Obsesión desquiciada (Serie Desquiciada nº 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Atlas

Aparqué en la entrada y un momento después entré en la cocina con el transportín del gato y la bolsa de deporte que había llenado a medias con su ropa y las demás cosas que cogí.

Si esto no fuera tan jodido, cualquiera habría pensado que volvía a casa con mi esposa después de hacerle unos recados.

Estoy completamente obsesionado con esta mujer porque, de lo contrario, esto habría acabado de otra forma.

Si fuera solo una prisionera cualquiera, habría dejado al gato en un refugio y me habría largado, pero sentía que se lo debía por el lío en que la había metido.

Dejé a Tuna en el suelo junto con la bolsa de deporte y volví corriendo al coche a por la comida y la arena.

Cuando entré de nuevo en la cocina, mi hermano Joey tenía al gato en brazos, de pie junto a la isla con cara de sorpresa.

—¿Qué demonios haces con este bicho? Odias los gatos en tu casa.

Arqueé una ceja mientras dejaba la arena en el suelo y tiraba las latas de comida sobre la mesa.

—No es mi gato. Es de Kit. Cuando la cogí anoche, obviamente no tuve tiempo de cogerlo a él también.

Iba con prisas para salir de allí. Solo se queda esta noche.

Mañana lo llevo a la oficina y le busco un hogar.

Necesito que le llenes la puta bandeja con arena y le pongas comida y agua mientras voy a la habitación de Kit.

El médico debería llegar en unos minutos.

Supongo que sigue dormida como un tronco, ¿no?

Joe frunció el ceño.

—Sí, sigue frita. No se ha movido desde que te fuiste. Le habrás metido una buena dosis para tumbarla tanto rato. Y ¿por qué coño tengo que cuidar yo del puto gato? ¿No tienes una asistenta para estas mierdas?

Cogí la bolsa de deporte del suelo y la apreté con fuerza.

—Haz lo que te he dicho, Joe. A ver si adivinas por qué mi asistenta ya no va a venir más, y como tú eres mi ayudante, ahora te toca a ti hacer su trabajo. ¿Algún problema?

Mi hermano me sonrió mientras acariciaba y mimaba a Tuna antes de soltarlo.

—Vale. Sin problema. Sabes que siempre hago lo que me pides, Atlas; es solo que me ha pillado por sorpresa todo esto. Cuidaré del gato y vigilaré a tu prisionera cuando te vayas. Se acabaron las preguntas. Te lo prometo.

Mi hermano sabía que se me había agotado la paciencia para gilipolleces.

Tuvo la inteligencia de saber que era hora de dejar de tocarme los cojones antes de que le soltara un puñetazo.

Joey no es de los que aguantan la violencia en ninguna de sus formas.

Seguramente se habría hecho un ovillo en el suelo a llorar si le hubiera pegado.

Normalmente era obediente y no cuestionaba nada de lo que yo hacía, pero sabía que sentiría curiosidad por la chica.

Lo dejé con el gato y me fui a la habitación de Kit.

Una vez dentro, vacié la bolsa de deporte y colgué todo en su armario.

Guardé sus bragas, sujetadores y otras prendas íntimas en los cajones de la cómoda.

Esta semana tendrá un vestuario nuevo. Yo elegiré toda su lencería y ropa interior, y Joe se encargará del resto.

Tiene que estar guapa para todas las guarradas que tengo preparadas para ella. Solo pensarlo me pone la polla dura. Qué novedad, ¿no? Cuando terminé de colgar su ropa, mi hermano se asomó por la puerta.

—El médico está aquí. ¿Le hago pasar?

Asentí mientras guardaba sus últimas cosas en los cajones.

Me acerqué a la cama, contemplando a mi hermosa obsesión sumida en un sueño profundo. Tenía la boca entreabierta. Vi un hilillo de baba que le caía por la barbilla.

Le limpié la zona con cuidado usando un pañuelo de la mesita de noche. Lo arrugué y lo tiré a la papelera, y me senté en la silla a esperar a que el médico moviera el culo. Mi hermano volvió un minuto después con el médico pisándole los talones. Me miró y asintió.

—Si necesitas algo más, Atlas, avísame.

Salió de la habitación y nos dejó solos con Kit. Le di la mano al médico y lo llevé hasta mi chica.

—Necesito que le pongas el rastreador en el brazo. Asegúrate de que esté bien profundo para que no pueda quitárselo, y quiero otro en la nuca.

Decidí ponerle dos rastreadores, pero solo le hablaré de uno. Lo que no sepa no le hará daño. A veces juego sucio, pero es por algo. Si por algún milagro escapa, seguiré sabiendo dónde está.

¿Astuto?

Sí, pero necesario.

Miré al médico y sonreí.

—También quiero que le implantes el anticonceptivo en el otro brazo, y que le hagas pruebas de ETS y VIH.

