Obsesión prohibida (Fantasías prohibidas picantes nº 4) CINCO
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CINCO

Ronan

Cuatro semanas después…

Cuatro semanas.

Pensé que mantenerme alejado lo haría más fácil. Que el silencio apagaría el fuego entre nosotros.

En cambio, lo ha empeorado.

Es viernes por la noche y estoy solo en mi apartamento. El horizonte brilla al otro lado de mis ventanales, pero todo resulta frío, estéril: cristal y acero sin vida. El único sonido es el leve tintineo de la botella de vino mientras me sirvo otra copa.

Me hundo en el sofá y me aflojo la corbata. El teléfono está boca abajo sobre la mesa, pero siento su atracción.

Me digo que no mire. Que no lo compruebe.

Miro de todos modos.

Su TikTok aparece casi al instante, como si el algoritmo supiera exactamente cómo torturarme. Es uno de sus vídeos de «esposa tradicional», de esos por los que es famosa.

Lleva un vestido suave color crema que se ciñe a sus curvas, un delantal con volantes a la cintura. Está en su cocina —la cocina de ellos— removiendo algo en los fogones. La iluminación es cálida, dorada, y hace que su piel resplandezca.

El pie de foto dice: No hay nada mejor que cuidar de las personas que amas.

El vídeo corta a ella colocando una cena bellamente presentada sobre la mesa, sonriendo con dulzura a la cámara como si se la sirviera a alguien que importa. Alguien que tiene el privilegio de volver a casa junto a ella.

Alguien que no soy yo.

Doy un sorbo de vino, pero no alivia el vacío que se extiende en mi pecho. Veo el clip de nuevo, más despacio esta vez, fijándome en cómo le cae el pelo sobre el hombro, en el pequeño tarareo que hace al remover la olla.

Dios, cómo la echo de menos.

No solo cómo se sentía debajo de mí, no solo cómo se deshacía entre mis manos —aunque pienso en eso cada maldita noche. Echo de menos su calidez. Su risa. Cómo llenaba el espacio a mi lado sin siquiera proponérselo.

Me imagino entrando en esa cocina en lugar de algún espectador anónimo, acercándome por detrás para rodearle la cintura con los brazos. Hundir el rostro en su cuello, respirarla, sentir cómo se recuesta contra mí como si ese fuera su lugar.

Mi apartamento parece más vacío que nunca. El vino caro no sabe a nada.

Dejo la copa y me paso la mano por la cara, odiando ese dolor sordo en las entrañas. Se suponía que mantenerme alejado nos protegería —la protegería a ella. Pero lo único que ha conseguido es dejarme frío e inquieto, anhelando algo que no puedo tener.

Un golpe en la puerta me saca de mis pensamientos.

Es tarde —demasiado tarde para un vecino, demasiado tarde para un repartidor.

Dejo la copa de vino a un lado y cruzo la habitación. Se me encoge el pecho mientras abro la puerta.

Es ella.

Wisteria está en mi puerta, con un aspecto diferente.

Más pálida. Más frágil de algún modo, como si hubiera estado cargando un peso demasiado grande para su pequeño cuerpo.

Tiene el pelo algo despeinado, los ojos muy abiertos y enrojecidos.

Lleva un cárdigan enorme que la envuelve, un vestido debajo que no oculta del todo cómo se le hinchan levemente los pechos contra la tela.

Y parece… asustada.

—Sugar… —me sale la voz más suave de lo que esperaba. Me hago a un lado de inmediato, rozándole la espalda con la mano mientras la guío adentro—. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué estás aquí?

No habla enseguida. Solo mete la mano en el bolsillo del cárdigan y saca algo pequeño. De plástico.

Se lo cojo sin pensar, y se me corta la respiración.

Dos líneas rosas.

Es como si la habitación se inclinara.

Sus ojos se alzan hacia los míos, ansiosos.

—Estás enfadado, ¿verdad? Ahora me odias. No me tomé las pastillas que enviaste con las rosas. Yo… no pude. No me parecía correcto.

Aprieto el pequeño palito con más fuerza.

—Menos mal —digo con voz ronca.

Antes de que pueda reaccionar, levanto la prueba y le doy un beso, luego me agacho un poco y beso su vientre plano a través del vestido.

Mis labios se demoran allí, su aroma inundándome la cabeza, antes de incorporarme y tomarle el rostro entre las manos para besarla en la boca, lenta y profundamente.

La llevo conmigo al sofá, me siento y tiro de ella hasta tenerla en mi regazo, a horcajadas sobre mí, con la falda subiéndosele por los muslos.

—Estoy tan feliz —murmuro contra sus labios—. No te haces idea, Sugar. Estoy jodidamente eufórico. Llevas a mi hijo dentro. He deseado esto más que nada en mi vida.

Sus manos me enmarcan la mandíbula, todavía vacilantes.

—¿Lo has… lo has deseado?

Asiento mientras le acaricio la mejilla con el pulgar.

—Cada vez que veo tus TikToks —y lo hago constantemente— te imagino en mi cocina, cocinando para mí, descalza en mi casa, siendo mi preciosa ama de casa. Me imagino llegando a casa cada noche y encontrarte embarazada de mi hijo.

Le tiembla la respiración.

—Mi madre se enteró —dice de repente, como si tuviera que soltarlo antes de perder el valor—. Discutimos. Quiere que me deshaga de él. Le dije que no. Así que me fui.

Mis dedos se tensan en sus caderas mientras el calor me recorre.

—Hiciste bien.

