Obsesión (Rosewood 2)
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1 Evangeline
UNO
EVANGELINE
—No tienes por qué quedarte conmigo, ya lo sabes. Estoy segura de que tienes cosas mucho más importantes que hacer que sentarte conmigo... aquí.
Dejo que la mirada recorra la habitación, rebotando en el cartel plastificado de emojis de Cómo Te Sientes de la pared, en la tele apagada del rincón y en el conjunto de aparatos médicos junto a la cama.
Básicamente en todo menos en él.
Los nervios prenden en mi vientre, y me invade la necesidad de llenar el silencio. Ahora que todo el mundo se ha ido, el cuarto se siente demasiado callado.
Primero Nova, luego Dixie, y después de que Silas sobornara a Hunter con galletas con chips de chocolate, ellos también se fueron. Lo que me deja sola con mi caballero de brillante armadura, sentado a mi izquierda.
Nunca he creído en ese tópico de que todo pasa por algo. Siempre me ha sonado a frase hueca, algo que se dice más a menudo como una especie de consuelo. Como si esas cinco palabras tuvieran que mejorar mágicamente tu situación.
Y para un ascenso perdido o una ruptura amarga, supongo que funciona.
Pero para la muerte y la destrucción, se queda corto y suena barato.
Y aun así aquí estoy, sintiendo de pleno el peso de esas cinco palabras mientras miro a la persona que literalmente me ha salvado. Es innegable que esta noche habría sido muy distinta si Lincoln no hubiera estado ahí. He tenido suerte esta noche. Muchísima suerte.
La gratitud roza mi conciencia. Suave, lisa y relajante, como el pétalo de una flor deslizándose por mi piel. Y por muy agradecida que esté, no sé qué decir. Normalmente llenaría el silencio con cualquier cosa aleatoria o trivial. Pero ahora mismo no puedo.
Me encuentro en una especie de espacio extraño. No estoy nerviosa por estar a solas con él, pero tampoco cómoda como he estado todas las otras veces que hemos estado juntos.
Carraspeo y estiro las manos sobre la parte superior de los muslos, con las palmas sudorosas. El impulso de lavarme las manos—de lavarlo todo—golpea contra mi piel desde dentro, cada latido más fuerte y apremiante que el anterior.
No me siento a gusto en mi propia piel, estoy inquieta y sensible.
Las luces de la habitación son intensas y el olor típico de hospital impregna el aire.
No le tengo manía a los hospitales ni a los médicos, pero puede que acabe cogiéndosela si tengo que quedarme en esta habitación fría mucho más tiempo.
Nunca he necesitado una ducha tanto como ahora.
La necesidad de sumergirme en un capullo de agua caliente es constante.
Estoy segura de que es ansiedad residual por lo que ha pasado esta noche.
Y así es exactamente como lo estoy viendo. Un suceso. Como algo de lo que puedo desvincularme, algo que ha pasado y no algo que me ha pasado a mí.
Estoy segura de que no es la forma más sana de procesarlo, pero es donde estoy ahora mismo.
—Eh —murmura, mientras su mano grande se posa sobre la mía izquierda y detiene el nervioso aleteo de mis dedos. Espera a que levante las pestañas y mi mirada choque con la suya antes de seguir—. Estoy exactamente donde tengo que estar.
Suelto el aire y asiento despacio. Mi mirada salta de su ojo izquierdo al derecho, buscando algo que ni siquiera sé poner en palabras.
Respuestas, quizá.
Pero, por muchas heroicidades que haya hecho, sigue siendo difícil descifrarlo.
—¿Qué está pasando por esa cabecita tan bonita que tienes?
Su voz tiene la misma aspereza de siempre, como un guijarro rodando lentamente por el fondo pedregoso de un arroyo. Pero no es eso lo que me hace detenerme, con los músculos tensos mientras la comprensión se me posa sobre los hombros como la manta favorita de Nana Jo.
Es la forma en que mi cuerpo responde a su voz. Espero esa especie de excitación casi narcótica que me provoca el tono de su voz, sobre todo sabiendo de primera mano cómo suena cuando se enrosca alrededor de todas esas sílabas tan indecentes.
Pero jamás habría anticipado la forma en que mi cuerpo se relaja al oírla.
Como si todo dentro de mí suspirara de forma inconsciente, ¿y qué demonios significa eso?
