Capítulo68
Bruno detuvo el coche ante la gran verja de hierro forjado, flanqueada por dos pilares sobre los que se alzaban las estatuas de mármol de dos leones.
Acariciados por la suave luz de la luna, parecían a punto de despertar.
Un foco situado en el lateral de uno de los pilares se iluminó y arrojó una luz tan cegadora que le obligó a apretar los ojos.
Solo llevaba allí unos segundos y ya se habían dado cuenta de su presencia.
«Al parecer, no será necesario llamar al timbre», murmuró para sí.
El mecanismo de apertura del portón se puso en marcha y abrió lentamente las dos hojas de par en par. Bruno aplicó una ligera presión con el pie en el acelerador para conducir el coche a baja velocidad por el camino de entrada hasta el claro situado frente a la enorme villa neoclásica.
Dos hombres con trajes oscuros y auriculares en los oídos bajaron por las escaleras de la entrada, empuñando dos ametralladoras. Uno de ellos le apuntó a la cara con una linterna.
—Tienes valor para traer tu fea cara hasta aquí —siseó.
Bruno bajó la ventanilla.
—Pues por tus pintas, no se puede decir que el Santo hiciera un casting para elegir a sus sicarios.
El otro le lanzó una mirada de reojo.
—Cuidado. Tardaría menos de un segundo en quitarte para siempre esa sonrisa de la cara.
—No tengo tiempo para despojos como tú —resopló Bruno. Dicho esto, abrió de un tirón la puerta para salir del coche, golpeando al pistolero y obligándolo a retroceder.
—Hijo de la gran… —exclamó el otro, cargando un gancho que debería haber impactado en el rostro de Bruno pero que fue demasiado lento.
Bruno se agachó lo justo para apartarse y reaccionó con un rápido codazo que alcanzó el mentón del atacante con inusitada violencia.
—Perdona que no sea nada sutil, pero hoy ya estoy hasta las narices de gilipollas como tú.
El matón se tambaleó hacia atrás, aturdido. Apenas tuvo tiempo de amartillar el arma para apuntar, cuando Bruno agarró el cañón y se lo clavó en la nariz.
—Déjalo ya, Raffaele —se mofó su compañero, que evidentemente encontraba divertida la escena—. Parecéis niños de parvulario. Ya terminaréis de discutir luego, que el Santo ha dicho que ya puede pasar.
—Que te jodan —gruñó Raffaele mientras se llevaba las manos a la nariz y escupía saliva manchada de sangre.
Tras registrarlo para asegurarse de que no iba armado, el otro matón acompañó a Bruno hasta la puerta principal y llamó un par de veces. Hubo un intercambio de frases convenidas con alguien de dentro y luego se abrió la puerta.
Al ver que Bruno dudaba, lo apremió.
—¿Qué? ¿También tengo que extenderte la alfombra roja? —dijo soltando una breve carcajada y volviendo a su asiento junto a uno de los pilares que sostenían la veranda.
Una vez dentro, Bruno miró a su alrededor.
El vestíbulo era espacioso, lleno de esculturas y pinturas de dudoso gusto, con un suelo de mármol de grano rosáceo y una solemne escalera que ascendía a las plantas superiores.
A juzgar por el número de hombres armados que patrullaban por todos los rincones, estaba claro que el Santo se preocupaba bastante por su seguridad.
Aquel despliegue excesivo de medidas debía de tener algo que ver con la desaparición de su mano derecha, Domenico D’Ambrosio.
Lo que el Santo no podía saber era que en aquel momento su cadáver se encontraba en el fondo de un congelador de la casa de Otta, con evidentes signos de tortura en el cuerpo.
Alguien había declarado la guerra a la banda de Santini. Y un enigmático nombre de la antigua mitología vikinga revoloteaba en el centro de los pensamientos de Bruno: Valraven. El asesino al que el padre de Aurora había perseguido durante años sin poder ponerle cara.
Lamentaba haberle mentido. Le había dicho que volvería a casa, a cuidar de Chia, y le había hecho creer que estaría a salvo.
En cambio, ahí estaba, en las entrañas de la fortaleza de Fernando Santini, haciendo un último y desesperado intento de arrojar luz sobre la identidad del hombre responsable de la muerte de Elena.
Era una lucha contra el tiempo. Solo faltaban unas horas para la operación de Torrese para acabar con el imperio Santini.
