Obsesión Feroz (La Bratva Rozanov nº 1) 21. Amara
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21. Amara

AMARA

—Nunca dijiste nada de una venda para los ojos —digo mientras Ransome usa su corbata negra para cubrirme los ojos.

Es tan ajustado que no puedo ver, que no puedo quitármelo simplemente moviendo la cabeza. Pero es suave. Y huele a él.

—No tengo que decirte nada.

—Hazlo si no quieres que llame a la policía —le digo mientras su mano me cubre la cabeza. Me está ayudando a subir a la parte trasera de su coche y el mundo… mi mundo… se vuelve negro.

—No eres tan estúpida, dorogoya. —Su acento es marcado en la última palabra.

—¿Qué significa eso, por cierto? —pregunto en cuanto se sube al asiento delantero del coche y cierra la puerta—. Dorogoya. Lo dices todo el tiempo, pero no sé qué significa.

Ransome cambia de marcha y pisa el acelerador a fondo. Mi espalda golpea el asiento con fuerza. —Para alguien que es muy competente en el ámbito del acoso, te falta algo en el de la investigación… dorogoya.

Oficialmente estoy furiosa. Si hubiera sabido a qué se refería con “quedarse hasta tarde”, me habría ido. Mientras conducimos calle abajo hacia quién sabe dónde, estoy echando humo. Además, nota mental:

Cuando me dije a mí misma que esperaba que Ransome tuviera un lado pervertido, pues no, no me refería a esto.

Porque así… así es como mueren las mujeres.

Así es como desaparecen las chicas y no se las vuelve a ver hasta que un excursionista las encuentra en el bosque.

Se detiene para atarse los cordones y ve una mano rígida que sobresale de la tierra.

Bueno, yo no. No voy a ser una chica en la tierra.

Por eso, a pesar de la forma de conducir errática de Ransome, he estado pendiente de cada curva que hemos tomado desde que salimos del edificio Apex.

He vivido en esta ciudad toda mi vida y conozco muy bien cada callejón, paso subterráneo y vía secundaria.

También he estado cantando Bohemian Rhapsody mentalmente, al ritmo y en bucle, desde que arrancó el coche.

Como fan incondicional de Queen, no hay canción que conozca mejor.

Y no solo en el sentido de que todo el que ha ido a un concierto sabe que es la última canción que tocan antes de que la banda salga a interactuar con el público (gracias, Green Day).

Sé que dura cinco minutos y cincuenta y cinco segundos.

Y hasta ahora, la he cantado tres veces. Voy por la cuarta.

De repente, el coche se detiene. Al principio, parece que estamos en medio de la carretera, ya que ni siquiera se molestó en frenar.

Pero cuando pone la palanca en la posición de estacionamiento y oigo el clic de su cinturón de seguridad, deduzco que hemos llegado a nuestro destino. O a mi destino final, mejor dicho.

La puerta hace clic.

—Quédate aquí —dice.

Me río entre dientes. —No sé adónde pensabas que iba a ir. No sé dónde estamos.

Además, me ató las manos. Otro detalle perverso que ya no lo parece tanto cuando siento que voy a morir.

En realidad, eso es una pequeña mentira. No sobre la atadura mortal… todavía me siento como una reina del grito en potencia. ¿Pero la parte de no saber dónde estamos? Una minúscula mentira piadosa.

Más o menos.

Aunque desconozco nuestra ubicación exacta, me hago una idea. Estamos a las afueras de la ciudad, cerca de la costa. Puedo olerlo. No es un olor a playa como la de Whitesands. Más bien huele a agua fría y oscura, con un fuerte aroma a pescado en el aire.

En resumen, no estamos donde yo quiero estar.

Dicho esto, la puerta se cierra. Pero antes de que pueda soltar un suspiro, la puerta trasera se abre y me sobresalto. Siento las manos de Ransome sobre mí y mi cuerpo se queda rígido.

Ya está. Esta es la parte en la que debería gritar.

Pero resulta que en realidad me está quitando la venda de los ojos.

—Toma —dice bruscamente—. No intentes nada. No eres tan rápida como para escapar de mí.

La forma en que lo dice me da escalofríos. Y no solo del tipo malo.

—¿De verdad crees que voy a huir? —pregunto con dificultad. Luego miro a mi alrededor, observando la escena.

Tenía razón. Sí estamos cerca del agua. Parece ser una zona industrial y, en su mayor parte, da la impresión de estar abandonada.

Ransome, por supuesto, no dice nada. En cambio, pulsa un botón cerca del cinturón de seguridad y el respaldo del asiento en el que estoy apoyada comienza a abatirse hacia adelante.

—¿Qué es esto? —pregunto mientras intento apartarme del camino.

—Voy a quitarte las ataduras de las manos. Con una condición.

—¿Cuál es?

No contesta. En cambio, su mirada se desvía hacia mí, hasta llegar al asiento trasero, que se pliega para dejar al descubierto el maletero del coche.

Oh. —Tienes que estar bromeando.

—¿Acaso parezco estar bromeando?

Lamentablemente, no. Hombres como Ransome rara vez dicen algo que no sea en serio. Y precisamente por eso estoy tan furiosa. —Ya te dije que no voy a huir —intento decir con calma, pero mi corazón empieza a latir con fuerza, y no precisamente de buena manera.

