5 Evangeline
cGM
CINCO
EVANGELINE
El sol de la mañana se filtra por los huecos de las persianas y tengo que parpadear varias veces para acostumbrarme. Me retumba la cabeza y siento la boca como si fuera de papel de lija. Suelto un gemido y me doy la vuelta, esperando ver el sillón orejero de color rosa en la esquina.
En su lugar, hay una cómoda baja junto a la pared. Y, como si se hubiera accionado un interruptor, los sucesos de ayer me vienen a la mente de golpe. Me pongo boca arriba y me quedo mirando el ventilador de techo de Bane, que gira y gira lentamente.
Siento una punzada persistente en las sienes, pero es fácil de atribuir a la falta de sueño.
Sin embargo, me duele el pómulo derecho y el corte en el nacimiento del pelo me late.
Me presiono con dudas las zonas sensibles con la punta de los dedos, haciendo una mueca ante la piel hinchada y dolorida.
Me incorporo y suelto un suspiro. Tengo que levantarme y buscar mi teléfono para llamar a Cora antes de que se entere de alguna versión exagerada de los hechos por algún cliente.
Nana Jo solía decir que Rosewood siempre estaba a una persona de distancia del peor juego del teléfono escacharrado de la historia. No es solo que todo el mundo sepa de la vida de todos, sino que a veces la verdad se retuerce tanto y tan rápido que, al final del día, es casi irreconocible.
Al retirar el edredón y pasar las piernas por el borde de la cama, me doy cuenta de que mi teléfono está enchufado a un cargador en la mesita de noche.
Al lado hay un frasco de analgésicos y una botella de agua.
El corazón me da un vuelco y no puedo evitar que una pequeña sonrisa asome a las comisuras de mis labios.
Dios, este hombre es de lo más detallista.
¿Me sorprende que me cediera su cama anoche? Un poco. ¿Me sorprende más que no se uniera a mí? Totalmente.
Pero por mucho que me gustaría comprobar si es de los que se acurrucan o no, me quedé frita en cuanto mi cabeza tocó la almohada.
Me tomo dos aspirinas y las bajo con media botella de agua antes incluso de ponerme en pie. Cojo mi móvil y lo enciendo. Me invade la sorpresa al ver que solo tengo dos mensajes. Ignoro el de mi madre y pulso en el de Cora.
Cora: tía, la que va de Gossip Girl de Rosewood ha publicado que anoche estuviste bailando sobre una mesa en el local de los Reaper. más te vale llamarme con los detalles cuanto antes
Tamborileo con el dedo índice en el lateral del teléfono mientras me quedo mirándolo.
No menciona el robo ni la visita nocturna al hospital.
Por otra parte, el hospital no puede ser el mejor centro de cotilleos.
Al menos no en este pueblo. Supongo que eso es bueno...
¿no? Asiento, convenciéndome a mí misma de que definitivamente es algo bueno.
Yo: ¡hola! Hoy empiezo el día tarde, pero llámame cuando salgas del trabajo y te contaré todos los jugosos detalles. Incluidos esos en los que moví el culo delante del club de Nova JAJAJA
Bien, eso debería darme algo de tiempo para ordenar mis pensamientos y averiguar qué demonios voy a decirle. Y en qué estado se encuentra Magnolia Lane.
—Mierda —susurro—. Tengo que llamar a Robert Law. —Ni siquiera sé cuál es mi compañía de seguros del hogar, pero puedo garantizar que van a querer una lista detallada de lo que han robado.
Me paso la mano por el pelo para apartármelo de la cara y suelto un gran suspiro. Me siento abrumada ante la sola idea de volver a la casa y ver las pruebas de lo ocurrido.
Ni siquiera es por el miedo —aunque reconozco que todavía tengo una buena dosis de miedo—, sino por el hecho de que esa gente se haya llevado todas las cosas de Nana Jo así como así.
