3 Bane
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TRES
BANE
Levanto el pie del acelerador y piso el freno con suavidad mientras entro en el recinto de los Reaper.
La ansiedad me azota el pecho, no con la fuerza suficiente como para dejarme sin aliento, pero sí lo bastante como para llamar mi atención; es la jodida respuesta pavloviana de mi cuerpo al ver la pequeña garita de seguridad de la entrada.
La ansiedad se disipa cuando veo que solo está Rocker y que se encuentra a solas.
Bajo la ventanilla y levanto la mano a modo de saludo, y él abre la verja lo justo para que pase el coche de Evangeline.
Si ella no estuviera durmiendo justo a mi lado, me plantearía poner a otro Reaper en la puerta con él.
Normalmente, un solo hermano basta, pero nos estamos adentrando en aguas desconocidas en el Diamond.
No tenemos ni idea de quién está detrás del robo a Evangeline de esta noche o si se trataba de un mensaje dirigido a nosotros.
Pero, a diferencia de otros clubes, yo no muevo ficha sin tener toda la información. Así es como se empieza una guerra. Y nosotros intentamos mantener la paz que tanto sacrificio nos costó negociar.
Paso de largo los garajes, tomando la carretera de dos carriles que bordea el complejo y conecta la parte comercial delantera de la propiedad con la zona residencial de la parte trasera.
Conduzco despacio, resistiendo el impulso de volver a recolocarme en el asiento.
Su coche es solo eso: un coche. No es un SUV espacioso ni siquiera una camioneta de lujo.
Es perfecto para ella y a mí me sirve. Por ahora.
¿Me encantaría verla en un crossover? Por supuesto. Pero por ahora, esto funciona.
Pasamos por delante de la casa de tía Dixie, que está iluminada como un árbol de Navidad.
Juro que esa mujer no duerme nunca, ni siquiera en tiempos de paz.
Una vez oí que se lo achacaba al insomnio, pero creo que tiene más que ver con esta vida.
Llevar treinta años en los Reapers te jode de muchas maneras.
Mis padres son el ejemplo perfecto de hasta qué punto puedes acabar jodido.
Aún circulan rumores de lo amable y cariñosa que era mi madre antes de conocer a mi padre y sumergirse en la vida Reaper, normalmente cuando mi padre lleva unas cuantas copas de más.
Pero yo siempre pienso que son estupideces.
En silencio, claro. No pretendo faltarle al respeto a mi viejo de esa manera.
Puede que ya no lleve el parche de vicepresidente, pero es un Reaper de la vieja escuela.
Ha estado ahí desde el principio. Y cuando murió el tío Ray, papá dio un paso atrás.
Dijo que no quería liderar sin su hermano.
Se mudó de su casa a una de las habitaciones de lujo dentro de la sede del club.
Así que yo me mudé de la sede a la casa de mi infancia. Una vez Silas me preguntó por qué no arrasaba la casa de mis padres y construía algo propio. No recuerdo exactamente qué le dije, pero sé que fuera lo que fuese, era mentira. La verdad es mucho más complicada.
Creo que no soy capaz.
Entre esos muros pasaron muchas cosas. Algunas buenas, la mayoría malas.
Hay una parte de mí que necesita conservar esos recuerdos.
No quiero olvidarlo nunca, no puedo permitírmelo.
Necesito el recordatorio físico cada vez que mi madre viene a llamar a la puerta.
Al menos no literalmente, no desde que le prohibieron la entrada a la propiedad de los Reaper hace una década.
Cada diez meses, más o menos, intenta colarse de nuevo, pero alguno de los chicos suele pillarla en la entrada.
Hago una mueca y se me calientan las orejas con el recuerdo vívido de ella intentando seducir a Monty, uno de los nuevos reclutas, en la puerta el año pasado.
Con el pelo enredado, el carmín corrido y ropa demasiado sugerente para que un hijo vea jamás a su madre con ella.
Estaba hecha un desastre, más de lo habitual.
Mi padre nunca la ve, ni siquiera cuando monta un numerito. Lo que significa que tengo que hacerlo yo. Ha sido mi tarea implícita desde que tuve edad para entender la dinámica entre mis padres. Y lo jodidamente disfuncionales que son en realidad.
Así que hice lo que siempre hago. Le di dinero en efectivo, le pedí un transporte y la mandé de vuelta. Solo para que apareciera seis meses después y volviéramos a repetir todo el baile de mierda una vez más.
Lavar, aclarar, repetir.
Entro en el camino de entrada de mi casa tradicional de dos plantas, fijándome en la única luz encendida en el piso de arriba de la casa de al lado. No me sorprendería que Silas estuviera apostado en el alféizar de su ventana, esperándome. Tiene la misma sutileza que el pomo de una puerta.
