Obsesión Feroz (La Bratva Rozanov nº 1) 8. Amara
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8. Amara

AMARA

Él lo sabe.

Joder, joder, joder.

Ransome Rozanov ha sido el centro de mi universo durante tanto tiempo, lo último en lo que pienso cada noche antes de acostarme y la razón por la que me levanto cada mañana.

Ha sido el eje de mi agenda, el pilar que mantiene mi día en orden.

Lo sé todo sobre él—dónde está en todo momento, qué le gusta comer, cómo toma el café, su whisky favorito, incluso con qué duerme: nada.

Ransome duerme desnudo y lo sé porque lo he estado observando… muy, muy de cerca.

Y ahora lo sabe.

Hago todo lo posible por mantener la compostura mientras salgo de su oficina, con los brazos todavía ardiendo por el agarre de sus manos, la piel aún erizada por el tono de su voz y los pezones todavía duros por la fuerza de todo aquello…

Mírame... ¿me entiendes...? …y salgo disparada por el pasillo de Apex Energy, pasando de largo mi propia oficina y dirigiéndome directamente al baño.

Allí, me encierro en un cubículo, me siento en el inodoro y jadeo en busca de aire.

Él lo sabe. Estoy acosando a mi jefe en toda regla, sin lugar a dudas y él lo sabe. Lo descubrió. Habrá consecuencias.

¿Pero qué tipo de consecuencias?

¿Me despedirá? ¿Una reprimenda y una advertencia para que no lo vuelva a hacer? ¿Me reducirá el sueldo? Joder, no me puedo costear eso. No con más de la mitad de mi dinero destinado a mis hermanos.

Me llevo las manos a la cara, me balanceo de un lado a otro, rezando para que nadie entre y oiga el ataque de pánico que estoy sufriendo.

Sí. Eso es lo que es esto. Un ataque de pánico. Necesito calmarme. Practico la respiración de yoga, cierro los ojos y hago inhalaciones y exhalaciones largas, lentas y calculadas.

Luego analizo el escenario.

En el peor de los casos: lo sabe todo y mi vida se acaba.

Lo más probable: es lo que es, así de simple. Él pensó que yo estaba espiando su llamada con su papá y eso le molestó. Solo eso, nada más.

Asiento con la cabeza, tragando saliva, aunque tengo la boca seca como el desierto del Sahara, y me repito que eso es todo.

Al fin y al cabo, no mencionó nada más. Si supiera lo que sé, lo que he hecho, diablos, lo que he visto…

estoy bastante segura de que habría hecho algo más que amenazarme verbalmente durante apenas dos frases.

¿Bien?

Bien.

Decido aceptar la historia y seguir adelante. Me levanto y me miro en el espejo. Aparte de las mejillas sonrojadas y un par de mechones de pelo fuera de lugar, no parezco tan desaliñada. Pero al salir del baño, no puedo quitarme de la cabeza lo que acaba de pasar.

Estaba tan cerca de mí, tan intenso, tan dominante. Mentiría si dijera que no voy a revivirlo en mi cabeza, pero en un contexto diferente, uno que me haga retorcerme entre las sábanas.

—Basta, Amara. No más. Te vas a delatar.

No me doy cuenta de que dije esas palabras en voz alta hasta que Susan, de Contabilidad, me mira fijamente mientras se lava las manos con una expresión extraña en el rostro.

Me aclaro la garganta, le dedico una sonrisa inexpresiva y me marcho.

Durante el resto del día, me aseguro de que Ransome tenga lo que necesita antes de que lo pida; de esa manera, tenemos poca o ninguna interacción.

Normalmente, me encanta hasta el más mínimo encuentro con él, aunque solo sea que pase a mi lado a toda velocidad para gritarle a alguien por cualquier cosa. ¿Pero ahora? Ahora mismo, siento que llevo todos mis pensamientos reflejados en la cara.

Es mejor no decirlos.

Para cuando me voy, casi salgo corriendo del edificio. Para empezar, es difícil mantener una actitud de indiferencia. Pero además, tengo una cita doble esta noche, algo de lo que Electra no ha dejado de hablarme por teléfono en todo el día.

Apenas tengo tiempo para correr a casa y cambiarme a algo menos formal. Me pongo un vestido suelto color turquesa, casi sin espalda y cruzado por delante, que realza mis pechos.

No es que quiera impresionar a ese tipo; me da igual Jordan, James o como se llame. Pero tampoco me dejará en paz si no lo “intento” al menos. Electra me recuerda a menudo que “si lo tienes, presume. Y parece que lo tienes todo cuando Dios lo repartió.”

Hace calor para ser otoño en Nueva York.

Dudo si recogerme el pelo. Tengo una pinza que uso siempre, una que llevo mucho al trabajo.

Es dorada con un fénix. Sé que suena raro, pero la encontré en un mercadillo con Belly y ella insistió en que era espectacular y que la necesitaba para completar mi estilo.

Por alguna razón, no la encuentro por ninguna parte.

Así que recurro a un par de horquillas baratas. Sujeto algunos mechones de mi cabello suelto y ondulado, me pongo unas sandalias de cuña con tiras y salgo corriendo hacia el restaurante. Está ubicado en pleno centro de la ciudad, rodeado de otros bares, salones y restaurantes.

Sinceramente, me sorprendió un poco que fuéramos a este sitio. Spice es un restaurante tailandés bastante elegante. No sé quién lo eligió, pero espero que Jason, Jerald o Johnny paguen la cuenta.