Era un salto al vacío, y lo sabía. Los riesgos eran altos. Pero Bruno sintió que no tenía alternativa.
—Por aquí —le indicó uno de los matones, asintiendo con la cabeza.
Bruno lo siguió escaleras arriba hasta una sala con tapicería de color añil, en cuyas paredes colgaban gigantescas fotografías de instantáneas tomadas durante una gran variedad de competiciones automovilísticas, como rallies , Gran Turismo y Grandes Premios de Fórmula Uno.
El matón salió, cerró la puerta tras de sí y dejó a Bruno en medio de la sala, frente a la reconstrucción a tamaño real del monoplaza en el que Ayrton Senna perdió la vida en mayo de 1994.
En una pared había un minibar, junto al cual se encontraba un hombre vestido con una camisa hawaiana.
Tenía el pelo negro, corto y rizado, la nariz achatada como la de un boxeador y unos ojos oscuros e intensos que destacaban bajo su frente como pequeñas piedras de obsidiana.
Bruno lo reconoció al instante. Era Francesco Santini, conocido como el Santo.
Había visto su fotografía innumerables veces durante las sesiones informativas con Torrese, y había estudiado sus pasiones y costumbres con vistas a su inclusión en el circuito de carreras fantasma.
—¿Quieres beber algo? —preguntó Santini con voz tranquila—. Este amaretto es de mi región. Una receta secreta que se ha transmitido durante generaciones.
Bruno negó con la cabeza.
—No he venido a brindar.
Santini hizo caso omiso, y llenó dos vasitos con aquel líquido ámbar.
—Sé muy bien por qué estás aquí —dijo mientras le ofrecía uno a Bruno—.
Has venido por Valraven. —Pronunció aquel nombre con cierto énfasis, a modo de sorna.
Como si fuera un insecto molesto del que, estaba seguro, pronto se libraría—.
Sé que tienes una cuenta pendiente. Mató a tu pareja.
Un gran golpe, sin duda. Y fue una verdadera lástima, porque cuando conducías aquel Alfa Romeo hacías saltar chispas del asfalto.
Bruno apretó los puños.
—No me provoques, Santini. No tengo nada que perder.
—Se tragó el contenido del vaso de un trago e intentó recuperar la compostura.
El alto contenido de alcohol le arrancó una mueca.
Tuvo que contener la ira y tratar de obtener las respuestas que buscaba antes de que Torrese encerrara al capo y a su camarilla.
—Te he observado, ya sabes, durante las carreras fantasma.
La mayoría de los pilotos se limitan a pisar el acelerador a fondo, pero tú no, tú eras diferente.
Tenías una visión del circuito, eras capaz de anticiparte a los movimientos de tus rivales, explotabas en tu beneficio las dificultades de la pista, las condiciones ambientales, incluso la rugosidad del asfalto, como los grandes pilotos del pasado, los que hicieron historia en el automovilismo.
Estoy convencido de que, si no hubieras decidido unirte a la policía, Colasanti, podrías haber competido en circuitos oficiales.
Al oír esas palabras, los ojos de Bruno se abrieron de par en par.
—¿Sabías que era policía?
—No pongas esa cara —graznó Santini, con un deje de suficiencia en la voz—.
No podría haber escalado los peldaños del poder si no lo supiera todo sobre la gente con la que trato.
¿De verdad creías que se me iba a pasar por alto que el más prometedor de mis pilotos era en realidad un policía?
Cuando lo descubrí, pensé que simplemente te haría picadillo.
Estaba todo preparado, habría parecido un accidente, pero había algo en ti que me frenaba, una energía ancestral, la manera en que coqueteabas con la velocidad hacia la victoria.
Y luego no puedo negar que las apuestas se disparaban siempre que participabas en una carrera.
—¿Intentas adularme... o amenazarme? —replicó Bruno—. Mi fa nu muru a ra cura —añadió en calabrés, una manera de decir «no me asustas».
El Santo frunció el ceño y entrecerró los ojos.
—¿Un emiliano que habla calabrés? Estás lleno de sorpresas, Colasanti.
—Mi madre era de Scalea. Y era una persona honesta, no como tú, que eres una desgracia para tu tierra.
El Santo estalló en estruendosas carcajadas.
—¿Es eso lo que piensas? ¿Que la gente se divide en buenos y malos? Fracellu meu , 2 ya es hora de que madures. Hoy en día, como mucho puedes distinguir entre buenos o malos negocios.
