2 Evangeline
DOS
EVANGELINE
—¿Seguro que no te importa que me quede contigo? A Cora de verdad no le importaría.
Me remuevo en el asiento del copiloto de mi coche y le echo una mirada de reojo. Ocupa mucho detrás del volante, pero no desentona. Ha insistido en conducir, a pesar de que el médico me ha dado el alta sin problemas cuando nos hemos ido.
Alza una ceja y me mira de soslayo. —Tu prima comparte un piso de tres habitaciones con otras tres mujeres. Yo tengo dos habitaciones libres que no pisa nadie. No eres una molestia, pequeña.
El corazón me da un vuelco con la facilidad con la que ese apodo se desliza de su lengua. Me muerdo el labio inferior, sin saber muy bien cómo sacar ese tema en concreto. Todavía no me creo que sea él. Han pasado ocho años y, aun así, el tirón entre nosotros se siente real. Pero tengo preguntas.
Como por qué no me dijo quién era de verdad cuando me reconoció. Cuando tan obviamente se acordaba de mí.
No hay forma de que un hombre recuerde tu café favorito y no te reconozca. Yo no recuerdo cada mínimo detalle de aquella noche, pero puedo garantizar que, si me dijo su café favorito, lo he olvidado.
Pero nunca he olvidado cómo me hizo sentir. Ni cómo se sentía él. Juraría que mi cuerpo lo reconocería en cualquier parte.
—Puedo oírte pensar, ¿lo sabes? —Hay diversión en su voz.
Aclaro la garganta y me giro para apoyar el hombro derecho contra la ventanilla. Aunque está oscuro, me parece importante mirarle mientras le hago la pregunta que me quema por dentro.
—¿Por qué mentiste?
Su cabeza gira hacia mí de un tirón, las cejas fruncidas sobre los ojos. —Nunca te he mentido.
—Cuando viniste por primera vez a Magnolia Lane, después de que te diera sin querer con una vela, te pregunté tu nombre y me dijiste Bane.
—Ese es mi nombre.
Dejo caer la cabeza contra el cristal. —Pero me dijiste que te llamabas Lincoln. Entonces.
Inclina la barbilla y mira al frente, sus dedos tamborileando un par de veces en el volante. —Lincoln es quien era yo: la parte de mí que existía fuera de Rosewood y de los Reapers.
—¿Y Bane? —pregunto cuando no añade nada más.
Hace una pausa. —Bane es lo que pasa cuando eres un Reaper de linaje.
—Silas y Nova también son de linaje, ¿no? —murmuro.
Asiente con la cabeza. —Sí, pero es distinto. Nova salió.
Frunzo los labios hacia un lado mientras intento leer entre líneas y averiguar lo que no está diciendo. —¿Y tú no?
Suspira. —Esa es una historia larga.
Me encojo de hombros y miro por el parabrisas. —Tengo tiempo.
Alarga la mano y apoya la palma sobre mi pierna, justo encima de la rodilla. —Te contaré lo que quieras saber, pequeña. Pero esa es una historia mejor para otro día, y has tenido una noche muy larga.
Dios, casi me había olvidado del club hasta ahora. Los nervios revolotean en mi vientre y la incertidumbre me humedece las manos. —Creo que deberíamos añadir algo más a nuestra conversación, otro tema. Bueno, es más bien una pregunta, supongo.
Alza una ceja y me lanza otra mirada. —¿Sí?
Asiento, solo una leve inclinación de la barbilla. —Sí, como qué está pasando exactamente aquí. —Hago un gesto entre los dos, moviendo los dedos—. Y cómo va a funcionar eso con lo que está pasando con Nova. —Y con Silas, añado mentalmente. O quizá eso ya es pedir demasiado.
Suelta una risita, ese sonido bajo y suave que se cuela en el espacio entre nosotros. —Eso no es una historia larga. En realidad es muy sencillo.
El corazón me late más deprisa en el pecho, las yemas de los dedos me hormiguean un poco. —Vale.
Su palma se curva hacia dentro, sujetando el interior de mi pierna a mitad del muslo, y se me corta la respiración ante la posesividad de su agarre.
—Tenemos ocho años de tiempo perdido que recuperar —dice, con la voz baja y casi ronca—. Y pienso hacer que cada segundo cuente.
El calor me inunda las mejillas ante la indirecta y me muerdo la cara interna del labio inferior para centrarme un poco. Me prometí a mí misma que me divertiría este verano, pero eso no significa que quiera hacer daño a nadie.
—¿Y Nova? —insisto—. ¿Qué pensaría él de esto? ¿De nosotros?
Se encoge de hombros y flexiona la mano sobre mi pierna, estirando los dedos. —No son un factor entre nosotros.
—¿Ellos? —pregunto, la voz un poco aguda.
—Nova y Silas.
—¿Qué? Inspiro de golpe, el corazón martilleándome el pecho un segundo antes de que la claridad prenda.
—Ah, porque soy la niñera de Hunter, quieres decir.
La comisura de su boca se tuerce hacia arriba. —Claro, podemos quedarnos con eso.
Frunzo el ceño mientras intento averiguar qué quiere decir. Quiero decir, hay una chispa de atracción ahí. Pero habría que estar loco para no darse cuenta de lo bueno que está Silas.
