12 Bane
DOCE
BANE
No hay muchas cosas en la vida que me dejen mudo.
Claro, me siguen pasando cosas que me sorprenden —para bien y para mal—, pero mi capacidad para mantener la compostura frente al caos es uno de mis mejores rasgos.
No hay más que preguntarle a cualquier hermano de los Reapers.
Todos te dirán que soy el ojo del huracán, siempre calmado e imperturbable.
Hasta hoy.
Primero, Nova se ha follado a Evangeline en mi puto cuarto de baño mientras yo estaba en la cocina con mi primo como un puto gilipollas.
Debería haber subido hecho una furia y...
no sé qué cojones. ¿Exigirles que pararan?
¿Mirarle la cara mientras él la hace gozar para luego compararla mentalmente con las visiones que tengo grabadas a fuego en el alma?
Ninguna de las dos parece una idea especialmente buena.
Joder, quizá debería haberle pegado un puñetazo. Me habría servido para soltar algo de la energía acumulada, y luego quizá sería más fácil aguantar este temporal que siento que se avecina.
—¿Que hiciste qué? —Mantengo mis palabras pausadas y claras, aunque por dentro estoy en pie de guerra. Silas ha matado a alguien y no ha contado con nuestra ayuda ni nos ha pedido que limpiáramos el desastre después.
Él sacude la cabeza, con la mirada perdida por encima de mi hombro mientras se sumerge en el pasado—.
No iba a detenerse. No le importaba que Richard fuera una víctima colateral de la guerra total.
Que ni siquiera fuera una bala de nuestro bando la que se cargó a Richard.
Estaba furioso, en una cruzada para destruir cualquier cosa y a cualquiera que estuviera en su lugar.
—¿Así que, simplemente... qué, te lo cargaste? —pregunta Nova a los pocos segundos de la larga pausa de Silas.
—Éramos nosotros o ellos. Y nos elegí a nosotros. Seguiré eligiéndonos a nosotros. Todas y cada una de las veces —dice Silas. Lo dice con total naturalidad, como si estuviéramos hablando de qué preparar para la cena familiar y no del asesinato premeditado de un rival.
Asiento con la cabeza lentamente, asimilándolo—. Lo entiendo. Pero ¿por qué no nos diste el soplo? Ese es el tipo de mierda que le cuentas a tu segundo.
Parece que fue hace una eternidad, pero no lo fue.
En la historia del club, ha sido un parpadeo de paz relativa en toda una vida de caos.
El club siempre ha estado a un paso de la guerra.
Un movimiento en falso, un policía corrupto con cargo de conciencia o un rival que se cansa de mantener la paz, y todo se va a la mierda. Y así pasaba, a menudo.
¿Pero que Silas se cargue a un tío sin decírmelo? Eso no tiene precedentes.
—Teníamos cosas más importantes de las que preocuparnos en ese momento. Me encargué del problema y no volví a pensar en ello —dice Silas, mirando hacia la escalera.
Sigo su mirada, asegurándome de que ella no esté allí. Hay cosas que es mejor que sigan siendo un misterio. Lo último que quiero es que Evangeline oiga por casualidad que Silas mató a un tipo y se lo tome a mal.
Seguro que hay más miga en la historia, pero no estoy seguro de si merece la pena seguir hurgando. Hay mierda que merece quedarse enterrada en nuestro pasado.
Nova chasquea la lengua y sacude la cabeza una vez—. Un poco irónico viniendo de un tipo que sermonea sobre la hermandad y los lazos y toda esa mierda en la sede, ¿no crees? No sé, tío, este tipo de secreto parece de los que se comparten con la familia.
—¿Qué quieres que haga ahora? —presiona Silas.
Nova se encoge de hombros, y el gesto es de todo menos casual—. No lo sé, tío, quizá empezar por hacer borrón y cuenta nueva. Los secretos se están amontonando más rápido de lo que puedes enterrarlos.
Silas se tensa, manteniendo la mirada de su hermano—. ¿Qué se supone que significa eso?
Nova tamborilea con los dedos en la mesa de la cocina—. ¿Cuántos secretos tienes?
—Todo el mundo tiene derecho a sus secretos, hermano.
Nova se burla—. Ya. Otro secreto familiar más al montón, ¿no?
—No era un secreto familiar. Era un asunto del club —dice Silas.
