Obsesión desquiciada (Serie Desquiciada nº 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Atlas

Estoy esperando a que mi hermano Joey mueva el culo y venga mientras observo el drama que se despliega en mi ordenador. Escondí cámaras en el techo de su dormitorio cuando compré la casa.

Solo tendrá privacidad en el baño, ya que desde allí no hay forma de escapar. No quería que estuviera a oscuras, así que coloqué las ventanas en lo alto, fuera de su alcance. Quiero asegurarme de que le dé mucho el sol.

Al fin y al cabo, ella no hizo nada malo y no será castigada injustamente por haberla secuestrado. Solo la disciplino cuando se porta mal y desobedece, que es justo lo que está haciendo ahora mismo.

La veo gritar y patalear mientras se arranca las vendas que le puse con tanto cuidado. Se está desmoronando por completo. ¿Qué coño? Tengo que entrar y sedarla. No puede estar así cuando llegue el médico, y encima se destroza los pies cada vez que le da uno de estos ataques.

Llené la jeringa con propofol. No afecta a la memoria como el Midazolam, y no es tan potente. Me la guardé en el bolsillo y le mandé un mensaje a mi hermano.

—Joe, ¿dónde coño estás? ¡Mueve el culo!

Le di a enviar y volví a la habitación de Gatita.

Puse la mano en el teclado para desactivar el mecanismo de bloqueo y poder entrar.

Está tirada en el suelo, en la esquina más alejada de la habitación, gimiendo y sollozando.

Las vendas casi han desaparecido; la gasa apenas se sostiene, descolorida por la sangre seca.

Mi camisa le queda enorme. Se le ha retorcido alrededor del cuerpo menudo, dejando al descubierto sus piernas pálidas y la parte alta de los muslos.

No reaccionó cuando me acerqué. Me miró directamente, pero no dijo nada.

De su boca solo salían respiraciones entrecortadas y gemidos apagados.

Parecía ajena a todo lo que la rodeaba. Maldije entre dientes, me agaché y la levanté del suelo.

La llevé a la cama y la deposité con cuidado sobre las sábanas.

—Shhh, shhh —susurré lo más bajo posible para que no volviera a alterarse. No se movió ni protestó. Le toqué los pies con suavidad y negué con la cabeza.

—Mira lo que les has hecho a las vendas, Gatita. Voy a darte algo para que te relajes. Creo que necesitas descansar mientras estoy fuera esta mañana.

Me miró con expresión vacía; un pequeño sollozo escapó de sus labios cuando saqué la jeringa del bolsillo.

—Señor, va a matarme, ¿verdad? Vi esos látigos y todo lo demás que tiene ahí.

No sé qué hice para merecer esto, porque no soy mala.

Nunca le he hecho daño a nadie en mi vida.

Quiero a los animales, creo en Dios, y sin embargo aquí estoy, a merced de un loco —su pequeño cuerpo tembló al soltar otro sollozo.

Mi voz se mantuvo calmada.

—No, Gatita, no te mataré. Jamás te haría daño de muerte, así que quítate esa idea de la cabeza.

No has hecho nada malo, mascota. Vi algo que me gustó y lo cogí.

Esto no tiene nada que ver con el karma ni con tu fe en Dios.

Todo tiene que ver conmigo, y solo conmigo.

En cuanto a lo que encontraste en el armario, ya hablaremos de eso cuando despiertes.

Le acaricié la cabeza para calmarla.

—Ahora quiero que descanses, y no te preocupes por lo que viste. Nada de eso importa ahora mismo. Cuando te lo explique todo, lo entenderás.

Quité la tapa de un tirón y le clavé la aguja en el brazo, inyectándole el sedante antes de que pudiera protestar o llorar más fuerte. Seguí acariciándole el pelo mientras esperaba unos minutos a que la droga hiciera efecto.

Cerró los ojos y se dejó llevar hacia la oscuridad. Le coloqué bien mi camisa arrugada y enorme, alisándole las arrugas de debajo.

