Capítulo69
Aquella mañana la niebla era como un muro imposible de atravesar.
Como una manta que envolvía el paisaje y al mismo tiempo encerraba sus pensamientos.
Aterrorizada ante la idea de que hubiera habido complicaciones durante la noche, Aurora fue incapaz de salir del coche aparcado frente al hospital.
¿Cómo habría reaccionado si le hubieran dicho que Silvia no había sobrevivido?
Dentro de unas horas sería el funeral de Elena. No podía soportar que otra mujer inocente hubiera perdido la vida por su culpa. Pero tampoco quería dejarse vencer por el miedo.
Por un momento Aurora pensó que tal vez la niebla no existía en realidad.
Que solo era un estado mental. Una vez más se sintió perdida en el laberinto de su propia mente.
En un laberinto de obsesiones del que parecía imposible liberarse.
Igual que le parecía imposible capturar a Valraven.
Porque incluso su identidad estaba hecha de niebla, como la que ocultaba sus verdaderos motivos.
Aurora respiró hondo, agarró el pastillero que llevaba colgado al cuello y lo abrió, aun sabiendo que estaba vacío.
El día que había decidido dejar los psicofármacos, después de resolver el caso del Lobo Feroz, se había dicho a sí misma que podía hacerlo sola, que ya no repelería sus emociones y que a partir de ese momento se enfrentaría a sus miedos. Entonces, ¿por qué se sentía perdida?
Así quería que se sintiera el hombre al que su padre había dado caza antes que ella.
Aurora respiró hondo, salió del coche y caminó a través del manto de niebla hasta la entrada del hospital. Llegó a la unidad de cuidados intensivos tras recorrer de un modo casi automático los pasos que había dado el día anterior, como si estuviera en trance.
Tres personas estaban sentadas en la pequeña sala de espera, sumidas en un recogido silencio.
Un hombre de rasgos fuertes, pelo canoso y un asombroso parecido con Silvia estaba flanqueado por una mujer de rasgos mediterráneos.
Frente a ellos, una mujer mayor, de hermosa melena blanca recogida en la nuca y mirada vivaz.
Al ver a Aurora se levantó, ayudándose de un bastón.
—Tú debes de ser Aurora.
—¿Adele?
—Entonces Silvia no mentía cuando dijo que le había hablado de mí —replicó la mujer—. Pero hablémonos de tú, por favor.
—Trato hecho —dijo Aurora.
—Te presento al padre de Silvia, Giorgio Sassi.
—Encantado de conocerte —intervino Giorgio, y le estrechó la mano con bastante firmeza.
Silvia le había dicho que era maestro de artes marciales, y ya a primera vista no le costaba creerlo.
Tenía los hombros anchos y los brazos que la camiseta negra le dejaba al descubierto eran un manojo de músculos, con gruesas venas en relieve.
Era delgado pero atlético y lucía casi con orgullo las arrugas que surcaban su rostro, hasta el punto de que resultaba difícil ponerle una edad exacta.
—Esta es mi pareja, Patrizia.
Patrizia le dedicó una gran sonrisa, que Aurora le devolvió.
Entonces Adele se llevó a Aurora a un lado.
—Desgraciadamente, la madre de Silvia no ha podido venir esta mañana —le dijo en voz baja—. Acaba de tener un bebé con su nueva pareja. Espera poder venir mañana.
La joven policía asintió. Tras divorciarse de su marido, la madre de Silvia se había trasladado a Reggio Emilia, donde había rehecho su vida.
Patrizia preguntó a Giorgio si quería algo caliente para beber y se dirigió hacia las máquinas. Aurora sabía que su amiga nunca se había llevado bien con ella. Sin embargo, por la expresión de su cara, supo que su preocupación era sincera.
—¿Cómo está Silvia? —preguntó Aurora con el corazón en un puño.
Adele encogió los hombros.
—Sigue en coma inducido, pero los médicos son optimistas. Ha pasado la noche, y eso es lo más importante.
Aurora dejó escapar un gran suspiro, como si se hubiera liberado de un peso que le oprimía el pecho.
—Le salvaste la vida —añadió Adele, seria, mientras le cogía la mano.
—Yo no... —murmuró Aurora, presa de la vergüenza. ¿Qué habría pensado ella, aquella mujer de cabellos tan brillantes como la primera nieve, si hubiera sabido que en realidad era la causante del ataque a su sobrina?
—No te menosprecies —la interrumpió Adele con aire maternal—. Nunca lo hagas. Has sido muy valiente. Silvia tiene suerte de tener una amiga como tú.
Aurora sintió que se le inundaban los ojos de lágrimas. Estaba muy lejos de verse como a una heroína. También Bruno había intentado convencerla de que no era culpa suya. Entonces, ¿por qué desde que había ocurrido no había encontrado ni un solo segundo de paz?
El malestar se manifestó en un aumento de la temperatura corporal. Aurora sintió que se le sonrojaban las mejillas. Empezó a sudar, como si hubieran encendido un fuego a sus pies. Sin embargo, sus manos eran témpanos de hielo.
Quiso consolar a Adele, decirle que todo saldría bien, pero se sintió hipócrita. Era como si ella misma hubiera entregado la pistola al asesino y puesto una diana en la cabeza de Silvia.
—Tengo que irme —murmuró, sin dar tiempo a que la otra replicara.
Recorrió el pasillo a grandes zancadas sin mirar atrás.
Solo cuando salió por la puerta del hospital sintió que por fin podía volver a respirar, aunque el aire le resultara como un fluido espeso, hecho de niebla.
Se estremeció cuando sintió vibrar el teléfono móvil en el bolsillo. Lo cogió con el mismo cuidado con el que se maneja un arma cargada.
¿Y si Valraven había estado escuchando?
—Scalviati —contestó.
Era De Robertis.
—Debes reunirte conmigo en la comisaría. Acabo de hablar con Venturoli. Ha habido importantes avances en la investigación.
—¿Estás en Sparvara? —replicó Aurora, aturdida.
—Sí. No me hagas esperar.