Obsesión prohibida (Fantasías prohibidas picantes nº 4) CUATRO
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CUATRO

Wisteria

Al día siguiente, estoy en la cocina con el móvil apoyado contra un tarro de harina mientras preparo el encuadre. La lucecita roja de siempre parpadea cuando le doy a grabar y adopto el tono alegre y suave que mis seguidores esperan.

Estoy a mitad de la demostración de cómo hacer rollitos de canela caseros cuando cambio el peso de pierna y lo noto: ese dolor profundo y persistente entre los muslos.

El calor me sube al rostro, aunque no hay nadie aquí para verlo.

Mi cuerpo lo recuerda. Cómo las manos de Ronan me agarraron las caderas, cómo su voz se me metió bajo la piel cuando me dijo que era perfecta.

Remuevo la masa, pero en mi cabeza vuelvo a apoyarme en él, su calidez en mi espalda, sus palmas recorriéndome el vientre, y me siento la mujer más femenina y deseada del mundo.

Acordamos mantenernos alejados para no sufrir. Lo sé. Pero la verdad es que me encantó cómo me sostuvo, como si fuera algo precioso. Necesario.

El timbre me arranca del recuerdo.

Me limpio las manos en el delantal y voy a abrir. En la puerta hay un repartidor con un ramo enorme de rosas rojas y una caja de bombones con acabado brillante. Mi nombre aparece escrito con esmero en la tarjeta.

Dentro encuentro una nota doblada con la letra firme de Ronan: Mis disculpas.

Hay más: una bolsita con un gel refrescante y un paquete de la píldora del día después. Otra nota dentro: Por si las necesitas.

Me sonrojo tanto que tengo que dejarlo todo en la encimera. Que haya pensado en mi dolor... en mi comodidad... en las consecuencias... es tan típico de Ronan. Considerado. Protector. Maduro.

No es un crío inmaduro que espera que la mujer cargue sola con las consecuencias del sexo.

Ronan sabe que mamá haría preguntas si alguna vez saliera a comprar la píldora del día después, porque casi nunca salgo de casa.

Así que lo hizo él por mí. Me ahorró un viaje bochornoso a la farmacia.

Siempre piensa en mis emociones, en mi comodidad, no solo en las suyas.

No es egoísta ni egocéntrico. Le importo.

Pero mis dedos se quedan suspendidos sobre las pastillas. No quiero tomármelas. La idea de borrar la parte de él que podría estar dentro de mí me parece un error. Aunque esto... lo que sea que tengamos... sea imposible, no puedo obligarme a hacerlo.

Las vuelvo a meter en la bolsa, intactas.

El aroma de las rosas llena la cocina y me provoca un dolor en el pecho. Mi ex nunca me regaló una sola flor. Nunca me trajo nada sin esperar algo a cambio. Y aquí está Ronan, enviándome rosas, bombones y atención en los detalles más pequeños e íntimos.

Es estable. Maduro. Experimentado. Seguro de sí mismo. El tipo de hombre del que cualquier mujer estaría orgullosa.

Y es el único hombre que no puedo tener.

Desenvuelvo un bombón y le doy un mordisco, pero me sabe agridulce; se me encoge el corazón mientras trago. El vacío que siento dentro no tiene nada que ver con el hambre.

Mientras mastico, mi mente vuelve a innumerables cenas familiares.

Ronan siempre insistía en ayudarme a llevar las pesadas fuentes, quitándole importancia a mis protestas con una sonrisa burlona.

No deberías cargar con cosas que podrían hacerte daño en esas muñecas tan bonitas, preciosa.

Su mano rozaba la mía al pasarme la bandeja, cálida y firme, y el pulso siempre se me aceleraba.

Otro recuerdo se cuela, más nítido, más antiguo. La semana después de acabar el instituto, les dije a mis padres que quería ser influencer a tiempo completo. A mi madre se le tensó la boca; a mi padrastro se le frunció el ceño.

—No es una carrera de verdad, Wisteria —dijeron—. Necesitas un trabajo real.

Me fui a mi cuarto llorando.

Más tarde, esa noche, alguien llamó a mi puerta. Ronan entró y se apoyó en el marco como si tuviera todo el tiempo del mundo. Se lo conté todo, y en lugar de juzgarme, sacó el móvil y me encargó la mejor cámara, un juego de aros de luz y un programa de edición.

—Las chicas con sueños son las mejores —dijo, y me pasó el recibo con un guiño—. Ahora ve y haz que los tuyos se cumplan.

Gracias a él he podido hacer lo que amo. Gracias a él construí mi comunidad de seguidores. Gracias a él creo en mí misma.

Incluso aquella noche, cuando todo cambió entre nosotros, había pensado en mí. En mi seguridad. En demostrarme que no estoy rota.

Vuelvo a mirar las rosas mientras trago el nudo que tengo en la garganta. Ronan Silver es único. Nunca encontraré a otro hombre como él. Y saberlo hace que el vacío dentro de mí crezca aún más.

Porque el único hombre al que amo es el único hombre que no puedo tener.

Dos semanas después...

Estoy frente al espejo y me tiro del bajo de mi top de punto color crema favorito. Antes me quedaba perfecto, se me ceñía en los sitios justos sin apretar. Ahora el escote se abre y mis pechos presionan contra la tela.

Frunzo el ceño y vuelvo a ajustármelo, pero da igual lo que haga: la tela se tensa sobre mi pecho. Tengo los pezones hipersensibles; el más leve roce de la tela me hace torcer el gesto.

Me quito el top con un suspiro de alivio y cojo uno más holgado, pero incluso ese me resulta... diferente.

Llevan días doloridos, más pesados de algún modo, y no paro de decirme que son las hormonas, aunque es demasiado pronto para la regla.

Me apoyo en el lavabo con las palmas extendidas y me miro en el espejo. Tengo las mejillas sonrojadas, los labios más llenos. No sé si es real o si me lo estoy imaginando porque no puedo dejar de pensar en él.

Ronan.

No hemos hablado desde la mañana siguiente.

Le mandé un simple gracias por las rosas y los bombones, pero no contestó. No ha llamado, no ha preguntado qué tal estoy. Sé que dijo que deberíamos alejarnos, dejar que las cosas se enfriaran, pero la distancia solo ha hecho que lo que siento sea peor.

Lo echo de menos. Echo de menos su presencia serena, su humor seco, cómo consigue que todo parezca menos pesado. Echo de menos sus manos sobre mí, no solo su calor, sino cómo me hicieron sentir deseada de una manera que nunca antes había sentido.

Cada día sin él, el dolor en el pecho se me clava más hondo.

Intento convencerme de que es lo mejor, de que quizás este amor no sea correspondido, de que quizás aquella noche significó más para mí que para él.

Pero cuando recuerdo su mirada mientras se movía dentro de mí, me cuesta creer que solo fuera lujuria.

Me pongo una camiseta holgada y aliso la tela, pero el dolor persiste —en mi cuerpo y en mi corazón.

Lo quiero aquí.

Aunque sea imposible.