Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo65
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Capítulo65

—¡Ay! —exclamó Bruno, mientras Aurora le limpiaba la herida de la frente con un algodón empapado en desinfectante. Se habían trasladado al cuarto de baño, donde Aurora guardaba el botiquín y, mientras lo curaba, lo hizo sentarse en el borde de la bañera.

—Para —lo reprendió ella—. Tengo que limpiarla bien antes de ponerte unas gasas.

—Solo es un corte pequeño. Sobreviviré.

—Necesita puntos —dijo Aurora cuando hubo terminado—. ¿Y ahora quieres contarme qué te ha pasado?

Bruno levantó ligeramente un hombro. Me choqué con el puño de un par de nazis. Pero no te preocupes, me encargué de ellos. Ahora están bajo custodia judicial.

—¿Nazis? ¿Como los de las carreras fantasma?

—Es hora de que sepas la verdad, Aurora —suspiró Bruno—.

No me metí en esas carreras por la fiebre de la velocidad, nunca lo habría hecho después de que mis excesos condenasen a Umberto a una silla de ruedas.

—La mera mención del hijo de Piovani, otrora su mejor amigo, arrancó a Bruno una mueca de dolor—.

Se trataba de una operación encubierta, supervisada por el fiscal adjunto Giuseppe Torrese, destinada a desarticular el tráfico de armas de Ottaviano «Otta» Bargellini y reunir pruebas para inculpar al Santo.

—¿Q… qué? —estalló Aurora—. Por el amor de Dios, ¿por qué no me lo contaste?

—¡No podía hablar del asunto con nadie! —protestó Bruno—.

Ni con Piovani, ni mucho menos con Venturoli.

Ni siquiera contigo, y no sabes cuánto me pesaba.

Torrese lo tenía muy claro. El riesgo de comprometer mi tapadera era demasiado alto.

Infiltrarme fue fácil gracias a la red de conocidos que había creado cuando competía tras volver del ejército.

Aproveché que las carreras fantasma se celebraban en los valles, a kilómetros de Sparvara, o en grandes ciudades como Módena, Mantua y Bolonia, donde nadie sabía quién era yo.

Si se hubiera filtrado que era policía, meses de investigaciones encubiertas se habrían ido al carajo.

—Y estos días has dejado que pensara que te habías metido en quién sabe qué líos.

—Lo sé —admitió Bruno—. Estaba dispuesto a contártelo todo, te lo juro. Pero entonces pasó lo que pasó y nos perdimos de vista. Nunca imaginé que nuestras investigaciones estuvieran conectadas.

—En Alemania descubrí que la Operación Rosa Blanca tuvo lugar durante un intercambio de armas en el que participó la ‘Ndrangheta —dijo Aurora—. Valraven fue llamado por Narciso Santini, conocido como u’ Ziu, para contrarrestar el ascenso al poder de su sobrino...

—Ferdinando Santini, conocido como el Santo, que entre sus actividades delictivas también dirige carreras fantasma —la interrumpió Bruno.

—El nombre del Santo sigue repitiéndose incluso entre las notas de mi padre —comentó Aurora—.

Por lo que he leído, en las semanas siguientes al fracaso de la Operación Rosa Blanca, las hostilidades internas en el clan Santini llegaron a su fin.

Sin ir más lejos, con la muerte de u’ Ziu.

Se dice que fue el propio Santo quien lo abatió de un disparo en la cabeza, tras someterlo a atroces torturas.

—Pero entonces, ¿qué pasa con su padre, Venanzio Santini? Lleva prófugo desde 2004. ¿Cómo es posible que no se sepa nada de él desde entonces?

—Papá tenía una teoría al respecto. En un memorándum escribió que la fuga de Venanzio Santini fue un montaje con el que el Santo inició su ascenso al poder.

Como sabía que los investigadores estaban llegando a su padre, se deshizo de él con la misma frialdad con la que se habría deshecho de un rival incómodo.

—No es de extrañar que se le considere uno de los capos más fieros que existen —comentó Bruno.

—Sí. Y fue la sospecha de que el Santo se había cargado a su propio padre lo que impulsó a u’ Ziu a iniciar la guerra contra él.

Bruno se quedó pensativo unos instantes.

—Hay algo que debes saber —dijo—. Después del atentado en el que Elena perdió la vida, acorralé a Otta y lo obligué a hablar.

Fue él quien señaló a Valraven como destinatario de un cargamento de explosivos.

Por eso cuando leí su nombre en el expediente de tu padre palidecí.

Tengo razones para pensar que fue él quien colocó el artefacto que mató a Elena en mi coche.

—El objetivo eras tú. —Las palabras escaparon de los labios de Aurora—. Pero no por la razón que tú creías. La rivalidad en el ambiente de las carreras no tiene nada que ver, ni tampoco la ‘Ndrangheta... —Lo dijo casi en un susurro, como si estuviera pensando en voz alta.

—Temía que hubieran descubierto mi tapadera —continuó Bruno—.

Cuando encontraron el cuerpo de Otta, me di cuenta de que no era así.

Había algo más. Todo formaba parte de un plan mucho mayor.

Por suerte, Tom pudo piratear los ordenadores de Otta.

