Capítulo62
La puerta principal de urgencias se abrió de par en par.
—¡Tenemos un código rojo! —anunció en voz alta el joven paramédico sin dejar de empujar la camilla con Silvia encima. El enfermero que estaba a su lado sostenía la vía intravenosa que se introducía en el brazo de la chica.
De camino al hospital le habían puesto un collarín para inmovilizar la nuca. Le habían puesto un vendaje provisional en la herida y una mascarilla de oxígeno en la cara.
A pesar de su insistencia, Aurora no pudo entrar en la ambulancia. Tuvo que seguirla en el coche, aunque en realidad no estaba en condiciones de conducir.
Agarraba el volante con manos temblorosas, respiración entrecortada y sollozos que de vez en cuando le brotaban del fondo de la garganta como dolorosos jadeos.
No era solo la adrenalina acumulada durante el tiroteo.
Sentía un terror ciego que llenaba cada célula de su cuerpo.
La mera idea de perder a Silvia había sido capaz de abrirle un abismo de angustia.
La sentía como una parte de ella, y en este momento era como si Aurora también estuviera sangrando.
En su mente, los pensamientos estaban revueltos. Le hubiera gustado unirse a sus colegas en la búsqueda de las pistas dejadas por el francotirador e ir tras su pista de inmediato. Sabía exactamente quién era el responsable.
Solo podía ser él, Valraven. El Segador, como lo había llamado la prensa.
De repente, el siniestro apodo que le habían puesto empezaba a cobrar sentido.
Como una profecía autocumplida, la naturaleza del sujeto que estaba cazando había surgido, acción tras acción, como si se cumplieran los siniestros presagios que se habían lanzado sobre él.
La naturaleza de un asesino inexorable, imparable, cuya fuerza residía tanto en su crueldad como en su capacidad para sembrar el caos entre sus oponentes.
Pero ¿por qué disparar a Silvia y no a ella?
Incluso durante el secuestro, Valraven había optado por dejarla con vida. Le había permitido marcharse, pero no sin antes demostrarle que la tenía en un puño.
Tras el viaje a Alemania, Aurora había dado un paso hacia la verdad. ¿Podría ser que esta fuera su represalia?
Y luego había una pregunta que la atormentaba: ¿cómo podía saber que se encontraría con Silvia en el Vecchio Borgo?
Pero estaba demasiado alterada para especular.
Era incapaz de pensar con claridad. Era como si el asesino fuera siempre un paso por delante, una presencia esquiva y omnisciente.
Un cuervo con muchos ojos, como los de la tradición nórdica, que podía ver el pasado, el presente y el futuro de manera simultánea.
Aurora se había limitado a conducir con el piloto automático hasta el hospital, drenada de toda sensación excepto de la ansiedad. Era como una gran mancha oscura que irradiaba desde su vientre hasta la periferia de su cuerpo, y que luego se extendía por todas partes.
La calzada se había desplegado ante sus ojos como un espacio sin fisuras. Y ahora se encontraba allí, tras la camilla, como si de ello dependiera su propia vida y la de Silvia.
Una chica con uniforme de voluntaria salió de detrás del mostrador de guardia y fue al encuentro de la pequeña comitiva.
—Trauma balístico —urgió el paramédico que empujaba la camilla.
—Chica, veintitantos. Está en estado crítico.
—Ha habido un tiroteo —intervino Aurora—. Ha perdido mucha sangre.
La voluntaria asintió con la cabeza y les invitó a continuar por una puerta lateral y luego por un pasillo que parecía interminable. Cuando llegaron a la entrada de Urgencias, pasó una tarjeta magnética por el lector lateral para activar la apertura.
Aurora hizo ademán de seguir a los paramédicos, pero la chica la detuvo con un gesto de la mano.
—Lo siento, a partir de ahora solo puede entrar el personal.
—¡No puedo dejarla sola! —protestó Aurora.
—Puede sentarse en la sala de espera. Está ahí mismo, en ese pasillo.
—Necesito asegurarme de que estará bien.
La otro adoptó un tono de voz condescendiente.
—Ya estamos en ello, señorita. Nos ocuparemos de su amiga.
—¡Señorita, una mierda! Subinspectora Scalviati, Policía de Sparvara.
La voluntaria hizo un imperceptible movimiento hacia atrás.
—Lo entiendo, pero de todas maneras no puedo dejarla entrar. Le avisaremos en cuanto haya novedades. Ahora, si me disculpa... —Sin darle tiempo a replicar, desapareció por la puerta.
Aurora empezó a caminar de una punta a otra del pasillo. Algunos de los pacientes ocupaban las sillas colocadas contra las paredes y de vez en cuando le dirigían miradas curiosas.