¿Pero en una relación —o lo que sea que sea esto— con Silas? Ni de broma. En Rosewood se rumorea que no sale con nadie, nunca. Así que la probabilidad de una relación con una mujer que además está saliendo con su hermano y con su primo es tan reducida que da risa.
Niego con la cabeza, más para mí que para él. —¿Qué estás diciendo?
Su pulgar empieza a dibujar pequeños arcos de cariño sobre la parte superior de mi muslo. —Nada, pequeña. Hablaremos de ello luego, ¿sí?
—Vale —respondo un poco aturdida. Suena escandalosamente insuficiente después de semejante conversación, pero de verdad que no sé qué decir. El cansancio pesa sobre mis hombros. De verdad que ha sido uno de los días más largos de mi vida.
—Podemos hablar de lo que quieras luego también.
—¿Con café por la mañana? —Apoyo la cabeza en el reposacabezas y le miro.
—El dirty chai más grande que pueda conseguir. Me encargaré de ti, Evangeline.
—Todavía no me creo que te acordaras de eso —murmuro, apartándome el pelo de la cara.
—¿Se te ha olvidado con quién estás, pequeña?
Cuesta ver algo más que su perfil con la tenue luz interior, pero oigo el matiz burlón de su voz. Está hablando de café, pero se siente como si estuviera hablando de algo mucho más grande.
—Nunca he olvidado quién eres —murmuro.
—¿Y te acuerdas de quién eres tú? —pregunta mientras gira a la derecha por otra carretera comarcal—. ¿Y de lo que mereces?
No le contesto, apoyo la cabeza en la ventanilla y dejo que los ojos se me cierren.
—Te mereces algo mejor que un polvo rápido en medio de una fiesta, pequeña. —Su voz es ronca en mi oído, sus labios rozan el punto sensible de mi cuello.
Inclino el cuello hacia un lado, ofreciéndole más piel para que sus labios carnosos se deslicen por ella. —Si vas a decirme algo tan tópico como pétalos de rosa y velas, me voy a levantar y me voy a ir.
Mi voz sale tan baja y sensual que casi no la reconozco.
Sus manos se cierran con fuerza en mi cintura de forma instintiva, como si fuera inherentemente posesivo. Ni siquiera me importa si es un rasgo de carácter y no una emoción reservada para mí. Me gusta igual.
—¿Rosas y velas? No. Pero quizá algún sitio con una cama o un sofá o uno de esos malditos pufs gigantes.
La diversión se abre paso y se me escapa una risita.
Su mano derecha sube y se asienta a lo largo de mis costillas, el pulgar deslizándose por la parte inferior de mi pecho. —Algún sitio donde pudiera tomarme mi tiempo, tratarte como mereces.
Se me corta la respiración con su caricia. Dos capas de tela separan nuestra piel, pero aun así puedo sentirle. El anhelo en mi interior se expande, desplegando sus pétalos y volviéndose voraz.
La mano izquierda le sube por la columna, sus dedos se hunden en el pelo de la nuca.
—Algún sitio con una ducha espaciosa, para poder cuidar de ti después.
—Me muerde la mandíbula, arrastrando los dientes con un punto de presión—.
Donde intentaría convencerte de que me dejaras adorarte.
—Usa el agarre en mi pelo para girarme la cabeza hacia él, alineando nuestras bocas—.
Una vez. Y otra. Y otra —dice contra mis labios.
Pequeños jadeos se me escapan mientras el escenario que está dibujando cobra forma en mi mente.
—Te enseñaría lo que significa ser mía. ¿Y, pequeña? Siempre cuido de lo que es mío.
Asiento con la cabeza, los ojos cerrados y las caderas ya moviéndose contra las suyas mientras me siento a horcajadas sobre su regazo. —Sí, quiero eso. Pero también quiero esto.
—Dime lo que quieres —me dice. Es una exigencia tranquila.
—Te quiero a ti. Aquí. En la playa.
—¿Evangeline?
Los hombros se me sacuden hacia delante, los párpados aletean demasiado deprisa cuando regreso de golpe al presente.
—¿Evangeline? Háblame. ¿Estás bien? —Su voz suena alta, un contraste brusco con cómo se sentía contra mi piel todos esos años atrás. Como grava susurrada.
Le miro y sacudo un poco la cabeza para despegar el recuerdo onírico que aún se aferra a los bordes de mi conciencia.
—Lo siento. Estoy bien, de verdad. Debo de haberme quedado dormida —le aseguro.
—Estabas gimiendo. —Aprieta mi muslo con suavidad, su mirada salta de la carretera de dos carriles a mí y vuelve otra vez. Está demasiado oscuro para que vea mi expresión; estas carreteras comarcales no están precisamente bien iluminadas.
Apoyo la mano sobre la suya y la aprieto despacio, ignorando el calor de mis mejillas. —Perdona. Debo de estar soñando.
Inclina la barbilla y me lanza otra mirada. Al darle la vuelta a la mano, entrelaza nuestros dedos. —No pasa nada. Te tengo. Solo descansa. Pronto estaremos en casa, ¿vale?
Casa.
Cuatro letras para una palabra que se siente tan grande como un continente. Antes pensaba que Nana Jo era mi hogar y que Rosewood era solo un lugar. Pero al mirar el perfil de Lincoln, quizá no sea una persona ni un lugar.
Quizá sea solo una sensación.
Y Lincoln St. James está empezando a sentirse como hogar.