—¿Y la muerte de tu padre? Fue un buen trato para ti, supongo.
—¿Qué sabes tú de mi padre? —El Santo llenó dos vasos más y volvió a ofrecer un trago a Bruno—. Pàtrima 3 estaba enfermo del corazón. Lo había mantenido en secreto para no parecer débil, pero al final murió de ello. Pe nommu ci duna soddisfazioni da morti, morì cull’occhji aperti.
—Para no dar satisfacción a la muerte, murió con los ojos abiertos —tradujo Bruno en voz baja.
—En ese momento, tuve que tomar una decisión.
Hice creer que se había escondido para evitar que lo detuvieran.
Quería impedir que los miembros del clan lucharan entre sí por el poder.
Irónicamente, u’ Ziu aprovechó la oportunidad para difundir el rumor de que yo lo había matado, con el único propósito de ocupar su lugar.
Luego implicó a ese asesino, Valraven. Quería quitarme de en medio sin ensuciarse las manos.
Pero quandu lu diavulu ti ‘ncarizza voli l’anima .
4 Y fue el alma lo que le hice escupir a u’ Ziu por su traición.
Bruno volvió a vaciar su vaso de un trago.
—¡El diablo no tiene nada que ver! ¿Quién es realmente Valraven?
— Bisognusi, presumptusi —dijo Santini mirándolo a los ojos—.
Lo decía mi padre: quien tiene necesidad no tiene reparos en pedir.
Y tú, ¿qué necesitas, Colasanti? ¿Alguien con quien descargar tu ira para sentirte un poco menos culpable por la muerte de tu pareja?
—Bebió a su vez, y saboreó el gusto amargo que la bebida alcohólica le dejó en la boca—.
Vete a casa. Podría decirte un nombre y lavarme las manos.
Pero solo eres un figurante en esta obra.
Valraven es problema mío, y a ti no te concierne.
—¡Un figurante, una mierda! Valraven se volvió contra mí en el momento en que mató a Elena. Dime lo que quiero saber, ¡al menos me debes eso!
—No te debo nada en absoluto, madero infame —siseó el Santo.
Acarició el alerón del deportivo situado en el centro de la sala—.
Hoy me has confirmado lo que siempre he pensado: que te enfrentas a la vida cotidiana con la misma temeridad con la que corres en las carreras fantasma.
Por eso, en el fondo, me gustas. Y sé que me serás más útil vivo que muerto.
Por eso dejo que te vayas intacto. Pero recuerda, Colasanti, que tienes una deuda conmigo.
Y que, un día, cuando lo crea conveniente, vendré a cobrármela.
—No lo creo —gruñó Bruno, antes de abrir la puerta y salir de la habitación.
Ante la mirada atónita de los matones armados, bajó la escalera y salió de la villa en dirección a su coche. Nadie intentó detenerle. Los presentes se limitaron a observarle como quien sale del infierno sin una sola quemadura.
Una vez en la cabina, le invadió un ataque de ira y golpeó el volante con el puño un par de veces.
Todo había sido en vano, la reunión con Santini había resultado un fracaso.
¿Qué esperaba, después de todo? ¿Que el jefe le entregara a Valraven porque le impresionaban sus intenciones de hacer justicia?
Ir hasta allí había sido un error, ahora se daba cuenta.
Un error que podría haberle costado la vida.
El Santo siempre había sabido que era policía, y si no lo había liquidado antes era solo porque no podía imaginar que se había infiltrado en el circuito clandestino de carreras no en busca de emociones, sino por orden de Torrese, y que gracias a la información que había reunido estaba a punto de comenzar la operación para atraparlo.
Absorto como estaba en sus pensamientos, mientras conducía por el camino que le llevaría de vuelta a la carretera provincial de Sparvara, Bruno no reparó en una furgoneta azul, con los faros apagados, parada a un lado de la calzada, parcialmente oculta por la densa vegetación.
Ni en el hombre que iba dentro. Un hombre que se disponía a hacer su siguiente jugada.
Como si estuviera frente a un tablero de ajedrez invisible.
2 En dialecto calabrés, «hermano mío». (N. del T.).
3 «Mi padre», en dialecto calabrés. (N. del T.).
4 En dialecto calabrés: «Cuando el diablo te acaricia es que quiere tu alma». (N. del T.).