Pronto me la voy a follar. Necesito asegurarme de que esté limpia. No es virgen, y vete tú a saber con quién se ha acostado en los últimos años.

No lo sé porque entonces no la estaba vigilando. Habría sido mejor que fuera virgen, pero no es el caso. Podría haberle hecho una investigación a fondo, pero no me tomé la molestia. Su pasado no me preocupa demasiado.

No es de las que se meten en líos con la ley ni guardan secretos; de eso estaba seguro.

La única información que quiero es sobre su salud.

Nada más. Con el tiempo se abrirá y me lo contará todo.

El buen médico no hizo preguntas ni me miró como si estuviera loco.

Le puso los rastreadores y el anticonceptivo, y luego le sacó sangre según mis instrucciones.

Me miró con una leve sonrisa en su cara rechoncha mientras colocaba los viales en una bandeja y los guardaba con cuidado en su maletín.

—Supongo que querrá los resultados cuanto antes, ¿no?

Sonreí.

—Sí, a ser posible esta noche.

El médico asintió.

—Los llevaré al laboratorio en cuanto salga de aquí, señor.

Pasé el dedo índice por la tirita del brazo de Kit, notando el pequeño bulto debajo, donde el médico había insertado el dispositivo.

Mañana habrá desaparecido y ella estará bien.

Hice lo mismo en su cuello, pero insistí en que no le pusiera tirita.

Esa ubicación era secreta. No tenía por qué saberlo.

Me volví hacia el médico.

—También necesito que le revises los pies. Están destrozados. Necesito una pomada y un antibiótico.

Se acercó al pie de la cama, esperando a que levantara las mantas.

El tipo sabía que no debía tocarla sin mi permiso.

Soy un hombre muy posesivo, y todo el mundo lo sabe.

Seguro que se hacía una idea de lo que pasaba con la chica, pero jamás me cuestionaría.

Le pago muy bien para tenerlo a mi entera disposición las veinticuatro horas del día.

Como es mía, nadie se atrevería a ponerle un dedo encima a menos que yo lo permitiera.

Aunque es médico y probablemente ha visto a muchas mujeres desnudas, esta no estaba ahí para que él la disfrutara.

Solo la vería sin ropa estando yo presente.

Levanté las mantas y dejé los vendajes al descubierto.

Desenrolló la gasa y examinó de cerca los cortes y abrasiones que le cruzaban los talones.

—Son lesiones bastante feas. Te daré una receta de penicilina y Neosporin para aplicar dos veces al día.

Tiene que evitar apoyar los pies durante al menos dos o tres días para que sanen.

Puede ir al baño, pero nada de salir a correr ni pasarse el día paseando por el centro comercial.

La mínima presión posible en esos talones.

Asentí.

—Vale, gracias, Doc.

—Vigila cómo evolucionan, Atlas; puede que pueda apoyarse antes de lo previsto. Usa tu criterio. Puedes quitarle el vendaje por la noche y mientras esté sentada. Los cortes sanarán mucho más rápido así.

Miré al doc mientras le acariciaba distraídamente las plantas de sus pequeños pies.

—¿Cómo de efectivo es el implante anticonceptivo?

Me miró mientras cerraba la cremallera del maletín.

—Bueno, es como todo. Tiene sus riesgos, pero suele ser efectivo en un noventa y nueve por ciento. Algunas mujeres se quedan embarazadas con anticonceptivos, pero las probabilidades son extremadamente bajas. Tienes que esperar siete días antes de mantener relaciones para que haga efecto.

¡Siete días! Se me va a caer la polla antes.

Me froté la barbilla mientras seguía acariciando ligeramente los pies de mi mascota.

—Voy a hacer que le liguen las trompas cuando lleguemos a la isla. No quiero ni un uno por ciento de riesgo de dejarla embarazada, así que prepárate para hacerlo en cuanto lleguemos.

—Como desees, Atlas. Creo que ya he terminado aquí.

—Vale, Doc, muchas gracias. Mándame los resultados de las pruebas antes de que acabe el día.

Asintió y sonrió.

—Lo haré, señor.

Le di una palmada en la espalda y lo despedí. Miré a Kit. El medicamento debería empezar a perder efecto pronto, así que no había tiempo que perder. Necesitaba tenerla inmovilizada antes de que despertara. No quería tener que pincharla otra vez para mantenerla tranquila.

Me quedaré más tranquilo follándomela cuando le hayan ligado las trompas. No me fío de los anticonceptivos. Pensé en una histerectomía en lugar de la ligadura, pero no quería que tuviera que tomar hormonas para evitar la menopausia prematura.

Eso sería demasiado.

La ligadura de trompas bastaría. Fui al armario, saqué las esposas y las llevé a la cama. Se las puse en las muñecas y los tobillos, y luego las aseguré a los huecos que había perforado en los postes.