Con todo el material reunido en los discos duros, Torrese ha podido dar un paso más allá en la investigación sobre el Santo.

En unas horas, se emitirán órdenes de arresto para toda la dirección del clan.

—Hizo una breve pausa—. Aunque, lo admito, hubo un momento en que pensé que todo estallaría.

—¿Qué quieres decir?

—En un momento dado, apareció una cuenta atrás en los monitores...

No sabía qué pensar, temía que hubiera un artefacto listo para explotar y destruir las pruebas, algún tipo de plan de contingencia.

Pero registré la casa de Otta y no encontré rastros de explosivos activados.

De hecho, cuando se reinició el tiempo, no pasó nada.

Aurora abrió los ojos como platos.

—¿Una cuenta atrás? ¿A qué hora terminó?

—Hoy a la una.

—Silvia —dijo Aurora con un suspiro—. Quedamos sobre las doce y media en la Osteria del Vecchio Borgo, pero he llegado quince minutos tarde. El tiroteo ha empezado a la una en punto.

—Mierda —siseó Bruno—. Valraven había planeado el ataque con días de antelación. La primera vez que me topé con esa cuenta atrás fue hace dos días, antes de que partieras hacia Alemania.

—¡Así que el muy cabrón ya había decidido que la próxima víctima sería Silvia!

—Sí, y si no hubiera estado contigo, probablemente ya estaría muerta —dijo Bruno, buscando los ojos de Aurora—.

Nos vigila a todos. Aunque no hubiera sabido a través de tu teléfono móvil clonado que os reuníais en la Osteria del Vecchio Borgo, la habría atacado en otro lugar, tal vez en algún sitio aislado donde nadie pudiera rescatarla.

—Ojalá me hiciera sentir mejor, pero hasta que Silvia no esté fuera de peligro, no me quedaré tranquila...

—Aurora se dejó llevar por el flujo de pensamientos, intentó unir las piezas que tenía a su disposición, pero en lugar de encontrar respuestas, las preguntas se multiplicaron—.

Has dicho que la primera vez que te encontraste con la cuenta atrás fue hace dos días. ¿Puedo preguntarte cómo ocurrió?

—Estaba en casa de Tom buscando información sobre Valraven en la web oscura.

En un momento dado, la cámara de su ordenador se encendió, como si alguien se hubiera conectado para espiarnos.

Fue en ese momento cuando bajé las escaleras y vi una furgoneta azul aparcada delante de la puerta.

Intenté perseguirla, pero consiguió dejare atrás.

—¿Una furgoneta azul, dices?

Bruno asintió.

—Tom dijo que no era la primera vez que la veía.

—Me lo contó —admitió Aurora, clavando la mirada en la punta de sus botas. Ahora que había hablado con su colega, ya no tenía ninguna duda sobre la verdadera razón por la que Valraven había ido tras ella. Y se sintió desolada al darse cuenta de ello.

—Eh, ¿qué te pasa? —Al no recibir respuesta, la cogió por los brazos y la sacudió ligeramente.

—Ahora lo sé. —Aurora se mordió el labio—. Es un asunto personal, Bruno...

—¿Qué quieres decir?

—Que Elena murió por mi culpa.

Bruno la miró durante unos larguísimos segundos, sin poder decir palabra.

—Entre las notas de mi padre —continuó Aurora— encontré una copia de un correo electrónico que le había enviado el propio Valraven. Una carta que databa de octubre de 2004, en la que lo conminaba a dejar de investigarle, o daría caza a todas las personas que quería. Y los mataría, una tras otra.

Bruno escuchó con atención mientras fruncía ligeramente el ceño.

—Por supuesto, papá se mantuvo impertérrito, y de hecho dio un nuevo impulso a la investigación, porque sabía que estaba a punto de atraparlo —continuó Aurora—.

Pero ahora, después de todos estos años, Valraven está poniendo en práctica la promesa que le hizo a papá. Solo que ahora yo soy su objetivo.

—¿Para qué? —le preguntó Bruno—. Tú no eres responsable de las decisiones de tu padre.

—No creo en las coincidencias —dijo Aurora con seguridad—.

Valraven es un individuo despiadado y vengativo.

Asesinó de una manera brutal a Alfredo Serrano porque había hablado.

Intentó matarte a ti, pero Elena se interpuso.

Y ahora Silvia... —Pronunció estas últimas palabras con voz temblorosa.

La imagen de su amiga conectada a la maquinaria, luchando por sobrevivir, en aquella cama de hospital se le apareció y tuvo que contenerse.

Las palabras murieron en su garganta y sintió un peso en el abdomen que la aplastaba.

—Escúchame, Aurora —murmuró Bruno, rozándose la mejilla con un dedo para secarse una lágrima—. He pasado por esto antes, y puedo asegurarte que culparte a ti misma no te llevará a ninguna parte.

Un suave sollozo sacudió el pecho de Aurora.

—¿No lo entiendes? —reanudó—. El tatuaje con mi nombre en el cuerpo de la primera víctima fue dibujado por una razón muy concreta.

Ese bastardo me rodeó como un depredador, y eligió golpear una tras otra a las personas que me importan.

Porque ahora sois mi familia. ¡La conexión entre Valraven, la muerte de Elena y la herida de Silvia soy yo!