Obsesión prohibida (Fantasías prohibidas picantes nº 4) TRES
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TRES

Ronan

Me despierto sintiendo su peso y su calidez contra mí. Tengo el brazo rodeándola con gesto posesivo, la mano apoyada en la suave curva de su vientre.

Es cálida, tiene una suavidad que me hace desear abarcar más de ella con la palma. Mi pulgar la acaricia distraídamente, y no puedo dejar de imaginarlo: su vientre tenso y abultado con mi hijo, redondo y pesado, su cuerpo marcado con la prueba de lo que hicimos anoche. De lo que dejé dentro de ella.

Solo pensarlo hace que se me ponga dura.

Me inclino y le rozo el hombro con los labios, luego bajo por su brazo. Suspira suavemente entre sueños, y ese sonido despierta algo en lo más hondo de mí. Podría quedarme así toda la mañana, besándola, acariciándola, fingiendo que no existe nada más en el mundo que nosotros dos.

Pero el sonido de una llave girando en la cerradura lo destroza todo.

Me quedo paralizado.

Un momento después, oigo voces en el pasillo.

—¡Ya llegamos! —la voz de mi padre rebosa esa alegría despreocupada que siempre trae de sus viajes con su esposa.

—Oh, Dios —susurra Wisteria a mi lado, abriendo los ojos de golpe—. Nuestros padres...

—Sí —ya estoy fuera de la cama, poniéndome los bóxers a toda prisa—. Vístete. Ya.

Busca el pijama a tientas, con el pelo hecho un desastre, el rubor de anoche transformándose en palidez: culpa. Yo también la siento, extendiéndose por mi estómago como un escalofrío.

Para cuando tengo la camisa medio abotonada, ya estoy en la puerta. Está sentada en la cama, apretando la blusa contra el pecho, y parece increíblemente pequeña. Quiero decirle que todo irá bien, que lo solucionaremos, pero la verdad me aplasta: no podemos ser lo que fuimos anoche.

Estaba tan cegado por esta atracción prohibida que no pensé en nada cuando me la follé anoche. Pero siendo hermanastros, ¿cómo vamos a tener una relación normal? Ni siquiera podemos salir como una pareja cualquiera, porque ella nunca podría contarles a sus padres con quién está.

¿Y el matrimonio? Eso es otro tema complicado. Ella quiere casarse, y conmigo eso será difícil.

Salgo de allí antes de decir nada más.

En el salón, están dejando las maletas, sonriendo como la pareja perfecta. Mi padre tiene la mano en la espalda de su mujer, y ella se ríe de algo que ha dicho. Parecen personas a las que nunca les ha estallado un secreto en la cara.

—¡Ronan! —mi padre sonríe aún más—. No esperaba verte levantado tan temprano.

Fuerzo una sonrisa, ocultando la tensión que aún me oprime el pecho.

—Tengo que madrugar en la oficina —miento con naturalidad.

—Gracias por hacerle compañía a Wisteria —dice su madre con cariño—. Espero que no te haya dado mucha guerra.

Antes de que pueda responder, Wisteria aparece en la puerta, con unos pantalones de pijama de franela y una camiseta ancha. Se ha peinado con los dedos, pero su pelo aún delata lo de anoche.

El rostro de su madre se ilumina y la envuelve en un abrazo.

—¡Ahí está mi niña! ¿Qué tal? ¿Hiciste buenas migas con tu hermano mayor?

Se me revuelve el estómago.

Wisteria me mira por encima del hombro de su madre, y sé que está pensando exactamente lo mismo que yo: que hicimos mucho más que eso. Mucho más.

Su sonrisa es tenue, casi tímida.

—Sí —dice en voz baja—. Conectamos.

Su madre no nota el cambio en el ambiente, pero yo sí. Allí de pie, mirándolas, siento que algo oscuro se posa sobre mí como una sombra. Delante de nuestros padres, lo de anoche parece una fiebre pasajera que no puede sobrevivir a la luz del día.

Murmuro algo sobre tener que prepararme y me refugio en el baño.

Bajo el chorro caliente de la ducha, apoyo las manos en la pared y dejo que el agua me golpee la espalda.

Lo de anoche había parecido inevitable, como algo que los dos llevábamos meses construyendo.

Pero ahora, con ellos aquí al lado, la realidad me golpea como una bofetada de agua fría: no podemos tener esto. No aquí. No con ellos.

Una vez vestido, me marcho sin pasar por su habitación.

En el coche, escribo un mensaje con un peso en el pecho.

Siento lo de anoche. No debería haberlo hecho. Me pasé de la raya.

Su respuesta llega enseguida.

No lo sientas. Me alegro de que me enseñaras que mi cuerpo puede sentir placer.

Suelto el aire y la tensión se afloja un poco, hasta que llega su siguiente mensaje:

Sí que fue incómodo tenerlos aquí esta mañana.

Sí, le respondo. Deberíamos alejarnos un tiempo. Calmarnos. Lo que sentimos es demasiado intenso para controlarlo ahora.

Una pausa. Luego:

¿Eso significa que no estarás en las cenas familiares?

Las evitaré por ahora. Para darte espacio.

Los tres puntos parpadean... y luego desaparecen.

No hay respuesta.

Me digo que significa que está de acuerdo. Ella también sabe que es mejor evitarnos. Con lo de anoche tan reciente, no podremos actuar como hermanastros.

Tenemos que seguir fingiendo delante de nuestros padres. Trago saliva y aprieto el volante con fuerza, odiando que la única mujer que deseo sea la única que no puedo tener.