—No me asusta que corras, dorogoya. Me asusta que te vean.

—¿Quién?

—Volveré por ti —dice en lugar de responder—. Ahora métete en el maletero y quédate callada. No hagas ninguna tontería.

Lo miro fijamente con los ojos entrecerrados en un último intento por hacerlo cambiar de opinión, pero sé perfectamente que es una jugada desesperada. Al ver que no cede, le doy la espalda para que me desate. Me quedo inmóvil mientras busco algo útil alrededor del coche.

En una situación de rehenes peligrosa, siempre es mejor estar atento al entorno.

Claro que no lo sé por experiencia propia.

Pero al crecer con una mamá desaparecida y un papá irresponsable, no teníamos mucho dinero.

Desde luego, no teníamos lujos como la televisión por cable.

Para mí, eso significaba ver muchos programas de crímenes reales, de esos que daban tarde por la noche, después de las noticias de las diez.

El coche de Ransome, por supuesto, está impecable. Bueno, salvo por el elegante iPhone negro que yace en el suelo.

Es el teléfono desechable de su oficina. El que estaba vinculado a mi ubicación. Quizás no sea desechable, después de todo.

—Muy bien, eres libre. Metafóricamente hablando —añade. Su mejor intento de humor, estoy segura. No muy bueno, por cierto—. Ahora métete en el maletero.

—¿Puedo al menos quitarme los zapatos primero? Me duelen muchísimo los pies.

—Vale.

Me agacho y desabrocho el cierre de mis tacones. El teléfono de Ransome, el regular, vibra y él lo revisa.

Mientras él lo hace, recojo el desechable del suelo y me lo meto en el sujetador.

Luego me quito los zapatos y trato de meterme en el maletero abierto.

Digo “trato” porque es más fácil decirlo que hacerlo con una falda lápiz.

Si me hubiera dicho que íbamos a jugar a ser Buffalo Bill y Catherine Martin, al menos me habría puesto pantalones.

Lo juro por Dios, puedo sentir su mirada en mi trasero. Si fuera el viejo Ransome, el que no sabía lo que sentía por él, el que yo no sabía que estaba en una secta, me excitaría la idea de que me mirara así. Pero dadas las circunstancias, me dan ganas de darle una patada en la cara ahora mismo.

Ransome pulsa el botón y el asiento se vuelve a enderezar, llevándose consigo la luz y una buena cantidad de aire. Por suerte, sé mantener la calma en espacios reducidos, tanto en sentido figurado como literal. De nuevo, gracias, Papi, por no gastar nunca en televisión por cable.

Espero hasta oír el pitido de las puertas del coche al cerrarse con doble llave y el sonido de los zapatos de Ransome de punta alada alejándose poco a poco en el suelo antes de sacar el teléfono.

—Nos estamos descuidando un poco, ¿no crees, jefe? —reflexiono—. Por favor, que no esté muerto, por favor, que no esté muerto, por favor, que no… ¡sí!

De hecho, sonrío cuando el símbolo blanco de Apple ilumina la pantalla y el teléfono cobra vida.

—Carga completa, bebé. Vamos.

Sin saber si Ransome va a estar fuera minutos u horas… diablos, podría morir en este maletero. Por lo que sé, Iván vino y lo recogió y aquí termina todo. Maldita sea, esto es aún más grotesco que el cadáver en el bosque… Me pongo a trabajar.

Mientras el teléfono está en modo SOS, lo que desactiva internet y la mayoría de las llamadas, puedo acceder a los mensajes de texto. Uno en particular me llama la atención. Es de un número anónimo. Lo abro y leo los mensajes al revés.

Tras apenas unos segundos, sé dos cosas con certeza:

Primero, está relacionado con la Bratva. Eso es obvio, porque los mensajes son una mezcla de inglés y ruso.

Y segundo, está relacionado con las drogas. Palabras como envío, fronteras, recogida, entrega y trato lo delatan.

Así que Ransome Rozanov, director ejecutivo de Apex Energy, mi jefe durante los últimos meses, mi obsesión durante el mismo tiempo, es un importante miembro de la Bratva.

Y es un traficante de drogas.

No sé cómo asimilarlo. Por un lado, es aterrador. Esto no es solo un intercambio callejero de marihuana. Si tuviera que adivinar, diría que en lo que sea que esté involucrado, lo que sea que esté manejando, no es para uso recreativo ni verde.

Viene de México.

Es blanco.

Y probablemente esté en ese edificio frente al que estamos aparcados.

—Mierda —susurro.

De repente, el coche emite dos pitidos, indicando que se ha desbloqueado. Ni siquiera un segundo después, oigo pasos.

—¡Joder! —exclamo de nuevo, esforzándome por esconder el teléfono.

Consigo guardarlo justo cuando se abre el maletero. Y ahí estoy, acurrucada en posición fetal en la parte trasera de su coche, mirándolo fijamente mientras él me mira con una mirada fulminante, con unos ojos más oscuros que el mismísimo cielo nocturno.

—Levántate —grita—. Vienes conmigo.