Miro desde la extensa casa de estilo sureño de Silas hacia la de color beige que hay junto a ella.
Observo su impecable revestimiento blanco y el porche envolvente e intento imaginarlo desde la perspectiva de ella.
No creo que eligiera el estilo antiguo de mi casa frente al estilo fresco y renovado de la suya.
No sé muy bien en qué estaba pensando al pedirle que se quedara aquí.
Debería haber dejado que Nova la llevara a su casa y a la de Silas.
Definitivamente tienen más espacio, una mejor disposición para los invitados.
Me doy cuenta ahora de que mis habitaciones de invitados han estado vacías, acumulando polvo durante años.
No están en condiciones de alojar a nadie esta noche.
Definitivamente no a alguien que merece comodidad como ella.
—Joder —digo soltando un suspiro. Odio el sabor amargo del arrepentimiento en el fondo de la lengua, y entrecierro los ojos al ver la luz que brilla en el dormitorio de arriba de al lado.
—¿Ya hemos llegado? —la voz de Evangeline es suave, con un poco de carraspeo. Exactamente como imagino que suena nada más despertarse por la mañana.
Y de repente, recuerdo exactamente por qué me la traje a casa. Hay una especie de emoción oscura y arremolinada que se enciende en mi pecho cuando se trata de ella.
—Espera ahí —desenredo con cuidado mi mano de la suya antes de abrir la puerta. Rodeo rápidamente la parte delantera del coche y abro la puerta del pasajero unos instantes después.
—Ah, gracias —dice ella, incorporándose para salir. Antes de que pueda poner un pie en el suelo, me inclino, deslizo el brazo derecho bajo sus piernas y el izquierdo alrededor de su espalda, y la saco del coche en vilo. —Lincoln —jadea ella, rodeándome el cuello con los brazos por instinto.
—Sujétate, muñeca.
Aprieta los brazos alrededor de mi cuello mientras doy media vuelta y cierro la puerta de su coche con la punta de la bota.
Lanzo una sonrisa burlona a la ventana del dormitorio de Silas, aunque está demasiado oscuro para que pueda verla.
Espero que los celos lo carcoman vivo. Ni siquiera sé si se ha dado cuenta todavía de que está celoso... o de por qué exactamente.
Cuando se trata de él y de su vida cuidadosamente controlada, hay muchas razones diferentes por las que podría tener celos de la belleza que tengo en mis brazos.
—Sé caminar, ¿sabes? —murmura ella, y su aliento me calienta el cuello al esconder la cara contra mi piel.
—Lo sé.
Es así de sencillo. No estaba bromeando antes. Tenemos ocho jodidos años que recuperar. Un tiempo en el que podríamos haber sido algo. Quizá seamos como una chispa que se apaga más rápido que las baratas bengalas que la señora Welter se empeña en traer al desfile del 4 de julio todos los años.
Pero quizá seamos jodidamente increíbles. Quizá ardamos más que el sol y seamos igual de eternos. Es la posibilidad de todo ello lo que me tiene en vilo.
La subo por los escalones de la entrada con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho, algo que no tiene nada que ver con el esfuerzo físico y todo con la mujer que llevo en brazos.
—Muy bien, Lincoln —dice ella. Su agarre pierde algo de tensión y se relaja en mis brazos.
Abro la puerta principal, ignorando resueltamente la forma en que se me encogen las entrañas cuando dice mi nombre así, y cruzo el umbral.
En otra vida, quizá la habría llevado en brazos a través del umbral cien veces antes, incluida una con un pomposo vestido blanco.
Ella parece del tipo al que le encantaría uno de esos vestidos grandes con detalles de encaje.
Apuesto a que estaría jodidamente guapa con él.
No le doy oportunidad de mirar alrededor; cruzo el salón hacia la escalera situada contra la pared del fondo. Subiendo los escalones de dos en dos, llegamos a la segunda planta y camino directo por el pasillo hasta llegar al dormitorio principal.
—Ya puedes bajarme —dice ella. Sus pestañas rozan la piel sensible de mi cuello, enviándome un escalofrío por toda la espalda. Sus palabras contrastan directamente con la forma en que se aferra a mí.
—Lo sé. —Abro la puerta de mi dormitorio con la punta de la bota y me dirijo hacia la cama que hay en el centro de la habitación. Bajo con cuidado sus piernas para que quede de pie a los pies de mi cama. Tarda en soltarme, sus manos acarician mis pectorales antes de dejarlas caer a los lados.
—¿Esta es tu habitación? —pregunta, mirando por encima de mi hombro.
—Sí, he pensado que podrías quedarte aquí.
Su mirada vuelve a la mía. —¿Contigo?
La comisura de mi boca se curva en una sonrisa. —No, esta vez no, muñeca. Yo me quedaré en el sofá.