No sé si tengo fuerzas para ponerme ahora a desentrañar esa reacción, aunque es una alternativa mejor que dejarme caer por la madriguera de lo que ha pasado esta noche.
Me paso la lengua por el labio inferior y alzo la vista hacia él.
—Solo que... tengo muchas ganas de salir de aquí.
Asiente, y su pulgar recorre mi piel en caricias lentas y cortas.
—En cuanto ella te dé luz verde, nos vamos.
Suelto el aire y asiento, su respuesta aviva el hervor de gratitud de antes. Inclino la cabeza hacia él, levantando la barbilla mientras murmuro:
—Gracias, Lincoln. Yo... yo no sé qué habría hecho si no hubieras aparecido cuando lo hiciste.
La voz se me quiebra un poco y tengo que tragar por encima de la adrenalina menguante que aún me recorre las venas a trompicones.
—Sigo sin entender qué ha pasado ni quiénes eran esas personas ni el porqué.
Vale, supongo que podéis llamarme Alicia, porque me he lanzado de cabeza por ese agujero.
—Tranquila. Lo averiguaremos juntos cuando lleguemos a casa, ¿sí?
Se me agrandan los ojos ante la idea de volver ahora mismo a Magnolia Lane. El miedo se desliza por mi estómago, hinchándose hasta llenar las grietas que tanto me esfuerzo en ignorar la mayoría de los días.
—Oh, eh, quizá debería llamar a Cora. No... no creo que quiera volver a mi casa esta noche.
Inclina la cabeza hacia un lado, y la luz dura de arriba resalta la barba incipiente de su mandíbula. No me había dado cuenta de que su pelo es una miríada de colores y no solo castaño oscuro.
Lincoln St. James es guapo en el sentido más clásico de la palabra. Es ese tipo de oscuro y atormentado con el que cualquier mujer fantasea con ser la excepción. Pero, en cierto modo, lleva esa faceta como una armadura.
Dudo que deje que mucha gente se acerque lo suficiente para ver más allá de esa nota unidimensional. Para que sean testigos de lo amable y considerado que es. Para conocer al hombre que hay bajo ese talante casi estoico.
Niega lentamente con la cabeza, con la comisura de la boca curvándose hacia arriba.
—No creo que pueda dejarte ir esta noche, nena.
El corazón me da un fuerte vuelco en el pecho.
—¿Qué quieres decir?
—Quédate conmigo.
No lo plantea como una pregunta, y ni siquiera puedo culpar a lo de esta noche de que mi interior se caliente ante esa sutil exigencia.
Un destello de una realidad distinta se superpone a este momento. En lugar de que Lincoln me tienda una rama de olivo caballerosa, me pide que me quede con él porque no puede quitarme las manos de encima.
Ahora sí que sé que me he dado un golpe en la cabeza, porque no soy ninguna damisela en apuros—a pesar de los sucesos de esta noche, en los que definitivamente necesitaba que me rescatasen.
Pero me gusta pensar que soy una mujer moderna. Independiente y capaz de cuidar de mí misma. Aunque también hay una parte de mí que ansía ser dominada. Un poco. En según qué situaciones.
Y que un hombre me gruña al oído, con voz grave, que quiere que me quede con él porque no tiene bastante de mí o porque no quiere pasar ni un solo segundo sin mí... Bueno, quizá esas dos ideas puedan convivir en armonía.
Dios, Cora me va a dar una paliza por todo lo de esta noche. Después de abrazarme hasta dejarme sin respiración, claro.
Alzo aún más la barbilla, acercando nuestros labios. Soy dolorosamente consciente de los pocos centímetros que separan nuestras bocas.
—¿Por qué estás siendo tan...?
La frase se me apaga, incapaz de encontrar la palabra que busco.
Su mirada recorre el corte del costado de mi cabeza.
—Tendría que haber estado allí, tendría que haberte protegido. La idea de que alguien te haga daño me revuelve por dentro, Evangeline.
Desliza la mano por debajo de la mía y entrelaza nuestros dedos.
—Déjame cuidar de ti esta noche.
Sus palabras, tan sentidas, resultan tan inesperadas y genuinas. Tengo las emociones tan a flor de piel ahora mismo que siento los ojos húmedos.
—¿Por qué?
Emite un sonido bajo en el fondo de la garganta.
—Te dejé marchar una vez. No voy a cometer el mismo error otra vez.