Niego con la cabeza, mientras la rabia y la impotencia se mezclan para formar un tornado tóxico en mi interior.
No es justo.
Me permito estar sentada un minuto más antes de que me rujan las tripas, recordándome que es la hora del desayuno.
Me aseo en el baño de la habitación y me pongo los calzoncillos de Bane de anoche, doblándoles la cintura una vez para que me queden más cómodos.
El suelo de madera está frío bajo mis pies descalzos mientras bajo las escaleras hacia la planta baja de la casa de Bane.
Dios, solo pensar esa frase me resulta raro.
Me dan ganas de decirle a Cora que he pasado la noche aquí sin darle más detalles solo para ver cómo le sale humo de las orejas.
Y tal vez, si las circunstancias fueran otras, lo haría.
Suspiro, y el sonido es un débil eco del peso que tengo firmemente alojado en el pecho.
Un cúmulo de preocupación, confusión y agotamiento profundo se ha instalado bajo mis costillas.
Sé que puedo superarlo con mucho café, algunos abrazos de mi mejor amiga y sueño.
Mucho más sueño. Siento el cuerpo como si me hubieran metido en una lavadora.
Exprimida y con dolores en los sitios más extraños.
Y eso que anoche dormí de maravilla en la cama de Bane. Sus sábanas tenían la temperatura perfecta —frescas pero no frías— y olían a él. A cálido ámbar oscuro y a ese aroma nítido y fresco del bosque después de llover. Me quedé dormida casi en cuanto mi cabeza tocó la almohada.
—¿Hola? —mi voz suena fuerte en medio del silencio.
Me detengo al final de las escaleras con la mano en el pomo del poste de la barandilla y miro a mi alrededor.
No es exactamente lo que me habría imaginado para Bane, pero pese a todos los sentimientos que despierta ese hombre, ni siquiera sé cuál es su color favorito.
Pero definitivamente no me encaja con el pato disecado y la perca que hay en la pared.
Él es más de madera flotante esculpida con arte y hierba de la pampa seca.
Me evoca una casa de lago moderna con una enorme propiedad frente al agua y un garaje lleno de cuatrimotos.
Me evoca una chimenea encendida y una acogedora manta de borreguillo.
Suelo de baldosas de hormigón desde la cocina hasta el salón. Es una planta abierta donde una habitación se funde con la otra.
La cocina tiene armarios de un intenso color arce y herrajes de plata pulida. Dos taburetes de metal negro sin respaldo están recogidos bajo la isla.
Hay una mesa de comedor cuadrada de roble claro con una alfombra de dibujos oscuros debajo.
No acabo de pillar la estética de su casa. Parece que vivan aquí cinco personas con gustos muy diferentes.
—¿Lincoln? —Entro con cautela en la cocina, asomándome por la esquina de la media pared para ver el resto del salón. Se extiende a lo largo de todo el lateral de la casa. Y está vacío.
—Vaya.
Una nota adhesiva de color naranja brillante en medio de la isla me llama la atención. Cruzo el espacio en unos pocos pasos y me inclino sobre la encimera para leerla.
Por si te despiertas antes de que vuelva:
He ido a buscar el chai helado más grande que encuentre.
Siéntete como en casa. Volveré pronto.
—lincoln
Recorro con el dedo el borde de la nota mientras algo cálido y suave se extiende por mi pecho, irradiando desde el centro.
Me muerdo la comisura del labio y miro el reloj.
Dios, solo son las siete y media de la mañana.
Con razón me siento tan aturdida. No suelo ser de dormir siestas, pero presiento que hoy será la excepción que confirma la regla.
Me aparto de la encimera al mismo tiempo que se abre la puerta lateral y suena un timbre electrónico en algún lugar junto a la tostadora de la esquina. Me doy la vuelta, con una amplia sonrisa ya dibujada en la cara ante la perspectiva del café.
Unos hombros anchos llenan el marco de la puerta, pero no es el St. James que esperaba.
