Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo79
100%

Capítulo79

Aurora se acomodó el habitual mechón rebelde detrás de la oreja antes de cruzar el umbral de la habitación del hospital.

Silvia ocupaba la cama junto a la ventana, con la mirada perdida en el follaje de un gran árbol de hoja perenne. Aún tenía una vía conectada al brazo y un parche destacaba en su esbelto cuello, pero había salido de cuidados intensivos y recuperaba lentamente las fuerzas.

—¿Adivina quién se ha escapado de la rueda de prensa para acompañarte?

Silvia se volvió en dirección a la voz.

—¿Como un caballero hacia la puesta de sol?

—Yo diría que solo echo de menos el sombrero vaquero —se escudó Aurora. Luego se sentó en el borde de la cama y observó a su amiga durante un largo momento—. Te he echado de menos.

—Yo a ti también. Y confieso que no veo la hora de salir de esta cama.

—¿Te han dicho cuándo piensan darte el alta?

—Espero que sea cuestión de días, pero estoy contando las horas. Echo de menos el gimnasio, el sofá, ¡la pizza! Esta mañana he comido alimentos sólidos por primera vez: un bizcocho untado con mermelada.

—Ahora que lo pienso... ¡En cuanto salgas podría organizar algo en mi casa! Y la pizza no faltará, lo prometo.

—¿Quieres decir que por fin te has decidido a dar una fiesta de inauguración? Dios mío, Aurora, me estás preocupando. Pareces casi una persona normal.

—Déjalo, antes de que cambie de opinión —protestó.

Silvia le cogió la mano.

—Me has salvado la vida. Lo sabes, ¿verdad? Podrías haber recibido la bala que iba dirigida a mí, pero no dudaste.

—Lo haría mil veces más... Eres mi mejor amiga, la hermana que nunca tuve. —En ese momento la tía Adele entró en la habitación y Aurora se apresuró a levantarse—. No dejes que esa cabeza dura se canse demasiado —le dijo.

—Lo intentaré, aunque mi sobrina sea casi tan testaruda como Aníbal.

—¿Aníbal? —preguntó Aurora con curiosidad.

—Es mi gato más viejo. Ahora está ciego, pero sigue impertérrito queriendo ir a explorar los alrededores de la casa al anochecer. Al cabo de un rato tengo que salir para ayudarlo a entrar, pero no se perdería su excursión de reconocimiento por nada del mundo.

—¿Me acabas de comparar con un gato ciego y definitivamente bajo de forma? Gracias, ¿eh?

—Aníbal es adorable. Igual que tú —dijo Adele, con el rostro serio, provocando que las demás estallaran en carcajadas.

—¡No me hagas reír, que se me saltarán los puntos! —se quejó Silvia.

—Hablando de gatos... Me voy. De verdad que debo ir de compras. Ahora tengo una boca más que alimentar —dijo Aurora, refiriéndose a T-Rex.

Poco después, estaba delante de la puerta de casa, con dos bolsas de la compra rebosantes, luchando por recuperar sus llaves.

Por fin podía reponer la despensa, en la que ahora ni siquiera había un rastro de comida de verdad.

Era hora de un cambio radical y, sobre todo, de decir basta a la comida para llevar sobre la marcha y a las noches pasadas en el sofá, agotada, entre expediente y expediente.

Se prometió a sí misma que a partir de ahora encontraría tiempo para cultivar buenos hábitos.

Tras dejar los sobres sobre la mesa de la cocina, fue al salón y sacó todas las fotos de la escena del crimen de la Cartuja. Las arrugó y las tiró a la papelera.

Luego retiró la pizarra magnética de la pared.

Con la manga de la chaqueta borró las notas que había escrito mientras componía el perfil psicológico de Valraven y fue a colocarla de nuevo en la pared lateral del frigorífico.

«Este es tu sitio», comentó. Entonces, un ruido procedente del pasillo llamó su atención.

«T-Rex, ¿eres tú?». No se había dado cuenta de que el gato había entrado en casa. Se encogió de hombros, pensó que seguro que se había colado mientras ella estaba ocupada con la compra.

Aurora se volvió en la dirección del ruido. Y lo que vio la hizo palidecer.

Curzi estaba de pie en el umbral. La observaba con sus ojos claros, como reflejos de la deslumbrante oscuridad que llevaba dentro.

—N… no puede ser... tú no eres...

—¿Real? —la interrumpió el exneurocirujano con una calma desarmante—. Oh, sí, lo soy. Y estoy convencido de que, en el fondo, tú también lo has sabido siempre. Pero aún no estabas preparada para admitirlo.

Aurora sintió un vértigo al recordar cuando la figura de Curzi se le había aparecido en las noches más oscuras, susurrándole palabras que ella creía sugeridas por su propia conciencia.

Había pensado que eran alucinaciones. En cambio, todo era verdad.

Estaba paralizada de terror. Después de perseguirlo en vano durante tanto tiempo, había aparecido como el eco de una pesadilla que no quiere soltarte, ni siquiera después de despertar.

—Me buscaste en todos los escondites posibles —continuó Curzi—. Pensaste en quién sabe qué plan de fuga. En los bosques, en los valles, en las remotas cabañas de la Baja. Y en cambio siempre he estado cerca. A un paso.

«No puedes estar aquí», le había dicho Aurora una noche en la que las pesadillas la envolvían como una manta demasiado pesada.

«Pero vivo aquí», había sido su respuesta.

Aurora había pensado que era la oscuridad de su mente la que hablaba, la metralla en su cabeza. Después del tiroteo en el antiguo matadero, dos años atrás, había empezado a sufrir alucinaciones. Tan vívidas que parecían una extensión de la realidad.