Me paso la mano por la cara ante el tono de Silas. No le falta razón. Ese tipo de mierda es asunto del club, lo que significa que debería haberme incluido. Pero no necesito señalarlo, no cuando Nova está ahora mismo al límite.
—¿Y yo no estoy incluido en los asuntos del club? ¿Es eso lo que estás diciendo? —pregunta Nova, con un tono engañosamente tranquilo.
Silas se cruza de brazos lentamente, mirando fijamente a su hermano menor—. Por aquel entonces no lo estabas.
Nova mira hacia el techo con una risa sarcástica—. No, tío, mira, ahí es donde te equivocas. Los asuntos del club siempre han sido mis asuntos, algo que tú de alguna manera olvidas.
—No te preocupes, hermano. Tú nunca dejarías que nadie lo olvidara —dice Silas.
—Sabes qué, hermano, solía pensar que estabas cuidando de mí cuando prácticamente me obligaste a irme para estudiar. Pero ahora no estoy tan seguro. Parece que quizá simplemente no me querías aquí. Como si no fuera digno del parche.
—¿Lo dices en serio ahora mismo? —dice Silas, con la voz rebosante de esa mezcla letal de ira e incredulidad.
Es una mezcla especial reservada para la familia—.
Te presioné para que fueras a la universidad porque tienes un talento innato que no debería desperdiciarse en un pueblo de mala muerte en medio de ninguna parte.
—Silas extiende el brazo, señalando hacia la ventana—.
Y no me vas a perdonar nunca por ello. Por querer lo mejor para mi hermano pequeño, ¿verdad?
—¿Es eso lo que soy para ti, Silas? ¿Un hermano pequeño?
Hay un aire de seriedad rodeando a Nova que estoy más acostumbrado a ver en Silas.
Hace que se me erice el vello de la nuca.
Me aclaro la garganta e intervengo como he hecho un millón de veces antes.
Y probablemente lo haré otro millón de veces antes de morir o de que finalmente se dejen de tonterías y valoren el hecho de que se tienen el uno al otro.
—Vamos a dejar esto para luego, ¿vale? Tenemos otras cosas que discutir y un público esperando. —Lanzo una mirada intencionada hacia el techo.
Nova se encoge de hombros y levanta ambas manos, con las palmas hacia fuera como si no le importara—. Por mí bien. Ya he dicho todo lo que tenía que decir al respecto. Si Silas tiene más secretos que soltar, ya sabe dónde encontrarme.
—Sí, al otro lado del puto pasillo —gruñe Silas.
Estos gilipollas no aprenden nunca, ¿verdad? Estiro el cuello de izquierda a derecha y le pido al universo que me dé fuerzas para ser paciente con ellos.
Suspiro—. Bien, porque no tenemos tiempo para vuestras peleas de hermanos ahora mismo. Tenemos un montón de mierda de la que ocuparnos y cuanto más tardemos en conseguir una pista, menos preparados estaremos para la próxima vez.
—¿Así que habrá una próxima vez? ¿Esa es nuestra principal teoría? —pregunta Nova, dirigiendo su atención hacia mí.
Bajo la barbilla—. Es mejor mantenernos preparados y esperar lo peor, ¿no? Si no pasa nada, podemos anotarlo como un repaso. A los chicos les vendría muy bien.
—No podemos avanzar con ninguna suposición hasta que hablemos con Evangeline —dice Silas con tono bajo—. Ella es la única que puede darnos los detalles.
—¿Tenía la abuela de Evangeline una caja fuerte llena de diamantes en el salón que nadie conocía? —pregunto aunque ya sé la respuesta. He oído un crujido suave y sé que bajará las escaleras en cualquier segundo.
—En el salón no, no —dice Evangeline desde el último escalón—. ¿Qué está pasando? ¿Habéis pillado a la gente que entró?
—Buenos días, Evangeline —la saludo.
Ella me sonríe y sus mejillas se tiñen de rosa. Y de repente me siento como un cavernícola bárbaro a un paso de echármela al hombro y esconderla de todo el mundo.
Eso es nuevo.
Así que sí, supongo que entiendo por qué Nova hizo exactamente eso cuando entró y ella le sonrió.
No odio el sentimiento, pero tampoco me encanta. Y no estoy seguro de cómo me siento al dejar que alguien tenga tanto poder sobre mí.
—Buenos días —responde ella, dirigiéndose hacia la mesa.
