Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo64
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Capítulo64

El viaje de vuelta de Turín fue agotador. Los ojos le ardían tanto que Aurora tenía que parpadear constantemente para mantenerlos abiertos.

Antes de marcharse, había pasado casi una hora leyendo el expediente de Valraven. No había parado hasta llegar a la última página. Y lo que había leído la había desconcertado.

Lo que había descubierto gracias a las notas de su padre le había permitido por fin comprender uno de los elementos clave de su investigación.

Un elemento que había trastocado por completo el escenario y que le había dado la pieza clave para descifrar la esquiva figura del sujeto al que estaba dando caza.

Al llegar frente a la casa de Sparvara, apagó el motor y permaneció inmóvil en el asiento del conductor. Estaba tan cansada que pensó que ni siquiera llegaría a la puerta principal.

Durante el viaje, no había dejado de pensar en el contenido de los archivos, pero justo antes de salir de la autopista, el recuerdo de Silvia se había enredado en su mente, anulando todo lo demás.

Toc, toc.

Jadeó. Alguien llamaba a la ventana.

Se dio la vuelta. Era Bruno.

Aurora cogió el expediente de Valraven y salió del coche. Los dos permanecieron de pie, uno frente al otro, durante unos instantes, sin decirse nada.

Bruno estaba destrozado. Tenía arañazos y rozaduras en la nariz, un ojo amoratado, el labio roto y un corte en la frente.

—Recibí tu mensaje —dijo rompiendo el silencio.

Ella le rozó suavemente el pómulo con la punta de los dedos.

—¿Qué te ha pasado en la cara?

—Deberías ver a los otros dos. ¿Esa sangre es tuya?

—Ojalá lo fuera —contestó Aurora, rozándole la camisa—. Supongo que ya has oído...

Bruno asintió.

—Hay un buen caos en la comisaría. Es el segundo ataque a un miembro de la policía en pocos días.

—¿Alguna noticia sobre Silvia? —preguntó Aurora con aprensión.

—Los médicos que la tratan todavía no han dado a conocer el pronóstico —respondió Bruno con voz controlada—. Por desgracia, aún no está fuera de peligro. Estas horas serán cruciales.

Aurora apretó los labios. Quiso replicar, pero las palabras murieron en su garganta al sentir que se hundía en un abatimiento que casi la dejó sin aliento.

Después de todo, ¿qué podría decir? Silvia se encontraba en la cama de un hospital porque Aurora no había sabido anticiparse a los movimientos del asesino.

La habían pillado desprevenida demasiadas veces.

Miró a su alrededor. De repente, le pareció oír un ruido. La desagradable sensación de sentirse observada se deslizó entre su estómago y su diafragma. Como si hubiera una presencia rondando cerca.

Alguien más aparte de ellos. Oculto en las sombras.

Pero ¿era realmente así o su mente le estaba jugando una mala pasada?

Desde que había empezado la historia del Segador, ya no se sentía segura. ¿Sería siempre así a partir de ahora? Valraven había conseguido plantar la semilla de la duda en su interior. Ahora que sabía que tenía el teléfono bajo control, sintió que le pesaba en el bolsillo como una roca.

—Entra —dijo entonces—. Hay que curar esa herida.

Bruno la siguió al interior.

«Miau» se oyó, mientras cerraba la puerta.

—¿Y quién es este?

—Esta —señaló Aurora—. Déjala entrar, le prometí darle algo de comer, pero he estado fuera todo el día.

—¿Se lo prometiste... a un gato?

Aurora la agarró por los hombros y la levantó del suelo.

—Ven, gatita —le dijo. Luego, a Bruno—: Aún no he encontrado un nombre para ella. ¿Sugerencias?

—¿Qué tal T-Rex?

—No lo dices en serio —refunfuñó Aurora, cogiendo la última lata de atún de la despensa y el habitual platito de café.

En respuesta, la gata empezó a frotarse en sus tobillos. Aurora se agachó y le rascó el hocico, antes de colocar el platillo con la comida a los pies de la mesa.

—¿Qué tiene eso de extraño? De niño siempre quise tener un dinosaurio de mascota. —La frase consiguió arrancar una sonrisa a Aurora—.

—Y yo que estaba pensando en Marc Bolan.

—No tengo ni idea de quién es.

Aurora entró en el salón y conectó su móvil al altavoz. Tras buscar por la biblioteca musical, las notas de Get it on , de T. Rex, resonaron en la habitación.

—¿Te suena?

—No exactamente. ¿Y eso qué es? —preguntó Bruno, mientras señalaba la pared con las fotos de la escena del crimen de la Cartuja, el boceto que había hecho con Plácido Ferri y la pizarra con las notas.

