Capítulo67
Aurora entró en el cuarto de baño y observó el reflejo de su imagen en el espejo.
La esclerótica de sus ojos estaba surcada por una red de vetas rojizas.
Le pareció que había envejecido diez años de golpe.
Se dio cuenta de que en medio de la cabeza le habían brotado un par de canas que nunca antes había visto.
¿Podría ser que la incertidumbre, el frenesí, el dolor de aquellos últimos días hubieran dejado una huella tan tangible en su cuerpo?
Había leído en alguna parte que cada marca, cada arruga y cada detalle nuestro es capaz de contar una historia.
¿Qué historia sería capaz de contar su rostro?
Que en los últimos años había sonreído demasiado poco, y a los lados de la boca se le formaban dos surcos hacia abajo.
La depresión la había tocado, y había dejado huellas visibles su piel.
La larga cicatriz de la sien hablaba de un conflicto ardiente, de culpa, de un amor perdido y del día en que había dejado de ser la mejor y su mente se había convertido en un mecanismo atascado.
Se lavó la cara con agua y jabón, y luego cogió el pequeño cepillo de uñas del cajón superior. Empezó a frotar enérgicamente para eliminar los restos de sangre de Silvia. Sabía bien que, aunque consiguiera eliminarlos, permanecerían allí, en su memoria. Como grabados en una roca.
Las horas que separaban a su única amiga del amanecer eran cruciales. ¿Cómo iba a dormirse pensando que Silvia luchaba por sobrevivir?
En ese momento, el gato se frotó contra sus piernas, e hizo que se estremeciera.
—¡T-Rex! Casi me olvido de ti. —Se secó las manos y se inclinó para acariciarla.
En respuesta, el felino empezó a ronronear. Se levantó, apoyó las patas delanteras en las rodillas de ella y luego empujó su cabecita contra su mano y la animó a no parar.
—Dios, estoy destrozada —dijo Aurora con un hilo de voz. Se levantó de un salto y abrió el botiquín. Se quedó quieta unos instantes antes de decidirse a tomar un par de pastillas que le proporcionarían unas horas de olvido. A pesar del agotamiento, sabía que no podría pegar ojo.
Desde que había dejado la terapia farmacológica para el trastorno bipolar, se había esforzado por regularizar sus ciclos de sueño con hábitos, pero ahora que todo se había derrumbado necesitaba desesperadamente la ayuda de la química.
Se las tragó y bebió un sorbo de agua del grifo. Cogió a T-Rex en brazos y se dirigió a su habitación, decidida a no quedarse dormida en el sofá, como de costumbre. Era la primera vez desde que se había visto envuelta en el caso del Segador que encontraba fuerzas para llegar hasta la cama.
En la mesilla de noche estaba solo el libro que su madre le había regalado por su noveno cumpleaños: La vida de Maria Callas . Nunca lo había leído, pero no podía separarse de él. Como un recuerdo de su pasado. Como un mensajero del país de las cosas perdidas.
Apagó la luz y se acurrucó bajo las mantas. La luna se vislumbraba en el horizonte desde la esquina superior de la ventana. El gato se acurrucó a sus pies, sin dejar de emitir un suave ronroneo.
Fue ese sonido cadencioso el que la hizo deslizarse por la pendiente de la inconsciencia. Pero en lugar de dejarse abrazar, fue como caer hacia atrás.
Aurora tragó una bocanada de aire como si hubiera sufrido una apnea. Abrió los ojos, convencida de que solo habían pasado unos instantes. Pero se dio cuenta de que la luna se había movido por el cielo y ahora asomaba baja, a través del cristal de la ventana, como si mirara hacia dentro.
Aurora se sentía suspendida en una dimensión indefinida. Aunque había abierto los ojos, era incapaz de apartar el velo brumoso que separaba el sueño de la vigilia. Las percepciones eran amortiguadas. Su propio aliento parecía provenir de un lugar lejano.
El gato se había levantado y estaba a los pies de la cama. Señaló la puerta y emitió un sonido gutural, un resoplido parecido a un gruñido.
Había una sombra en el umbral de la habitación.
Aurora no podía moverse. Estaba paralizada, pero alerta. Quería gritar, pero su voz se perdía en el fondo de su garganta. Parpadeó varias veces para enfocar la silueta que la observaba.
Su madre.
La tenue luz del exterior la perfilaba con trazos cincelados. Iba vestida de Medea, en su último papel estelar.
Llevaba una túnica blanca y una guirnalda en la cabeza. Los ojos muy maquillados, el rostro extasiado: una diva ante un público invisible.
En sus muñecas, dos brazaletes en forma de serpiente que trepaban por su antebrazo. Como si tuvieran vida propia, parecían moverse sobre su piel blanca. Se deslizaban como malos pensamientos.
No, no eran serpientes. Era sangre.
Gruesos riachuelos de sangre. Sangre fluyendo de su cuerpo como el día que la había encontrado inerte en la bañera.
Aurora encontró fuerzas para superar el bloqueo que impedía que le saliera la voz.
—Mamá —gimió—. ¿Eres tú de verdad? —La figura del umbral no respondió—. ¿Por qué me dejaste sola? Tras la muerte de papá podríamos habernos apoyado mutuamente.
El rostro de la madre se inclinó un poco.
