Capítulo77
El frío cortante del aire matutino se metía bajo la piel.
La niebla del día anterior se había disuelto y el cielo era una inmensidad azul profundo salpicada de estrellas.
Solo un vago resplandor en el horizonte insinuaba que pronto amanecería.
Bruno apagó el cigarrillo bajo la puntera de la bota y volvió a ponerse el chaleco antibalas.
Empuñó la pistola y se unió al resto del equipo, reunido a lo largo de la valla de la gran villa neoclásica que se alzaba en medio de una gran finca, con un jardín de estilo italiano que decoraba el espacio frente a la fachada y una arboleda en la parte trasera.
Todos los agentes llevaban uniforme antidisturbios y una microcámara prendida al pecho, gracias a la cual el fiscal adjunto Giuseppe Torrese podía seguir el desarrollo de la operación desde el interior del furgón blindado aparcado fuera del perímetro de la villa.
Aurora Scalviati estaba sentada a su lado.
No podía perderse la detención de la persona que estaba detrás del asesinato de su padre.
El jefe del equipo hizo una seña a sus hombres, que empezaron a avanzar por el jardín con confianza, en dirección a la entrada de la villa.
La primera señal de que algo no iba bien fueron los dos cadáveres que yacían detrás de las columnas del pórtico.
Eran dos hombres con trajes oscuros, con ametralladoras aún en las manos, con un tiro en la cabeza.
A juzgar por el orificio de entrada, tuvo que ser un rifle de francotirador.
Bruno reconoció a los dos hombres que le habían saludado la noche anterior cuando se presentó ante el jefe.
—¿Los ves, Torrese? —dijo a través del micrófono.
—Afirmativo —respondió Torrese—. Procedan adentro con extrema precaución.
La puerta estaba entreabierta, uno de los agentes la abrió de una patada y entró apuntando con el arma. Lo que vio en el pasillo le dejó sin aliento.
Nadie estaba preparado para lo que encontrarían dentro de la villa. Ni los agentes antidisturbios, ni Bruno, ni Torrese. Pero para Aurora solo fue la confirmación de lo que ya sospechaba.
La noche anterior al secuestro de Stoner, Valraven había tenido tiempo de ocuparse del hombre que le había arrebatado a su familia. El hacha de la venganza había caído sobre el Santo y el pequeño ejército de secuaces que lo protegían.
En las pantallas de la estación de trabajo de Torrese aparecían las imágenes enviadas por las cámaras de los agentes que vigilaban la villa de Santini.
Era el escenario de una masacre. Había cadáveres por todas partes.
Algunos habían sido abatidos a tiros, a otros les habían amputado miembros o degollado.
Los signos de lucha eran evidentes, el suelo estaba lleno de fragmentos de cristal.
La sangre había salpicado las paredes y los muebles, y goteaba por los peldaños de la escalera que conducía a la planta superior.
—Llegamos demasiado tarde —suspiró Aurora—. Bruno me dijo que en casa de Otta estaba el cadáver de un hombre con una chaqueta naranja, dentro de un congelador.
—Domenico D’Ambrosio —comentó Torrese, recordando el nombre del hombre que supervisaba las carreras fantasma—. Era la mano derecha del Santo.
—Había sido torturado con extrema crueldad. Valraven debió de sonsacarle la información que necesitaba para burlar los sistemas de seguridad de la villa de Santini. Antes de secuestrar a Stoner, estuvo aquí para saldar las cuentas con el responsable de la muerte de su mujer y su hija.
—¿Me estás diciendo que esto es obra de un solo hombre? —murmuró Torrese, secándose el sudor de la frente.
Aurora dudó antes de replicar.
El día anterior, tras enterarse de que Tom había frustrado el atentado contra el funeral de Elena, había regresado al refugio de Valraven con refuerzos.
Mientras cargaban el cadáver del asesino en la ambulancia que lo llevaría a la morgue, ella y la comisaria Venturoli habían explorado el interior de la casa.
En una habitación habían encontrado todo lo que necesitaba para cambiar su aspecto, un auténtico laboratorio profesional, provisto de todo tipo de productos para fabricar prótesis y cosméticos.
Ordenados en una estantería, había frascos de látex espumado, moldes de caucho y de silicona, pegamentos y gelatinas.
En algunas cabezas de poliestireno había varias pelucas, pero repartidas por las estanterías había muchas más, con los cortes y el color de pelo más variados.
Había un armario reservado para el arsenal de armas de fuego.
Pistolas, ametralladoras de asalto, escopetas y rifles de francotirador.
Aurora reconoció el que había utilizado en el atentado contra Silvia.
Apenas lo había vislumbrado en aquellos momentos frenéticos del tiroteo, pero estaba segura de que el análisis balístico le daría la razón.
—No tengo ninguna duda, Torrese —concluyó—. Créeme, no tienes ni idea de lo que era capaz un hombre como Valraven.
En el monitor conectado a la cámara de Bruno, mientras tanto, se desplazaban las imágenes de la escalera.
Subía los escalones con cuidado, manteniendo la espalda pegada a la pared. Cuando llegó al rellano, siguió un largo rastro de sangre que conducía a la habitación situada al final del pasillo.
Abrió la puerta despacio mientras mantenía el arma firmemente agarrada con la mira alineada frente a él.
Había sangre por todas partes. En el suelo, en las paredes, en las fotos ampliadas de los circuitos de carreras. Aquel pequeño mausoleo dedicado a la velocidad se había convertido en el teatro sangriento de un accidente, en la recta de la última carrera.
—Ese es... Fernando Santini —dijo por el micrófono, para que Torrese y Aurora pudieran oírlo—. O, mejor dicho, lo que queda de él.
El cuerpo del Santo estaba tendido sobre la réplica del monoplaza en el centro de la sala, con la espalda desgarrada y las costillas abiertas para asemejarse a un par de alas.
—El águila de sangre... —murmuró Aurora.