Le bajé la bata improvisada para taparle la parte inferior del cuerpo y la cubrí con la manta para que no pasara frío.

Estará inconsciente un buen rato, así que quizá haya descansado bien cuando despierte.

Hablaremos de por qué está conmigo y de lo que significan para ella todos esos juguetes que encontró.

Aunque me deleito con sus súplicas y ruegos, no quiero asustarla de muerte.

Lo último que quiero es que se desmorone por completo.

Ese no es mi plan. Es hora de dejar de jugar, de decirle lo que espero de ella y las recompensas que recibirá si cumple.

Así de simple. Por supuesto, sé que le cuesta asimilar todo esto, pero se adaptará.

Tiene tiempo de sobra para aprender a complacerme.

Nunca someteré su cuerpo a nada que no pueda soportar, pero llevaré sus límites al extremo.

Está hecha para mí; aún no se da cuenta. Le curé los pies y se los vendé bien por segunda vez esta mañana. Puede que tenga que inmovilizarle las piernas hasta que sanen. Se abre los cortes cada vez que pierde los nervios.

La contemplé durante unos minutos, disfrutando de su extraña belleza.

Tenía los labios más carnosos y naturales que había visto en mi vida, de un tono cereza claro.

Sus pestañas oscuras como el hollín, posadas sobre su pálida piel de marfil, resultaban impresionantes.

Me incliné y le di un beso en la frente.

«Duerme bien, muñeca. Te veré cuando vuelva».

Me alejé de mi bella durmiente y salí de la habitación, dejándola bien encerrada.

Fui a la cocina y me serví un vaso de agua.

Tengo la garganta seca esta mañana. Guardé el batido de Kits en la nevera.

No parecía que fuera a bebérselo para desayunar, al fin y al cabo. Oí un motor fuera. Apreté los puños al escuchar el portazo del coche. ¡Mi hermano había llegado por fin!

Lo recibí en la puerta con el ceño fruncido.

—¿Qué coño, Joe? ¿Por qué has tardado tanto?

Se encogió de hombros con una sonrisa.

—He tenido que parar a por el café de la mañana, Atlas. No funciono sin él. Ya lo sabes.

Si cualquier otro me hablara así, lo habría dejado inconsciente de un puñetazo por ignorar mis necesidades. Estoy acostumbrado a conseguir lo que quiero cuando lo quiero. Tengo gente a mi entera disposición a todas horas.

Joey y Zach son los únicos dos hombres que pueden permitirse estas mierdas, y lo saben. Los crié como si fueran mis propios hijos después de que murieran mis padres. La mueca torcida de mi cara dejaba claro lo jodidamente cabreado que estaba.

—Sí, entiendo que necesitas tu puto café por la mañana, pero cuando te mando un mensaje para que vengas aquí LO ANTES POSIBLE, quiero decir AHORA, antes del café o de cualquier otra cosa. ¡No me toques las narices, chaval!

Mi hermano se pasó los dedos por el pelo y puso los ojos en blanco. —Uggh. Tienes que tomarte algo para ese genio tuyo, Atlas. Ya estoy aquí, ¿no?

Dejó el café sobre la mesa.

Una sonrisa le cruzó el rostro mientras se sentaba.

—Seguro que si tuvieras un cadáver del que deshacerte, no me llamarías a mí. Eso se lo dejarías a tu equipo de limpieza. Sabes que no aguanto esa mierda. Vomitaría por todo el suelo, y sé lo maniático que eres con la limpieza. Mi lado sensible no soporta ese tipo de drama.

Negué con la cabeza y lo agarré del brazo.

—Ven conmigo. Tengo que enseñarte algo.

Lo llevé hasta mi bella durmiente y accedí con mi huella en el teclado. A Joey se le desencajó la mandíbula.

—Umm, ¿qué está pasando aquí, Atlas? ¿Por qué hay una chica inconsciente en tu cama? Ya te dije que no quiero tener nada que ver con tus ejecuciones ni tus interrogatorios. Conozco tus métodos violentos. Para eso necesitas a Jacob o a Yara.

