mejillas se tiñen de rosa. —¿Qué? El sexo es algo normal, Eve. Me sorprende tener que decirte eso a ti, precisamente a ti.
Me pongo tensa ante su insinuación. —¿Qué demonios se supone que significa eso?
Arquea una ceja con expresión expectante. —Te estás embaulando a toda una generación de hombres St. James.
Me quedo boquiabierta por la sorpresa. —No es así y lo sabes.
Su cara se contrae. —Relájate, no te estoy juzgando, nena. Solo digo que tampoco deberíamos juzgar a Nana Jo por lo que tenga en la caja debajo de la cama, ¿sabes? Espero que nosotras también sigamos tocando la zambomba cuando tengamos setenta años, ¿sabes?
La miro fijamente y ella se limita a sonreír.
—¿Paseando el dedo por el jardín?
—¿En serio? Dios mío —digo con una carcajada.
—¿Haciendo punto de cruz? ¿Acariciando el gatito? ¿Haciendo de DJ en el piso de abajo? O mi favorita personal: untando el muffin.
La observo. —¿Has terminado ya?
Se encoge de hombros, con la cara rebosante de orgullo. —A las chicas de la pastelería les gusta el cotilleo más que a las viejas de este pueblo. Un día se retaron a intercalar todos los eufemismos aleatorios sobre la masturbación en una conversación normal. Algunos se me quedaron grabados.
—¿Quieres ver qué hay dentro o prefieres seguir? —agito el cuaderno de cuero en mi mano.
Mueve la muñeca, haciendo círculos con la mano delante de mí en el gesto de «venga, date prisa, continúa». —Claro que quiero ver qué hay dentro.
Suelto un suspiro y suelto un extremo de la cinta. Abro el cuaderno por una página cualquiera y la mandíbula casi me llega al pecho.
—Oh, definitivamente voy a llamar para decir que no voy a trabajar —murmura Cora.