Obsesión desquiciada (Serie Desquiciada nº 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Kitlyn

Intenté abrir los ojos, pero los tenía pegados. Los párpados me aleteaban mientras luchaba por enfocar. Joder, me llevó unos minutos conseguir mantenerlos abiertos.

Intenté mover los brazos, pero no respondían.

Presa del pánico, tiré con más fuerza, todavía aturdida, mientras intentaba despejarme de la maldita porquería que me había inyectado en el brazo.

Al fin me di cuenta de que estaba inmovilizada.

El corazón me retumbaba en los oídos mientras forcejeaba contra las cadenas, tratando de liberarme.

Sentía que la garganta se me iba a cerrar en cualquier momento a medida que el pánico aumentaba. No me gustaba estar indefensa. Le daba más poder al bastardo sobre mí, y por supuesto, eso era justo lo que él quería. Lo veía sentado en la silla junto al escritorio, frente a mí.

Estiró las largas piernas, cruzó los brazos sobre el pecho y sonrió. Me observaba mientras entraba en pánico, sin decir una palabra. Intenté mover las piernas, pero también estaban inmovilizadas.

El bastardo me tenía en cruz sobre la cama, totalmente indefensa. Menudo cabrón. Recordé que me había amenazado con encadenarme si no me portaba bien y le lamía mis propios fluidos del dedo. Se me subió la sangre a la cara al pensar en cómo me había humillado.

Le lamí el dedo hasta dejarlo limpio para evitar que me encadenara, pero aquí estoy, inmovilizada de todos modos. Tenía la boca seca, seguramente por la droga que me había dado. Sentía como si tuviera una pasta espesa recubriéndome la lengua.

Cuando por fin recuperé el sentido, exploté, incapaz de soportar ni un minuto más que me trataran como a un puto animal. Fulminé a mi secuestrador con la mirada.

—¡¿Qué demonios?! ¿Por qué estoy encadenada? ¡Pensé que si te obedecía, no me atarías a la cama!

Con una leve sonrisa en su apuesto rostro, se acercó y me acarició la mejilla.

—Ah, mi Gatita por fin está despierta. Esto no tiene nada que ver con lo bien que me lamiste el dedo.

Estás atada porque te reabriste las heridas con tu berrinche de antes.

Por eso te di la medicina y te dormí. Por órdenes del médico, tienes que estar sin apoyar los pies unos días para que se curen.

Te mantendré esposada a la cama hasta que termine de hablar.

Es hora de que aprendas lo que espero de ti, y después podemos hablar de lo que encontraste en el armario.

Se acercó al escritorio y señaló la bandeja de comida con una amplia sonrisa.

—He preparado el almuerzo para los dos. Seguro que tienes hambre y sed. Comeremos mientras charlamos, después te bañarás y te vestiré con tu propia ropa. La única razón por la que no te dejo desnuda es porque mi hermano podría aparecer de nuevo.

Vaya, todo un caballero.

Me animé en cuanto mencionó mi ropa. Lo miré con esperanza.

Estoy preocupada por Tuna, mi bebé. Esa bolita de pelo es mi vida. No tengo familia, por así decirlo. Es todo lo que tengo, aparte de mi amiga Becca.

—¿De verdad has ido a mi casa? ¿Cómo está mi gato? ¿Qué has hecho con él? ¿Está bien?