—¿Puedo vivir contigo? —pregunta, buscando algo en mis ojos.

—Vas a vivir conmigo —le digo sin vacilar—. Tu sitio está en mi casa ahora. En mi vida. Llevas a mi hijo en el vientre, eso significa que eres mía. Siempre. Me haré cargo de ti y de nuestro hijo.

Traga saliva con dificultad; aún hay miedo en su mirada.

—Pero nuestros padres… no podemos decírselo. ¿Qué va a pasar ahora?

Deslizo las manos por su espalda y la atraigo hacia mí hasta que su vientre se aprieta contra mi abdomen.

—Lo que va a pasar es que yo me encargaré de todo. No tienes que preocuparte por nada. Tú solo céntrate en cuidar de nuestro bebé.

Su labio inferior tiembla, y se lo beso para calmarlo, luego la beso de nuevo, lento y posesivo, mientras mis manos se deslizan protectoras sobre el vientre donde nuestro hijo ya empieza a crecer.

Porque ahora que está aquí, no se va a ninguna parte.

No la suelto después de eso.

Su bolsa —pequeña, hecha a toda prisa— está junto a la puerta, pero la ignoro y mantengo el brazo firme alrededor de su cintura mientras la guío por el pasillo.

Mi apartamento está en silencio, las sombras se alargan sobre el suelo de madera, pero pensar que está aquí —realmente aquí— lo llena de algo que nunca he sentido entre estas paredes.

Hogar.

Mira la puerta cerrada de la habitación de invitados al pasar, como si esperara que me detuviera. No lo hago. Abro la puerta de mi dormitorio, un espacio amplio y cálido bañado por la tenue luz de la lámpara.

—Esto es tuyo ahora —le digo.

Arquea las cejas.

—¿Tuyo? ¿No querrás decir...?

—Nuestro —corrijo, pegándome a su espalda desde atrás—. No voy a instalarte al fondo del pasillo como si fueras una invitada. Voy a follarme ese precioso cuerpo embarazado todas las noches y a sentir cómo mi bebé crece dentro de ti cada mañana.

Se le corta la respiración, y noto la tensión en su espalda —no por miedo, sino por esa misma electricidad que existe entre nosotros desde aquella noche en su sofá.

Le quito el cárdigan despacio, rozándole los brazos con las manos antes de dejarlo caer al suelo. Mis palmas se posan en sus caderas para sostenerla.

—Estás cansada —murmuro—. Hoy has pasado por un infierno. Así que esta noche voy a cuidar de ti.

Se gira en mis brazos y enrosca los dedos en mi camisa.

—Llevas cuidando de mí desde el día que te conocí —dice en voz baja.

Eso me remueve por dentro.

Me inclino y le beso la frente, luego la punta de la nariz, luego la boca, lento y deliberado.

Se derrite contra mí, su cuerpo amoldándose perfectamente al mío.

La guío hacia la cama, me siento y tiro de ella hacia mi regazo de nuevo, igual que hice antes en el sofá, solo que ahora no hay urgencia, solo esta necesidad profunda y arraigada de tenerla lo más cerca posible.

Mis manos se posan sobre su vientre.

—Esto es todo lo que siempre he querido —digo en voz baja.

Sus pestañas aletean.

—Pensé... que estarías asustado. O enfadado.

Niego con la cabeza.

—Nunca. Me estás dando lo único que siempre quise y nunca creí que tendría. Y voy a asegurarme de que vivas la vida de ama de casa mimada con la que sueñas mientras crías a nuestros hijos.

La beso de nuevo, más profundo esta vez, y mis dedos se tensan en su cintura. Suspira contra mi boca mientras sus manos suben para acunarme el rostro. Noto el agotamiento en ella, pero también cómo se relaja entre mis brazos, como si por fin una parte de ella creyera que está a salvo.

Cuando me separo, le retiro el pelo de la cara, me pongo de pie y la levanto en brazos sin esfuerzo.

—Te quiero dentro de mí —le tiembla la voz—. Sé que ya estoy embarazada, pero... —Le brillan los ojos de lágrimas—. Por favor.

Su súplica rompe algo en mi interior. Es tan inocente, tan delicada y necesitada en este momento. Cada instinto masculino en mí quiere calmar sus inseguridades, darle el amor, la adoración y la atención que necesita para volver a sentirse segura y deseada.

Me encanta lo tierna y apegada que está ahora, acurrucada contra mí, mirándome como si pudiera hacerla pedazos. A mi polla también le encanta el poder y el control que tengo sobre ella.

Mientras mis ojos recorren la hinchazón evidente de sus pechos y el ligero abultamiento de su vientre, los huevos se me tensan con un dolor primitivo.

La electricidad me recorre el cuerpo y me pone la polla dura.

El embarazo la ha hecho aún más hermosa.

Quiero... no, necesito ver su cuerpo cuando esté bien hinchado con mi hijo dentro.

—Te preñé, Sugar. ¿Crees que no te voy a desear ahora que llevas a mi hijo dentro? —Me mira y parpadea, se muerde el labio, sin saber qué responder.

Siseo entre dientes. Joder, ese cabrón de su ex le destrozó la confianza por completo. Ni siquiera cree que merezca que la deseen.

—Nunca te avergüences de querer sexo solo porque estás embarazada.

—Le bajo la cremallera del vestido. Se lo deslizo lentamente por los hombros mientras le beso la piel que va quedando expuesta, chupándola porque pienso dejarle chupetones.

Es mía. Quiero que su cuerpo lleve mis marcas.