Aurora se puso al lado de su colega.

—El resultado de intentar construir un perfil psicológico del comportamiento del Segador. El problema es que mientras yo luchaba por construir el suyo, él construía el mío.

—¿Qué quieres decir?

—Todo empezó la noche que fui a tu casa.

Estaba tan agotada que me quedé dormida en el sofá.

Luego, con todo lo que pasó, apenas conseguimos intercambiar unas palabras.

—Aurora se mordió el labio, arrepentida de haber evocado el momento que había precedido a la muerte de Elena—.

Acababa de ocurrir algo que tenía que contarte. Algo terrible...

Bruno apartó la mirada un momento. Aquel recuerdo le estrujó el corazón.

—Continúa —suspiró.

—El asesino... el Segador... me había secuestrado la tarde anterior, mientras estaba en el parque que hay cerca de mi casa. Después de drogarme y encerrarme en el maletero de un coche, me llevó a un bosque a las afueras de la ciudad. Luego se marchó, dándome la oportunidad de liberarme.

—¡¿Q… qué?!

—Eso es exactamente lo que pasó —admitió Aurora—.

Durante días me pregunté por qué lo había hecho.

Darme cuenta de la verdad fue devastador: aprovechó el secuestro para clonar mi móvil y luego dejar que yo lo encontrara.

¿Comprendes? Desde entonces, ha estado al tanto de todos mis movimientos.

Lo que me enfurece es que no me haya dado cuenta hasta hoy, en el hospital... después del tiroteo.

—No tiene ningún sentido —estalló Bruno, y se pasó las manos por la cara—. Primero el tatuaje, luego el secuestro. Finalmente... Silvia.

Aurora le dirigió una mirada intensa mientras dejaba la carpeta sobre la mesa.

—Está todo aquí —dijo.

Bruno leyó el nombre en la portada y contuvo la respiración.

—¿Valraven? —dijo, y palideció al encontrar el mismo nombre que Otta había dado como responsable de la muerte de Elena—. ¿Co… cómo sabes ese nombre?

—Surgió durante la investigación del asesinato de la Cartuja —respondió Aurora—.

Gracias a Tom, pude rastrear la identidad de la víctima.

Se trataba de Alfredo Serrano, un afiliado al clan Santini, a quien mi padre convenció para que se convirtiera en colaborador de la justicia.

En 2005, Serrano fue el testigo clave para tender una trampa a un sicario internacional que se hacía llamar Valraven, el cuervo de los muertos de la mitología vikinga.

Bruno estaba desconcertado y se esforzaba por seguir el razonamiento de su colega.

—Santini... los vikingos... ¿de qué estamos hablando, Aurora?

—Mi padre persiguió a ese asesino durante años.

Atraparlo se había convertido en una especie de obsesión —dijo Aurora con un tono afectado—.

Sospecho que era un verdadero desafío para ambos.

Gracias a sus investigaciones, descubrí que Valraven estaba implicado en decenas de casos de asesinatos de jueces, de agentes de la ley, de testigos en casos criminales de alto nivel, de políticos y que incluso se lo relacionaba con algunos atentados terroristas en los años noventa y principios de los 2000.

Valraven actuaba por encargo para los capos más feroces del hampa, y no solo en Italia.

Modificaba su modus operandi según las circunstancias, hasta el punto de que nadie, salvo mi padre, había sido capaz de reconocer su firma en casos aparentemente no relacionados.

Nervioso, Bruno se pasó una mano por el pelo.

—Entonces... ¿Valraven y el Segador son la misma persona? —Aurora se limitó a asentir—. ¿De dónde ha salido este expediente? —preguntó Bruno.

—Acabo de regresar de Turín. Tras la muerte de mi padre, escondí copias de los documentos relativos a sus casos en un agujero en la pared del desván de la vieja casa.

—Los ojos de Aurora se humedecieron—. Al principio había pensado destruirlos, porque estaba convencida de que lo habían matado por lo que estaba escrito en ellos.

Con la muerte de papá, lo que quedaba del equilibrio psíquico de mi madre se vino abajo.

Fue el principio del fin de nuestra familia...

—Pasó los dedos por el pastillero de plata que llevaba al cuello, siguiendo un viejo ritual que podía devolverle la calma—.

De niña, solía arrancar papeles de los cuadernos, escribir algo en ellos y esconderlos en lugares de la casa.

Quizá lo hacía para la posteridad, imitando ciertas películas antiguas de ciencia ficción.

O para mi yo futuro, no lo sé. El caso es que decidí hacer lo mismo con aquellos documentos.