—¿Y a ti qué te pasa? ¿Qué estás mirando? —le siseó a uno.
Entonces sus ojos se posaron en sus manos y se dio cuenta de que aún estaban manchadas con la sangre de Silvia. Llevaba la camisa empapada de líquido carmesí. Incluso los pantalones y los zapatos estaban manchados.
Respiró hondo y se dirigió a la sala de espera que le había indicado la voluntaria. Solo había una anciana en silla de ruedas. Parecía como si alguien la hubiera abandonado allí y ella se hubiera resignado a esperar a que la recogieran.
Se sentó en un rincón y sacó el móvil para llamar a Bruno. Solo entonces se dio cuenta de que había una llamada perdida de Stoner. Hacía aproximadamente una hora. Al no poder localizarla, le había dejado un mensaje en el contestador. Lo escuchó.
«Hola Dawnee, estoy en el aeropuerto de Miami —dijo la voz grabada—. Voy de camino hacia ti. Dentro de unos minutos embarcaré en el vuelo de Lufthansa a Bolonia. Te espero mañana por la mañana en el aeropuerto a las 11:20. Cuídate mucho.
«Maldita sea», pensó Aurora. De inmediato trató de ponerse en contacto con Isaak, pero por supuesto el teléfono estaba desconectado: ya estaba en el aire.
La mirada de Aurora se posó en la lista de conversaciones recientes. Repasó los mensajes que había intercambiado con Silvia a su regreso de Alemania.
Abrió los ojos, mientras una terrible intuición se abría paso en sus pensamientos.
Era como si hubiera estado tanteando en la oscuridad durante tanto tiempo y ahora, de repente, una luz despiadada se hubiera encendido, iluminando la verdad que siempre había estado ante ella. Sin que ella pudiera siquiera rozarla.
«¿Cómo he podido ser tan estúpida?», gruñó.
Cuando el Segador la había secuestrado, no se había limitado a utilizar su teléfono para fotografiarla en el maletero. No había sido un mero acto de demostración. Una vez más, había conseguido desviar la atención de su verdadera intención.
Había clonado el teléfono móvil de Aurora. Y desde entonces había podido seguir todos sus movimientos, saber con quién se comunicaba, leer el contenido de los mensajes.
Por eso siempre iba un paso por delante. Por eso sabía lo de la cita con Silvia. Y había podido preparar con calma una estrategia de ataque. Golpear donde más dolía.
Aurora apretó el teléfono entre los dedos con tanta fuerza que se le blanquearon los nudillos. Por un momento, sintió la tentación de arrojarlo contra la pared, de romperlo en mil pedazos. Destruir el instrumento que Valraven había utilizado contra ella.
La investigación estaba comprometida. Cada llamada telefónica, cada mensaje no había hecho más que dar al asesino un elemento más con el que obtener ventaja.
Ella había estado en su punto de mira desde el principio.
Se sentía como una cobaya encerrada en un laberinto sin salida, obligada a seguir las mismas pistas una y otra vez.
Y cada vez que estaba a punto de asir una pizca de verdad, se la arrebataban y se encontraba de nuevo en el punto de partida.
Una dolorosa punzada en la cabeza le cortó la respiración. Era el fragmento de bala que volvía para recordarle sus errores. Solo que cada vez que cometía un error, alguien moría en su lugar. Primero Flavio. Y ahora Silvia se debatía entre la vida y la muerte.
Escondió la cabeza entre las manos y empezó a masajearse enérgicamente las sienes. No, no podía destruir el teléfono. Ni siquiera podía apagarlo. Si lo hacía, Valraven se daría cuenta de que lo sabía.
Tenía que actuar como si nada hubiera cambiado. Hacerle creer que aún la tenía en un puño. Que podía controlar sus movimientos.
Era la única manera de tener alguna esperanza de utilizarlo contra él.
Alguien le tocó el hombro, y ella dio un respingo. Levantó la mirada y se encontró ante los ojos de una enfermera de pelo caoba.
—¿Subinspectora Scalviati?
—Sí, soy yo —respondió Aurora, levantándose.
—Su compañera está en cuidados intensivos, donde los médicos la mantienen en observación.
—Se pondrá bien, ¿verdad? —preguntó Aurora con un suspiro.
—Puedo decirle que en estos momentos su estado es estable. Le han inducido un coma para tratarla lo mejor posible y mantener el dolor bajo control.
—Me gustaría verla. ¿Cree que es posible?
La otra se lo pensó unos instantes.