Solté un suspiro hondo mientras lo llevaba hasta la silla. —Siéntate. No es nada de eso. ¿Alguna vez te he metido en esa mierda en toda tu vida?

Negó con la cabeza mientras se sentaba.

—Este es el trato, Joey. Me he quedado con esta chica, y quiero que la vigiles cuando salga de casa. Eso significa que tienes que venir inmediatamente cuando te mande un mensaje, o puedes quedarte en la habitación de invitados.

Mi hermano me miró como si estuviera loco.

Se frotó los ojos como si viera un espejismo.

—¿Por qué ibas a secuestrar a una chica al azar?

O sea, ¿te cuesta encontrar mujeres dispuestas?

Si ese es el problema, puedo darte una lista de veinte que estarían encantadas de hacer cualquier guarrada que te guste.

He visto cómo quedaban algunas de esas mujeres después de que acabaras con ellas.

Lo fulminé con la mirada.

—Me importa una mierda lo que hayas visto, oído o fantaseado en esa cabeza tan bonita que tienes.

Lo que hago con mis mujeres en mi tiempo libre no es asunto tuyo, así que no te metas.

Cuidarás de la chica mientras yo esté fuera.

Nos vamos en tres meses. Hasta entonces, se quedará aquí conmigo de forma discreta, por así decirlo.

Le ordené a Joey que se acercara al teclado.

—Pon la mano aquí, por favor. Tengo que programarla para que puedas entrar. —Mi hermano volvió a poner los ojos en blanco, algo que hace constantemente, y aunque estoy acostumbrado a sus impertinencias, hoy no tengo ni pizca de paciencia para eso.

—Deja de poner los ojos en blanco, Joey. Pon la maldita mano en el teclado.

Sabía que no debía provocarme demasiado y obedeció. Pulsé unos cuantos botones en el dispositivo de seguridad y, como por arte de magia, Joey tuvo acceso a mi mascota.

Lo miré, totalmente cabreado.

—¿Ves? No era tan jodidamente difícil. Voy a salir un rato. Tienes que vigilarla. Esta puerta tiene que estar cerrada en todo momento, Joey. ¿Entendido?

Asintió.

—Por supuesto que lo entiendo, Atlas. Me aseguraré de que todo esté bien cerrado, para que tu palomita no se escape volando. ¿Cuánto crees que tardará en despertar?

Saqué a Joe de la habitación, cerré la puerta tras de mí y nos dirigimos a la cocina. Fui corriendo hasta la isla y cogí las llaves.

—Seguirá inconsciente un buen rato. Siéntate en mi escritorio, frente al ordenador. La cámara está encendida. Solo tienes que ayudarla si se despierta y necesita algo. No debería despertar antes de que vuelva, pero ahora eres su canguro oficial. Así que ve haciéndote a la idea.

Le di una palmada en la espalda a Joey y salí por la puerta. Tenía que acabar con esta mierda de una vez por todas.

Atlas

Me adentré en el bosque detrás de la casa de Gatita y aparqué en el mismo sitio de anoche. El lugar estaba desierto y oculto desde la carretera principal. Al estar tan aislado, nadie debería detectarme.

Me alegro de habérmela llevado cuando lo hice. Es demasiado peligroso vivir aquí fuera completamente sola. Es tan poquita cosa que alguien más grande podría dominarla fácilmente. Alguien como yo, y ni siquiera soporto pensar en eso.

Solo pensar en que alguien más se meta con lo que es mío me pone furioso. Mataría al cabrón, igual que voy a hacer que ese maricón se arrepienta de haber intentado aprovecharse de ella la otra noche. Ya me encargaré de ese pulguiento a su debido tiempo.

Apagué el motor y salí del coche. Fuera hacía calor y lucía el sol.

Esta mañana el suelo estaba seco y mis huellas de ayer habían desaparecido.

Caminé tranquilamente hasta el porche delantero y abrí la puerta.

