Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo57
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Capítulo57

En aquel momento aún no había nacido, pero había podido documentarse a través de artículos y páginas web.

Su mirada se había detenido una y otra vez en imágenes de archivo, los rostros de los rescatadores, los autobuses cargados de cadáveres, la muñeca abandonada entre los escombros de una niña que ya nunca podría volver a abrazarla.

El atentado había sido perpetrado por alguien no muy diferente del asesino al que estaba dando caza. Alguien que no tenía reparos en la pérdida de vidas para lograr su objetivo, sembrar el terror, el caos.

La sangre le hervía en las venas cada vez que recordaba los numerosos intentos de distraer la investigación por parte de miembros de las mismas instituciones que supuestamente se oponían al terrorismo.

Esos pensamientos la acompañaron hasta que se encontró frente a las oficinas de Anticrimen, donde la esperaba Ettore De Robertis.

Cuando la vio, dejó de hablar con un colega y caminó hacia ella.

—¿Cómo te fue con Maier?

Aurora se sentó en la silla frente al escritorio.

—Dame tiempo para recuperar el aliento. He viajado toda la noche y no he podido pegar ojo. —Entonces le echó un rápido vistazo al escritorio vacío del subcomisario Paolacci—. ¿Qué ha pasado con tu gemelo siamés?

De Robertis esbozó una sonrisa.

—Paolacci está reunido con el prefecto para discutir estrategias de prevención de delitos violentos, estará ocupado todo el día. La ciudad no se está tomando bien la escalada de violencia de los últimos días.

El hombre que hablaba con De Robertis un momento antes se aclaró la garganta.

—Usted debe de ser Aurora Scalviati. He oído hablar mucho de usted.

Aurora entrecerró los ojos y lo observó con detenimiento. Estaba segura de haberlo visto antes.

—¿Me equivoco, o nos hemos visto antes?

—Me acordaría, se lo aseguro —sonrió el otro.

—Este es el comisario Maurizio Calzolari —intervino De Robertis—. Dirige el equipo asignado al caso Bonetti.

—No lo entiendo —objetó Aurora—. ¿No debería ser tu responsabilidad? ¿Qué ha cambiado desde ayer, cuando encontramos el cadáver en el apartamento? Me dijiste que podía irme, que lo tenías todo bajo control...

—Gandolfi está convencido de que el caso debe considerarse independiente de la investigación del Segador. —De Robertis señaló a uno y otra con un gesto de la mano, como un maestro de ceremonias—. Maurizio, Aurora. Aurora, Maurizio.

—Tonterías —estalló Aurora mientras estrechaba la mano del comisario Calzolari—. Perdona, no lo he dicho por ti.

—Eso espero —se rio Calzolari.

—Es muy obvio que ambos casos están relacionados —objetó ella—. Tratarlos por separado es perder el tiempo.

—El fiscal adjunto ha decidido continuar con esta estrategia —aclaró De Robertis—. Huelga decir que nos mantendremos mutuamente informados de la evolución de nuestras respectivas investigaciones. Pero, hasta que surja un denominador común más allá de toda duda razonable, seguirán separadas.

—Pero está totalmente equivocado —soltó Aurora—. ¡Yo soy el puto denominador común!

De Robertis la miró con desconfianza.

—¿Qué tal si hacemos balance de la situación, en vez de refunfuñar?

Aurora se levantó de la silla.

—Hablaré con Gandolfi.

—Por favor, Scalviati. —De Robertis la bloqueó con un gesto de la mano—. ¿Quieres ponernos al corriente de lo que has averiguado en Alemania, antes de pasar a la acción?

—Estamos cazando a un sicario internacional —suspiró—. Alguien que lleva años trabajando por cuenta de varias organizaciones criminales.

—¿Quieres decir que el asesinato de Alfredo Serrano se llevó a cabo por encargo?

—Por supuesto que no —afirmó Aurora—. Maier me dejó clara la conexión entre Serrano y el Segador.

Todo empezó con una operación conjunta entre la policía italiana, la alemana y el FBI: la Operación Rosa Blanca.

—Relató a grandes rasgos lo que le había contado el expolicía alemán.

El plan para capturar a Valraven durante un intercambio de armas entre la mafia rusa y la ‘Ndrangheta, la huida del sicario.

Por último, explicó el antiguo y siniestro procedimiento por el que Serrano había sido asesinado y que había descubierto a través del libro de Silvia.

Cuando terminó, fue De Robertis quien tomó la palabra.

—¿Dijo Valraven?

—Ese era el nombre con el que se hacía llamar. Al igual que el Águila de Sangre es una referencia a la tradición vikinga, el Valraven era el cuervo de la muerte, que se daba un festín con los cadáveres de los enemigos muertos en batalla.

—Un auténtico fanático —comentó Calzolari—. Y, sin embargo, con cierta cultura.

—El hecho de que sea un asesino despiadado no significa que tenga que ser ignorante —dijo Aurora—.

Al contrario, los criminales más peligrosos son los más instruidos.

No es casualidad que los psicópatas tengan por lo general un coeficiente intelectual superior a la media, aunque a menudo acaban abandonando los estudios debido a una intolerancia innata a las normas.

—¿Crees que Valraven es un psicópata?

—No tengo ninguna duda al respecto. Aunque la psicopatía no es en sí misma el motor de los instintos criminales, es una condición frecuente en los asesinos múltiples por el déficit en las emociones de empatía y remordimiento que provoca.

El egocentrismo desenfrenado, la aptitud para el engaño, el comportamiento desviado y agresivo hacia los demás son características del bagaje psicológico conductual de nuestro sujeto.

—A lo que hay que añadir una predilección por las antiguas tradiciones nórdicas —señaló De Robertis.