En su lugar, de pie a tres metros de distancia, está uno de los pocos hombres que conozco que podría ganar mucho dinero con sus expresiones neutras casi legendarias.
Y vaya si tiene buen aspecto esta mañana. Parece recién salido de una sesión de fotos para una revista. De esas de hombres estoicos con bíceps que tensan la tela de sus camisetas de algodón liso y miradas que a veces se sienten como una caricia posesiva.
Se detiene en el umbral, con la cabeza inclinada hacia abajo y a la derecha.
Un murmullo bajo me llega a los oídos un segundo antes de que vea la familiar fregona de pelo oscuro de mi alumno de preescolar favorito.
Hunter aparece por detrás de Silas, con su carita levantada hacia su padre.
Tiene un brazo apoyado en la cadera y el otro sosteniendo un plato cubierto con papel film.
Si no supiera que es imposible, diría que están en medio de una discusión importante.
Tratándose de Hunter, eso podría significar cualquier cosa.
Las mejores galletas con pepitas de chocolate —de las que me enteré muy pronto de que está obsesionado— o un sinfín de preguntas sobre dinosaurios.
Sea lo que sea, se detiene en cuanto Hunter levanta la cabeza y me ve.
El ceño fruncido se le alisa y una amplia sonrisa lo sustituye al instante.
—¡Eve! —grita, saltando desde la puerta y corriendo hacia mí.
—Espera, campeón —lo llama Silas, con la mano extendida mientras entra con paso firme.
—No pasa nada —le digo mientras Hunter choca contra mis piernas—.
Ay —gruño, soportando su peso. Me rodea con sus brazos y me aprieta.
Mis brazos se envuelven en sus hombros y me inclino un poco para devolverle el abrazo.
Le paso la mano por la espalda un par de veces—. No pasa nada, Hunter. Estoy bien.
—Venga, campeón, vamos a dejarle algo de espacio a Evangeline, ¿vale? —dice Silas, deteniéndose en la isla.
Hunter retrocede y me observa con la misma mirada que recibo con demasiada frecuencia de su padre.
Me muerdo el interior de la mejilla para contener la risa mientras miro de padre a hijo y sus expresiones idénticas.
Es una mirada a punto de ser de preocupación, aunque en Silas parece más de fastidio que otra cosa. Aun así, no le doy importancia.
—Pero no pareces estar bien, Eve —dice Hunter. No intenta ser malo. Es el simple y honesto comentario de un niño.
Me río entre dientes. —Ya, lo sé. Me duele un poquito, pero me pondré bien.
Hunter asiente varias veces, torciendo su boquita como si estuviera sumido en sus pensamientos. —Deberías dejar que mi papá lo mire.
Silas suelta un gruñido al mismo tiempo que yo digo: —Oh, no, no hace falta. Anoche me examinó el médico, ¿te acuerdas? En unos días estaré como nueva.
—No sé yo, Eve. Yo he tenido muchísimos raspones y moratones, e incluso una vez una quemadura con la alfombra muy, muy mala. Lo único que hizo que todos se curaran fue la crema especial para pupas de mi papá.
—¿Crema para pupas? —Miro a Silas y me sorprendo al ver que se le sonrojan las mejillas. Y, maldita sea, eso no hace más que volverlo más atractivo.
—Dile lo mágica que es, papá. —Su voz suena tan esperanzada que me descubro conteniendo la respiración por si Silas se pone a recitar las propiedades míticas de lo que estoy segura de que no es más que Neosporin.
—Es un secreto, campeón, ¿te acuerdas? No podemos ir contándole a todo el mundo lo de nuestra crema mágica.
—Ya lo sé, papá —lo dice como si fuera obvio—. Solo la gente que la ve puede usar su magia. Eso fue lo que me dijiste. Por eso la he traído. ¡Para que se la enseñes a Eve! —Saca una latita del bolsillo de su pantalón de chándal y la levanta en el aire como si fuera un trofeo—. ¿Ves?