Los guardé en un lugar secreto, donde permanecerían para siempre.

Suena estúpido, lo sé. Pero fue como enterrar la parte de mi pasado que más me dolía.

—¿Crees que fue Valraven quien asesinó a tu padre?

Aurora negó con la cabeza.

—Lo excluyo, aunque imagino que él habría deseado hacerlo.

En marzo de 2005 comenzó la operación para capturarlo, cuyo nombre en clave era Rosa Blanca.

Fue coordinada por papá e Isaak Stoner en colaboración con la policía alemana.

No tuvo éxito, pero, aunque Valraven consiguió escapar a Europa del Este, fue detenido por las autoridades locales.

Por lo que sé, estuvo en la cárcel primero en la República Checa y luego en Eslovaquia.

Durante años nadie volvió a saber de él. Hasta hoy.

Bruno respiró hondo.

—¿Quién es Valraven en realidad? —le preguntó.

—Nadie ha descubierto nunca su verdadera identidad — respondió Aurora—.

Mi padre había recogido una serie de testimonios en los lugares de los crímenes que se le atribuían.

—Abrió el archivo y extendió sobre la mesa unas imágenes que su padre había realizado con una versión antigua del mismo programa informático que ella había utilizado para hacer el retrato robot del hombre del parque—.

San Basilio, Roma, 2001. El testigo clave del macrojuicio contra la ‘Ndrangheta, Gaetano Musolino, aparece muerto en una habitación de hotel.

Los conserjes informan que un desconocido de pelo largo y barba espesa se aleja a través de una entrada de servicio de manera sospechosa.

»Marsella, 2001. El asesinato del comisario Vincent Legrand, de la Sûreté, fue atribuido por algunos testigos a un hombre de pelo rizado y con una llamativa cicatriz en la mejilla izquierda.

Santa Marta, Colombia, 2002. Muere Ignacio de la Huerta, militante de un partido político opuesto a los cárteles de la droga.

La última persona que se ve en su compañía es un hombre calvo, de nariz grande y bigote francés.

Y estos son solo tres de los diez casos atribuidos a Valraven analizados en este dosier.

Bruno señaló el boceto que Aurora había hecho y que estaba colgado en la pared, junto a las fotos del cadáver de Alfredo Serrano.

—Los retratos que me has mostrado no parecen tener mucho en común con esa cara —objetó.

Aurora miró a su vez el dibujo.

—Es el retrato robot del hombre que me secuestró.

Se sentó a mi lado en el parque, donde yo pasaba la hora del almuerzo.

Cambió mi vaso por el suyo, en el que había disuelto un potente narcótico.

—Se aclaró la garganta—. Observa los rasgos somáticos básicos.

Ojos, nariz, boca. Parecen personas distintas, pero no lo son.

Gracias a mi padre por fin he atado cabos.

Valraven es un mago, un genio del disfraz.

Esto le ha ayudado a convertirse en uno de los criminales más escurridizos de la historia.

Un asesino a sueldo tan invisible como letal.

En cada uno de sus crímenes, el modus operandi es diferente.

Pero la firma es siempre la misma: Valraven muestra una cara distinta cada vez.

Había una frase, que Aurora había leído entre las notas de su padre: «Estoy dándole caza a un hombre de mil caras».

Aquella definición había encendido en sus ojos la luz de una nueva conciencia.

El hombre del parque.

El doble de Guido Bonetti que se había presentado en la Unidad Anticrimen para denunciar el robo del coche.

El comisario Calzolari, la primera vez que se topó con él en la escena del crimen de la Cartuja.

Aurora recordaba bien el momento en que se había acercado a ella aquella noche.

«Encantado de conocerla por fin», le había dicho con una enigmática sonrisa.

A Aurora aquella frase le había parecido extraña, pero aquel día desde luego no podía entender qué ocultaba.

Recordaba también cuando había conocido al verdadero Calzolari a su regreso de Alemania, en el despacho de De Robertis.

¿Nos conocemos? le había preguntado Aurora.

«Sin duda la recordaría», había respondido él.

Tres personas aparentemente distintas. Sí, aparentemente.

Porque en realidad siempre había sido la misma, Valraven, quien de vez en cuando se había hecho pasar por un individuo diferente, disfrazándose según las circunstancias para seguir de cerca las investigaciones y llevar a cabo arteras maniobras de despiste.

Se había burlado de ellos mostrándose a plena luz, pero una luz que proyectaba sombras nítidas sobre su identidad. Había caminado entre ellos, había actuado sin inmutarse.

Cada vez había conseguido desviar la atención de sus verdaderas intenciones.

Cada vez se había asegurado de ir siempre un paso por delante.