Obsesión (Rosewood 2) 6 Evangeline
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6 Evangeline

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SEIS

EVANGELINE

Desvío la mirada de la sonrisa orgullosa de Hunter al ceño fruncido de Silas y decido que prefiero un asiento en primera fila a los cambios de humor de Silas antes que decepcionar a este niño pequeño.

—Quiero decir, yo sí clasificaría esto como una pupa —digo con un asentimiento lento, señalando la piel sensible de mi mejilla.

El rostro de Hunter se ensombrece con una expresión seria. —Absolutamente. Y tu frente parece que está sangrando, ¿a que sí, papá?

—¿Qué? —Mi mano vuela a mi frente de forma instintiva.

—No toques eso —Silas prácticamente ladra la orden.

Mi mano se detiene en el aire al instante. Parpadeo y él ya está delante de mí, como si el propio hombre fuera la magia y no la pequeña lata que Hunter aprieta en la mano. Sus dedos se cierran alrededor de mi muñeca, y una banda de chispas parpadea contra mi pulso, justo bajo su piel.

—¿Vale?

Me sostiene la mano en el aire un momento, su mirada oscura buscando algo en mis ojos. Luego pasa su atención al tajo de mi línea del pelo.

—Eh, campeón, ¿sabes dónde guarda el tío Bane el botiquín? —pregunta Silas.

—¡Debajo del lavabo del baño! —exclama Hunter.

—¿Puedes cogérmelo? —murmura Silas.

—Lo tienes, papá. —Las pisadas de Hunter resuenan por la casa mientras sube corriendo las escaleras.

—¿Es muy malo? —Intento sacar alguna pista de su expresión o de su lenguaje corporal, pero está más hermético que la enfermera anoche cuando me estaba curando.

—Si has abierto el corte, podrías infectarlo. Las manos están llenas de bacterias. —Baja mi mano, pero no me suelta—. Bane debería haberte cuidado mejor —dice con un suave chasquido de lengua, casi como si pensara en voz alta.

Me enervo ante la insinuación. —Puedo cuidarme sola, ¿sabes?

Su mirada se dispara hacia la mía, las cejas alzándosele hasta la frente. —Clarísimo.

—Y Bane me cuidó de maravilla —continúo, ignorando su respuesta sarcástica—. El hombre me dio su cama, por el amor de Dios.

—Vamos, Evangeline —dice, ladeando la cabeza y arqueando una ceja oscura—. Esa idea no fue del todo altruista.

Hay algo en ese ladeo condescendiente de la cabeza y en el tono casi burlón de su voz que arranca de cuajo cualquier filtro de autopreservación que pudiera tener.

No pienso en que es mi jefe, ni en que es el hermano de mi novio, ni en por qué saca este lado de mí.

Imito su expresión, con todo y el ladeo de cabeza. —Ah, supongo que estás aquí para iluminarme y decirme que tu primo quería—. Me inclino hacia él y siseo la siguiente parte—. follar conmigo en su cama anoche, ¿eh? Como si ese fuera el único lugar posible en el que dos personas podrían follar.

Lo último que quiero es meterme en otro tira y afloja raro con Silas, y desde luego no quiero que Hunter lo vea. Pero no puedo evitarlo.

Él se acerca un paso, los laterales de sus botas negras a cada lado de mis pies. —Tienes una boca muy sucia, Evangeline. —Su voz suena como un gruñido, algo más propio de doblaje que de la vida real.

Suelto un resoplido y pongo los ojos en blanco. —Decir la palabra follar no es tener la boca sucia.

—Será mejor que no hables así delante de mi hijo. Odiaría tener que despedirte ya.

Me irguo, todavía nublada por mi ánimo burlón de antes.

—No me insultes, señor St. James. —Esbozo una sonrisita, usando mi voz profesional, seria, aunque haya pronunciado su nombre formal con un tono que sé que ha entendido—.

Me tomo mi trabajo muy en serio. Además, los dos sabemos que te encantaría poder despedirme.

La piel alrededor de sus ojos se contrae, y si no estuviera ya mirándole fijamente a esos ojos tan oscuros, me lo habría perdido. —No me llames así.

Suelta mi muñeca para apoyar las manos en mi cintura. Sus palmas son firmes y cálidas, me abrasan la piel bajo la fina camiseta de algodón.

Me alza y me sienta sobre la isla de la cocina, y mis manos vuelan a sus antebrazos para sujetarme. —¿Qué estás haciendo? —Suena menos a reproche y más a curiosidad entrecortada.

—Eres demasiado bajita.

Lo dice con tal sencillez, como si eso explicara por qué acaba de subirme al mármol como si nada. Como si fuera la razón de que sus manos estén deslizándose despacio por la curva de mis caderas.

Al soltar sus antebrazos, mis ojos se pasean por los intrincados diseños tatuados en su brazo derecho. Sus venas son visibles, insuflando movimiento al arte.

¿Y desde cuándo demonios las venas son tan sexys?

Tengo que tragar un par de veces para que me salga la voz. La garganta se me ha quedado literalmente seca de mirar cómo se le marcan los músculos de los antebrazos. —¿Y bien?