No la había cerrado con llave anoche. Tengo que entrar y salir de aquí rápido. No hay tiempo para gilipolleces.

Le había preguntado a Gatita dónde estaban su portátil y su móvil, pero no me contestó. Recorrí rápidamente la planta baja buscando lo que necesitaba llevarme.

En cambio, lo único que encontré fue al gato paseándose por el salón. Subí al segundo piso de dos en dos escalones. En su despacho encontré el portátil sobre el escritorio. Me lo metí bajo el brazo y fui a su dormitorio.

Eché un vistazo rápido buscando el móvil y lo encontré sobre la cama. Debía de dormir con él por si había alguna emergencia. Lástima que no le sirvió de nada cuando la pillé anoche. Desactivé la localización y reinicié el teléfono por si la policía le había puesto un rastreador.

Lo apagué de inmediato y me lo guardé en el bolsillo, luego corrí al armario. Cogí una de sus bolsas de deporte grandes del suelo y la llené con algo de ropa. Metí la mano y fui cogiendo rápidamente todo lo que pillaba de las perchas. Me volví hacia la cómoda e hice lo mismo.

Lo metí todo en la bolsa, incluidos el portátil, el móvil y su Louis Vuitton, que estaba en el suelo del dormitorio. Cerré la cremallera y bajé corriendo a por Tuna.

Lo encontré tumbado en el sofá, dormido. Busqué con la mirada por el salón y el comedor un transportín. Por suerte, estaba justo debajo de la mesa. Lo cogí y me acerqué al sofá donde dormía el gato.

Me acerqué de puntillas para que no me oyera. Tenía que ser lo más silencioso posible. Si se asustaba y salía corriendo, no había tiempo para perseguirlo por toda la casa. Dejé el transportín en el suelo con cuidado, abrí la parte de arriba y me deslicé hacia el animal.

Ya ha mostrado su verdadera naturaleza huyendo cuando alguien desconocido entra en la casa. Alargué el brazo y lo cogí en brazos sin dificultad. Por suerte, no me arañó ni me mordió.

No estoy de humor para pelearme con un gato. Lo metí con cuidado en el transportín, sobre la manta, y cerré la puerta para que no escapara. No tengo tiempo de buscar el arenero, y ni de coña pienso limpiar esa mierda.

Yo no limpio cagadas ni meados de gato. Para eso pago a otros. Pararé en algún sitio y le compraré un arenero nuevo con arena limpia y comida húmeda.

Puedo matar a un ser humano sin pensármelo dos veces, pero jamás haría daño a un animal. Lo tendré en mi casa esta noche y mañana lo daré en adopción. Es lo mejor para él.

De todos modos, ella no va a andar correteando por su habitación esta tarde. Pienso tenerla encadenada a la cama y sin poner los pies en el suelo, al menos durante un rato. Mantenerla inmovilizada es el castigo por haber tocado los vendajes esta mañana. Cogí mi equipaje y salí al porche.

En cuanto marqué el código, cerré la puerta tras de mí y me adentré en el bosque. Dejé a Tuna en el asiento del copiloto, arranqué el motor y me fui.

Puede que pase un tiempo antes de que alguien note su desaparición.

Trabaja desde casa, y no sé con qué frecuencia ve a su amiga Becca, pero la policía sabe que tiene un acosador.

Apuesto a que emitirán una orden de búsqueda esta tarde o mañana por la mañana.

Gatita no se habla con su madre. La oí por teléfono con Becca, hablando de su madre y de su relación rota.

Ya le sacaré la información sobre eso en su momento.

Nunca me molesté en investigar sus antecedentes.

Podré sonsacarle toda la información yo mismo.

Vuelvo al presente cuando paro en la tienda de mascotas a comprar lo que necesito para el animal.

Niego con la cabeza y me río. Soy un asesino letal que acecha y mata a sus presas, pero aquí estoy, comprando cosas para Tuna, el puto gato de mi cautiva. A estas alturas, sé que estoy loco.