«No creas que las voces de tu cabeza son reales», le había dicho más de una vez el psiquiatra que la había tratado en Turín. En cambio, esta vez era la realidad lo que parecía fruto de una alucinación.

—¿Cómo... sobreviviste? Tú... estabas herido —balbuceó Aurora—. Bruno te disparó, te vi caer bajo sus disparos. La sangre...

Curzi respondió sin cambiar de expresión.

—Aquella noche creí que iba a morir. Pero el destino me tenía reservado algo más.

Después de perder a mi hijo en la mesa de operaciones, maldije mi cuerpo muchas veces.

Un cuerpo fuerte, imponente, desgarbado, pero capaz de sobrevivir a todas las torturas que le infligía.

Los ayunos, el silencio, las heridas autoinfligidas, el intento de hacerme una lobotomía...

Aurora era incapaz de moverse, la profunda voz del hombre que tenía delante era como un fluido primordial dentro del cual podía flotar hasta el fin de los tiempos.

—La Baja es un lugar perfecto para esconderse. Tuve cuidado y esperé el momento adecuado para llegar a ti. Para por fin volver a casa.

Aurora estaba desconcertada. ¿Podía ser que todo ese tiempo Curzi hubiera vivido a escasos metros de ella?

Pero no necesitaba plantearse esa pregunta abiertamente.

La puerta del sótano.

Recordó cuando la había encontrado entreabierta.

¿Cuántas veces se había estremecido ante la idea de descender a aquella oscura mazmorra? ¿Cuántas veces había sentido la indefinible sensación de no estar sola en aquella casa?

Quería huir. Se encontraba ante la encarnación misma del mal; el monstruo que había sido capaz de masacrar a sangre fría a toda una familia.

Pero al mismo tiempo ante una lumbrera de la ciencia, una de las mentes más brillantes que había conocido.

Y que había demostrado más de una vez que podía leerla por dentro, como si su alma fuera un libro abierto.

—¿Por qué estás aquí? —le instó ella—. Habías desaparecido. Podrías haberte buscado la vida en otro lugar.

—Ya te lo he dicho: te esperaba desde hace mucho tiempo.

Tú y yo nos parecemos más de lo que te gustaría admitir.

Ambos rechazamos la ilusión de la permanencia para buscar un sentido más profundo a nuestras vidas.

Ambos perseguimos el conocimiento como forma de supervivencia.

Durante años, observé y escuché, abrumado por una soledad infinita.

Hasta que llegaste tú, Aurora. —Hizo una breve pausa—.

El cerebro tiene una piel fina. Es él quien encierra cada sentido.

Y con cada sentido te reconocí. Vivías en mi propia oscuridad. Sin tener miedo de ella.

—Pero tengo miedo —protestó Aurora—. Todos los días de mi vida he tenido miedo de algo o de alguien. Sobre todo, tengo miedo de mí misma. De lo que pueda llegar a ser. De despertarme una mañana y no reconocerme.

Una sombra de sonrisa apareció en el rostro de Curzi.

—Sin embargo, el cambio es ley de vida. Reinventarnos constantemente alimenta el potencial infinito de nuestras mentes, multiplica nuestras capacidades.

Pero todo esto tiene un precio: el dolor.

El escritor Vladimir Nabokov decía que la cuna se mece sobre un abismo, y nuestra existencia es solo un fugaz destello de luz entre dos eternidades de oscuridad.

Mientras otros llenan su mundo de certezas, anestesiándose para salir adelante, tú estás llena de dudas.

Mientras otros gastan energía para no enfrentarse a la realidad, tu dolor te ha hecho consciente de la fragilidad de la condición humana.

—Solo intentas confundirme...

—Nada más lejos de mi intención —dijo Curzi.

Aurora tuvo que contener un ataque de ira.

—Dime qué quieres de mí y acabemos de una vez.

—He dedicado mi vida a explorar las infinitas posibilidades de la mente humana, sin nadie que recoja mi legado. Tú serás mi legado, Aurora. Mi sujeto perfecto. Y yo seré el tuyo.

—¿Qué? —soltó Aurora—. ¡No soy un experimento! Me niego a ser un conejillo de indias para tus locas teorías.

Curzi dio un paso adelante.

Aurora se preparó para reaccionar. Temiendo que fuera a atacarla, se acercó al estante de los cuchillos de cocina, pero detuvo la mano antes de coger uno.

El exneurocirujano la observó con un deje de suficiencia.

—En los circuitos cerebrales de todo ser vivo existe un mecanismo que detecta los peligros y gestiona las reacciones.

Una especie de vigilante oscuro que ha garantizado la supervivencia de las especies durante cientos de millones de años, desde mucho antes de la aparición del hombre.

Sé que ese controlador te está diciendo ahora que no represento ningún peligro para ti.

—El corazón de Aurora se saltó un latido—.

Lo que te ofrezco es un trato —continuó—.

Me entrego sin oponer resistencia. A cambio, te pido que me visites regularmente.

Lo único que tendrás que hacer es responder a mis preguntas.

—Estiró las muñecas hacia delante con un movimiento lento.

Aurora se quedó perpleja, incapaz de encontrar las palabras para replicar.

Curzi permaneció inmóvil, con las palmas de las manos hacia arriba.

—Sabes que no hay prisión o institución mental de la que no sea capaz de escapar. Cíñete al trato y seré dócil como un corderito.

Caminando con tanta cautela como si estuviera cruzando un campo de minas, Aurora se adentró en el pasillo. Cogió las esposas. Se las puso en las muñecas al exneurocirujano.

Durante el trayecto hasta la comisaría, no se dirigieron la palabra.

Ante la mirada atónita de los presentes, Aurora rellenó los formularios de detención.

Y antes de dejarlo bajo custodia de los agentes, le echó un último vistazo.

Pero en sus ojos solo vio el reflejo de su propio rostro.