Capítulo78
En el interior del ayuntamiento, la sala donde se celebraba la rueda de prensa estaba abarrotada de periodistas llegados de todas partes del país.
Toda la atención mediática se centraba en Sparvara, foco de una operación masiva de lucha contra el crimen organizado y escenario del acto final en el caso del sicario internacional que hasta hacía poco encabezaba la lista de los criminales más buscados del mundo.
Las cámaras y los ojos de los presentes se centraban en los ponentes sentados en sus mesas en el estrado: la comisaria jefe Claudia Venturoli y los fiscales adjuntos Giuseppe Torrese y Stefano Gandolfi, que habían colaborado en las últimas fases de la investigación sobre el sicario conocido como Valraven y la red criminal del Santo.
Al macabro descubrimiento de los cadáveres en la villa de Santini siguieron las detenciones de otras personas relacionadas con las actividades del clan.
Mientras los tres respondían a las preguntas de los periodistas, turnándose al micrófono, Aurora los observaba desde un lateral, justo al lado de la salida de emergencia.
—Hola, Astuta.
Aurora se dio la vuelta y se encontró con la mirada de De Robertis.
—¿Todavía con ese apodo?
—Ahí delante deberías estar tú —replicó mientras señalaba el estrado con un movimiento de cabeza—. Resolviste el caso prácticamente tú sola.
Aurora levantó ligeramente un hombro.
—No te pases. Ha sido un trabajo en equipo. En ese sentido... gracias por confiar en mí. No podría haberlo hecho sin tu ayuda.
—Ha sido un honor colaborar contigo —dijo De Robertis mientras la miraba con una cierta admiración.
Antes de que pudiera responder, Aurora oyó que decían su nombre por el micrófono. Se volvió hacia los altavoces y se dio cuenta de que Venturoli la señalaba desde el escenario.
—He aquí una mujer policía que se ha distinguido por su perspicacia, su valor y su espíritu de sacrificio, y cuya contribución ha sido decisiva para detener al despiadado criminal conocido como Valraven.
—Lo sabía —susurró De Robertis—. Ahora ve hacia ahí, este es tu momento —y la empujó como para animarla a subir al escenario.
—¿Subinspectora Scalviati? —la instó Venturoli—. ¿Quiere subir con nosotros para responder a algunas preguntas de los periodistas?
Todos los presentes se volvieron hacia ella.
Aurora se ruborizó de inmediato. Estaba tan avergonzada que no pudo decir ni una palabra.
El funeral de Elena había tenido lugar la tarde anterior.
Aunque había conseguido atrapar al asesino, el precio pagado en víctimas había sido demasiado alto.
No estaba de humor para celebraciones, solo necesitaba atar cabos.
Levantó una mano en señal de que continuara.
Hubo un momento de silencio en la sala. Luego, desde las primeras filas, algunos de los presentes empezaron a aplaudir. Pronto, todo el público estalló en un largo y estruendoso aplauso.
El primero en levantarse fue Isaak Stoner, seguido de cerca por Piovani y luego por Longhi, el exmarido de Elena, que iba acompañado por el operador de vídeo de la cadena de televisión privada donde trabajaba.
Los demás les imitaron, y fue como una ola que sube con la marea.
No dejaron de aplaudir hasta que Aurora decidió atravesar el espacio que la separaba del estrado.
Evitó sentarse, cogió un micrófono y se aclaró la garganta. Se quedó inmóvil, por un momento, ante el público de periodistas y miembros de la policía.
—Disculpen, no se me dan muy bien los discursos —dijo.
Tenía la mente como una hoja en blanco. Era incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Entonces pensó en su padre, en cómo habría deseado que estuviera allí con ella en ese momento. Y fue como si se le deshiciera un nudo en la garganta.
—Francesco Scalviati no era un hombre que sonriera a menudo, pero cuando lo hacía, era como si toda su figura se transformara.
Ya no parecía tan... distante. Por un momento, abandonaba el papel de magistrado y se convertía en un padre, un marido, un hombre como cualquier otro.
—Aurora ni siquiera se dio cuenta de que había empezado a hablar—.
La mayor parte del tiempo, sin embargo, lo recuerdo con esa expresión distante, con arrugas que le cruzaban la frente y ojos como rendijas, de los que no entraba ni un rayo de luz: era la cara de cuando estaba en el estudio, en casa, trabajando en sus casos, como si de su resolución dependiera su vida misma.
»Y así era, en efecto, porque mi padre era un hombre que creía en la justicia y habría dado cualquier cosa por conseguirla.