—Eso significa que podría tener orígenes escandinavos — intervino Calzolari—. Podría ser sueco, danés o finlandés, pueblos que descienden directamente de los antiguos vikingos.

—Más bien creo que la identificación de Valraven con los sujetos de la mitología vikinga se debe a que eran guerreros formidables, hasta el punto de que se les consideraba invencibles en las crónicas medievales.

Y así se siente él. Intocable, imbatible.

Estoy convencido de que debemos jugar precisamente con ese exceso de confianza para capturarlo.

—¿Qué quieres decir? —intervino De Robertis.

—Creo que su exagerada confianza en sí mismo acabará por llevarle a cometer un paso en falso.

Por eso ya no debemos seguir sus provocaciones, ni seguir ciegamente las pistas con las que nos manipula, sino que debemos pensar de forma no secuencial, lateral, imprevisible.

Debemos actuar según patrones que puedan socavar sus constantes intentos de despistarnos.

De Robertis frunció el ceño, pensativo.

—Admitamos que Valraven también es responsable de la muerte de Giulio Bonetti. ¿Quieres decir que nos atrajo intencionadamente a su casa para que encontráramos el cadáver?

—Así es —afirmó Aurora—. Cada pista esparcida en las escenas del crimen debe ser tamizada con mucho cuidado para no caer en su trampa.

Gandolfi cometió un error al optar por investigar los dos asesinatos como si fueran obra de dos manos distintas.

Es cierto que el modus operandi no es el mismo, pero la mente que hay detrás sí es la misma, estoy segura.

Si no lo vemos así, estaremos desperdiciando energía y recursos valiosos que deberían canalizarse únicamente hacia la búsqueda de Valraven.

—¿Y el tatuaje con tu nombre? ¿Es también un intento de despistarnos?

Aurora asintió con la cabeza.

—Muy eficaz, si lo piensas. Consiguió desviar tu atención de los verdaderos motivos del crimen de la Cartuja, para que perdierais tiempo en averiguar si yo estaba implicada de alguna manera.

—Hizo una breve pausa—. Mira, ya sabes, entiendo que Gandolfi todavía no esté totalmente convencido de que yo no esté implicada en los hechos.

—Espero que no nos acuse de negligencia, Scalviati —intervino Calzolari.

—Nunca me atrevería —juzgó Aurora. Luego continuó—: Sin embargo, para Valraven involucrarme debe haber sido una especie de venganza contra mi padre, el hombre que estuvo tan cerca de incriminarlo.

—De acuerdo, pero ¿qué sugieres que hagamos en concreto? —instó De Robertis.

Aurora se tocó instintivamente la cicatriz de la sien.

—Debemos retroceder en el tiempo, en busca de las huellas dejadas por el sujeto antes de la Operación Rosa Blanca.

Un hombre no puede desaparecer en el aire sin que nadie se pregunte dónde está.

Y, sobre todo, nadie es completamente invisible hoy en día, ni siquiera Valraven.

—Tras un momento de reflexión, añadió—: ¿Cuál es el estado de la investigación sobre Alfredo Serrano?

—Hemos indagado un poco en su pasado, pero no hay mucho.

Sabemos que la familia procedía de Altomonte, un pueblo de la provincia de Cosenza, y que se trasladaron a Alemania en 1988, cuando él aún era un niño.

Como tú misma descubriste, sus padres fueron asesinados por los hombres de Venanzio Santini en 2004.

—¿Altomonte, dices? —saltó Aurora abriendo los ojos como platos—. Dios mío, ¿cómo no se me había ocurrido antes?

—No te sigo...

—Justo en Altomonte se encuentra uno de los castillos normandos más famosos de Calabria, ¿sabes?

De Robertis negó con la cabeza.

—No tenía ni idea. ¿Y qué?

—¡Los normandos eran vikingos! —dijo Aurora mientras levantaba una ceja.

Hubo un largo momento de silencio. Entonces De Robertis miró a su colega, el comisario Calzolari.

—Te dije que era astuta —sonrió.

—Valraven no es sueco ni finlandés —afirmó Aurora, ignorándolo—.

Es de Calabria. Su conexión con el clan Santini debe ser anterior a su actividad como asesino a sueldo.

Maier me contó las leyendas que gravitaban en torno a él.

Hablan de una masacre que supuestamente llevó a cabo en su juventud en el entorno de la ‘Ndrangheta en la zona de Reggio Calabria...

Al parecer tienen un núcleo de verdad. —Después, con voz solemne, concluyó—: Nuestro hombre se considera descendiente de los antiguos guerreros que se establecieron en el sur de Italia antes del año 1000, a donde importaron el sistema feudal.

—Esto significa que podemos acotar la búsqueda a una zona y a un período de tiempo concretos —dijo De Robertis exultante mientras se sentaba ante su escritorio.

—Si queremos tener alguna posibilidad de desvelar su identidad, debemos indagar en la base de datos de personas desaparecidas en torno a marzo de 2005 en Calabria.

Debía de tener algún tipo de tapadera con la que camuflarse en la sociedad.

—Aurora se quedó pensativa unos instantes, y luego añadió—.

El sujeto era un sicario internacional, por lo que casi seguro que pasaba largas temporadas fuera de casa.

Tenía que trabajar en algo que le permitiera viajar sin levantar sospechas.

De Robertis levantó la pantalla de su portátil.

—Me pondré a ello.

Aurora le dirigió una mirada decidida.

—Hace un momento me has preguntado qué deberíamos haber hecho en concreto. Actuaremos exactamente como lo habría hecho mi padre: daremos caza a ese hijo de puta. No le daremos tregua hasta que lo incriminemos.