Capítulo 15
Atlas
Me froté la barbilla, pensando si decirle que Tuna estaba en mi casa o que ya lo había dado en adopción. Me encogí de hombros.
Se merecía la verdad. Voy a ser sincero con ella.
—Sí, fui a tu casa. Cogí algo de ropa para que te cambies estos días.
Mi hermano te comprará más, así que tendrás muchos conjuntos mientras estemos aquí.
Cuando lleguemos a Santo Tomás, podemos ir de compras juntos.
En cuanto a tu gato, está bien. Anda correteando por algún lugar de la casa. Mañana le buscaré un nuevo hogar.
Se le iluminó la cara y se emocionó con la sola mención del animal.
—¿Está aquí? Dios mío. Por favor, ¿puedo verlo?
No lo entiendes; es como mi hijo. Por favor, ¿puedo quedármelo?
¿Qué daño haría? Me encargaré de su caja de arena.
Puedo tenerla aquí mismo, en esta habitación.
Mi comportamiento cambiará y prometo controlar mi bocaza.
Mi gato necesita estar conmigo. Me pondría de rodillas para suplicarte, pero por desgracia estoy encadenada.
Se echó a llorar.
—Por favor, por favor... déjame quedármelo.
La observé mientras suplicaba por su gato. Era preciosa, sin más. Me encanta cuando suplica. Ya que está negociando conmigo para quedárselo, voy a sacarle el máximo partido.
—Entonces, ¿quieres hacer un trato, mascota? ¿El gato a cambio de tu sumisión? Puedo arreglarlo, pero la pregunta es: ¿te echarás atrás como hiciste anoche cuando huiste?
Sus ojos se iluminaron y las lágrimas cesaron de inmediato.
—Te lo juro por Dios. Si me dejas quedarme con mi gato, no pelearé a la hora del baño ni dudaré en quitarme la ropa delante de ti. Me portaré bien. Lo prometo. Y si no, ¡puedes azotarme el trasero si eso te complace!
La miré, divertido.
Se someterá con tal de quedarse con su maldito gato. Sé que no aguantará mucho portándose bien, especialmente cuando le cuente que planeo hacerle ligar las trompas en un par de meses.
Me parece un intercambio justo: el gato a cambio de su buen comportamiento, o puedo azotarle el trasero. Veamos cuánto aguanta cuando la someta a los castigos que me debe.
Sonreí a mi pequeña prisionera, sabiendo que esto sería todo un reto para ella, incluso teniendo a su gato en juego.
—De acuerdo, te diré una cosa. Te dejaré quedarte con Tuna si te portas bien. Asegúrate de cumplir tu parte del trato, cariño, porque si no, voy a azotarte, y sabes muy bien que lo digo en serio. Disfrutaré viéndote retorcerte y suplicar clemencia.
Sus ojos volvieron a la vida y su sonrisa se ensanchó.
Mi voz era suave pero seria.
—Te soltaré después de comer si prometes no venirte abajo otra vez ni arrancarte las vendas de los pies. Recuerda que todavía me debes tres castigos, y te aplicaré uno en breve. Eso no es negociable.
Tragó saliva con dificultad, pero mantuvo la compostura.
—Te prometo que me portaré bien. Haré lo que sea necesario para quedármelo.
No pude contener la sonrisa, sabiendo que tendría a mi gatita suplicando clemencia antes de lo que pensaba. Estoy deseando jugar con ella.
—Te quitaré las ataduras de las muñecas para que puedas comer.
Las cadenas de los tobillos son lo bastante largas para que te sientes.
Tengo una bandeja para que disfrutes del almuerzo cómodamente mientras descansas los pies.
Podemos hablar mientras comemos. Te traeré a tu gato cuando termine de bañarte y hayas cumplido tu castigo.
Le sonreí.
—Recuerda nuestro trato. Odiaría tener que dejarte más verdugones en el trasero sin darte placer al mismo tiempo.
Le solté las esposas de las muñecas, dándole libertad suficiente para comer. Sus piernas seguirán sujetas por ahora.
La agarré por la cintura y la incorporé hasta sentarla. Las cadenas eran lo bastante largas y le permitían cerrar las piernas estando sentada.
Le temblaron los labios y los ojos se le llenaron de lágrimas.
—¿A qué vienen esas lágrimas, mascota? ¿No te alegra que Tuna se quede contigo?
Asintió.
—Sí, lloro de felicidad. Muchas gracias por esto. Te lo agradezco muchísimo.
Alcé una ceja y sonreí con aire victorioso.