Estaban unidas a cadenas ajustables para mantener a la persona cómoda o incómoda, según la sesión. Quería que mi Gatita estuviera cómoda. Esto no era un castigo. La até para que no se arrancara los vendajes otra vez si le daba otro ataque.

Sé que no le hará gracia estar inmovilizada, pero mala suerte. Tendrá que aguantarse. No necesito más sangre goteando de sus heridas sobre mi suelo y mis sábanas.

Miré a mi chica dormida, despatarrada en la cama. Mi camisa le queda tan jodidamente enorme que resulta cómica. En cuanto despierte de su coma inducido, la bañaré y le daré de comer. Seguro que está hambrienta, y tendrá bastante sed por la droga.

Todavía no he decidido si dejaré que lleve ropa.

Todavía tiene algunos castigos pendientes.

Tomaré todas las decisiones por ella hasta que se someta y acepte su destino.

Le eché un último vistazo antes de salir de la habitación.

Aunque estaba inmovilizada, cerré la puerta con llave de todos modos.

Sabía que era ridículo pensar así, pero por alguna razón, creía que todavía podía escapar.

Sé que no hay forma de salir de esas esposas, pero la parte irracional de mi cerebro, la que teme perderla, no quiere oírlo.

Volví a la cocina a preparar el almuerzo para los dos. Tuna tiene libertad para campar a sus anchas hasta que le encuentre un nuevo hogar, con suerte mañana. Joey estaba sentado en la isla, observándome.

Arqueé las cejas.

—¿Qué? ¿Tienes algo que decir?

Se removió en el asiento, intentando ponerse cómodo.

—Bueno, tengo algunas preguntas ahora que tengo tu atención. ¿Qué vas a hacer con la chica? ¿Y sabe que vas a regalar a su gato?

Miré a mi hermano con el rostro inexpresivo.

—Bueno, si necesitas saberlo, y obviamente lo necesitas, me quedo con la chica.

Nos acompañará a la isla, donde vivirá conmigo, con mi personal y con quien habite la finca hasta que ella o yo muramos.

Ahora es de mi propiedad. ¿El gato? Sabe que le encontraré un buen hogar al bicho.

Se lo prometí, y yo cumplo mi palabra. Eso lo sabes.

Joey se pasó la mano por la cara y se aclaró la garganta.

—Vale, es tuya, y sé que nunca cambiarás de opinión, pero si pretendes que se enamore de ti, Atlas, no creo que este sea el camino.

Como me he criado contigo, sé lo posesivo que eres, pero es tu vida y nunca me meteré en ella.

Seguro que no le hace ninguna gracia que vayas a regalar a su mascota, pero eso es algo que tenéis que resolver entre vosotros.

Es todo lo que tengo que decir, y ahora me olvidaré del tema.

Miré a mi hermano menor y me encogí de hombros.

—No pretendo que se enamore de mí. Es mi propiedad y la usaré como me plazca.

La recompensaré cuando se porte bien. No la amo.

Estoy obsesionado con ella, eso es todo.

No quiero hijos y nunca me casaré. La cogí porque me dio la gana.

La adiestraré para que me obedezca. ¿El gato?

No, no estaba contenta, pero me importa una mierda.

Se acostumbrará. Además, el gato estará mejor en otro hogar.

No soporto que el puto arenero apeste mi casa. Es mi decisión. ¿Alguna pregunta más?

Joey se frotó la barbilla.

—No, eso es todo. ¿Me necesitas más esta mañana? Tengo unos recados que hacer, si no te importa.

Negué con la cabeza mientras seguía preparando el almuerzo.

—No, puedes irte un rato. Prefiero estar a solas con Kit cuando despierte. Si te necesito, te mando un mensaje.

Mi hermano giró la cabeza, buscando al gato. Chasqueé los dedos, recordando que necesitaba su ayuda con la moda. Lo único que sabía elegir para una mujer era lencería sexy.

—Ah, necesitaré que le compres ropa nueva y ropa interior esta semana. Sé cuánto te encanta ir de compras, y tienes buen gusto. Yo elegiré la lencería por internet y te daré la lista; el resto depende de ti.

Mi hermano se olvidó del gato, se levantó, se ajustó los pantalones cortos que se le habían subido, me levantó el pulgar y me deseó suerte antes de irse.

Me alivió que se fuera. No tenía ganas de responder más preguntas suyas en ese momento.

Lo que hago con mi vida es asunto mío, de nadie más...

punto. Puse nuestro almuerzo en una bandeja y la llevé a la habitación de Kit, cerrando la puerta para que Tuna no entrara y se alterara.

Ah, cierto, ella no lleva bragas. Me reí mientras dejaba la bandeja sobre el escritorio.

Me senté en la silla y observé. Mi Gatita estaba despertando.