—¡Ahí está! —grita Electra al verme acercarme a la mesa. Soy la última en llegar y todos se ponen de pie cuando me acerco para brindarme una ovación sarcástica.

—Perdón por llegar tarde. —Sonrío, haciendo los gestos habituales de darle un apretón rápido y un beso en la mejilla a mi mejor amiga antes de dirigir mi atención a los chicos—. Me encanta que estemos sentados afuera. Hoy hace un día precioso.

—Tú eres preciosa —suelta el rubio, y me doy cuenta de que olvidé preguntar con cuál se supone que debo coquetear. Por su descaro, supongo que es mi chico.

—Tú debes ser Jason —le ofrezco la mano e inmediatamente veo la confusión en su rostro y la mirada de desaprobación de Electra.

—Este es Jonathan… —Electra señala al concursante número dos, el hombre más moreno y hastiado, sin otra expresión en el rostro que una mirada intensa y un leve atisbo de sonrisa burlona.

—Cierto, mala mía. —me río, fingiendo ser tonta. A los hombres les suele gustar eso. Les da más confianza creer que son intelectualmente superiores.

Le extiendo la mano al verdadero Jonathan y él me examina, sus ojos recorriendo mi cuerpo de la cabeza a los pies, antes de omitir el apretón de manos y, en su lugar, se inclina para darme un abrazo impersonal.

—Hueles de maravilla —susurra con voz ronca. Sus labios rozan mi oreja.

Me aparto y le lanzo a Electra una mirada de advertencia, pero ella está demasiado ocupada coqueteando con el rubio que le está apartando la silla.

No sé de quién fue la idea, pero nos sentaron al lado de nuestras parejas en lugar de frente a ellas.

Esto dificulta la conversación porque tengo que girarme para mirar a Jonathan mientras habla, y también complica la comunicación con Electra.

Si necesitara llamar su atención para informarle de alguna otra señal de alerta, tendría que darle una patada por debajo de la mesa.

Nos traen las bebidas y casi me bebo de un trago mi gin tonic con frutos rojos machacados.

Electra solo sonríe. —¡Uy, alguien está lista para la fiesta…! —Mueve los hombros y le lanzo una mirada. Una mirada que una mejor amiga debería conocer.

Por supuesto, no se da cuenta de nada porque el que se cree Chad Michael Murray allí no ha dejado de lanzar miradas seductoras desde que nos sentamos.

—Entonces, Amara —Jonathan vuelve a captar mi atención colocando una mano grande sobre mi rodilla descubierta. Es un gesto simple, pero no me gusta. No me gusta nada de esto—. ¿Electra me dice que eres secretaria?

Me contengo para no darle un puñetazo en la cara. Eso ya es decir mucho. Es un impulso muy fuerte. —Soy asistente personal. De un director ejecutivo.

—Así que te atraen los hombres poderosos… —Sonríe con picardía, dando un sorbo a su whisky sour—. Eso nos viene de perlas, ¿no?

—Me temo que no veo la correlación.

Se ríe con la mandíbula tensa y deja el vaso. Mientras tanto, su mano sube lentamente por mi pierna. —Qué linda. Eres muy linda. Resulta que yo también soy hombre de negocios.

—Ah, ¿sí? —Trago saliva, esperando que no vea las miradas que le lanzo a una Electra ajena a todo.

—Empresas Burgess.

—Suena importante —digo, incorporándome con la esperanza de que su mano vuelva a posarse sobre mi rodilla. Pero no lo hace. Al contrario, ahora sujeta con firmeza.

—Muchísimo. Sobre todo porque estás con el mismísimo Jonathan Burgess.

—Oh, vaya —digo en voz alta, intentando aún llamar la atención de mi amiga—. Electra, necesito ir al baño. ¿Me puedes enseñar dónde está?

Me lanza una mirada. —No tengo que ir. Pero creo está a la vuelta de la esquina.

Mi sonrisa se desvanece por un instante, con un gesto de fastidio.

Y la mano infractora sube otra pulgada más.

—¿Te he dicho lo guapa que eres? Seguro que atraes mucha atención. —Jonathan se está acercando cada vez más.

¿De verdad me va a besar? ¿Aquí? ¿Ahora? ¿A los cuatro minutos de una cita muy incómoda? Quiero levantarme e irme, pero con su mano agarrando mi muslo, siento que no puedo moverme.

El pánico me invade. Me aferro a la silla con una mano y a mi vaso con la otra. Cuando su rostro se acerca al mío, giro la cabeza justo a tiempo para oír su voz.

No la de Jonathan.

La de Ransome.

—Amara.

Mis ojos parpadean antes de alzar la vista. Me lleva un instante darme cuenta. De pie junto a mí, imponente sobre la mesa, está… Dios mío, de verdad es Ransome.

—¿Quién eres? —espeta Jonathan.

Al mismo tiempo, Electra exclama con asombro—: Amara, ¡¿ese es tu jefe?!

Pero no oigo nada más. Estoy demasiado ocupada parpadeando como para asegurarme de que es real. Ransome está ahí de pie, vestido con una camisa abotonada de color burdeos oscuro, sin corbata, y con la mirada más fulminante que jamás haya visto.

No sé por qué está aquí. Ni cómo supo que yo estaba aquí. Pero una cosa es segura…

Él no está contento.