—Dos no pueden sobrevivir al mismo dolor.
Aurora sintió que las lágrimas le corrían por la cara.
—No es justo.
—Eras solo una niña. Aún podías realizar tus sueños.
—Hizo una pausa para dar efecto, como una actriz consumada.
Como si abandonar el escenario la hubiera obligado a vivir lo cotidiano interpretando un papel.
Madre solícita, madre ausente. Madre necesitada de atención como una hija—.
¿Pero cómo se puede conseguir eso con una madre loca? —concluyó.
Entonces, una larga sonrisa pareció cortarle la cara en dos. Su rostro se transfiguró en una máscara que se deslizó hacia atrás como una capucha que se levanta.
Aurora quedó horrorizada ante el escalofriante espectáculo.
Tras la máscara se revelaba un rostro de granito, con ojos de piedra que la sondeaban desde las profundidades de la oscuridad.
—¿Ma… Mamá? —tartamudeó Aurora.
—Tu madre ya no existe —respondió una voz grave. Sonaba como procedente del interior de las paredes—. Hizo su elección.
En lugar de su madre, ahora había una estatua esculpida en las sombras. Una figura de piel lisa, pies descalzos, vientre prominente y cráneo afeitado, en el que se vislumbraba una red de cicatrices.
Curzi. El exneurocirujano que se convirtió en asesino después de que su hijo muriera bajo el bisturí en su propia mesa de operaciones.
Desde el momento en que Aurora lo conoció, en la oscura habitación de la institución mental donde estaba encerrado, su voz se había colado bajo su piel y nunca se había ido.
Era como un monstruo nacido de la misma oscuridad de la que ella había intentado escapar toda su vida. Sin embargo, era la única criatura en el mundo que parecía comprenderla de la forma más pura.
—Habría podido ayudarle... —murmuró Aurora, abatida.
—Antes de curar a alguien, pregúntale si está dispuesto a renunciar a las cosas que lo enfermaron —sentenció—.
Ya lo decía Hipócrates. ¿No cree que es una de las claves para descifrar la naturaleza humana?
Cada uno de nosotros elige para qué vive y para qué muere.
¿Para qué quieres vivir, Aurora? ¿Y por qué estarías dispuesta a morir?
«No permitas que las voces de tu cabeza te hagan creer que son reales», le había dicho su psiquiatra cuando estaba en rehabilitación en la clínica de Turín.
—Déjame en paz —protestó Aurora en apenas un susurro—. Solo eres el residuo de una pesadilla. No eres real. La suya parecía una última y desesperada apelación a la racionalidad.
—La fantasía y la realidad son químicamente idénticas —le instó Curzi—. ¿Es real el miedo? No puedes tocarlo, pero no te ha abandonado. Nunca. ¿Es real el amor? Sin embargo, en su nombre estamos dispuestos a entregarnos. Incluso a matar.
—No es amor si mata —objetó Aurora.
Los labios de Curzi se curvaron en algo parecido a una sonrisa.
—Eres muy buena con las definiciones. Pero eres incapaz de relacionarte con los demás. Por eso encierras a la gente en patrones de comportamiento. No son más que jaulas, con barrotes dibujados en las paredes, en las que acabas encerrándote.
—Así es como atrapo a los asesinos.
—Sí, eres una científica de la mente. Sin embargo, eres rehén de la tuya propia. Hasta el punto de que ya no sabes quién eres.
La cicatriz de la sien le empezó a arder, como si de repente se hubiera incendiado. Aurora intentó mover la mano para rozarla, pero fue en vano.
—Sé quién soy.
—Es el fragmento de bala en tu cabeza el que habla. Sin él, ya no reconocerías tus propios pensamientos. Ya no sabrías lo que quieres.
—Solo me gustaría ser normal —dijo Aurora—. Me gustaría acabar con los rumores de una vez por todas.
—La normalidad es una condena. Aunque sea la diversidad la que te condena a la soledad. —Lo dijo como quien conoce bien la soledad.
—Me siento como un peón en el tablero de ajedrez. Pero esta no es mi partida y estoy demasiado cansada para jugar.
—Entonces deja de intentar complacer a tu padre. ¡Reclama tu libre albedrío, Aurora! ¿Quieres ser una oveja en un mundo de ovejas?
—¡Quiero la verdad! —protestó ella.
Por un momento, el reflejo de la luz de la luna brilló en los ojos de Curzi.
—Estabas dispuesta a abrir la puerta del pasado para iluminar la verdad. Pero cuando te acostumbras a caminar en la oscuridad durante demasiado tiempo, hasta la luz más tenue puede ser cegadora. ¿Estás dispuesta a cargar con las consecuencias de esa verdad que insistes en buscar?
—¿Por qué sigues atormentándome? —Las muñecas de Aurora se liberaron, como si las correas invisibles que la inmovilizaban se hubieran aflojado de repente. Se agarró a las mantas e intentó tragar una bocanada de aire, pero su respiración se detuvo en algún lugar entre la tráquea y el abdomen.
Luego cerró los ojos con fuerza. Empezó a contar hacia atrás, de cinco a cero, como hacía de niña cuando las pesadillas la despertaban en mitad de la noche y el miedo le hacía creer que el corazón le iba a estallar en el pecho.
Cuando volvió a abrirlos, Curzi había desaparecido.