Me sostiene el lado sano de la cara, deslizando el pulgar bajo mi barbilla y aplicando un poco de presión. Es una petición silenciosa, y me descubro demasiado dispuesta a obedecer. No tengo tiempo de darle vueltas mientras gira mi rostro, alejándolo de él.

Se coloca entre mis piernas, su aliento rozando la pendiente de mi cuello y ese parche de piel sensible bajo la oreja.

El calor de su cuerpo y la ternura de su toque hacen que algo se me contraiga por dentro y me muevo un poco, incómoda.

Él gruñe, inclinándome la cabeza otra vez.

—¿Tan mal está?

¿Soy yo o mi voz ha salido demasiado entrecortada? Carraspeo un poco y enrosco los dedos en el borde de la encimera, obligándome a permanecer quieta.

—¡Lo tengo, papá! —canta Hunter. Suena como si bajara una manada de elefantes por las escaleras, no un único niño de cinco años.

Silas se aparta y se gira hacia Hunter, llevándose consigo su olor cítrico a bergamota. Exhalo en silencio y me muevo para saltar al suelo.

—Aún no he terminado contigo —dice Silas, apoyando la mano en mi muslo.

—Oh —exhalo—. Vale.

—Súbete, campeón. Puedes ayudarme, ¿sí? —Silas no se vuelve hacia mí. Y no quita la mano de mi muslo.

—Por supuesto —exclama Hunter.

Cuando me quiero dar cuenta, Hunter está a mi lado en la encimera, sentado con las piernas cruzadas y frente a mí. Me está hablando del programa de cocina que ha visto esta mañana, pero yo estoy distraída con Silas.

Con Silas y su toque delicado mientras abre una toallita de alcohol y limpia alrededor del corte de mi frente.

—Eres bueno en esto —musito.

Él solo gruñe y, por algún motivo, su reacción gruñona me hace sonreír.

—Ya está —murmura Silas.

—Espera, papá. Te has olvidado de sellarlo con un beso —dice Hunter.

Silas gruñe, molesto, y siento cómo una sonrisita se me escapa hacia un lado de la boca aunque intento contenerla.

—Ella no necesita un beso, campeón.

Se me disparan las cejas hacia la frente y hablo sin pensar. —¿Ah, no?

Porque tengo la sensación muy clara de que sí necesito un beso de Silas St. James.

Dios, me pregunto cómo besa. ¿Posaría los labios sobre los míos en una caricia suave, o tomaría mi boca con un hambre despiadada?

Un repentino latigazo de electricidad me recorre cuando los dedos largos de Silas se cierran alrededor de mi muslo derecho.

Su toque me devuelve a la realidad. Estoy segura de que lo ha hecho a modo de advertencia silenciosa, pero el hombre lleva diez minutos entre mis piernas. Es difícil pensar con claridad.

—Siempre me has dicho que un beso sella la magia —dice Hunter, entornando los ojos hacia su padre—. Nan dice que no deberíamos mentir.

La mandíbula de Silas se tensa, y me imagino que está tratando de encontrar una forma de salir del lío en el que se ha metido. Podría echarle una mano. O...

Miro a Hunter, poniéndome todo lo seria que puedo, incluso asintiendo un par de veces. —Tu abuela tiene razón. No deberíamos decir mentiras.

Las yemas de sus dedos se hunden en mi piel cuando aprieta el agarre, su pulgar deslizándose más abajo, sobre la delicada piel de mi cara interna del muslo. La sensación amenaza con hacer que mi mente vuelva a irse por las ramas.

—Eso te lo dije, ¿verdad, campeón? Supongo que se me ha olvidado, hace tanto que no necesitabas un poco de magia —dice Silas, despeinando el pelo de Hunter con la mano libre.

El corazón me da un vuelco ridículo ante el gesto cariñoso. Es un contraste brutal con la forma posesiva e intensa en que me está tocando.

Silas abandona mi muslo y exhalo un suspiro quedo.

No sé si sentir alivio o decepción. Honestamente no tengo ni idea de qué coño está pasando ahora mismo.

Están pasando muchas cosas confusas desde que llegué a Rosewood, pero nada más complicado que las relaciones que tengo con los hombres de los Rosewood Reapers.

No tengo tiempo de recrearme en ello ahora, porque Silas desliza ambas manos por mi cuello. Entrelaza los dedos en el pelo de la nuca, inclinándome la cabeza mientras se acerca aún más, algo que creía imposible.

Le miro desde debajo de las pestañas, el corazón martilleándome en el pecho tan fuerte que estoy segura de que él también lo oye. Noto el calor que irradia, y de repente estoy tan cerca que puedo ver los destellos dorados en sus ojos castaños oscuros.

Sus labios son sorprendentemente carnosos y están ligeramente fruncidos, como si retuviera en la boca un montón de palabras. En un gesto tan dulce que me duele el pecho, se inclina y posa los labios en mi frente, justo debajo del corte recién limpiado.

Se me agitan las pestañas al cerrarse y, a medias, me pregunto cómo sería ser querida por alguien como Silas St. James.