Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo63
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Capítulo63

Aurora se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja antes de llamar al timbre.

La casa no era muy diferente de como la recordaba.

El color del revoque había cambiado de un amarillo cálido a un naranja brillante, y las rejas de las ventanas habían sido sustituidas.

A un lado del jardín aún estaban los rosales que su madre había mandado plantar, y por detrás asomaba el follaje de un majestuoso pino.

El perímetro estaba rodeado por un seto bien cuidado y el césped era bajo y estaba recién cortado.

Al cabo de unos instantes, una mujer de unos cuarenta años, de pelo castaño rizado y pequeños ojos color avellana, le abrió la puerta.

—¿Puedo ayudarle? —preguntó con un deje de inquietud.

Aurora se arrebujó en su abrigo.

—Disculpe, comprendo que la hora no es apropiada, pero he hecho un largo viaje para llegar hasta aquí.

—En efecto, no es un buen momento. Estábamos poniendo la mesa para la cena.

Desde el interior de la casa se oyó la voz de un niño.

—¿Quién es, mamá?

La mujer suavizó el tono de voz.

—No pasa nada, cariño. Ve a lavarte las manos, ahora voy. —Luego su atención volvió a Aurora—. Si ha venido para vender algo, no le haré perder el tiempo. Ya le digo ahora que no me interesa.

Aurora esbozó una sonrisa.

—No, claro que no. Sabe, yo viví en esta casa una vez.

La mujer entrecerró tanto los ojos que parecieron desaparecer dentro de su cara.

—No le sigo...

—El pino del fondo se plantó el día de mi nacimiento —dice Aurora—. Era una tradición familiar celebrar una nueva vida con un árbol nuevo. Le confieso, sin embargo, que cuando yo era niña el jardín no estaba tan bien cuidado.

—Gracias, transmitiré sus cumplidos a mi marido. Él se encarga de ello. —Hizo una breve pausa, como para buscar las palabras adecuadas—. Ahora estoy muy ocupada. Si me disculpa... —y se dispuso a cerrar la puerta.

—Por favor —la cortó Aurora, poniendo la mano en la hoja de la puerta. Su mirada estaba alerta, recorría nerviosa el pasillo de entrada, en busca de un resquicio por el que colarse—. Realmente necesitaría entrar. Es cuestión de un minuto, se lo aseguro.

La mujer mostró una expresión preocupada.

—¿Sergio? —dijo en dirección al interior de la casa—. ¿Puedes venir un momento?

Detrás de ella apareció un hombre apuesto con un niño de cuatro años en brazos.

—¿Quién es esta mujer?

—Dice que vivía aquí, e insiste en entrar —respondió su mujer, como si Aurora no estuviera presente.

—Me doy cuenta de que esto puede sonarles extraño, pero dejé algunas pertenencias personales aquí que realmente necesito en este momento.

—Imposible —replicó Sergio—. Cuando nos mudamos, la casa estaba vacía. No quedaba ni un solo mueble de los dueños anteriores.

—Permítame que insista. Lo que busco está en el desván.

—¿El desván? —murmuró el hombre—. Lo siento, pero llevamos las últimas cajas a Cáritas hace años y solo había juguetes viejos. Lo estoy arreglando para hacer una habitación.

—Digamos que están muy bien escondidas. Yo misma pensaba que nunca querría volver a por ellas... hasta hoy. —De nuevo, Aurora se acurrucó en su abrigo como protegiéndose del frío cortante de la noche.

—Escúcheme —le espetó su interlocutor—. No sé quién es, y desde luego no voy a discutir con usted durante la hora de la cena. Vuelva mañana por la mañana y veré si puedo ayudarle.

—No puedo esperar hasta mañana por la mañana —sentenció Aurora. Al darse cuenta de que había hablado demasiado alto, corrigió su tono—. Créame, es un asunto de la máxima importancia.

Los ojos del hombre se entristecieron. Le entregó el niño a su mujer y le hizo un gesto para que se fuera. Luego se volvió hacia Aurora.

—No me haga llamar a la policía. —El tono era bajo pero firme.

—Maldita sea, yo soy la policía —dijo mientras sacaba su placa de identificación.

—Subinspectora Scalviati —leyó el hombre en voz alta—. ¿Hay algo de lo que deba preocuparme?

—Por supuesto que no. Solo necesito recuperar unos documentos y le juro que no volverá a verme.

El hombre permaneció inmóvil y la observó durante unos instantes, como si estuviera meditando la respuesta.

—Supongo que no tendrá algún tipo de orden, ¿verdad?

Aurora negó con la cabeza.

—Como le he dicho, son efectos personales.

El hombre dejó escapar un amplio suspiro.

—De acuerdo. —Luego le hizo un gesto para que entrara—. Le daré unos minutos. Pero luego tiene que irse.

—Gracias —balbuceó Aurora, apresurándose a entrar como si temiera que de repente cambiara de opinión.

Solo entonces, después de cruzar el umbral, se dio cuenta de lo poco preparada que estaba para volver a aquella casa. Tuvo que apartar la mirada de la entrada de lo que había sido el estudio de su padre para repeler la avalancha de recuerdos que amenazaba con abrumarla.

Cuántas veces se había encontrado frente a aquella puerta, observándolo concentrado en el estudio de algún expediente relacionado con una investigación que estaba siguiendo.

La repentina inmersión en el pasado le llenó el pecho de sentimientos encontrados.