Hace doce años, era a Valraven a quien perseguía cuando le disparó un hombre en quien confiaba.
Mi padre luchaba contra el crimen organizado, una lucha desigual, pero los grandes retos nunca le asustaron.
—Los ojos de la muchacha se humedecieron y sintió que se le quebraba la voz, pero se esforzó por continuar—.
Los acontecimientos de estos días fueron terribles y hubo momentos en los que pensé que no lo conseguiría.
Pero entonces recordé por qué decidí unirme a la policía.
Para continuar el trabajo de mi padre. Para que se sintiera orgulloso de mí. Para vengarme del destino.
Un gran aplauso arrancó del público de manera espontánea. Aurora levantó la vista y por un momento creyó verlo a él, a su padre, sentado en primera fila mientras la miraba con orgullo. Parpadeó varias veces para recuperar el contacto con la realidad y concluyó su discurso.
—Dedico este momento a Francesco Scalviati, mi padre. Sin su sacrificio, yo no estaría hoy aquí.
Aurora asintió en dirección a los demás oradores y se apresuró a bajar del escenario.
Haber dejado fluir sus emociones ante el público había sido liberador, pero al mismo tiempo aterrador.
Mientras continuaban los aplausos, cruzó el vestíbulo, salió de la sala y se dirigió al exterior del ayuntamiento.
Una vez fuera, apoyó la espalda contra la pared del edificio y luchó por contener las lágrimas.
Se secó los ojos al ver que Bruno se acercaba, acompañado de Chia.
—Si vais a la rueda de prensa, acabáis de perderos el momento más memorable. Cuando he dejado a un lado mi dignidad y he hablado en el estrado —intentó bromear.
—¿Has dado un discurso en público? —se burló Bruno—. Esto sí que es un acontecimiento trascendental.
Aurora volvió la mirada hacia Chia, pero la joven se apresuró a apartarla.
—Siento lo de tu madre. Quería decírtelo en el funeral, pero preferí mantenerme al margen. Puede que ahora me odies. Y si es así, no te culpo. Yo misma me abofetearía la mayor parte del tiempo...
—No tienes que decir nada, Aurora —dijo Bruno.
—No, quiero hacerlo. Necesito hacerlo...
—Aurora empezó a torturar el anillo que llevaba en el pulgar mientras buscaba las palabras adecuadas para continuar, aunque la mirada de Chia estaba distante, perdida en lo que parecía una rabia infinita—.
Me pregunto cuántas veces has pensado que, si yo no hubiera irrumpido en tu casa aquella noche, Elena seguiría aquí.
Y aquí estamos, reviviendo el pasado, pensando en cómo habrían salido las cosas si hubiéramos actuado de otra manera...
»Eso es lo que nos afecta. No podemos cambiar el pasado, por mucho que lo deseemos.
Yo tenía tu edad cuando murió mi padre y todavía lo echo de menos todos los días.
Pero empecé a sentirme mejor cuando dejé de pensar en cómo podrían haber sido las cosas y me esforcé por cambiarlas. En el presente. En mi vida.
Chia se volvió hacia Aurora.
—No te odio. Es solo que me gustaría que mamá estuviera viva. La verdad es que verte me recuerda que fuiste la última persona con la que hablé aquella mañana, antes de la explosión... Lo siento, será mejor que entre.
Hizo ademán de marcharse.
—No permitas —añadió Aurora— que esta tragedia apague la luz que hay en ti. No dejes que la ira o el dolor te definan. Eres una chica maravillosa, nunca lo olvides.
—Lo intentaré —dijo en apenas un susurro.
Bruno y Aurora se quedaron solos, frente a frente, envueltos en un silencio embarazoso.
—Te agradezco lo que has intentado hacer —dijo él entonces—. Y siento que no haya salido como esperabas.
—¿Y tú me odias, Bruno? —le preguntó a quemarropa.
—¿Cómo podría odiarte? —Le tocó la mano. Luego se aclaró la garganta, serenándose—. He venido porque necesito hablar con Piovani.
—He oído que tiene un nuevo compañero de piso.
—Sí, aunque no por mucho tiempo —señaló Bruno—. Laerte tiene toda la intención de volver pronto a su vida. Este asunto le ha cambiado profundamente.
—Gianfranco debería poner una pancarta fuera de casa: Clínica de Rehabilitación Social Piovani.
—Luego se tapó la boca con la mano, dándose cuenta de lo inoportuno que había sido aquel comentario.
Después de todo, Piovani había apoyado a Bruno durante un período difícil de su vida—.
¡Dios mío! Lo siento. No quería... No quería...