Lo tomo como mi señal y me aparto de la isla de cocina, cogiendo su bebida y la bolsa de pastas de la encimera. Coloco ambas cosas en la mesa y me siento.
—Oh, muchísimas gracias —dice ella, echando mano al café de inmediato. Observo cómo escanea la etiqueta y sus labios sonrosados y carnosos se curvan en una sonrisa—. Realmente te acordaste.
—Te dije que lo haría —murmuro, recorriendo su rostro con la mirada. Mi atención se detiene en el moratón sombreado junto a su pómulo—. ¿Te encuentras bien?
Me mira, y su expresión se funde en algo tan dulce que hace que me duela el estómago—. Sí, estaré bien. Gracias de nuevo por dejar que me quedara aquí anoche. Y por darme tu cama.
—Cuando quieras, Evangeline. —A todas horas. Todos los días. Preferiblemente conmigo en la cama la próxima vez.
—Cuéntanos qué pasó —dice Silas, sentándose frente a Evangeline, en el otro extremo de la mesa.
—No te dejes ningún detalle, por pequeño o tonto que sea. Todo ayuda a hacernos una idea —le digo.
Ella respira hondo y asiente. Nos mira a cada uno de nosotros a la cara antes de empezar. Desconecto mis sentimientos hacia ella de las palabras que está diciendo, diciéndome a mí mismo que es una historia jodida y no los sucesos de anoche.
Joder, ¿cómo ha podido ser eso solo anoche?
Le tiembla la voz cuando nos cuenta que uno de ellos le puso una pistola en la cabeza. Que no parecían buscar nada específico, pero que esperaban un gran botín.
Cuando termina, da un buen trago a su latte helado. Estoy seguro de que el hielo se ha derretido, pero no parece importarle mientras se funde la mitad de una vez. Se le caen los hombros como si fuera una flor marchita, como si la emoción que mantuvo a raya en su relato fuera demasiado pesada.
—¿Y qué pasa ahora? ¿Llamo a la policía y vuelvo a pasar por todo esto? —pregunta, mirándome.
Ya estoy sacudiendo la cabeza cuando Silas dice: —No, nada de policía.
Ella frunce el ceño—. Pero si no llamo a la policía, no puedo presentar una reclamación al seguro.
—¿Entonces se trata del dinero del seguro?
—pregunta Silas. Su postura es engañosamente relajada.
El hombre no se aburre y definitivamente no es cualquier mierda de falso aburrimiento lo que le tensa la cara así.
Especialmente no durante un asunto del club.
Y, le guste o no, lo que pasó en Magnolia Lane es un asunto del club.
Al menos hasta que podamos demostrar lo contrario.
Evangeline se yergue de golpe—. ¿Qué? Por supuesto que no. Pero estas son cosas de la Nana Jo. Son recuerdos y objetos personales y cosas que me la recuerdan. Y no son solo mías; pertenecen a mi familia.
—Nosotros nos encargaremos, Evangeline —le aseguro con toda la firmeza que puedo.
Ella se cruza de brazos y entorna los ojos—. ¿Cómo?
—Tenemos un acuerdo con el departamento del sheriff, ¿recuerdas? —le recuerdo. Algo cruza su mirada, demasiado rápido para que pueda discernirlo—. A veces necesitan que ayudemos a proteger Rosewood. Y a veces lo hacemos no involucrándolos a menos que sea necesario.
—Pero no sois policías. Sois mecánicos y tú eres artista —dice, señalándonos a los tres—. Así que, ¿cómo vais a encontrarlos?
Mi mirada va y viene entre sus ojos muy abiertos—. ¿Confías en mí?
No me responde de inmediato, y veo por el rabillo del ojo que Nova se inclina hacia ella. Sacude la cabeza lentamente, con el pesar curvando su hermosa boca hacia abajo.
—No te conozco lo suficiente como para que me pidas eso.
Mi mirada salta a Nova, luego a Silas, antes de volver a posarse en ella. Esto podría salir de cualquier manera, pero algo que Nova dijo antes me ha calado hondo. Tenemos demasiados secretos entre nosotros. Estamos pidiendo a gritos que alguien nos elimine uno a uno enfrentándonos entre nosotros.
¿Y este secreto? Me parece una estupidez seguir ocultándoselo a ellos ahora. Mi único lamento es que debería haberle avisado a ella primero.
Levanto la barbilla y le sostengo la mirada—. Ocho años deberían ser suficientes.