Capítulo66
Aurora se dejó caer al suelo y apoyó la nuca en la rodilla de Bruno. Permanecieron inmóviles durante lo que pareció un tiempo infinito. Sin mirarse.
Aurora se cubrió la cara con las manos. Tuvo que luchar para no echarse a llorar.
Se sentía como si hubiera cruzado un largo y accidentado camino a través de un pantano plagado de horrores, solo para descubrir que no había salida.
Esos horrores la perseguirían hasta el último de sus días; suponiendo que sobreviviera a las afiladas garras de Valraven…
A su sed de sangre… Ya que se había propuesto dar caza a todos los que estaban relacionados de alguna manera con la investigación de su padre.
¿Realmente se estaba vengando porque habían estado tan cerca de su captura?
No, Aurora pensaba que había algo más. Por fuerza debía de haber algo más que diera sentido a la agresividad de aquel asesino.
«Es una cuestión personal».
Aquellas palabras eran como una infección en su tejido cerebral.
¿Hasta dónde tendría que excavar para dar por fin una respuesta a las preguntas que la atormentaban?
¿Hasta dónde llegaban las ramificaciones del plan del asesino?
Aurora tenía la impresión de que el tiempo se aceleraba.
¿Cuánto faltaba para la próxima víctima?
De nuevo, la imagen de Silvia apareció ante ella. Era como si la tuviera delante. Sonriente, llena de entusiasmo, en el momento en que estaban bromeando. Antes de que se desatara el infierno.
Un infierno de balas y cristales rotos, de humo y heridas sangrantes.
El silencio llenó el espacio entre ella y Bruno. Insalvable, como si estuvieran sentados en dos planetas distintos.
—No fue culpa tuya —dijo Bruno en voz baja, apenas audible.
Sin embargo, resonó en la habitación como un grito—.
Eres una persona maravillosa, Aurora. —Sus ojos se habían humedecido.
Tampoco a él le resultaba fácil dominar las emociones que le embargaban—.
No dejes que nadie te haga creer lo contrario.
Sobre todo un asesino despiadado que intenta manipularte.
Aurora le lanzó una mirada llena de melancolía.
—Pero es la sangre de Silvia la que tengo en la ropa.
Sin responder, Bruno se arrodilló a su lado y puso los dedos en los primeros botones de la camisa de Aurora. Comenzó a desabrocharlos uno a uno, empezando por los del cuello. Lo hizo despacio, con cuidado, como si estuviera manipulando un material valioso.
Cuando terminó y desabrochó el último botón de abajo, se ocupó de los puños y la ayudó a quitarse la camisa.
Aurora le complació con delicados movimientos de los brazos. Se estremeció cuando la mano de Bruno rozó su piel desnuda.
Bruno se levantó. La cogió de la mano para sostenerla mientras ella también se ponía de pie.
Le desabrochó los pantalones manchados de sangre, luego los deslizó hasta el suelo y se los quitó por los tobillos.
Cogió del perchero el kimono de seda negra con estampado floral en la espalda y la ayudó a ponérselo.
Aurora lo cerró y se apretó demasiado el cinturón, presa de una repentina vergüenza.
Estaban uno frente al otro.
Los ojos de Bruno eran como rendijas desde las que se vislumbraba el iris verde petróleo.
Aurora se le acercó y le cogió la cara con las manos. Siguió acercándose hasta que los labios de ambos entraron en contacto.
Aurora y Bruno intercambiaron un beso que no fue solo un beso, sino un encuentro sobrecogedor entre dos almas errantes reunidas tras una larga separación. Respiraron en el rostro del otro, como suspendidos en un espacio intangible, inmersos en un profundo sentimiento de pertenencia.
Pero solo duró un instante.
Bruno retrocedió.
—No puedo... —murmuró.
Aurora bajó ligeramente la mirada.
—Lo siento, no debí...
—No digas eso —la interrumpió Bruno—. Ha sido lo único bueno de estos últimos meses.
Aurora retrocedió un paso. Ni una palabra escapó de sus labios.
—Tengo que volver con Chia, la he dejado sola demasiado tiempo —continuó él—. Está destrozada. Mañana es el funeral de su madre.
—Dale un fuerte abrazo cuando llegues a casa —le dijo, acompañándolo hacia la salida.
Bruno asintió. En el umbral, le cogió la mano. La apretó, y la miró a los ojos. ¿Por qué era tan difícil marcharse?
Permanecieron así, perdidos en la mirada del otro. Conscientes de que nunca podrían tener un futuro juntos. Intentaban con todas sus fuerzas escapar de los errores del pasado.
Fue Aurora quien retrocedió, zafándose de su agarre.
Bruno esbozó una sonrisa torcida. Luego se dirigió hacia el coche. Al abrir la puerta, le llegó la voz de Aurora.
—Ten cuidado.
—Lo tendré.