Frunce el entrecejo sobre esos ojos de color marrón oscuro. —Pero creía que habías dicho que tenías habitaciones de invitados.
Asiento un par de veces y retrocedo unos pasos hasta llegar a la cómoda que tengo detrás. Me tomo un momento para apreciarla en medio de mi habitación. —Sí, pero luego he recordado que no están en condiciones para recibir invitados.
Ella cambia el peso del cuerpo, moviéndose un poco de un pie a otro. —Vale, bueno, pues yo me quedaré en el sofá.
Me doy la vuelta y abro el cajón superior de la cómoda para sacar unas cuantas cosas. —No, vas a dormir aquí y yo me quedaré en el sofá. Es uno de esos modulares de lujo, así que puedo reorganizarlo.
—Ah, bueno, pues eso suena bien. No quiero quitarte tu cama, Bane.
Me giro y sus ojos escrutan los míos, como si me suplicara que la escuchara.
Doy un paso largo, volviendo a ponerme justo delante de ella. —Lincoln. —Es una exigencia tranquila.
—¿Qué?
Me inclino, con mi boca rozando prácticamente la suya. —Cuando estemos solos, llámame Lincoln.
Ella traga saliva y se muerde el carnoso labio inferior con los dientes superiores. Sin pensarlo, alargo la mano y libero su labio atrapado con el pulgar, concentrado en la forma en que se tiñe de un rosa oscuro. —¿Entendido, muñeca?
La punta de su lengua asoma apenas un roce por el borde de mi pulgar antes de asentir. —Vale, Lincoln.
Ahí está. Ahí lo tienes. Tan dispuesta a obedecer. Es exactamente como recuerdo que respondía hace tantos años.
—Buena chica —murmuro, pasando el pulgar por su labio antes de soltarla y entregarle la camiseta y los calzoncillos bóxer que he sacado de la cómoda. —Toma.
Sostiene la ropa contra su vientre, pero sus ojos siguen entrecerrados y fijos en mi boca. Me aclaro la garganta, recordándome a mí mismo y a mi polla que ahora no es el momento de empezar a recuperar el tiempo perdido.
—Evangeline —murmuro, empujándola suavemente hacia el baño de la habitación—. Ve a cambiarte. Hay un cepillo de dientes de repuesto en el cajón de arriba.
Parpadea, mirando de mi boca a la ropa que tiene en la mano y viceversa. —Cierto. Vale.
Se dirige al baño.
Estoy seguro de que se va a quedar frita en cuanto se tumbe, pero por si acaso le dan ganas de explorar, saco mi pistola del cajón de la mesilla y me la guardo en la parte trasera de la cinturilla.
Tengo más de una escondida por la casa; una consecuencia de demasiados años viviendo en conflicto con clubes vecinos.
Me anoto mentalmente asegurarme de que Evangeline sepa cómo manejar un arma.
La puerta del baño se abre un momento después y allí, a contraluz por un halo de luz amarillenta, está la mujer que ha acechado mis sueños durante la mayor parte de una década. Cierra la puerta del baño tras de sí, dejando solo una rendija de luz.
—Maldita sea, muñeca. Nunca nada ha tenido tan buen aspecto como tú ahora mismo.
El dobladillo de mi camiseta negra favorita apenas le llega a medio muslo, como si fuera un vestido demasiado grande. Curvas suaves, cabello revuelto y esos ojos oscuros que parecen ver a través de mí.
Da unos pasos hacia delante, ladeando la cabeza mientras una pequeña sonrisa se extiende por su rostro. Pellizca el dobladillo entre dos dedos y lo separa de su muslo.
—¿Con esto?
—Estás guapa con todo y con nada —respondo, acortando la distancia entre nosotros. Mi mano se extiende para acariciar la curva de su cadera casi sin pensar—. Pero esto es lo que más me gusta. Tú, con mi ropa.
—Sí, sobre eso, he dejado los calzoncillos en el baño —dice ella, señalando con el pulgar por encima del hombro.
Imágenes de ella completamente desnuda bajo mi camiseta inundan mi cerebro, enviando toda la sangre directamente a mi polla.
Sus dedos retuercen de nuevo el bajo de la camiseta ancha, dejándome ver retazos de la parte superior de su muslo. —Espero que no te importe. Es solo que no me gusta dormir con pantalones o shorts.
—Puedes hacer y tener lo que quieras —le aseguro. Mi voz suena más ronca de lo que pretendía.
Sus ojos buscan los míos, las oscuras ojeras del agotamiento destacan sobre sus mejillas pálidas. Mi mano deja su cadera para deslizarse por su cuello, inclinando su rostro hacia el mío.
Despacio, dándole la oportunidad de apartarse, presiono mis labios contra su frente y le doy un suave beso. —Vamos a llevarte a la cama.
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