—De acuerdo —suspiró entonces—. Es un poco pronto para las visitas, pero puedo hacer una excepción, ya que usted es policía. Espero que no se impresione con facilidad.
La enfermera condujo a Aurora a la zona del filtro, el paso entre el exterior y el interior de la sala.
—Hemos tenido que desnudar a la paciente, los sistemas de monitorización se aplican directamente sobre el cuerpo y así podemos intervenir enseguida en caso de que sea necesaria una maniobra de urgencia —explicó, antes de invitar a Aurora a lavarse las manos con gel antiséptico.
A continuación, le hizo ponerse las zapatillas especiales y una bata de papel desechable, guantes y mascarilla.
La habitación estaba iluminada por un neón cegador.
La cama de Silvia, separada de las demás por una cortina, estaba rodeada por las máquinas que controlaban sus parámetros vitales.
Un instrumento emitía una serie de pulsos sonoros intermitentes.
Junto a ella había una mujer con bata azul que tomaba algunas notas en la historia clínica.
Silvia tenía los ojos cerrados y estaba muy pálida. De debajo de la sábana salía el pequeño tubo conectado a una vía. Verla así, conectada al respirador, sufriendo, indefensa, cuando poco antes, en el restaurante, parecía tan llena de vida, sumió a Aurora en la impotencia.
Intentó avanzar un paso, pero no pudo. Por un momento creyó verse a sí misma en aquel catre aséptico, en el coma de dos semanas que había seguido al tiroteo tras los sucesos del antiguo matadero.
Cuando despertó, descubrió que lo había perdido todo.
La ansiedad se apoderó de su garganta.
«Silvia», dijo en apenas un susurro.
De repente, fue como si un ejército de voraces insectos marchara por su espalda, como si excavara bajo su piel, como si mordiera sus nervios.
Un mareo amenazó con desequilibrarla.
No podía dejarse llevar por el pánico, no podía perder el control.
No ahora que Silvia pagaba las consecuencias de su ingenuidad.
Debería haberse dado cuenta antes de que el móvil estaba intervenido.
Tenía todos los elementos en las manos para conseguirlo.
En lugar de eso, se había dejado cegar por los repetidos engaños con los que Valraven había jugado con ella.
Ella y su maldita presunción de que leía las pistas mejor que nadie… Ella, que siempre se había fiado más del instinto que de los consejos de colegas y superiores…
«Respira, Aurora», pensó. Una respiración tras otra, mientras el sudor le perlaba la frente, le rozaba las cejas, y un velo opaco descendía ante sus ojos hasta empañarle la visión.
«No fuiste lo suficientemente rápida», dijo la voz en su interior.
Sintió que la presión de la esquirla de bala en su cabeza se hacía cada vez más fuerte. Era como si se moviera, animada por su propia voluntad, y penetrara cada vez más hondo en el tejido blando. Hasta perderse en un laberinto de obsesiones.
«Tengo que salir de aquí».
Se dio la vuelta y corrió hacia la salida. No se detuvo hasta que estuvo fuera, en el aparcamiento del hospital, delante del coche.
Se arrancó la bata y las fundas de plástico para los zapatos, como si fueran un impedimento para respirar. Pero su corazón no dejó de latir a aquel ritmo endiablado.
Se acuclilló en el suelo, apretó las rodillas contra el pecho como un bebé en el vientre de su madre, como le habían enseñado a hacer para evitar un ataque de pánico. Porque eso era en lo que se estaba ahogando ahora. Pánico puro e implacable.
No sabía cuánto tiempo había pasado antes de poder recuperar la compostura. Las percepciones se habían amortiguado hasta el punto de perder la noción del tiempo.
Recogió la bata y las fundas de los zapatos y fue a tirarlo todo a la papelera más cercana. Acciones sencillas, pero que le costaron un enorme esfuerzo. Como si acabara de nacer y aprendiera a moverse por el mundo por primera vez.
A pesar de saber que tenía el móvil pinchado, escribió un mensaje a Bruno: «Necesito verte».
Solo eso.
Le contaría todo lo que había sucedido en los últimos días. Tenía que explicarle lo de Silvia. Tenía que saber que estaba en peligro.
Todo el mundo estaba en peligro mientras Valraven estuviera ahí fuera.
Aurora se dio cuenta de que no podía demorarse.
Solo había una forma de avanzar en la investigación.
Debía meterse en la cabeza del hombre que había estado a un paso de capturarlo.
Aunque eso significara reabrir la puerta al pasado.
Y sumergirse en los brazos de un dolor que nunca había sido capaz de procesar.
Tuvo que volver a Turín.
Debía encontrarse con su padre.