—Bueno, me ofreciste un trato que no pude rechazar. No me gusta tener una caja de arena en casa, pero puedo aguantarlo si la mantienes limpia. Si huelo algo, se acabó el trato.
Sonrió, emocionada.
—La mantendré limpia. No olerás nada, te lo prometo. Nunca dejo que se ponga sucia y asquerosa en casa, y aquí haré lo mismo.
Coloqué la bandeja frente a ella.
Había una buena ración de ensalada de macarrones, una loncha gruesa de jamón magro al horno con queso en un bonito panecillo francés, varios condimentos a elegir, un trozo de tarta de queso con fresa, una lata de ginger ale y una botella de agua.
—Aquí tienes, mascota. Come mientras te explico lo que va a pasar de ahora en adelante.
Estaba preciosa. Sus largas pestañas oscuras enmarcaban unos ojos verde esmeralda como nunca había visto. Me resultaba irresistible. Tuve que contenerme para no tomarla allí mismo. Quería follármela hasta dejarla sin sentido.
Me miró entre bocado y bocado de su sándwich.
—No me había dado cuenta del hambre que tenía. Gracias por el almuerzo.
Qué actitud tan dulce la de mi chica, y todo por un gato.
Sonreí.
—La comida y la bebida son parte de tu alojamiento y manutención. Es lo mínimo que puedo hacer a cambio del uso de tu cuerpo.
Se puso rígida al oír mis palabras, pero guardó silencio.
—Tuna forma parte de tu sumisión, así que cuida tus modales o el gato se va.
Ella dio un buen trago de refresco y volvió a sonreír.
—Bueno, me portaré lo mejor posible, pero la verdad —sus ojos se movieron de un lado a otro y le tembló la mano—, si me quemas la piel o me haces algo horrible, no puedo prometerte que no intentaré apartarme o gritar.
Sonriendo, terminé lo que quedaba de mi sándwich y lo acompañé con el resto del agua.
—Te prometo que no te quemaré la piel, así que deja de darle rienda suelta a tu imaginación.
Me miró con cautela antes de responder.
—B... bueno, no te conozco ni sé de lo que eres capaz. Después de que me azotaras casi hasta dejarme en carne viva y de ver esas cosas en el armario, pues sí, me preocupa un poco lo que tengas planeado para mí.
Me acerqué y le acaricié la pierna mientras mordía la tarta de queso. Esta vez no se estremeció ni intentó apartarse.
Tiene a Tuna en la cabeza.
—Déjame explicarte las cosas con más detalle para que entiendas quién soy y por qué estás aquí.
Como te he dicho muchas veces, te considero de mi propiedad.
Estoy obsesionado contigo. Ya no me importa el porqué.
Quiero jugar con tu cuerpo, darte dolor mezclado con placer.
Descubrí el BDSM en la adolescencia, y desde entonces ha definido quién soy.
Mi mano subió más y se posó en su muslo.
No se estremeció, pero su mirada era de preocupación.
Sonreí mientras continuaba mi exploración, tanteando su reacción.
—Mi capacidad de matar sin remordimientos es irrelevante. Esto es un fetiche sexual, nada más.
Movió los ojos de un lado a otro.
—Entonces, ¿vas a azotarme y darme con la vara a menudo?
Apoyé una mano en su muslo y me froté la barbilla con la otra.
—No todos los días, pero si te inflijo dolor por mi propio deseo, no será sin recompensa.
Nunca te haré sangrar. No quiero que quedes llena de cicatrices.
Eso sí, no te recompensaré si te estoy disciplinando.
Tendrás que aguantar el castigo sin placer.
Se rio nerviosa. —Supongo que no puedo negociar para librarme de los castigos que te debo.
Levanté las cejas con una sonrisa. —Rara vez negocio un castigo, pero puedo darte a elegir. ¿Qué prefieres? ¿Dolor o humillación?
Se aclaró la garganta antes de responder.
—Odio el dolor, aunque de adolescente me autolesionaba, me cortaba. Creo que ese era un tipo diferente de dolor. Era...
La interrumpí antes de que pudiera terminar.
—¿Te cortabas? —pregunté sorprendido.
—No vi cicatrices cuando te metí en la bañera.
Movió los ojos de un lado a otro mientras su mente rebuscaba en sus recuerdos.
—Tenía cicatrices en los muslos, detrás de las rodillas y en la parte alta de las piernas.
Me las quitaron con láser. Necesité bastantes sesiones hasta que desaparecieron.
Nunca me corté profundo, solo superficialmente.
—Le parpadearon los ojos mientras los recuerdos la inundaban.
—Aun así dolía, y ahora que lo pienso, acogía toda esa incomodidad con placer. Encontraba liberación en el dolor que me provocaba.
