11 Nova
ONCE
NOVA
Bajo trotando las escaleras hasta la primera planta de la casa de mi primo, y me cuesta la vida no empezar a silbar como un jodido imbécil alguna tonadilla alegre, como si fuera un héroe enamorado de una película en blanco y negro.
Me he lamido los dedos después de que cabalgara mi mano como si fuera mi polla, y su sabor sigue rondándome la lengua. No creo que me haya corrido nunca tan fuerte en toda mi puta vida con una paja de mierda.
Así que sí, supongo que ahora mismo estoy bastante jodidamente colocado. Sobre todo teniendo en cuenta que anoche descubrí un puto secreto familiar enorme.
Entro en la cocina, ignorando concienzudamente las miradas cargadas de Silas y Bane. —Buenos días.
—Vaya buen humor que tienes —dice Silas—, con la voz cargada de fastidio.
Le dedico una sonrisa y señalo la bandeja de bebidas en la encimera, entre las dos estatuas ceñudas. —Siempre estoy de buen humor. ¿Uno de estos es para mí?
Bane asiente, pero no dice nada, solo sigue bebiendo de su propio café.
—¿Dónde está Evangeline? Algunos tenemos mierda que hacer hoy —gruñe Silas.
Repaso con la vista las abreviaturas de barista del lateral del vaso, y se me arquean las cejas, impresionado. —¿Un latte de crème brûlée? Gracias, tío.
Bane alza las cejas a modo de reconocimiento.
Vale, pues. No tengo cuerpo para intentar averiguar de qué coño va. Bane no es excepcionalmente callado, pero tampoco siente la necesidad de llenar la habitación de charla como hago yo a menudo. Y desde luego no se dedica a morder a la gente como hace Silas.
Qué va, mi primo se sienta atrás y observa, le da vueltas y luego planea su siguiente movimiento. Ese capullo ve las cosas distinto al resto de nosotros, es capaz de calcular probabilidades y sacar conclusiones de la nada, aparentemente.
¿Me importa que se dé cuenta de que Evangeline y yo estábamos tonteando arriba? Qué va, ni lo más mínimo. En lo que a mí respecta, puede ver las imágenes de nosotros en una de las muchas cámaras que tiene repartidas por su casa.
Lo que no pienso tolerar es que ninguno de los dos la haga sentirse avergonzada por lo que hemos hecho.
Me vuelvo hacia Bane. —¿Estamos bien, tío?
Deja su vaso en la encimera a su lado, manteniendo la mano sobre la tapa. —Te he comprado café, ¿no?
Asiento varias veces, rodeando la isla para sacar una silla de la mesa de la cocina.
—Sí, pero eso ha sido antes de hacer que se corriera en tu baño.
Dos veces. Hago una pausa para que cale y me siento en la cabecera de la mesa.
Además, nadie ha dicho nunca que yo no sea dramático.
Y después de que anoche la vistieras con tu ropa.
Bane me estudia durante un segundo, y por centésima vez me pregunto qué coño está pensando. Qué pistas está captando de las que estoy dejando caer, sin querer o no.
Me recuesto contra el respaldo de madera de la silla y abro las piernas para ponerme cómodo. Esta mierda con ella y con nosotros va a tener que salir a la luz en algún momento. Más vale empezar a plantar esas semillas hoy. Parece ser la semana de las revelaciones y de soltar secretos.
—¿Tenemos un problema? —pregunta Bane.
No hay malicia en su voz, ni provocación. Pero sí hay otra cosa. Algo que no estoy seguro de que me guste. Un reto, quizá.
Hmm. Vale.
Le enseño una sonrisa y obligo a mis hombros a relajarse, adoptando una postura despreocupada. —Qué va, tío. Si tú estás bien, yo estoy bien. Y Evangeline desde luego que está de puta madre.
—¿Va a bajar o vais a seguir con esta puta conversación de mierda? —salta Silas, agotando al parecer su escasa reserva de paciencia.
Sonrío ante su pregunta involuntariamente ingeniosa y doy un trago. Joder, qué buen latte. —Bajará en unos minutos. Y no sé, hermano, quizá Bane y yo no pensamos que sea una mierda, ¿eh?
Silas se cruza de brazos sobre el pecho y nos fulmina a los dos con la mirada. —Pues lo habláis en vuestro tiempo libre. Yo tengo un taller que llevar.