La sonrisa de Bruno la tranquilizó.
—Es una muy buena idea. Se lo comentaré.
—Vi a Longhi ahí dentro. Por su expresión, hasta parecía amistoso.
Bruno asintió.
—Lo que le pasó a Elena fue demasiado para él.
Chia se enfrentó a él, creyendo que iba a apelar al tribunal de menores.
Longhi asumió su responsabilidad, reconoció sus errores y se disculpó por cómo se había comportado en el pasado.
Dijo que aceptaría cualquier decisión de su hija y que no la obligaría de ninguna manera para que volviera a vivir con él.
—Eso es un alivio...
—Bueno, nos vemos, Scalviati.
La mirada de Bruno transmitía todas las palabras que no podía decirle. No ahora.
—Cuídate, Colasanti. —Y lo vio desaparecer por la gran puerta de cristal del ayuntamiento.
Casi simultáneamente, Isaak Stoner salió del edificio. Iba vestido de manera impecable, como siempre, pero en lugar de corbata se había puesto un pañuelo que cubría estratégicamente el moratón dejado por la cuerda con la que Valraven había intentado ahorcarlo.
—¿Cómo estás hoy? —preguntó Aurora, con una pizca de aprensión. Isaak se había negado a ir a urgencias, y solo había tomado algunos analgésicos.
—El cuerpo, bien. Es mi orgullo el que está herido.
—No digas eso. A mí también me pilló con la guardia baja.
—Pero no te rendiste. Nunca. —Stoner se puo serio—.
Cuando estaba indefenso en aquel invernadero, y aquel asesino anudaba la soga alrededor de mi cuello, mi mente vagaba por los escenarios más negros.
No niego que tenía miedo a morir, que pensé que aquel era el último acto de mi carrera: asesinado por el mismo verdugo al que había dado caza durante años, junto con tu padre.
Pero también había una idea insistente que no me abandonaba.
Una certeza que no podía explicar con palabras, pero que me ayudaba a mantener la cordura.
La certeza de que vendrías y me salvarías la vida.
—Gracias —balbuceó Aurora—. Pero todo lo que sé lo aprendí de ti.
Stoner sonrió abiertamente.
—Mírate, eres el orgullo de tu departamento. Francesco estaría muy orgulloso de ti.
—Daría lo que fuera por poder volver a abrazar a papá —replicó Aurora con voz entrecortada.
—Lo sé, Dawnee...
Aurora tuvo que bajar la mirada para no mostrar que estaba al borde de las lágrimas.
Stoner la rodeó en un abrazo y ella dejó de contenerse, permitiéndose llorar.
Después de todo lo que había pasado, no solo en los últimos días, sino después de la bala en la cabeza, de la rehabilitación, de las sesiones con el psiquiatra, era como si por fin, ahora, se sintiera segura. Como si estuviera... curada.
—Me gustaría que no te fueras ya —dijo con voz temblorosa.
—Al contrario —replicó Stoner—. He pensado que Sparvara y yo hemos empezado con mal pie. Pienso quedarme una temporada en este bonito pueblecito, probar la cocina típica emiliana y visitar los alrededores como un turista más. Eso, si no te importa tener cerca a un viejo gruñón.
—¿Disculpa? Es genial poder pasar algún tiempo juntos. Y no eres viejo, eres prácticamente poco más que un adolescente. Apuesto a que en Miami tienes una fila de pretendientes compitiendo por tu atención.
—Nunca fuiste buena en el arte de la adulación.
—Ya que te quedas, insisto en alojarte en mi casa. Tengo sitio para ti, y me encantaría.
—No te ofendas, Dawnee. Pero me gusta demasiado mi independencia. Prefiero quedarme en La piccola fattoria . Tenías razón, aunque al principio me decepcionó que no estuviera en el campo y no hubiera animales de verdad, es un lugar muy acogedor.
Aurora pensó en el momento de su mudanza a Sparvara, cuando se había alojado en ese mismo bed & breakfast de nombre gracioso y estaba tan agotada que no encontraba el valor para deshacer las maletas. Le parecía que había pasado toda una vida, pero habían transcurrido poco más de cuatro meses.
—Voy a volver a dentro, ¿me acompañas? Seguro que hay mucha gente a la que le gustaría estrecharte la mano.
—Lo siento, pero tengo que irme. Ya he hecho mi parte de Relaciones Públicas y ahora hay alguien esperándome.
Isaak la vio alejarse. Era una Dawnee extraña, cambiante y gruñona, pero él también la quería por eso. Como a una hija.