En un reflejo instintivo, buscó las muescas del marco de la puerta del vestíbulo con las que su madre solía llevar la cuenta, año tras año, de su crecimiento cuando Aurora era niña.

Pero el marco había sido sustituido, como el resto de los muebles.

Sin embargo, aunque todo había cambiado casi de forma radical, cada rincón desprendía una extraña e indefinible sensación de familiaridad.

Desde la puerta del baño llegaba una especie de llamada arcana, de la que Aurora se esforzaba por escapar. Fue allí donde su madre se había quitado la vida.

Su mente regresó por un momento a aquella mañana nueve años atrás, a todo aquel rojo, que en los días siguientes había sido lavado de las baldosas, pero que no podía borrar de su memoria.

Quién sabe si esa familia estaba al tanto de los secretos que se cernían sobre su antigua casa.

La había vendido poco después de la tragedia y se había mudado a un pequeño piso de alquiler en la zona de Vanchiglia.

Nunca había vuelto. ¿Cómo habrían reaccionado si hubieran sabido lo que aquellas paredes habían presenciado?

—Por aquí. —La voz de Sergio la sacó de sus cavilaciones.

El hombre la precedió escaleras arriba y, una vez en el piso superior, de un armario sacó una barra de ropa, que terminaba en un pequeño gancho al final.

Condujo a Aurora hasta la trampilla del techo del primer piso.

Enganchó la varilla en la anilla de la trampilla y tiró con fuerza.

Con un chirrido, la escalera de acceso se extendió hasta el suelo.

—¿Todo bien ahí arriba? —dijo la mujer desde la planta baja.

—No pasa nada, Gloria —respondió su marido en voz alta. Luego, señaló con la cabeza a Aurora—. Por favor, —dijo, dejándola entrar primero en el estrecho pasadizo.

Cuando hubo subido, pulsó un interruptor para encender una lámpara de pared que proyectaba una cálida luz sobre la habitación.

—No tengo ni idea de lo que busca, subinspectora, pero como puede ver claramente, aquí arriba no queda nada.

Había listones de madera esparcidos por el suelo, junto a unas cuantas cajas con materiales de revestimiento y herramientas de bricolaje.

Aurora golpeó la pared que daba al exterior.

—¿Se puede saber qué está haciendo?

Ella lo ignoró, acercó el oído a la pared para oír mejor el eco de los golpes y se movió cada vez más hacia un lado. En un momento dado, la pared resonó.

—Aquí está —dijo Aurora exultante, y luego miró febrilmente a su alrededor.

Cogió un martillo y empezó a golpear la pared.

—¡Pare! ¿Está loca?

Aurora no le hizo caso. Se desabrochó el abrigo, que le impedía moverse. Luego siguió dando martillazos hasta que la capa de pladur cedió y dejó al descubierto un nicho en la pared. Desde allí, una serie de carpetas atadas con cuerdas se desparramaron por el suelo.

—Dios mío —suspiró Sergio mientras se acercaba—. ¿Qué es eso?

—Todo lo que me queda de mi padre —murmuró Aurora.

De repente, Sergio palideció y saltó hacia atrás.

—Coja sus cosas y salga de mi casa ahora mismo.

—¿Pero qué…? —dijo ella bajando la mirada y dándose cuenta de que, al desabrocharse el abrigo, ahora se le veía la camisa empapada de sangre—. Hubo un tiroteo... Hirieron a mi colega.

—Váyase, le he dicho. —Apretó los puños.

Aurora se dio cuenta de que la situación podía precipitarse en cualquier momento.

Ya no era su casa. Y acababa de interrumpir una velada normal de una familia normal. Una familia como nunca había sido la suya.

Recogió la carpeta con los documentos y se dirigió hacia la escalera.

—¡Sergio, la cena está lista! ¿Te queda mucho? —se oyó abajo la voz de Gloria.

—¡Deja de llamarme, que ya voy! —la cortó. Hasta que estuvieron abajo, se mantuvo a cierta distancia de Aurora, como si fuera una araña venenosa y temiera que le picara.

Sin añadir nada más, le abrió la puerta y la vio alejarse. Aurora estuvo segura de haberlo oído dar un suspiro de alivio.

Poco después, sentada en el coche, con la luz del techo encendida, empezó a hojear los papeles de su padre. Estaban bien conservados, teniendo en cuenta el tiempo que habían pasado dentro de aquel muro.

Lo que Aurora buscaba era una carpeta en particular.

Porque ahora, por fin, se acordaba.

Se acordaba de todo.

El día de la muerte de su padre, tras recibir la visita del agente que la había informado, se había instalado en su estudio. Ni siquiera pudo llorar. El aire seguía saturado con el aroma de su colonia, que llenaba el espacio de una ausencia devastadora.

Aurora no había encendido la luz. Había ocupado su lugar en el escritorio y había permanecido allí, en silencio, inmersa en la penumbra, durante un tiempo que le había parecido interminable, contemplando las cubiertas de los expedientes que yacían en la estantería, tal como él los había dejado.

Recordó que había uno con un nombre extranjero estampado. Lo miraba y lo volvía a mirar, sin poder enfocarlo. Como si de repente hubiera perdido la capacidad de leer.

Pero la mente, de algún modo, había memorizado aquel nombre. El nombre estampado en el portapapeles de su padre, que Aurora había seguido mirando fijamente el día de su muerte.

Valraven.