Y no tengo tiempo para ti ni para tus gilipolleces. Eso es lo que de verdad quiere decir.
—¿Qué hay de nuevo, tío? Tus líneas ya cansan, joder. Le doy otro trago al latte, dejando que el chute de azúcar me nivele un poco. Suena contradictorio, pero de alguna manera funciona. Solo pasan unos momentos, y ya se me ha pasado el cabreo.
—Háblanos de los limpiadores —dice Bane, mirándonos a Silas y a mí—. ¿Has recibido el informe final?
Silas niega con la cabeza. —Qué va, todavía no. Me reuní con ellos anoche, más tarde de lo que planeaba, porque llevé a Hunter al hospital. —Saca el móvil del bolsillo y toquetea un par de veces la pantalla—. Se supone que se pondrá en contacto en una hora o así.
Bane asiente. —Bien. ¿Y tú? ¿Has ido a su casa hoy?
Hago girar el vaso lentamente sobre la mesa, dejando que el suave ruido rasposo llene el aire. —Sí, le he cogido un par de cosas para que se cambiara. Y quería echar un vistazo al sitio, ver si se les había pasado algo a los limpiadores.
—¿Y se les había pasado algo? —pregunta Silas, inclinándose hacia delante.
—Qué va, son tan eficaces como siempre.
—Debería estar todo jodidamente impoluto para lo que les pagamos —dice Silas—. Han subido sus tarifas, a pesar de que hacen menos extras de los que hacían antes, y de que apenas solemos necesitarlos.
—Probablemente por eso han subido los precios —dice Bane—. Perdieron mucho negocio con nosotros cuando nos fuimos.
Silas se encoge de hombros, y una sombra le cruza fugazmente la cara.
—Ya, bueno, hay muchas zonas de alrededor que siguen necesitando sus servicios a menudo.
Dudo que lo estén pasando mal, no con la forma en que los Hell Hounds siguen moviendo su mierda.
Y ahora, con Savage Souls aparentemente de vuelta y su jodida alianza con los Hell Hounds…
sí, yo diría que están bien alimentados.
—¿Has oído algún rumor? —pregunto, señalando a Bane con la barbilla.
—Todavía no. Ha sido demasiado chapucero para que fueran profesionales, y los aficionados siempre largan. Es solo cuestión de tiempo —dice Bane.
Entre rato y rato de revolcarme anoche en los escombros de la bomba de mi origen, he intentado averiguar quién robaría la casa de la señora Carter.
—¿Qué probabilidades hay de que fuera un mensaje para nosotros?
Parece demasiado, no sé, pequeño para eso.
No cuando el último mensaje que mandaron fue una lluvia de balas.
Bane se encoge de hombros y Silas tuerce la boca hacia un lado. Es su tic.
Me inclino hacia delante en la silla y le miro. —¿Qué no me estás contando?
Silas resopla y se pasa la mano por la nuca. —Nada, solo una gilipollez que me dijo alguien una vez.
Bane gira la cabeza hacia un lado y mira a mi hermano. —¿Quién? ¿Cuándo?
—Hace cinco o seis años, Marcus Stockton prometió venganza por su padre —dice Silas.
Levanto los brazos en el gesto universal de qué cojones. —Pues no nos dejes con la intriga, tío. ¿Quién era su padre?
—Richard White —dice Silas, sin apartar la vista de la mía.
Me dejo caer contra el respaldo de la silla con un golpe seco. —No jodas.
Richard White es el hijo de puta que me disparó.
Aunque técnicamente me estaba apuntando a mi viejo, pero me puse delante.
No fue tan altruista como a veces dejo que la gente crea.
Fue más bien una situación de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Estaba intentando meter a papá dentro de la verja, donde estaba protegido, y él estaba demasiado ocupado ligando con la mensajera de paquetería.
Se me activó el sexto sentido, esa sensación que te recorre y te ahoga en intuición. No siempre puedes saber qué va a pasar, pero puedes notar cómo cambia el aire.
Para mí, ese día todo cambió de verdad. Y al final fue un punto muerto, porque a papá se lo llevaron no mucho después.
—Pero yo no maté a su viejo —digo, intentando encajar la conexión en mi cabeza.
Silas asiente. —Lo sé. Lo hice yo.