Arqueé una ceja mientras la miraba con intensidad.
No sabía que tenía entre manos a una pequeña cutter. Se me hace la boca agua mientras la escucho hablar de cómo disfrutaba el dolor.
—Entonces, dime, ¿cuándo dejaste de hacerte daño?
Ladeó la cabeza, escarbando en su pasado.
—Fue cuando tenía unos diecisiete años, creo.
A petición de mi padre, tuve que ir al psiquiatra durante un tiempo.
Mi madre y yo teníamos una relación horrible, y solía pegarme con cinturones, paletas, zapatos, matamoscas y cualquier cosa que pillara con sus asquerosas manos.
Mi infancia no fue precisamente un camino de rosas. Fue bastante jodida.
Tragó saliva y continuó.
—Por toda la negligencia y el maltrato que me infligió mi madre, corté todos los lazos con ella para siempre. No he hablado con ella en unos cinco años. Para mí, es un desperdicio de oxígeno. Mi única familia es Becca y, por supuesto, Tuna.
Apartó la bandeja.
—Basta de mi vida trágica. Ya he terminado de comer, si quieres llevarte esto. Quiero quitarme esta ropa y meterme en la ducha o en la bañera, lo que prefieras. Esta camisa me queda enorme y es incómoda.
Así que su madre la maltrataba físicamente y ella se cortaba para sobrellevar el dolor emocional.
Puedo entrenar a esta pequeña belleza para que sea exactamente lo que necesito.
Puede que lleve tiempo hacer aflorar esa parte de su personalidad, pero sé que no tardará tanto como pensé.
En el fondo, lo crea ella o no, es una masoquista.
Retiré la bandeja y le solté los tobillos de las esposas.
Seguía sentada en la cama cuando me senté a su lado.
Mi cercanía la hizo tragar saliva, nerviosa.
Seguía muy cautelosa, y no la culpaba, pero se acostumbrará a mí.
No soy tan difícil de complacer; si hace lo que quiero, tendrá el mundo a sus pies a cambio de su sacrificio a mi libertinaje.
Me acerqué y le desabroché mi enorme camisa.
Se quedó quieta, sin moverse. Apenas podía oírla respirar.
Qué buena chica. Ese gato debe de importarle mucho para entregarse a mí tan voluntariamente.
Le quité la prenda y la dejé desnuda en la cama.
Dios, voy a tener que follármela pronto.
Cada vez me costaba más no tomármela cuando la bañaba o le cambiaba los vendajes. Mis malditos huevos parecían a punto de reventar. Probablemente tendré que hacerme una paja en algún momento del día.
Le quité los vendajes de los pies para prepararla para el baño. La habría metido en la ducha, pero no quería que se pusiera de pie sin la gasa.
—Quédate aquí sentada. No te levantes. No puedes apoyarte en esos cortes durante unos días. Órdenes del médico.
Levantó el brazo y se fijó en la pequeña tirita.
Su voz era casi un susurro.
—Supongo que me puso el rastreador mientras dormía.
La miré mientras una leve sonrisa se dibujaba en mis labios.
—Te dije que lo haría. No miento, Gatita. También hice que te implantaran el anticonceptivo en el otro brazo. Como sabes, tarde o temprano voy a follarte. Eso no es ningún secreto.
Jadeó y bajó la mirada mientras se removía incómoda. Quería follarla en ese mismo instante, pero me contuve.
—Kotyonok, nunca te lo oculté. Sabes que estoy deseando meterme en ese coñito apretado tuyo, y será pronto.
Me fulminó con la mirada, pero se contuvo antes de soltar el veneno que tenía en la punta de la lengua.
—Lo sé. ¿Cómo no iba a saberlo? Estoy aquí sentada desnuda frente a ti otra vez. Me bañas y me vistes. Sé lo que viene. Y, ¿qué significa Kotyonok?
Le sonreí; era tan mona.
—Significa gatita en ruso.
Me miró confundida.
—¿Eres ruso? No tienes acento.
Asentí.
—Sí, Gatita, soy mitad ruso y mitad portugués. Mi padre era ruso y mi madre, portuguesa.
No pude resistirme a acariciarle los pechos suavemente. Se estremeció, pero no se apartó.
Buena chica.
—Aunque viví en Rusia los primeros diecisiete años de mi vida, mis hermanos y yo nos instalamos en América, de ahí que no tenga acento ruso. Nunca volvimos a nuestro país.
Aparté la mano de sus fabulosas tetas y me levanté de la cama.
—Vuelvo enseguida. Quédate ahí sentada. Voy a prepararte el baño.